4 SEC33 a SEC43

33. INT. NOCHE - CÁMARA SUBTERRANEA (Jeremiás y uno de los hombres de Moore)
Más tarde se despertó sobresaltado. Era imposible medir el paso del tiempo en la cámara subterránea, pero Jeremías estaba convencido de no haber dormitado más de un par de horas, ya que no se sentía entumecido ni descansado. Uno de los hombres de Moore estaba recorriendo lentamente la calle, delante mismo del edificio, y el hueco resonar de sus pies en el húmedo pavimento había despertado a Jeremías.
Se levantó y caminó en silencio hacia el borde del tejado. Era muy fácil saltar sobre el pistolero; la misma fuerza del impacto bastaría quizá para matarlo. Pero Jeremías rechazó la idea. No quería presentar batalla, tan sólo impresionar a Moore con su habilidad para sobrevivir. Además, si mataba al tipo, Moore se limitaría a mandar otros.
Observó al hombre de Moore durante varios minutos más, y por fin decidió seguir durmiendo. Dio media vuelta y regresó al centro del tejado. De pronto su pie se hundió en una parte débil de las podridas tablas.
El desconocido se volvió e hizo cuatro rápidos disparos en la dirección aproximada de Jeremías.

34. EXT. NOCHE - CALLES DE LA C. OSCURA (Persecusión de los hombres de MOORE a Jeremiás

Éste corrió hacia la mochila, la cogió sin detenerse y se lanzó por el otro lado del edificio. Cayó de pie y echó a correr por el callejón, cruzando en zig zag las largas y espectrales sombras.
Siguió corriendo hasta llegar al final del callejón y giró a la derecha junto al edificio indescriptible que era la sede extraoficial del no menos extraoficial gremio de asesinos de la ciudad. Nadie le disparó, detalle indicativo de que desconocían la identidad de Jeremías o bien, mucho más probable, no tenían intención alguna en ayudar a un hombre que contaba con pistoleros a sueldo. Entró en una pequeña fábrica abandonada de armas de fuego, corrió hacia la parte trasera y salió por una ventana rota. Se detuvo un momento para comprobar si había ruido de pasos, pero no captó ninguno. Poco a poco, con gran precaución, asomó la cabeza por la esquina de la fábrica y trató de observar el máximo tramo posible de la calle. Ésta parecía desierta.
Acto seguido, tras esconder la cabeza de nuevo, dio media vuelta y echó a correr en dirección opuesta. Se detuvo al llegar a la otra esquina y a punto estuvo de toparse con otro hombre de Moore, que avanzaba por la calle arma en mano.
Esperó a que el matón se hallara a más de doscientos metros de él y cruzó entonces al otro lado. Casi había conseguido regresar a las indistintas sombras cuando oyó un brusco pistoletazo. Fragmentos de piedra rociaron su cara, arrancados por la bala del borde de un edificio.
Echó a correr otra vez, entró y salió en varios almacenes, cambió de dirección manzana tras manzana, aflojó el paso cuando le pareció prudente… En menos de una hora había dado una vuelta casi completa a Ciudad Oscura, y en ese momento avistó el brillo del Bar Siniestro.
Llegó a trescientos metros del local, casi sin resuello, y entonces vio dos pistoleros delante de la entrada. Tras dar media vuelta una vez más, se adentró en un callejón que le condujo detrás de una hilera de garitos de drogas. Topó con una puerta trasera abierta, entró, se apoyó en una pared y trató de recobrar el aliento. Escuchó gemidos, extraños gorjeos en la parte opuesta y decidió no aventurarse a salir por la puerta delantera. Seguramente aquellos sonidos procedían de alguien sumido en un trance tan turbador que difícilmente seria una amenaza, pero Jeremías no podía saber con seguridad si aquella persona estaba sola y no valía la pena correr ese riesgo.
Salió en silencio por la puerta trasera y vio que un hombre avanzaba hacia él por el callejón. Echó a correr en dirección contraria, oyó varios disparos y notó una quemadura en su codo izquierdo. Lanzó una maldición, apretó el paso y se introdujo en el primer edificio con puerta trasera que encontró.
Sin dudarlo un momento, cruzó la vivienda y salió a la calle por la puerta principal. Sonaron dos nuevos disparos, procedentes de distinta dirección, y Jeremías entró a la carrera en otro edificio.

35. INT. NOCHE - UN LUGAR LUJUOSO – PLAZA GOMORRA(Jeremiás y la profisional del sexo- un robot)
El lugar era espacioso y estaba bien amueblado. Una escalera de caracol ascendía hacia un piso superior perdido en las sombras. Jeremías la subió rápidamente, de tres en tres escalones y cruzó una puerta en la parte superior. La puerta se cerró sola, y Jeremías se encontró en un salón suntuosamente decorado. La alfombra era afelpada y espesa, el papel de las paredes aterciopelado, varios sofás para dos personas se alineaban junto a los muros y suave música grabada brotaba de ocultos altavoces.
—Bienvenido —sonó una voz grave y resonante.
Jeremías se sobresaltó y volvió la cabeza. La habitación estaba vacía.
—Acaba de entrar en la Plaza Gomorra, el colmo de la experiencia en burdeles.
Jeremías corrió hacia la puerta, pero estaba cerrada.
—Celebramos que haya elegido la Plaza Gomorra, donde experiencias sensuales insólitas aguardan incluso al más hastiado de los hedonistas. Aparte de otros que como usted buscan satisfacción y placer, ni un solo ser vivo está de servicio. Hasta la voz que oye ahora está grabada. Aquí no experimentará vergüenza, humillación o amenaza de censura pública. ¡Sea arrojado, sea malicioso, sea inventivo, no se inhiba, sea usted mismo! Lo único que pedimos es que nos permita demostrarle nuestra extraordinaria capacidad para servirle y satisfacer todos sus deseos. —Hubo una pausa—. Las habitaciones cuatro, quince, dieciocho y veinticuatro están disponibles en estos momentos. Las encontrará en el pasillo a su izquierda. El pago lo efectuará cuando salga. Aceptamos cualquier tipo de moneda o tarjeta de crédito actualmente en uso en Europa y el Hemisferio Occidental, así como bonos debidamente endosados de clase doble A o superior. Puede recurrir a otras formas de pago mediante acuerdo especial.
Se abrió una puerta en la parte izquierda de la sala y Jeremías Salió corriendo por allí. Trató de introducirse en la primera habitación que encontró, comprobó que estaba cerrada herméticamente y se precipitó hacia el extremo del pasillo, muy largo y débilmente iluminado, donde topó con una puerta cuyos intermitentes diodos formaban el número 24.
La abrió, cruzó un cuarto de vestir, oyó el ruido de la puerta al cerrarse detrás de él y caminó presurosamente hacia la ventana de la pared opuesta.
—Hola, guapetón —sonó una voz suave y sensual.
Jeremías se detuvo bruscamente y vio una pelirroja voluptuosa, totalmente desnuda, junto al pie de una enorme cama de bronce.
—Hoy no, hermana —dijo—. Tengo una prisa terrible.
—Me alegra que hayas podido venir esta noche —dijo la pelirroja en tono uniforme. Extendió una mano y cogió por el brazo a Jeremías.
Jeremías intentó soltarse, y le sorprendió averiguar que no podía.
—Llevo la semana entera esperando alguien como tú —dijo la pelirroja mientras lo arrastraba hacia la cama.
Jeremías oyó el lejano ruido de una puerta al venirse abajo.
—¡Maldita sea, ya están aquí! —refunfuñó—. ¡Suéltame, puta estúpida!
—Si quieres que te haga algo especial, sólo tienes que pedirlo —dijo la pelirroja, y se echó en la cama—. Estoy programada para realizar cualquier acto del Kama Sutra, The Perfumea Garden y las obras de Krafft-Ebing.
—¿Programada? —chilló Jeremías en el mismo momento que se derrumbaban otras dos puertas—. ¡Oh, Dios, suéltame, condenada máquina!
Golpeó con los puños la cara del robot. La pelirroja sonrió y le mordisqueó cariñosamente la oreja.
—¡Suéltame! —suplicó él—. ¡Van a matarme!
El robot puso a Jeremías encima de su cuerpo, lo envolvió con brazos y piernas y movió rítmicamente caderas y torso.
Jeremías le hundió la rodilla entre los muslos, le mordió el cuello y le metió el pulgar en el ojo izquierdo.
—Oh, vas a ser muy bueno, encanto —musitó ella mecánicamente—. Mejor que todos los demás.
Jeremías oyó el ruido de la puerta de la habitación al venirse abajo, oyó los pasos de los cinco hombres de Moore que se acercaban a la cama.
—¡SUÉLTAME! —gritó.
—Oh, encanto, eres el más grande —sonó la monótona voz del robot en el mismo momento que cinco pistolas abrían fuego al unísono.

36. INT. NOCHE - EN UNA DE LAS HABITACIONES (Moore, Ben, Montoyo y los demás hombres)
5
El estruendo del disparo fue ensordecedor.
—¿Dónde está la bala? —preguntó Moore mientras dejaba a un lado la pistola.
Pryor cruzó la habitación.
—Aplastada contra la caja —respondió.
Moore se volvió hacia los ocho agentes de seguridad que aguardaban nerviosamente ante el escritorio.
—Caballeros —dijo, intentando dominar su mal humor—, usando una de vuestras armas he logrado alcanzar una pequeña caja fuerte a una distancia de seis metros… y yo no soy pistolero profesional. Bien, ¿alguien tiene una explicación lógica de lo que sucedió?
No hubo respuesta, y Moore miró directamente al jefe de seguridad.
—Montoya, tú lo seguiste hasta Gomorra. ¿Cómo se escapó?
Montoya, un hombre de poca estatura, delgado y fuerte, de ojos oscuros y hundidos, se limitó a menear la cabeza y alzarse de hombros.
—Muy bien —dijo Moore mientras paseaba de un lado a otro delante de los ocho hombres—. Veamos si lo entiendo. Jeremías subió corriendo las escaleras y entró en una habitación, mientras Montoya aguardaba refuerzos. Cuando llegaron otros cuatro hombres, un robot tenía al tipo totalmente indefenso. Entrasteis los cinco, rodeasteis la cama, apuntasteis tranquilamente y disparasteis cuarenta y tres balas en total. ¿Correcto hasta ahora?
—Sí, señor —dijo Montoya.
—¿Disparasteis a menos de cinco metros?
Montoya asintió.
—Y cinco de los mejores pistoleros de la ciudad dispararon a quemarropa y no lograron matar, ni siquiera herir a un hombre que estaba delante de ellos —continuó Moore con fría furia—. No sólo eso, además reventasteis la cabeza del robot y dejasteis que Jeremías quedara libre, saltara por la ventana y os eludiera por completo. Y repito: ¿tiene alguien una explicación lógica?
—Gustosamente me sometería a una sesión de la Máquina Antimentiras, señor Moore, si cree que algo de lo que le hemos contado es falso o inexacto —dijo Montoya.
—Eso ya está preparado —repuso Moore—. Todos vosotros, nada más salir de aquí, iréis a la habitación de la Antimentiras. Podría añadir que el voltaje será casi mortal. Aquí está pasando algo raro, y quiero llegar al fondo del asunto. —Miró a Pryor—. Ben, quiero que registréis esa habitación del burdel. Averiguad cuántas balas hay en las paredes, en el robot, en todas partes.
—Ya lo había ordenado —replicó Pryor—. Conoceremos los resultados dentro de poco.
—También quiero saber cómo se las apañó Jeremías para salir de Ciudad Oscura después del tiroteo.
—De acuerdo —dijo Pryor.
Moore volvió a encararse con los ocho pistoleros.
—Muy bien, salid de aquí —dijo muy disgustado.
Mientras se iban en fila india, el ordenador de bolsillo de Pryor emitió una señal.
—Ya lo tengo — anunció Ben.
—¿El qué? —preguntó Moore.
—Un informe de Gomorra. Encontraron treinta y dos balas en la cabeza y las extremidades del robot, y otras cuatro en el colchón.
—¿Y las otras siete?
—Ni rastro. Pero sabemos que Jeremías llevaba una mochila. Seguramente la llevaba cargada con envases y algún arma. Es de suponer que cuatro o cinco de las balas quedaran alojadas en la mochila.
—¿Por qué cuatro o cinco? —preguntó Moore—. ¿Por qué no las siete?
—Porque había huellas de sangre en el suelo y en la ventana. Debieron herirle una vez como mínimo, tal vez dos.
—Pero no lo suficiente para frenarlo —dijo Moore—. ¡Maldita sea, Ben, todo esto es increíble!
—Estoy de acuerdo —dijo Pryor—. Pero ya que él hizo una fuga perfecta, sería mejor que empezáramos a creerlo… a menos que quieras creer que un miserable pordiosero ha pagado a cinco hombres que nos son leales desde hace años. —Hizo una pausa para encender un cigarrillo—. En cuanto a la reconstrucción de la escena qué puedo hacer yo, nuestros otros tres muchachos debieron dirigirse a la Gomorra en cuanto oyeron los disparos, y evidentemente Jeremías logró escabullirse y salir de la Ciudad Oscura mientras todos intentaban explicar lo sucedido. —Se alzó de hombros—. Es una locura, pero no hay otra forma de que los hechos encajen.
—¡Esto es totalmente absurdo! —repitió Moore—. ¿Cómo es posible que cinco tiradores de primera disparen cuarenta y tres balas a menos de cinco metros y ni siquiera frenen al tipo? Demonios, si el simple ruido debería haber bastado para matarlo del susto…
—Por lo que dicen los muchachos, él estaba casi loco de miedo antes de que empezaran a disparar —dijo Pryor.
—¡No se me ocurre ninguna explicación racional! —gruño Moore—. Me refiero a que no parece que él tenga un exceso de cerebro. Consideremos los hechos. Primero, encarga a una mujer de cincuenta kilos que me mate con un arma que la obliga a estar cerca de mí. Eso fue pura tontería. Segundo, intenta camuflar el Bazar de la Rareza cuando yo conservo una tarjeta comercial con las señas. Más estúpido todavía. Tercero, usa un lisiado y un Blanco Viviente como cómplices, personas cuya identificación y localización no es precisamente lo más difícil del mundo. Cuarto, entrega el impreso de solicitud de Sueños Hechos Realidad, detalle que nos indica con exactitud su aspecto físico. Quinto, entra en el tugurio de Russo y se deja ver. Sexto, para tratar de ocultarse de nuestros muchachos sube al tejado del almacén más ruinoso de Ciudad Oscura y logra que el suelo se abra bajo él. Séptimo, se mete en una habitación con un robot ramera y consiente en quedar indefenso mientras nuestros hombres llegan y le disparan. ¡Demonios, un imbécil de remate se habría comportado con más inteligencia! Y sin embargo, Jeremías sigue suelto, y nuestra organización parece formada por un puñado de incompetentes.
—Lo dices como si fuera algo más que suerte —observó irónicamente Pryor.
—¿Llamas suerte a que las tres cuartas partes de las balas alcanzaran al robot? —replicó Moore con brusquedad—. Esos tipos son especialistas, Ben. ¡No podían fallar!
Pero la Máquina Antimentiras no tardó en comprobar que los matones decían la verdad, y Moore no tuvo más opción que ordenar la continuación de la búsqueda.
—Otra cosa, soltad a Lisa Walpole —dijo a Pryor— y seguidla. —Si ella supiera dónde encontrar a Jeremías, te lo habría dicho mientras estaba bajo los efectos del suero de la verdad —repuso Pryor.
—Lo sé —contestó Moore—. Pero él podría tener algún motivo para ver a la chica, y si la ve quiero estar enterado. —Hizo una pausa—. Además, debe haber huellas dactilares en el burdel. Compruébalas, a ver si averiguamos quién demonios es ese tipo. ¿Tiene apellido? ¿Dónde vive? ¿Y por qué me acosa? No puede ser tan imbécil como aparenta, o no sería capaz de vestirse sin ayuda por la mañana. Quiero averiguar todo cuanto sea posible sobre él.
Pryor asintió y salió del despacho para poner en práctica las órdenes.

37. INT. NOCHE - UNA DE LAS HABITACIONES (Moore y el Jefe de seguridad, el Montoyo)

El jefe de seguridad entró instantes más tarde, y se situó muy nervioso ante el escritorio.
—Siéntate —dijo Moore, señalando una silla de madera—. Por más que me cueste creerlo, parece que no has mentido. Volvemos a estar en el punto de partida. Sigo queriendo saber por qué Jeremías no ha muerto.
—Con franqueza, no lo sé, señor.
—¿Notaste algo anormal, por parte de Jeremías o en la habitación en general?
—Nada en absoluto —replicó Montoya, meneando la cabeza—. ¡Caramba, señor, imposible que él supiera a donde iba! Yo estaba pisándole los talones, y se metió en el primer sitio que encontró.
—¿Estás seguro de que no lo planeó para que pareciera así? —sugirió Moore.
—Totalmente.
—Muy bien. En confianza, ¿a qué achacarías tú que todo saliera mal?
Montoya hizo un elocuente encogimiento de hombros.
—Ojalá lo supiera.
—¿No pudo ser el robot que estuviera preparado para atraer las balas de alguna forma?
—Imposible. Sé que algunas balas no llegaron a tocar al robot.
Moore hizo una mueca.
—Once en total. —Hizo una pausa—. ¿Quedó muy malherido Jeremías?
—Las heridas no le impidieron saltar por la ventana y echar a correr en cuanto tocó el suelo. —Montoya sacudió la cabeza—. Todavía no puedo creerlo, señor.
Moore le ordenó que se fuera, acarició la idea de interrogar a los otros siete pistoleros y decidió no hacerlo. Al fin y al cabo, no podían decirle más que lo que habían dicho a la Máquina Antimentiras. Finalmente llamó de nuevo a Pryor.
—Ben, no podemos seguir sentados esperando que Jeremías vuelva a actuar. Quiero que localices un actor que tenga mi aspecto, que lo vistas con mi ropa y que lo envíes a todos los sitios que suelo visitar: restaurantes, gimnasios, librerías, cualquier lugar donde puedo ir yo.
Pryor expresó duda.
—No creo que él muerda el anzuelo, pero podemos intentarlo.
—De acuerdo. Y averigua porqué demonios hay tantos problemas para localizar a Krebbs.
—Sería muy útil tener una foto.
—¡Demonios, le faltan varios dedos y un ojo! ¿No es suficiente para avanzar?
Pryor se encogió de hombros.
—Haré correr la voz de que continuamos interesados en él.
—Otra cosa —agregó Moore—. Por lo poco que sabemos de Jeremías, yo diría que es incapaz de pasar por alto todo lo que se contonea. Investiga, busca un par de chicas que lo conozcan.
—¿Puedo ofrecer un incentivo?
—Cinco mil dólares por cualquier información. —Moore hizo una pausa—. No, que sean diez mil. Ese hombre es igual que tener picor y no poder rascarse. Cuanto antes sepamos algo concreto sobre él, tanto mejor.
Pryor asintió y se fue.

38. INT. DIA - BAZAR SUEÑOS HECHOS REALIDAD ( Mujer y KARL RUSSO)

El siguiente punto del orden del día era la mujer de Sueños Hechos Realidad que había recogido la solicitud de Jeremías, pero tampoco ella pudo añadir detalles al escaso cuerpo de conocimientos sobre él que poseían. Nadie del espectáculo de Emociones Fuertes lo recordaba. No tenía antecedentes policiales. Karl Russo lo conocía como cliente, pero no ofreció información útil. Ni siquiera el contacto de Moore introducido en el gremio de criminales pudo colaborar.

39. INT. DIA - DESPACHO DEL MOORE( Moore recebe una llamada de una mujer)

El primer cambio se produjo al atardecer, cuando se encendió la luz intermitente del teléfono. Moore descolgó el auricular.
—¿El señor Moore? —dijo una voz femenina.
—¿Quién habla? —preguntó Moore—. ¿Cómo ha conseguido este número?
—Me lo dio un empleado suyo, un tal Visconti —replicó ella—. Me dijo que usted podía tener algo para mí.
—¿Por ejemplo?
—Diez mil dólares.
—¿Conoce a Jeremías?
—Sí.
—¿Por qué no facilitó la información a Visconti?
—Porque él no tenía el dinero —contestó la mujer.
—Venga a verme y lo tendré aguardándola.
—No, gracias. Si Salomón Moody Moore desea desembolsar tanto dinero simplemente por una información, eso indica que Jeremías debe ser un hombre bastante peligroso. No quiero que me vean cerca de su oficina.
—Escoja usted hora y lugar —dijo Moore—. Acudiré.
—¿Solo?
—Por supuesto que no —dijo Moore—. No permitiré que me engatusen dos veces en una semana.
—Tendré que pensarlo.
—Quince mil —dijo Moore al instante.
Se produjo un momentáneo silencio.
—De acuerdo —dijo ella por fin.
—Estupendo. ¿Dónde nos encontramos?
—En el Museo de la Muerte.
—Nunca había oído hablar de ese sitio. ¿Está muy lejos?
—En Evanston. Encontrará la dirección en el listín.
—¿Cuándo?
—A las diez de la noche.
—¿Y si el museo está cerrado? —preguntó Moore.
—Lo estará.
—En ese caso…
—Esté allí a las diez, señor Moore —dijo la voz—. Yo me ocuparé de lo demás. Y otra cosa, señor Moore.
—¿Sí?
—No se retrase. Me disgusta que me hagan esperar.
La mujer cortó la comunicación.

40. INT. DIA - DESPACHO (Moore habla con Visconti)

Moore apretó otro botón del intercomunicador.
—Quiero hablar por teléfono con Visconti.
Momentos después el agente telefoneó.
—¿Quién es esa mujer que habló contigo de Jeremías? —preguntó Moore.
—No lo sé. Llevaba gafas de sol, y la peluca roja más brillante que he visto en mi vida. Iba maquilladísima, pero tengo la impresión de que tiene la piel muy pálida.
—¿La seguiste?
—No —repuso Visconti—. Supuse que si realmente sabía algo, no me interesaba asustarla.
—¿Cómo se puso en contacto contigo?
—Hicimos correr la voz por los canales habituales. No tuvo que ser muy difícil. Bien mirado, estamos buscando a Jeremías, no escondiéndonos de él.
—Cierto —dijo Moore—. Muy bien. Quiero que tú y Montoya estéis en mi despacho a las ocho de la noche.
—¿Algo especial?
—Voy a encontrarme con la mujer esta noche, y quiero que confirmes su identidad, si es posible.
Interrumpió la conexión y se entretuvo con sus intereses legítimos durante el resto del día. Se disponía a salir acompañado de Montoya y Visconti cuando Pryor le llamó por el intercomunicador.
—¿Qué pasa? —preguntó Moore.
—Acabamos de encontrar a Maria Delamond.
—¿Quién demonios es?
—La vieja de la tienda de objetos religiosos —replicó Pryor.
—¡Excelente! ¿Dónde está?
—Tumbada en un callejón detrás del tercer nivel de la Calle Monroe, con el cuello rebanado de oreja a oreja.

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41. EXT. NOCHE - A LAS AFUERAS DEL EDIFICIO – (Sr. MOORE, VISCONTI Y MONTOYO)

Moore y los dos pistoleros se acercaron al edificio, enorme y en sombras.
—¡Dios, qué frío! —murmuró Visconti, y se subió el cuello del abrigo. El viento de
diciembre soplaba procedente del lago Michigan.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que salí de la cúpula en invierno —convino Montoya. Sopló en sus manos—. Había olvidado qué se sentía.
—Los dos os estáis ablandando por culpa de tantos años de vivir en la ciudad —dijo Moore.
—¿No le molesta el frío, señor? —preguntó Visconti.
—No lo bastante para que me queje.
—¡Fíjese en esas torrecillas! —exclamó Montoya—. Este maldito lugar parece un castillo gótico.
—Más bien una mansión reformada, o tal vez un edificio de la vieja Universidad del Noroeste —replicó Moore—. Cuento seis puertas como mínimo. Visconti, saca la pistola e intenta abrirlas, una por una. Montoya, no te separes de mí y mantén los ojos abiertos.
Mientras Visconti, un hombretón musculoso de pelo rubio y muy corto, corría hacia la entrada principal, Montoya volvió la cabeza hacia Moore.
—No he tenido oportunidad de preguntárselo por culpa del problema en Ciudad Oscura —dijo el jefe de seguridad en voz baja—. ¿Qué quiere que hagamos con el señor Prior, señor? ¿Mantener la vigilancia, o concentrar todas nuestras fuerzas en Jeremías?
Moore meditó la cuestión un momento.
—Deja dos hombres vigilando a Ben —dijo por fin—. Que todos los demás se concentren en Jeremías.
—¿Está seguro de que eso es prudente, señor?
—Ben no representa un problema inmediato —replicó Moore—. Jeremías está importunándome en estos mismos momentos.
Visconti se reunió con ellos instantes más tarde.
—No ha habido suerte —informó—. El edificio tiene seis puertas, y las he probado todas. —Hizo una pausa, pensativo—. Ella sabe que usted lleva el dinero encima. ¿Supone que esto podría ser una trampa?
—Tú me la recomendaste —respondió Moore—. ¿Crees tú que nos están engatusando?
—Lo dudo —replicó Visconti después de pensarlo un momento—. ¿Qué nos impide irnos ahora mismo? —Meneó concluyentemente la cabeza.—. No, si ella quisiera tenderle una trampa, creo que lo haría dentro del museo, no aquí.
—Parece lógico —convino Moore—. De todas formas, toda la lógica del mundo no tendría importancia alguna si nos equivocamos. —Consultó su reloj de pulsera—. Faltan cinco minutos para las diez. Creo que comprobaremos otra vez las puertas a las diez en punto.
Cinco minutos más tarde Visconti se acercó al edificio y regresó instantes después para informar que una de las entradas laterales estaba abierta.

42. INT. NOCHE - PASILLO – (Sr. Moore, Visconti, Montoyo y una voz feminina)
Los tres hombres entraron por ella y se detuvieron. Moore atisbo el interior, pero sólo vio un pasillo oscuro.
—Muy bien —anunció al cabo de un momento—. Montoya primero. Visconti, tú irás detrás. Y recordad: vuestro trabajo consiste en protegerme, no en vengar mi muerte.
Se adentraron en el edificio y habían dado escasos y vacilantes pasos cuando escucharon una voz femenina:
—Cierren la puerta y sigan en línea recta.
Moore hizo una señal a Visconti, que obedeció la orden de la voz. El pasillo describía una brusca curva a la derecha a diez metros de la entrada, terminando en una salita totalmente desprovista de muebles.

43. INT. NOCHE - UNA SALA – (Sr. Moore, Visconti, Montoyo y la mujer)

De pie en el centro de ella se hallaba una mujer con la piel más blanca que Moore había visto nunca. Tenía el cabello corto y negro, ojos muy oscuros, pómulos salientes y una figura que Jeremías no podía haber pasado por alto. Moore supuso que debía estar cerca de los treinta años, aunque no le habría sorprendido averiguar que rondaba los cuarenta.
—Ordene a sus hombres que guarden las pistolas —dijo la mujer—. Las armas me ponen nerviosa.
—Las reuniones clandestinas me ponen nervioso —replicó Moore—. Las pistolas seguirán fuera. —Miró a Visconti—. ¿Es la misma mujer?
—El pelo y el maquillaje son distintos, señor —dijo Visconti—, pero indudablemente la voz suena igual. —¿Ha traído el dinero? —preguntó la mujer. Moore lo sacó y lo alzó para que ella lo viera. —Magnífico. Vayamos a mi despacho. Allí podremos sentarnos y hablar tranquilamente.
—Usted primera —dijo Moore mientras él y sus hombres la seguían por una puerta situada en la parte opuesta de la habitación. Llegaron a un espacioso pasillo lleno de cajas de vidrio. Todas ilustraban una escena de fatalidad y destrucción.
—Ésta es nuestra más popular sala de exposición —dijo la mujer, que aflojó el paso para que Moore pudiera contemplar los recipientes con más atención.
Los estuches contenían figuras de tamaño natural en diversos estados de sufrimiento y muerte. Allí estaba Mussolini colgado por los tobillos, John Kennedy con la parte superior de la cabeza destrozada por los disparos, Lincoln un microsegundo después de que John Wilkes Booth disparara su pistola.
—Muy realista —dijo Moore mientras se detenía para observar la agonía de Julio César.
—Estamos especialmente orgullosos de esta obra —dijo la mujer, señalando la cabeza de María Antonieta, de la que goteaba un reguero de sangre y ganglios, suspendida en el tiempo y el espacio, a medio camino entre la hoja de la guillotina y la cestita que la aguardaba.
—No está mal —comentó Moore—. ¿Tienen a Braden en alguna parte?
—En la siguiente sección —replicó ella. Los hizo cruzar otro umbral y se detuvo ante una representación de James Wilcox Braden III, cuadragésimo sexto presidente de los Estados Unidos y el único que se había suicidado mientras desempeñaba su cargo.
—No se parece mucho al hombre que yo recuerdo —observó Moore—. A pesar de todo —añadió, contemplando la sangre que aparentemente brotaba sin cesar de la muñeca y caía en un recipiente con agua caliente—, resulta impresionante.
Siguieron andando juntos a las otras representaciones. Sade se esforzaba de nuevo en encontrar el punto límite definitivo del alma y el cuerpo humanos, Martín Luther King contemplaba con aire de incredulidad la sangre que se extendía por su camisa y Nikolai Badeliovitch conservaba en su semblante una expresión de incomprensión mientras los fallos del sistema de sostén vital ponían fin a la primera expedición tripulada a Venus.