UNA PRINCESA DE LA TIERRA

Agosto 18th, 2006

UNA PRINCESA DE LA TIERRA

TÍTULO ORIGINAL: A Princess of Earth

AUTOR: Mike Resnick

Cuando Lisa murió tuve la sensación como si el alma me hubiera sido arrancada del cuerpo, y lo que quedaba de ella no valía ni la pólvora necesaria para enviarla al infierno. Hasta hoy ni siquiera sé de qué murió; los médicos intentaron decirme por qué había sufrido aquel colapso y qué era lo que la había matado, pero simplemente no les escuché. Estaba muerta y yo no volvería a hablar con ella ni a acariciarla, nunca volveríamos a compartir ese millón de cosas sin importancia, y eso era lo único que importaba. Ni siquiera fui al funeral: no podía soportar el verla en su ataúd.

Dejé mi trabajo –habíamos estado contando los días que faltaban hasta mi jubilación para poder pasar al fin todo nuestro tiempo juntos-, y pensé en vender la casa y trasladarme a un lugar más pequeño, pero al final fui incapaz de hacerlo. Había demasiado de ella aquí, cosas que perdería para siempre si me iba.

Dejé su ropa en el armario, tal como ella siempre la ponía. Su cepillo para el pelo y su perfume y su lápiz de labios se quedaron en el tocador, donde ella siempre los mantenía cuidadosamente alineados. Había un cuadro con un paisaje de Nueva Inglaterra que a mí nunca me había gustado, pero puesto que a ella siempre le había encantado lo dejé donde estaba. Hice enmarcar mis fotos preferidas de ella y las coloqué en todas las mesas y repisas y estanterías de la casa.

No sentía deseos de estar con otra gente, así que pasaba la mayor parte de mis días poniéndome al corriente de mis lecturas. Bueno, déjenme rectificar esto. Empecé un montón de libros; no terminé casi ninguno. Lo mismo ocurrió con las películas; alquilaba unas pocas, empezaba a verlas, y normalmente cortaba el vídeo a los quince o veinte minutos. Los amigos me invitaban a salir, yo me negaba, y tras un cierto tiempo dejaron de llamar. Apenas me di cuenta de ello.

Llegó el invierno, una serie de al parecer interminables días grises y noches frías. Fue la primera vez desde que me casara con Lisa que no llevé un árbol de Navidad a casa para decorarlo. Simplemente no parecía tener ningún sentido. No habíamos tenido hijos, ella no estaba allí para compartirlo, y yo no iba a recibir ninguna visita.

Resultó que estaba equivocado acerca de las visitas.

Vi al hombre quizá una hora antes de la medianoche, cruzando desnudo mi patio trasero durante la peor nevada del invierno.

Al principio creí estar alucinando. Había caído más de un palmo de nieve, y el viento helado soplaba por debajo de cero. Miré incrédulo durante todo un minuto, y cuando no desapareció me puse el chaquetón, me calcé las botas, agarré una manta y corrí fuera. Cuando llegué junto a él parecía medio helado. Le eché la manta por encima y lo conduje a la casa.

Froté vigorosamente sus brazos y sus piernas con una toalla, luego lo senté en la cocina y le serví un poco de café muy caliente. Necesitó unos minutos para dejar de temblar, pero finalmente tendió las manos hacia la taza. Se las calentó con ella, luego la alzó y dio un sorbo.

-Gracias –susurró con voz ronca.

Una vez estuve seguro de que no iba a morirse, retrocedí unos pasos y lo examiné. Tenía realmente buen aspecto ahora que le estaba volviendo el color. Debía de tener treinta años, quizá un par más. Cuerpo delgado, pelo oscuro, ojos grises. Un par de cicatrices, pero no podía decir con qué se las había hecho ni cuánto tiempo hacia de ello. Podían ser de una de las guerras en Irak, o viejas heridas de deporte, o quizá sólo el viento azotándole con heladas ramas hacía unos pocos minutos.

-¿Se encuentra mejor? –pregunté.

Asintió con la cabeza.

-Sí. Pronto estaré bien.

-¿Qué demonios estaba haciendo ahí fuera sin ropa?

-Intentaba volera a casa –dijo con una sonrisa irónica.

-Nunca le he visto por aquí –dije-. ¿Vive cerca?

-No.

-¿Hay alguien a quien pueda llamar que venga a recogerle?

Pareció a punto de responderme, luego cambió de opinión y se limitó a agitar la cabeza.

-¿Cómo se llama? –pregunté.

-John. –Dio otro sorbo al café e hizo una mueca.

-Sí, lo sé –dije-, el café es horrible. Lisa lo hacía mejor.

-¿Lisa?

-Mi esposa. Murió el año pasado.

Guardamos silencio durante un par de minutos, y observé que el color seguía regresando a su rostro.

-¿Dónde dejó su ropa? –pregunté.

-Está muy lejos de aquí.

-¿Cuánta distancia ha recorrido en esta nevada?

-No lo sé.

-Está bien –dije, exasperado-. ¿A quién debo llamar…, a la policía, al hospital, al asilo más cercano?

-No llame a nadie –dijo John-. Pronto estaré bien, y entonces me iré.

-¿Vestido así?¿Con es te tiempo?

Pareció sorprendido.

-Oh. Lo había olvidado. Supongo que tendré que aguardar aquí hasta que pare de nevar. Lo siento, pero…

-Qué demonios –dije-, llevo mucho tiempo solo y estoy seguro de que Lisa diría que me irá bien un poco de compañía, incluso la de un desconocido desnudo. En cualquier caso ella no querría que lo arrojase fuera en medio del frío la víspera de Navidad. –Le miré fijamente-. Sólo espero que no sea usted peligroso.

-No para mis amigos.

-Imagino que sacarlo a usted de la nieve y ofrecerle albergue se califica como un acto de amistad. –dije-. Lo único que querría saber es, ¿qué demonios estaba haciendo usted ahí fuera, y qué le ocurrió a su ropa?

-Es una larga historia.

-Es una larga noche, y no tengo nada que hacer.

-De acuerdo –dijo John con un encogimiento de hombros-. Soy un hombre muy viejo; cuánto lo ignoro. Posiblemente un centenar de años, quizá más; pero no puedo decirlo porque nunca he envejecido como los demás hombres, y tampoco recuerdo mi infancia.

-Espere –dije.

-¿Qué ocurre?

-No sé a qué juego está usted jugando, pero ya he oído eso antes…, hace mucho tiempo, no sé dónde, pero lo he oído.

Sacudió la cabeza.

-No, no lo ha oído. Pero quizá lo haya leído.

Rebusqué en mi memoria, revisando mentalmente la biblioteca de mi juventud…, y allí lo encontré, justo entre El mago de Oz y Las minas del rey Salomón.

-¡Dios, hace de eso casi medio siglo! En su tiempo me encantó ese libro.

-Gracias –dijo John.

-¿Por qué me da las gracias?

-Yo lo escribí

-¿Y qué más? –dije-. Leí el maldito libro hace cincuenta años, y entonces ya era un libro antiguo. Mírese en un espejo.

-Pese a todo.

Maravilloso, pensé. Justo lo que necesitaba en Nochebuena. A otra gente le cantan villancicos; yo te tengo a ti. En voz alta dije:

-No estaba escrito por ningún John. Su autor se llamaba Edgar.

-Él lo publicó. Yo lo escribí.

-Seguro –dije-. Y su apellido es Carter, ¿no?

-Sí, lo es.

-Hubiera debido empezar llamando a los loqueros.

-No llegarían aquí hasta por la mañana –dijo John-. Créame: está usted perfectamente a salvo.

-Las seguridades que puede darme alguien que va por ahí desnudo en medio de una tormenta de nieve y cree que es John Carter de Marte no son exactamente de fiar –dije. Al segundo mismo de decirlo me tensé y me dije a mi mismo que debía seguirle la corriente, que yo era un viejo de sesenta y cuatro años con la presión alta y el colesterol aún más alto y que él parecía un boxeador de peso medio. Entonces me di cuenta de que en realidad no me importaba que me matara o no, que simplemente había seguido viviendo por inercia desde la muerte de Lisa, y decidí no seguirle la corriente después de todo. Si tomaba un cuchillo de cocina y me atravesaba con él, al estilo Señor de la Guerra de Marte, al menos pondría fin a la dolorosa soledad que había sido mi constante compañera durante casi un año.

-Bien, ¿por qué cree que es usted John Carter? –le pregunté.

-Porque lo soy.

-¿Por qué no es usted Buck Rogers o Flash Gordon…, o la Pimpinela Escarlata, por ejemplo?

-¿Por qué no es usted Doc Savage o la Sombra? –respondió-. ¿O James Bond, por ejemplo?

-Yo nunca he afirmado ser un personaje de ficción –dije.

-Yo tampoco. Soy John Carter de Virginia, y estoy intentando regresar junto a mi princesa.

-¿Completamente desnudo en medio de la nieve?

-Mi ropa no sobrevive a la transición, y yo no soy responsable del clima –dijo.

-Ésa es una explicación razonablemente racional para un loco.

Me miró fijamente.

-La mujer a la que quiero más que a la propia vida se halla a millones de kilómetros de aquí. ¿Es una locura querer regresar a ella?

-No –admití-. No es una locura querer estar con ella. Pero es una locura pensar que está en Marte.

-¿Dónde cree usted que está? –preguntó.

-¿Cómo demonios puedo saberlo yo? –respondí-. Pero no sé que haya nada en Marte excepto un puñado de rocas. La temperatura está por debajo de cero en verano, no hay oxígeno, y si alguna vez ha vivido algo allí, murió hace cincuenta o sesenta millones de años. ¿Qué tiene que decir usted a eso?

-He pasado casi un siglo en Barsoom. Quizá sea otro mundo distinto al que usted conoce como Marte. Quizá, cuando atravieso el vacío, también atravieso los eones. No estoy interesado en explicaciones, sólo en resultados. Mientras pueda tener a mi incomparable princesa de nuevo en mis brazos, dejaré las respuestas a los científicos y a los filósofos.

-Y a los psiquiatras –añadí.

Se mostró hoscamente regocijado.

-De modo que, según usted, yo debería permanecer encerrado en una institución hasta que me convencieran de que la mujer a la que quiero no existe y que toda mi vida ha sido una fantasía sin el menor significado. Me parece usted un hombre muy infeliz: ¿lo haría más feliz eso?

-Sólo soy un hombre realista –dije-. Cuando era un muchacho, deseaba tanto creer que Una princesa de Marte era real que solía pararme cada noche en el patio de atrás de mi casa y tender las manos hacia Marte, exactamente como lo hacía usted. Y no dejaba de esperar el ser arrebatado a Barsoom. –Hice una pausa-. Pero nunca ocurrió. Todo lo que obtuve de aquel tender las manos fue dolor en los hombros y la burla de mis amigos que no leían libros.

-Quizá no tuviera usted ninguna razón para ir a Barsoom –dijo John-. Era sólo un muchacho, con toda la vida por delante. Creo que Barsoom puede ser muy exigente acerca de a quién permite visitarlo.

-¿Así que ahora dice usted que un planeta es una entidad sintiente?

-No tengo ni la menor idea de si lo es o no –respondió John-. ¿Sabe usted de una forma absoluta que no lo es?

Le miré irritadamente.

-Usted es mejor en eso que yo –dije-. Suena tan jodidamente razonable. Y por supuesto, tiene mucha más práctica.

-¿Mucha más práctica en qué?

-En engañar a la gente sonando normal.

-¿Más práctica que usted?

-¿Lo ve? –dije-. Eso es lo que quiero decir. Tiene usted una respuesta para todo, y si no la tiene, responde que una pregunta que hará que yo suene como un estúpido si la respondo. Pero no era yo quien iba por ahí desnudo en medio de una nevada en plena noche, y no creo vivir en Marte.

-¿Se siente mejor ahora? –preguntó.

-No mucho –admití-. ¿Quiere un poco más de café?

-En realidad lo que me gustaría es caminar un poco y devolver algo de vida a mis miembros.

-¿Por fuera?

Negó con la cabeza.

-No, no por fuera.

-Estupendo –admití, y me puse en pie-. Esto no es tan grande ni tan majestuoso como un palacio marciano, pero le ofreceré una visita guiada.

Se puso en pie, ajustó la manta alrededor de su cuerpo y echó a andar detrás de mí. Le conduje a la sala de estar, y allí me detuve.

-¿Todavía tiene frío?

-Un poco.

-Creo que encenderé el fuego –dije-. No he usado la maldita chimenea en todo el invierno. Al menos emplearé en algo mi dinero.

-No es necesario –dijo-. Estaré bien.

-No es ninguna molestia –respondí, abriendo la tapa delantera de la chimenea y echando un par de troncos sobre la parrilla-. Mire por ahí mientras la enciendo.

-¿No teme que pueda robarle?

-¿Acaso tiene algún bolsillo donde meter su botín? –pregunté.

Sonrió ante aquello.

-Supongo que es mi buena suerte el no ser un ladrón.

Pasé el siguiente par de minutos colocando la leña de encender y prendiendo el fuego. No sé qué habitaciones fue a ver, pero regresó en el momento en que me enderezaba de nuevo.

-Debe de haberla querido usted mucho –dijo-. Ha convertido la casa en un santuario dedicado a ella.

-Tanto si es usted John Carter o simplemente cree ser John Carter, debería comprender lo que siento.

-¿Cuánto tiempo hace que se fue?

-Murió en febrero pasado –dije, y añadí amargamente-: el día de San Valenín.

-Era una mujer encantadora.

-La mayoría de la gente simplemente se vuelve vieja –murmuré-. Ella se volvía más hermosa a cada día que pasaba. Para mí, al menos.

-Entiendo.

-¿Cómo puede entenderlo? Nunca la conoció, nunca la vio.

-Lo sé porque mi princesa se vuelve más hermosa a cada momento que pasa. Cuando estás realmente enamorado, tu princesa se vuelve siempre más y más hermosa.

-Y si es barsoomiana, seguirá siendo joven durante un millar de años, más o menos –dije, recordando el libro.

-Quizá.

-¿Quizá?¿No lo sabe?

-¿Significa realmente algo, siempre que se mantenga joven y hermosa a mis ojos?

-Ése es un pensamiento más bien filosófico para una persona que cree que se gana la vida cortando cabezas con una espada larga –observé.

-Yo no deseo más que vivir en paz –respondió, sentándose en el sillón que estaba más cerca del fuego-. Odio cada segundo que estoy lejos de Dejah Thoris.

-Le envidio –dije.

-Pensé que se suponía que estaba loco –respondió irónicamente.

-Lo está. Pero eso no constituye ninguna diferencia. Tanto si su Dejah Thoris es real como si es la invención de una mente alterada, usted cree que existe y que va a reunirse con ella. Mi Lisa está muerta; nunca volverá a verla.

No respondió, sino que simplemente se me quedó mirando.

-Puede que esté usted tan loco como una cabra –continué, sentándome en el sofá-, pero está convencido de que va a ver a su princesa de Marte. Le concedería hasta el último vestigio de cordura si pudiera creer, aunque sólo fuera por un minuto, que iba a ver a mi princesa de la Tierra una vez más.

-Admiro su valor –dijo John.

-¿Valor? –repetí, sorprendido.

-Si mi princesa fuese a morir, yo no tendría ningún deseo de vivir otro día, ni siquiera otro momento, sin ella.

-Eso no tiene nada que ver con el deseo de vivir.

-¿Qué es entonces?

Me encogí de hombros.

-Instinto. Inercia. No lo sé. Ciertamente no disfruté de estar con vida este último año.

-Y sin embargo no ha terminado con ella.

-Quizá no sea en absoluto valor –dije-. Quizá sea cobardía.

-O tal vez haya alguna razón.

-¿Para vivir? No puedo darle ninguna.

-Entonces quizá sea cosa del Destino el que yo haya aparecido en su casa.

-No apareció usted mágicamente –dije-. Vino hasta aquí desde donde fuera que dejó su ropa.

-No –negó, agitando firmemente la cabeza-. En un momento estaba paseando por los jardines de mi palacio en Helium, sujetando la mano de mi esposa, y al momento siguiente estaba en su patio, sin mi arnés ni mis armas. Intenté regresar, pero no pude ver Barsoom a través de los torbellinos de nieve, y si no puedo verlo no puedo alcanzarlo.

-Tiene usted una respuesta para todo –dije cansadamente-. Apuesto a que acierta también con todos sus tests de Rorschach.

-Usted conoce a todos sus vecinos –dijo John. -¿Me ha visto alguna vez antes? ¿Cuánto tiempo cree que puede resistir un hombre desnudo en esta tormenta? ¿Ha venido acaso la policía a advertirle de alguien escapado de un manicomio?

-Es una terrible noche para estar fuera, incluso para la policía, y parece usted un loco más bien inofensivo –admití.

-¿Quién tiene pues la respuesta más razonable?

-Está bien, de acuerdo…, usted es John Carter, y Dejah Thoris está ahí arriba en alguna parte aguardándole, y ha sido el Destino el que lo ha traído aquí, y mañana por la mañana no se presentará un hombre muy preocupado buscando a su primo o a su hermano desaparecido.

-Tiene usted mis libros –dijo-. Algunos de ellos al menos. Los vi en una estantería en su estudio. Úselos. Pregúnteme lo que quiera sobre ellos.

-¿Qué probaría esto? Probablemente hay un millar de chicos que podrían recitarlos palabra a palabra.

-Entonces supongo que pasaremos la noche en silencio.

-No –dije-. Le haré algunas preguntas…, pero las respuestas no estarán en libros.

-Estupendo.

-Muy bien –dije-. ¿Cómo puede estar usted tan enamorado de una mujer que nació de un huevo?

-¿Cómo puede amar usted a una mujer de ascendecia irlandesa o polaca o brasileña? –preguntó él a su vez-. ¿Cómo puede amar a una mujer negra, o pelirroja, o blanca? ¿Cómo puede amar a una cristiana o a una judía? Amo a mi princesa por lo que es, no por lo que pudo haber sido. –Hizo una pausa-. ¿Por qué sonríe?

-Estaba pensando en que este año estamos desarrollando una cosecha muy perceptiva de locos.

Hizo un gesto hacia una de las fotos de Lisa.

-Imagino que ella no tenía nada en común con usted.

-Ella lo tenía todo en común conmigo –dije-. Excepto la herencia y la religión y la educación. Extraño, ¿no?

-¿Por qué deberia serlo? –preguntó-. Yo nunca pensé que fuera extraño amar a una mujer marciana.

-Supongo que si usted cree que hay gente en Marte, incluso gente que ha nacido de huevos, no es difícil creer que ama a uno de sus representantes.

-Por qué cree usted que es una locura tan grande el creer en un mundo mejor, un mundo de gracia y caballería, de buenas costumbres y nobleza? ¿Y por qué no debería yo amar a la mujer más perfecta que el mundo tiene que ofrecer? ¿No seria estar loco actuar de otra forma? Una vez has conocido a tu princesa, ¿sería racional arrojarla a un lado?

-No estamos hablando de mi princesa –dije irritadamente.

-Estamos hablando de amor.

-Mucha gente se enamora. Nadie más a tenido que ir hasta Marte a causa de ello.

-Y ahora estamos hablando de los sacrificios que uno hace por amor. –Sonrió pesaroso-. Por ejemplo, aquí estoy yo, en mitad de la noche, a sesenta millones de kilómetros de mi princesa, con un hombre que cree que pertenezco a un asilo.

-¿Por qué volvió de Marte, entonces? –pregunté.

-No fue un acto de volición. –Hizo una pausa, como si recordara-. La primera vez que ocurrió, pensé que el Altísimo debía de estar probándome como había probado a Job. Pasé diez largos años antes de poder regresar.

-¿Y ni una vez se cuestionó si era algo que había ocurrido realmente?

-Las antiguas ciudades, los fondos de los mares muertos, las batallas, los feroces guerreros de piel verde, todo eso hubiera podido imaginarlo. Pero nunca hubiera podido imaginar mi amor por mi princesa; permaneció conmigo cada minuto de cada día: el sonido de su voz, la sensación de su piel, el aroma de su cabello. No, jamás hubiera podido inventar eso.

-Debió de ser un gran consuelo durante su exilio –dije.

-Un consuelo y una tortura –respondió-. Alzar la vista al cielo cada día y saber que ella y el hijo que yo nunca había visto estaban tan increíblemente lejos.

-¿Pero nunca dudó?

-Nunca –dijo-. Todavía recuerdo las últimas palabras que escribí: “creo que me está aguardando, y algo me dice que muy pronto lo sabré.”

-Cierto o no, al menos usted puede creer en ello –admití-. No vio a su princesa morir delante de usted.

Me miró fijamente, como si intentara decidir qué decir a continuación. Finalmente habló.

-He muerto muchas veces, y si la Providencia así lo quiere, moriré de nuevo mañana.

-¿De qué está hablando?

-Sólo mi consciencia puede atravesar el vacío entre los mundos –dijo-. Mi cuepo queda atrás, un cascarón sin vida.

-¿Y no se descompone o pudre, simplemente aguarda su regreso? –dije sarcásticamente.

-No puedo explicarlo –confesó-. Sólo puedo tomar ventaja de ello.

-¿Y se supone que esto debe confortarme…, el que un loco que piensa que es John Carter apunte que mi Lisa puede estar viva de alguna manera en Marte?

-Eso me confortaría a mí –dijo.

-Sí, pero usted está loco.

-¿Es una locura pensar que ella puede haber hecho lo que yo hice?

-Por completo –dije.

-Si sufriera usted una enfermedad terminal, ¿sería una locura buscar a cualquier curandero o médico brujo en el mundo que creyera que puede curarle en vez de quedarse sentado pasivamente aguardando la muerte?

-Así, ¿ahora es usted un médico brujo en lugar de un loco?

-No –dijo-. Sólo soy un hombre que le teme menos a la muerte que a perder a su princesa.

-Estupendo para usted –gruñí-. Yo ya perdí a la mía.

-Durante diez meses. Yo perdí a la mía durante diez años.

-Hay una diferencia –señalé-. La mía está muerta; la suya no lo estaba.

-Hay otra diferencia –respondió-. Yo tuve el valor de buscar a la mía.

-La mía no está perdida. Sé exactamente dónde se halla.

Sacudió la cabeza.

-Sabe dónde está la parte menos importante de ella.

Suspiré profundamente.

-Yo también me instalaría en su locura si tuviera su fe.

-No necesita usted fe. Sólo necesita el valor de creer no en que algo es cierto, sino en que es posible.

-El valor es para los Señores de la Guerra –respondí-, no para los viudos de sesenta y cuatro años.

-Cada hombre posee pozos ocultos de valor –señaló-. Quizá su princesa no esté en Barsoom. Quizá no exista Barsoom, y yo esté hasta el último átomo de mi cuerpo tan loco como usted cree que estoy. ¿Está realmente contento aceptando las cosas tal como son, o tiene el valor de esperar que yo tenga razón?

-Por supuesto que espero que tenga usted razón –dije, irritado-. ¿Y qué?

-La esperanza conduce a la creencia, y la creencia conduce a la acción.

-Conduce al ridículo.

Me miró fijamente, con una expresión triste en su rostro.

-¿Era perfecta su princesa?

-En todos los sentidos –dije de inmediato.

-¿Y le quería?

Vi llegar su siguiente pregunta, pero no pude evitar contestar:

-Sí.

-¿Podría una princesa perfecta haber amado a un cobarde o a un loco?

-¡Ya basta! –restallé-. Ya ha sido bastante duro para mí permanecer cuerdo estos últimos diez meses. Y entonces viene usted y hace que la alternativa suene demasiado atractiva. ¡No puedo pasarme el resto de mi vida pensando que podré hallar de algún modo una forma de verla de nuevo!

-¿Por qué no?

Al principio pensé que estaba bromeando. Luego vi que no era así.

-Aparte el hecho de que es una locura, si me sumerjo en eso no podré realizar ninguna otra maldita cosa.

-¿Qué es lo que está realizando ahora? –preguntó.

-Nada –admití, deshinchado de pronto-. Me levanto cada mañana y todo lo que hago es aguardar a que el día se arrastre hasta su final para poder irme a dormir y no ver su rostro frente a mí hasta que despierte de nuevo al día siguiente.

-¿Y considera usted que éste es el comportamiento racional de un hombre cuerdo?

-O de un hombre realista –repliqué-. Ell se ha ido y no volverá.

-La realidad es algo enormemente sobreestimado –respondió-. Un realista ve un pan enmohecido; un loco ve un medicamento que cura milagrosamente la infección. Un realista mira las estrellas y se pregunta: ¿por qué molestarme? Un loco mira a esas mismas estrellas y se pregunta: ¿por qué no molestarme? –Hizo una pausa y me miró intensamente-. Un realista dirá: mi princesa está muera. Un loco dirá: John Carter halló una forma de pasar por encima de la muerte, así que, ¿por qué no ella?

-Me gustaría poder decir eso.

-¿Pero? –quiso saber.

-No soy un loco.

-Siento mucha pena por usted.

-Yo no siento ninguna pena por usted –respondí.

-¿Oh? ¿Qué es lo que siente?

-Envidia –dije-. Vendrán esta noche o mañana o al día siguiente para llevárselo y devolverle al lugar de dónde ha venido, y usted seguirá creyendo sus cosas tan devotamente como las cree ahora. Sabrá más allá de toda duda que su princesa le está aguardando. Pasará todos sus momentos en vela intentando escapar, intentando regresar a Barsoom. Creerá y tendrá esperanza y finalidad, lo cual es un triunvirato realmente impresionante. Me gustaría poder tener alguna de esas cosas.

-No son alcanzables.

-Quizá no para los Señores de la Guerra, pero sí lo son para los viejos viudos con las rodillas temblorosas y la presión sanguínea demasiado alta –dije, poniéndome en pie. Me miró con curiosidad-. Ya he tenido bastante locura por una noche –dije-. Me voy a la cama. Puede dormir en el sofá si quiere, pero si yo fuera usted me marcharía antes de que vengan en su busca. Si va al sótano hallará algo de ropa y un viejo par de botas que puede quedarse, y puede tomar mi chaquetón del armario del vestíbulo.

-Gracias por su hospitalidad –dijo mientras yo me dirigía a la escalera-. Lamento haberle traído de vuelta dolorosos recuerdos de su princesa.

-Acaricio esos recuerdos –respondí-. Sólo el presente es doloroso.

Subí las escaleras y me eché en la cama, aún vestido, y me quedé dormido con visiones de Lisa viva y sonriendo, como hacía cada noche.

Cuando desperté por la mañana y bajé, él ya se había ido. Al principio pensé que había seguido mi consejo y tomado delantera a sus perseguidores, pero entonces miré por la ventana y lo vi, justo allá donde lo había visto la noche antes.

Estaba boca abajo en la nieve, con los brazos extendidos hacia delante, desnudo como el día en que nació. Supe antes de comprobar su pulso que estaba muerto. Me gustaría poder decir que su rastro mostraba una sonrisa feliz, pero no era así; parecía tan frío e inconfortable como cuando lo hallé la primera vez.

Llamé a la policía, que apareció al cabo de una hora y se lo llevó. Me dijeron que no tenían noticia de ninguna desaparición ni de nignún loco que hubiera escapado del asilo local.

Entré en contacto varias veces con ellos a lo largo de la semana siguiente. Simplemente no habían podido identificarlo. Sus huellas dactilares y su ADN no estaban en ningún archivo en ninguna parte, y no encajaba con la desaparición de ninguna persona desaparecida. No estoy seguro de cuándo cerraron su caso, pero nadie se presentó a reclamar el cuerpo y finalmente lo enterraron, sin ningún nombre en la lápida, en el mismo cementerio donde estaba enterrada Lisa.

Seguí visitando a Lisa cada día, como de costumbre, y empecé a visitar al mismo tiempo la tumba de John. No sé por qué. Me había impulsado a empezar a pensar en locuras, incómodos pensamientos que no podía sacudirme de encima, difuminando la línea entre deseos y posibilidades, y me resentía de ello. Mejor dicho, me resentía de él; murió con el conocimiento absoluto de que pronto vería a su princesa, mientras que yo vivía con el conocimiento absoluto de que nunca volvería a ver a la mía.

No podía dejar de pensar en quién de los dos era realmente el cuerdo…, si el que hacía que la realidad se conformara a la fuerza de sus deseos o el que se asentaba en los viejos recuerdos porque carecía del valor necesario para intentar crear otros nuevos.

A medida que transcurrían los días me hallé pensando más y más en lo que John había dicho, dándolo vueltas en mi mente una y otra vez…, y luego, el 13 de febrero, leí un artículo en el priódico acerca de que mañana Marte estaría más cerca de la Tierra que en ningún otro momento en los próximos dieciséis años.

Conecté mi ordenador por primera vez en diez meses y verifiqué los datos en un par de servicios de noticias de internet. Pensé en ello por un tiempo, y en John, y en Lisa. Luego telefoneé al Ejército de Salvación y dejé un mensaje en su contestador automático, dándoles mi dirección y diciéndoles que dejaría la casa sin cerrar con llave y que eran bienvenidos a llevarse todo lo que quisieran de ella: ropa, comida, muebles, todo lo que quisieran.

He pasado las últimas tres horas escribiendo estas palabras, para que quienquiera que lea esto sepa lo que voy a hacer y que voy a hacerlo voluntariamente, incluso alegremente, y que, lejos de dejarme sumir en la depresión, estoy al fin albergando una esperanza.

Son casi las tres de la madrugada. La nieve dejó de caer a medianoche, el cielo está claro, y Marte debería aparecer a la vista en cualquier momento. Hace unos minutos reuní mis fotos favoritas de Lisa;están alineadas en el escritorio justo a mi lado, y parece más hermosa que nunca.

Muy pronto me despojaré de toda mi ropa, la doblaré cuidadosamente en la silla de mi escritorio y saldré al patio. Entonces todo será cosa de divisar claramente lo que estoy buscando. ¿Es Marte? ¿Barsoom? ¿Es algo distinto? No significa ninguna diferencia. Sólo un realista ve las cosas como son, y fue John quien me mostró las limitaciones de la realidad…, ¿y cómo algien tan perfecto como mi princesa no trascenderá esas limitaciones?

Creo que me está aguardando, y algo me dice que muy pronto lo sabré.

© 2004 Mike Resnick


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