3 SEC22 a SEC32

22. INT. DIA - SALA PRINCIPAL BAZAR DE LA RAREZA (Sr. Moore y

Se encontraban en la sala principal del Bazar de la Rareza, con sus armas, artilugios de tortura y espeluznantes recuerdos. Moore cruzó la sala y se adentró por un pasillo débilmente iluminado hasta llegar a la Boutique Original.
—¿Qué opinas de mi fantasía juvenil, Ben? —preguntó con torva satisfacción.
Pryor meneó la cabeza.
—Estaba equivocado. Pero si todo eso me hubiera pasado a mí y si la mañana siguiente hubiera encontrado esta tienda religiosa aquí, habría creído que lo había soñado.
—Por eso yo soy el jefe en este negocio. —No te entiendo.
—Yo nunca fantaseo —replicó Moore.
Un agente de seguridad se acercó a ellos.
—No hay nadie en las habitaciones, señor —anuncio—. Pero hemos encontrado varias tablas, negras y muy largas, seguramente el laberinto que usted describió.
—Registradlo todo, a ver si descubrís algo más —dijo Moore, y ordenó al matón que se alejara—. Ben, si ya has dejado de comportarte como un tonto de remate, ¿por que no me das tu opinión sobre todo esto?
—Alguien intentó matarte y falló —replicó Pryor—, y luego decidió que no era muy recomendable quedarse a esperar nuestra llegada. —Hizo un gesto de indiferencia—. Es lógico. Creo que tampoco Al Capone dio a nadie una segunda oportunidad de acabar con él.
Moore meneó la cabeza.
—Demasiado sencillo. Aquí hay gato encerrado. Charlemos un poco con nuestra fanática religiosa, a ver si averiguamos algo.
Cuando volvieron a la falsa entrada del Bazar de la Rareza encontraron al agente de seguridad muerto en medio de un charco de sangre, con una bala en la sien. La mujer había desaparecido.
Moore llamó a gritos a otros matones, que llegaron instantes más tarde.
—¿Quién entiende de heridas de bala? —preguntó Moore—. ¿Ha hecho esto la vieja?
Uno de los agentes examinó el cadáver.
—Imposible —anunció tras una breve inspección—. La bala salió de un arma muy potente. Si la vieja hubiera disparado a quemarropa, le habría arrancado casi toda la cabeza. Yo diría que alguien abrió la puerta y disparó desde allí. Con silenciador, además, o habríamos oído una detonación impresionante.
—En consecuencia podemos suponer que Krebbs o el Blanco Viviente tenían vigilado el lugar, por si yo regresaba —dijo Moore. Se volvió hacia Pryor—. Ben, has podido ver bien a la vieja. Intenta seguirle el rastro. Dos de vosotros, registrad la tienda de arriba abajo, a ver si encontráis algo que aclare este embrollo. Cuando acabéis, montad un dispositivo de vigilancia electrónica. Y vosotros tres vendréis conmigo y os preocuparéis de que yo vuelva entero a la oficina.

23. EXT. DIA - CAMINO DEL MONORRAÍL – Sr. Moore sólo.

Caminó recelosamente hacia el monocarril, casi esperando que le dispararan en cualquier momento y maldiciendo el día en el que se prohibió el transporte individual dentro de los límites urbanos, pero no sucedió nada anormal y Moore llegó a su oficina un cuarto de hora más tarde.

24. INT. DIA - DESPATCHO – (Sr. Moore dando órdenes de seguridad para todo el edificio.)
Nada más llegar ordenó a las fuerzas de seguridad que vigilaran el edificio de forma permanente y usaran como dormitorio temporal la entrada del pasillo que conducía a su despacho. Acto seguido, puesto que la minuciosidad era su lema. Moore ordenó a otros agentes que vigilaran las posibles rutas de acceso al edificio.
Pryor y el resto de agentes facilitaron informes regulares, pero nadie fue capaz de facilitar nueva información. Por fin, cuando le fue imposible concentrarse en los aspectos mundanos de su negocio, Moore se distrajo ideando los detalles básicos de Sueños Hechos Realidad con algunos empleados, y les ordenó que pusieran en práctica el proyecto.
Cualquier persona podría presentarse y pedir la realización de un sueño… pero si el sueño era ilegal, y Moore esperaba que casi todos lo serían, se investigaría rígidamente al cliente en potencia a fin de asegurar que no trabajaba para alguna institución gubernamental o legal. Si el cliente quedaba libre de sospecha, se elaborarían planes preliminares y se convendría un precio. Moore decidió inaugurar el primer local en el Espectáculo de Emociones Fuertes, suponiendo que muchas personas acudirían allí dispuestas a gastar dinero, y pidió una amplia muestra de posibles sueños para saber qué detalles del negocio precisaban perfeccionarse.
Pasó los dos días siguientes dedicado a la administración de su pequeño imperio, y las dos noches siguientes se revolvió inquietamente en la cama plegable del despacho adjunto. Por fin, cuando acababa de resolver que volvería a su apartamento, uno de los agentes de seguridad entró en el despacho.
—¿Sí? —dijo Moore.
—Ya la tenemos, señor.
—¿La vieja?
—Lisa Walpole.
—Mejor que mejor —comentó Moore—. ¿Dónde estaba?
—En el aeropuerto. Tenía un billete de ida para Buenos Aires.
—Habéis hecho un buen trabajo —dijo Moore—. Habrá primas para todos los que han participado. Traedla aquí, y que venga Abe Bernstein.
—¿Su médico?
Moore asintió.
—¿Alguna orden para él, señor?
—Él sabrá qué ha de traer.

25. INT. NOCHE DESPACHO (Moore y la Lisa Walpole)

Lisa Walpole, vestida de forma conservadora en esta ocasión, fue introducida en el despacho con las manos bien atadas a la espalda. Su oreja izquierda estaba tapada con vendas. Moore señaló una silla, y la mujer se acercó y tomó asiento, lanzándole una mirada venenosa.
—Por favor, déjanos ahora —dijo Moore al agente—. A la señorita Walpole y a mí nos gustaría estar solos un rato.
En cuanto se cerró la puerta, Moore se inclinó hacia adelante y examinó al Blanco Viviente.
—Tenía razón —dijo, sonriente—. Jamás te habría reconocido con la ropa puesta.
Ella le miró con aire desafiante, con los labios apretados.
—Tengo algunas preguntas que me gustaría respondieras, Lisa —continuó Moore—. Para empezar, ¿por qué no dices quién te ordenó matarme hace tres noches?
—¡Vete a la mierda!
—¿Fue el difunto y no llorado señor Thrush?
—¿Te gustaría saberlo, eh? —dijo ella con desprecio.
—Naturalmente que sí —convino Moore—. Y lo que es más, lo sabré dentro de muy poco.
—¿Vas a torturarme para hacerme cantar? —preguntó la rubia con una irónica carcajada.
Moore meneó la cabeza.
—No. No creo que una tontería como la tortura te molestara, aunque no te hubieran partido los receptores de dolor. Por supuesto —añadió despreocupadamente—, siempre podría cortarte un par de arterias y amenazarte con morir desangrada si no me dices lo que quiero saber, pero la sangre mancharía la alfombra… y además, sospecho que estás tan enamorada de la muerte que un ardid como ese no tendría finalidad alguna. Y tu desafortunado estado impide el uso de nuestra Máquina Antimentiras. Al fin y al cabo, poco sentido tiene que una descarga eléctrica recorra tu cuerpo en cuanto mientas si ni siquiera puedes notarla.
—Entonces, ¿cómo esperas hacerme cantar?
—No tengo ninguna intención de hacerte cantar —dijo Moore—. Me lo dirás voluntariamente.
—¡Ja!
Moore apretó un botón del intercomunicador.
—¿Ha llegado ya Bernstein?
—Sí —replicó una voz femenina—. Está esperando en el despacho exterior.
—Que pase.

26. INT. DIA - DESPACHO (Moore, su medico ABE BERNSTEIN y Lisa Walpole)

La puerta se abrió un momento después y entró en la habitación un hombre bajito, corpulento y canoso que llevaba un maletín de cuero oscuro en la mano derecha.
—Gracias por venir tan pronto, Abe —dijo Moore.
—Estaba en la sauna, recuperándome de otra de las fiestas de mi mujer —replicó Bernstein, risueño—. He sabido que tuviste un fin de semana muy excitante, Salomón.
—Te lo contaré más tarde —dijo Moore—. Mientras tanto, tenemos un pequeño problema que precisa tu talento —añadió, señalando a Lisa Walpole.
—He visto a Ben al entrar, y él me lo ha explicado… aunque ya lo he supuesto al saber que no podías usar la Máquina Antimentiras.
Mientras hablaba, Bernstein abrió el maletín y sacó una jeringuilla y una botellita. Llenó la jeringuilla, se acercó a la mujer y le inyectó el contenido en una vena del brazo.
—Aguarda unos dos minutos —explicó a Moore—. Los ojos se le nublarán un poco, pero podrá hablar eficazmente. Hazle preguntas directas, y trata de acabar antes de diez minutos.
—Gracias, Abe —dijo Moore—. Será mejor que te vayas ahora mismo.
Bernstein saludó con la cabeza y salió del despacho, y Moore contó doscientos segundos en su reloj, para estar seguro del efecto.
—Muy bien, Lisa —dijo. Se levantó y se acercó a la rubia—. Ahora vamos a charlar un rato. ¿Te mandó Thrush que me mataras?
—No —dijo ella inexpresivamente.
—¿Nightspore?
—No.
—¡Entonces fue Krebbs! —exclamó Moore—. Pero ¿por qué?
—No fue Krebbs.
—¿Quién fue, pues?
—Jeremías.
—¿Jeremías? —repitió Moore—. ¿Quién demonios es Jeremías?
—Un joven que merodea por el Espectáculo de Emociones Fuertes —respondió Lisa. Su voz era un monótono zumbido.
—¿Cómo se apellida?
—No lo sé. Se llama Jeremías el G.
—No he oído hablar de él en toda mi vida —dijo Moore, con el ceño fruncido—. ¿Qué le he hecho yo?
—Nada.
—En ese caso, ¿por qué te ordenó matarme?
—Thrush me explicó que te habías metido en el negocio por la fuerza, y que tenías mucho dinero.
—¿Y tú informaste de esto a Jeremías? —preguntó Moore.
—Sí.
—¿Cuándo y dónde?
—En la cama, la misma noche que Thrush me lo dijo.
—Es un timador muy rápido, tengo que reconocerlo —dijo Moore—. Bien, ¿por qué no me explicas exactamente para qué me buscabais?
—Jeremías supuso que llevarías encima un buen fajo de dinero.
—¿De modo que sólo queríais robarme? —dijo Moore en tono de duda.
—No. Un simple robo no habría sido seguro. Pensamos que debíamos matarte antes.
—¿Pensamos! ¿Te refieres a ti y a Krebbs?
—No. Jeremías y yo. Él estaba en otra habitación, escondido.
—Un chico valiente —comentó con sequedad Moore—. ¿Qué me dices de Krebbs? ¿Cuál fue su papel?
—Jeremías lo conocía, y le prometió una parte del botín si nos dejaba usar el bazar.
—¿Y la viejecita de la tienda religiosa?
No hubo respuesta.
—¿Sabías que Krebbs hizo pasar su negocio por una tienda de artículos religiosos la mañana siguiente?
—No.
—¿Sabes algo de una mujer entrada en años que fue cómplice de Krebbs o de Jeremías?
—No.
—Una última pregunta. ¿Dónde puedo encontrar a este Jeremías?
—No lo sé. Seguramente en el Espectáculo de Emociones Fuertes.
—Gracias, Lisa —dijo Moore. Apretó un botón del intercomunicador que hizo venir a dos agentes de seguridad—. Te has portado muy bien. El hecho de que te permita vivir, al menos de momento, no significa que yo sea un hombre indulgente. Te quedarás aquí, en este edificio, hasta que decida qué hacer contigo.
Le cortó las ligaduras y ordenó a los agentes que la encerraran en otra planta. Después llamó a Pryor.

27. INT. DIA - DESPACHO (Moore y Ben Pryor)

—Abe ha mencionado que estabas aquí. ¿Alguna novedad?
—Ninguna —replicó Pryor—. Creo que hemos investigado a todos los Krebbs de la ciudad, y ordené a uno de nuestros dibujantes pomos, nada menos, que hiciera un boceto de la vieja. Lo he pasado a todos nuestros agentes. No queda nada por hacer, aparte de aguardar. —Encendió un cigarrillo—. A propósito, ¿has averiguado algo con el Blanco Viviente?
—Bastante —dijo Moore—. Para empezar, Nightspore y Thrush no tuvieron nada que ver.
—Te aseguré que no mentían —dijo presumidamente Pryor.
—Y yo te aseguré que los habías matado por nada —replico Moore irritado.
—Lo hecho, hecho está —dijo Pryor, quitando importancia a los asesinatos con una simple frase—. ¿Has averiguado quién está detrás de esto?
—Es difícil de creer, pero cierto embaucador del Espectáculo de Emociones Fuertes averiguó que yo llevo encima mucho dinero, y todo fue simplemente un plan para desplumarme.
—Debe ser algo contagioso —observó alegremente Pryor.
—¿De qué estas hablando? —dijo Moore.
—Este embaucador no es el único tipo que ha decidido repartir la riqueza. Sueños Hechos Realidad tuvo su primer cliente esta mañana. —Sacó una hoja de papel de su cuaderno y la entregó a Moore—. Échale una ojeada.
Moore lo leyó, y volvió a leerlo para asegurarse de que sus ojos no le engañaban.

SUEÑOS HECHOS REALIDAD, S.A.
SOLICITUD PRELIMINAR

ESTATURA: 155 centímetros
PESO: 85 kilos.
CABELLO: castaño
OJOS: azules
RASGOS CARACTERÍSTICOS: ninguno
EDAD: 22
NACIONALIDAD: estadounidense
RELIGIÓN: ninguna
DIRECCIÓN ACTUAL: secreta
ESTADO CIVIL: soltero
SITUACIÓN ECONÓMICA: poco clara en la actualidad
PRIMER CONTACTO: 15 de diciembre de 2047
SUEÑO DESEADO: asesinar a Salomón Moody Moore y
tomar posesión de Sueños Hechos Realidad, S.A., como único
propietario.
FIRMA: Jeremías el G.

—Un hijo de puta persistente, ¿no? —dijo Moore mientras dejaba el impreso en su escritorio.
—No creo entenderte —replicó Pryor.
—Jeremías el G. es casualmente el tipo que intentó liquidarme en el Bazar de la Rareza.
—¿Y ahora intenta usar Sueños Hechos Realidad para hacer lo mismo? —dijo Pryor, sumamente divertido por esa revelación.
Moore asintió.
—Está loco, tengo que reconocerlo.
—¿Vamos a hacer algo con él?
—Creo que sería lo mejor… antes de que él venga a hacer algo conmigo. En cuanto el Espectáculo de Emociones Fuertes cierre esta noche, envía algunos muchachos y que hagan una visita a nuestro amigo Jeremías.
—¿Y?
—Y que lo maten —dijo Moore.

28. INT. NOCHE - CASA DE JEREMIÁS( habitación de la casa)
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El joven se incorporó en la cama, dio unas palmaditas cariñosas a las redondeadas nalgas de la aún dormida compañera y empezó a vestirse. Sabía que iban a buscarle dentro de poco, y el Espectáculo de Emociones Fuertes era el primer lugar que registrarían, lo que significaba que había llegado el momento de escabullirse.
Asomó la cabeza por la puerta del remolque, se aseguró de que nadie acechaba en las sombras y se adentró en la noche, eludiendo las brillantes luces y los llamativos anuncios luminosos.
Jeremías confiaba en su habilidad para evitar que le localizaran durante el tiempo preciso. Moore podía poseer o controlar casi todos los cubiles del vicio del complejo de Chicago, pero no los conocía. Al revés que Jeremías, y ésa era la única ventaja que necesitaba.
Moore pondría patas arriba la ciudad con tal de encontrarlo, pero de nada le serviría. Jeremías podía permanecer oculto hasta que su rival abandonara la búsqueda, y plantear después su jugada: una participación de un tercio. Había averiguado datos suficientes sobre Moore para saber que éste jamás destruía algo que podía asimilar, y si Jeremías podía resistir la fuerza de toda la organización de su rival, habría demostrado poseer la valentía y los recursos que Moore exigía a un posible asociado.
La trampa del Bazar de la Rareza había sido simplemente eso: una trampa. Jeremías no esperaba que Lisa Walpole fuera capaz de matar a Moore. Si ella lo hubiera logrado, tanto mejor. Pero lo probable era que fallara, y que Moore encontrara alguna forma de sonsacar a la chica. Jeremías nada sabía sobre el paradero de Lisa, pero estaba bastante seguro de que Moore la había capturado ya. No obstante, consideraba la solicitud en Sueños Hechos Realidad como su obra maestra. Si existía un método mejor de anunciar su presencia, Jeremías era incapaz de imaginarlo.
El problema del momento era conservar la vida, mantener a Moore con la certeza constante de que el perseguido se hallaba todavía en Chicago, y aguardar el final de la búsqueda. Jeremías llevaba demasiado tiempo apostando miserias; ésta era su oportunidad de obtener el éxito dando un solo paso de gigante, y no tenía intención alguna de desaprovecharla.
Ya había decidido dónde esconderse: en Ciudad Oscura, aquella porción subterránea de la urbe situada al oeste del viejo Loop, con sus vulgares cubiles de drogas y pecado. Si alguien deseaba comprar una mujer, un hombre, un niño, un asesino, un narcótico, un injerto de huellas digitales, cualquier cosa ilegal o de contrabando, podía conseguirlo al por mayor en Ciudad Oscura.
No era un lugar de fácil acceso, aunque cualquier persona que tuviera negocios allí conocía el camino. Se hallaba, espectral y serena, a quinientos metros por debajo de las enormes cloacas de diez metros de diámetro que se extendían bajo la ciudad. Ascensores y escaleras mecánicas se detenían en las descomunales tuberías, y después el viajero tenía que saber con exactitud adonde ir si quería entrar en Ciudad Oscura.
La construcción de Ciudad Oscura había estado jalonada por errores desastrosos. En principio la obra fue encargada por el ayuntamiento como depósito de agua de lluvia, después como vertedero de basuras. Durante las perforaciones y excavaciones iniciales los contratistas toparon, no una sino tres veces, con el nivel hidrostático del lago Michigan, ahogándose prácticamente tanto ellos como las vastas brigadas laborales. Posteriormente, cuando por fin lograron eludir el agua, crearon una caverna artificial de más de un kilómetro cuadrado de superficie… que se derrumbó antes del primer mes de existencia. A estos reveses siguieron problemas de ventilación y control térmico. Y finalmente, dado que los costes continuaban disparándose, el proyecto fue abandonado, dejando una zona tan enorme como vacía de kilómetro y medio de largura por casi un kilómetro de anchura, con alturas que variaban entre quince y veinticinco metros. Permaneció abandonada durante casi una década, y más tarde el elemento criminal la ocupó y tomó posesión de ella.
Los primeros que se escondieron allí fueron los chulos, las rameras y los traficantes de drogas. Pronto los imitaron los peristas, que construyeron almacenes alargados y de techo bajo donde pieles, joyas, cuadros, aparatos y los mil y un artículos cobrables que tanto fascinaban a las multitudes hastiadas podían envejecer antes de volver al mercado.
Después llegaron los contrabandistas de grandes mercancías. Los robots habían hecho su breve aparición en la sociedad humana antes de que la gente descubriera que su presencia creaban aún más tiempo de ocio; estaban proscritos desde hacía años, pero todavía podían adquirirse en Ciudad Oscura. Los automóviles, tanto los que empleaban combustibles fósiles como los que requerían energía eléctrica o solar, estaban prohibidos bajo casi todas las cúpulas de la nación, pero la persona que disponía de espacio para tener uno en secreto podía comprarlo en Ciudad Oscura. Las armerías abundaban, igual que las tiendas especializadas en herramientas para el oficio de desvalijador de viviendas.
Las calles solían estar desiertas, ya que Ciudad Oscura no era sitio para mirones de escaparates. Si una persona tenía algo que hacer allí, sabía adonde ir; si no tenía asuntos que resolver, no iba a Ciudad Oscura.
No había alumbrado público propiamente dicho, aunque diversas lámparas de argón aparecían empotradas en las rocosas paredes de la caverna, confiriendo a Ciudad Oscura un perpetuo fulgor de apagado color azul.

29. EXT. NOCHE - CIUDAD OSCURA - “LOOP”- PENSIÓN DE MALA MUERTE
Jeremías, con todas sus posesiones terrenas en una mochila y su caudal, no muy abundante, plegado en uno de los bolsillos, entro furtivamente en Ciudad Oscura con el mismo silencio que una de las ratas que merodeaban por los callejones. Fue directamente a una pensión de mala muerte y, dando un nombre falso, alquiló una pequeña habitación.

30. INT. NOCHE - BAR SINIESTRO ( JEREMIÁS Y el proprietario KARL RUSSO)

Hecho eso, recorrió la calle húmeda y pestilente que conducía al Bar Siniestro, una taberna para drogadictos que, a pesar de su relativa inaccesibilidad, había logrado una fama que se extendía mucho más allá del complejo de Chicago. Allí una persona podía pedir un vaso de zumo eufórico venusino (que ni era zumo ni provenía de Venus) y sumirse al instante en un trance alucinógeno que duraba entre diez minutos y dos horas. Algunas de las mezcolanzas más famosas (la Explosión Gigantesca, el Pulsar y el siempre popular Polvo de Puta) tenían potencia suficiente para quemar cualquier circuito neural del cerebro de un consumidor habitual en cuestión de días; se sabía de novatos que habían muerto con sólo dos copas. Jeremías no era un novato.
Se sentó ante una mesita y esperó a que una de las camareras semidesnudas se acercara y le sirviera. Nadie pareció advertir su presencia durante casi cinco minutos. Después un hombre bien vestido se aproximó.
—Hola, Karl —dijo Jeremías.
—¿Qué demonios haces tú aquí? —espetó Karl Russo, propietario y encargado de la barra del Bar Siniestro.
—Espero a que me atiendan —dijo Jeremías.
—¿No tienes dos dedos de cerebro? —preguntó Russo—. ¿No sabes que Moore ha enviado asesinos en tu busca?
—Sus hombres me buscarán en el Espectáculo de Emociones Fuertes —replicó Jeremías confiadamente—. Pasarán días antes de que bajen aquí.
—Días, ¿eh? —dijo Russo—. ¿Entonces por qué sé yo que han puesto precio a tu cabeza?
—¿Qué quieres decir?
—¿Quién demonios crees que es el dueño de la mitad de garitos de Ciudad Oscura? ¡Moore, ése es el dueño! Y tú, igual que un idiota, le facilitas tu descripción, ¡hasta el mismo color de tus ojos! Ha ofrecido diez mil dólares a quien te delate, y hay un dibujo de tu cara clavado en todos los garitos.
—Moore actúa con rapidez, ¿no? —comentó Jeremías, obviamente inalterado.
—Naturalmente que sí —respondió Russo—. Será mejor que abandones la ciudad un tiempo, si sabes lo que te conviene.
—Oh, no lo sé. Me gusta estar aquí.
—Pues sal de Ciudad Oscura por lo menos.
—Me gusta especialmente Ciudad Oscura —dijo Jeremías.
—¿Tienes aserrín en la mollera? —replicó Russo—. ¿Cuántas personas has visto desde que llegaste aquí? ¿Cinco? ¿Diez? ¡Seguramente la mitad han informado ya de tu paradero a los matones de Moore!
—Supongo que sí —dijo Jeremías—. Bien, ¿puedo tomar algo?
Russo dejó caer su puño sobre la mesa.
—¡Maldita sea! ¡Te comportas como si quisieras que te encontrara!
—No. Pero desde luego quiero que lo intente.
—¡Has perdido el juicio! Sea cual sea tu plan, olvídalo. Quédate otras dos horas en Ciudad Oscura y eres hombre muerto. Demonios, seguramente lo eres ya.
—Creo que tomaré un Polvo de Puta —dijo Jeremías, risueño.
—¿Piensas tener algo que Moore desea? —preguntó Russo—. ¿Cierta experiencia, alguna información? ¡Olvídalo! Lo único que quiere él es tu cuero cabelludo. No sé por qué te busca, pero si está tan enfurecido como para ordenar tu muerte y ofrecer una recompensa, tratar con él será imposible.
—No para un tipo listo y joven como yo —dijo Jeremías, todavía sonriente. Se sentía contento. Si toda la atención de Moore estaba centrada en él, su posición para negociar se vería reforzada posteriormente.
—Si tuvieras la mitad de inteligencia que de valor, te ensuciarías los calzoncillos —dijo Russo, muy disgustado—. Ahora sal corriendo de aquí. Van a destrozarme el local a balazos para cogerte.
—¿Qué estás diciendo?
—Vete. Te doy cinco minutos de ventaja. Luego diré a Moore que has estado aquí.
—Pensaba que éramos amigos —dijo Jeremías.
—Sólo si conviene al negocio. Y en este momento ser tu amigo es casi lo peor del mundo para mi negocio, por no hablar de mi salud. —Russo señaló un reloj de pared—. Te quedan cuatro minutos y medio.
Jeremías se alzó de hombros, se levantó y caminó hacia la puerta, dedicando un lascivo guiño a una de las camareras al pasar junto a ella.
—Volveré el mes que viene —dijo a Russo—. Creo que me debes un par de tragos gratis por eso. —Volvió la cabeza hacia la camarera—. Te veré entonces.
Fue a otras tres pensiones, alquiló una habitación en todas y estaba dirigiéndose hacia una cuarta cuando vio varios hombres que bajaban las escaleras de piedra talladas en el lateral de la pared situada detrás del Bar Siniestro. Se agachó junto a un pequeño almacén y examinó atentamente a los desconocidos. Su vestimenta no era la típica de los arrabaleros ricos, ni la de los habitantes normales de Ciudad Oscura, y presentándose en tan elevado número sólo podían ser hombres de Moore.

31. EXT. NOCHE - DETRÁS DEL BAR SINIESTRO (JEREMIÁS y los matones de Moore)
A Jeremías le sorprendió que hubieran llegado con tanta rapidez, pero no se desanimó. En tiempos se decía que un ciervo, antes de que esta especie se extinguiera, podía ocultarse fácilmente de dos cazadores armados en tan sólo media hectárea de terreno boscoso. Jeremías era muchísimo más listo que un ciervo, y Ciudad Oscura muchísimo más grande que media hectárea.

32. EXT. NOCHE - LAS CALLES DE LA CIUDAD OSCURA(Jeremiás se escapa delos matones)
Se descalzó y metió los zapatos en la mochila, se puso unas zapatillas con suela de caucho y echó a correr en silencio en ángulo recto respecto a los pistoleros. Pasó a toda velocidad junto a un largo trecho de burdeles y garitos de drogas y finalmente se agachó entre dos edificios para comprobar si le seguían.
Hasta ese momento, todo iba bien. Trepó por el lateral de uno de los edificios y no tardó en llegar al tejado, a cuatro metros de altura sobre el suelo. Después, tras quitarse la mochila, dejó ésta en el piso y, usándola a modo de almohada, se tumbó. Los matones tardarían horas en registrar la infinidad de pensiones, y Jeremías estaría tan a salvo en el tejado como en el mejor de los escondrijos. La comida no sería problema, además; después de su visita a Sueños Hechos Realidad había metido en la mochila varias bolsas de productos concentrados derivados de la soja, lo suficiente para más de dos semanas, tres si tenía cuidado.