6 SEC55 a SEC65

55. INT. NOCHE - DESPACHO DEL SR. MOORE- (Sr. Moore y Dr. Abe Bernstein y el anciano)

Llegó a su despacho al cabo de un cuarto de hora y ordenó al viejo que tomara asiento. El anciano continuó de pie, mirando inexpresivamente la pared.
Bernstein llegó pocos minutos después.
—Me alegra que estés aquí, Abe —dijo Moore—. Tenemos un pequeño problema aquí.
Bernstein sacó un oftalmoscopio de su maletín y centró la luz en los ojos del anciano. Finalmente alzó la mirada hacia Moore.
—Una corrección: tienes un gran problema aquí. ¿Qué le pasó a este hombre, Salomón?
—Esperaba que tú me ayudaras a saberlo.
—¿Quién es?
—Krebbs —dijo Moore.
—¿El viejo que intentó embaucarte? —preguntó Bernstein—. Me dijiste que le faltaba…
—Un ojo y varios dedos. Lo sé.
—¿Tienes algún motivo para creer que pudiste confundirte? —inquirió Bernstein.
—Ninguno.
—En ese caso, este hombre no puede ser Krebbs.
—Es Krebbs —afirmó Moore.
—¿Qué te hace pensar así, Salomón?
—No lo pienso. Lo sé. Demonios, ¿cómo voy a olvidar su aspecto?
—Hay muchos hombres parecidos —sugirió Bernstein.
—No estamos hablando de muchos hombres —espetó Moore—. Hablamos de un viejo especial… ¡un viejo llamado Krebbs, que resulta ser mi único vínculo con Jeremías!
—¿Por qué no coges el teléfono, llamas al hospital más próximo y preguntas cuándo fue la última vez que tuvieron un caso de regeneración digital en un ser humano? —dijo Bernstein, irritado.
—Un poco menos de aires de superioridad y un poco más de medicina —repuso Moore—. Yo digo que es Krebbs, tú dices que no lo es. Estupendo. Olvidaremos esto de momento. ¿Puedes explicarme qué le pasa?
—¿En un segundo?
—Antes, si es posible.
Bernstein examinó de nuevo al anciano, comprobó el pulso, el ritmo cardiaco, la respiración y los reflejos. Por último, se apartó de él y respiró profundamente.
—No has recurrido al médico apropiado, Salomón. Para la edad que tiene, este hombre goza de excelente salud. Diría que necesita un buen psiquiatra, y subrayo la palabra «buen».
—¿Por qué?
—El doctor Freud, descanse en paz, opinaría que se trata de un caso típico de histeria. Puesto que el término ha llegado a significar chillidos y desvaríos, lo corrijo y digo que este hombre sufre una conmoción grave.
—¿Hasta qué punto grave?
—En pocas palabras, parece haber hecho estallar todos los circuitos neurales del cerebro. Naturalmente se trata tan sólo de mi opinión, y no soy experto. Es posible que un hombre versado en la materia discrepara totalmente y curara al viejo en cinco minutos.
—¿Cuánto tiempo tardarías tú? —preguntó Moore.
—Creo que no lo entiendes —dijo Bernstein—. Curar enfermos mentales, incluso emitir el diagnóstico, no es mi especialidad.
—No has contestado mi pregunta —insistió Moore—. Escucha, este hombre no me sirve para nada tal como está. Debes encontrar la forma de devolverle el raciocinio. Un par de minutos es lo único que preciso.
—En primer lugar, no soy un psiquiatra. Y en segundo lugar, este hombre no es Krebbs. —Bernstein hizo una pausa—. No sé cómo puedes estar tan seguro de un hecho obviamente falso.
—Puedes creer en tu instinto y en tu criterio, o no creer. Yo creo en ellos.
—Pero…
—Sigues sin ayudarme —dijo Moore, impaciente—. Sé que un psiquiatra sería preferible, pero el caso es que no tengo ninguno en nómina, y no puedo perder un segundo. Bien, ¿cuál es el mejor método para sacar del trance a este hombre?
—Estás pidiéndome que haga algo totalmente falto de ética. Salomón.
—Te equivocas —dijo Moore—. Estoy ordenándotelo.
Bernstein se volvió hacia el anciano, hizo una mueca y meneó la cabeza.
—No soy versado en la materia. Déjame telefonear a alguien que lo es.
—De acuerdo —accedió Moore—. Que esté aquí con todo lo preciso dentro de media hora.
Bernstein se acercó al teléfono, hizo una rápida llamada y colgó.
—Bien —anunció—. He llamado a Neil Procion. Pertenece al cuerpo médico del Hospital Mental Elgin, y por lo que he oído decir es un entendido en terapia de shock.
—¿Lo conoces personalmente? —preguntó Moore.
—Lo he visto en tertulias —respondió Bernstein—. Él y mi hijo van a esquiar a Michigan.
—Bien —dijo Moore en tono tétrico—, esperemos que conozca su oficio.

56. INT. NOCHE - DESPACHO – (Sr. Moore, Dr. Bernstein, Dr. Neil Procion, y el anciano)

Procion se presentó veinticinco minutos más tarde, con un maletín de plástico bajo el brazo. Era un hombre joven, vehemente y serio, con el cuerpo de un atleta y la cara demacrada de alguien que no sabe cuándo terminará de trabajar. Saludó formalmente a Bernstein, accedió a que le presentaran a Moore y se dirigió hacia el anciano con pasos enérgicos. Realizó un examen breve pero exhaustivo, y acto seguido miró a Moore.
—¿Cuál es la causa del estado de este hombre? —preguntó.
—No lo sé… pero hay un cheque en blanco aguardándole si logra curarlo.
—Ordenaré a un equipo del hospital que venga a recogerlo más tarde —dijo Porción.
—Ahora —repuso fríamente Moore.
—¿Cómo dice?
—No envíe ningún equipo, doctor. Cúrelo ahora mismo.
—¿Qué le hace pensar que puede darme órdenes? —preguntó acaloradamente Procion.
Moore no contestó, pero apretó un botón del intercomunicador. Dos agentes de seguridad, armados, entraron de inmediato en el despacho y se situaron junto a la puerta pistola en mano.
—Doctor Bernstein, ¿qué diablos está pasando aquí? —inquirió Procion.
El aludido se encogió de hombros.
—Le sugiero que intente sacar al viejo de su aturdimiento aquí y ahora mismo, Neil. El señor Moore no tiene fama de bromista.
—¿Y me ha hecho venir sabiendo eso?
—Seguramente yo habría matado al enfermo —dijo Bernstein—. Usted tal vez no.
—Es mi intención redactar un informe completo en cuanto vuelva al Elgin.
—Como quiera —dijo Moore—. Pero mientras tanto… —Señaló al anciano.
—De acuerdo —dijo Procion—. Deseo dejar bien claro que hago esto bajo amenaza de muerte, y por ninguna otra razón.
Moore habló con uno de los agentes de seguridad.
—Que vengan Moira y Ben. Quiero que escuchen todo lo que Krebbs pueda decir.
—Si es que dice algo —comentó Bernstein—. Seguramente explicará que no se llama Krebbs, y que se ha dado al vino y a la droga durante los últimos cinco años.
—Ya lo veremos —dijo Moore.
—Necesitaré ayuda —anunció Procion.

57. INT. NOCHE - DESPACHO – (Moore, Bernstein, Procion, el anciano, Moira y Ben Prior)
—Cualquier cosa que desee —dijo Moore, mientras Moira y Pryor entraban en el despacho.
—Quiero que este hombre esté atado fuertemente, repito, fuertemente, a la silla.
Los vigilantes, tras una seña de Moore, enfundaron sus armas y cumplieron las órdenes de Procion. El joven médico abrió el maletín que había traído y extrajo cuatro dispositivos transistorizados del tamaño de una moneda. Fijó dos en las sienes, otro en el corazón y el cuarto en el paladar del anciano. A continuación sacó un minúsculo tablero de mandos del maletín.
—Apártense de él —ordenó. Se volvió hacia Moira—. Tal vez quiera mirar a otra parte…
—Ni en sueños —murmuró Pryor.
Procion apretó un botón del tablero, y el cuerpo del anciano empezó a moverse espasmódicamente. Pocos segundos después el médico separó su dedo del botón y el viejo quedó colgando de sus ligaduras.
Bernstein se aproximó, alzó un párpado del anciano, le tomó el pulso y observó su respiración.
—Bien, sigue vivo —anunció por fin—. Pero eso es casi lo único que puedo decir de él.
—Repítalo —dijo Moore.
—Pero, señor Moore… —protestó Procion.
—Otra vez.
Procion apretó el botón, y el cuerpo del viejo estuvo a punto de elevarse sobre la silla.
—Ninguna reacción —dijo Bernstein tras examinarlo de nuevo.
—Otra vez —ordenó Moore.
—¡Salomón, eso lo matará! —exclamó Bernstein.
—Ya me ha oído —dijo Moore a Procion.
El joven médico se dispuso a oponerse, pero vio a los vigilantes, suspiró y apretó nuevamente el botón.
En esta ocasión, tras retorcerse furiosamente, el anciano abrió los ojos y contempló la habitación. La ausencia total de expresión se convirtió en una mirada de perplejidad.
—Krebbs, ¿puede oírme? —dijo Moore, arrodillado junto a la silla.
—¿Krebbs? ¿Krebbs? —repitió el viejo, esbozando la palabra con los labios, atónito.
—¿Dónde está Jeremías?
—¿Jeremías? —dijo el anciano, desconcertado.
—¡Sí, Jeremías! —espetó Moore—. ¿Dónde está?
—¿Krebbs? ¿Jeremías?
—Tú eres Krebbs, y Jeremías te mandó tenderme una trampa —dijo Moore—. Te soltaré, ¡pero tienes que decirme dónde está Jeremías!
—¿Soltaré? ¿Soltaré? —El anciano repitió la palabra como si fuera un nombre que no lograba recordar.
—Concédele un poco de tiempo para que se recupere —recomendó Bernstein—. En estos momentos está espantosamente débil.
—Cinco minutos, ni uno más —dijo Moore—. Desatadlo.
Bernstein soltó al viejo y lo ayudó a sentarse con más comodidad. Un mechón de canas, empapado de sudor, cayó sobre la frente del anciano, y éste alzó la mano derecha para echárselo hacia atrás. Cuando la mano quedó al alcance de su vista, el viejo la contempló con creciente confusión mientras agitaba los dedos uno tras otro.
—Oh, Dios mío —murmuró.
—¿Qué pasa, viejo? —preguntó Bernstein.
—¡Oh, Dios mío! —repitió, sin apartar la mirada de sus dedos.
—¿Dónde está Jeremías, Krebbs? —insistió Moore.
El anciano levantó cautelosamente la mano izquierda y se tocó un ojo primero, el otro después.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó—. ¡JEREMÍAS!
Tras un alarido de puro terror, su cuerpo se inclinó y cayó pesadamente al suelo. Pese a la gran rapidez de Moore y de Bernstein, Moira los superó y quedó arrodillada al instante junto al anciano.
—¿Vive? —preguntó Moore.
—No —repuso Moira, con las mejillas encendidas por la excitación.
—¡Maldición! —dijo Moore—. ¡Precisamente cuando estaba recobrándose y podía decirnos algo!
—Yo no diría que estaba recobrando la razón —objetó Bernstein—. Yo diría que el susto estaba volviéndole loco, y en el sentido más literal posible. Creo que ha muerto de miedo.
—¿Por qué se ha asustado? —preguntó Moira mientras acariciaba cariñosamente la cara y el cabello del muerto.
—Casi me da miedo pensarlo —dijo Bernstein. Se agachó y examinó atentamente la mano derecha del anciano—. No hay ninguna clase de cicatriz.
—¿Qué significa eso? —inquirió Moore.
—Dejemos que el doctor Procion se vaya primero —sugirió Bernstein—. Después podremos hablar con más libertad.
Moore ordenó a los dos vigilantes que se llevaran a Procion.
—Necesitaré el cadáver para mi informe —dijo el joven médico, visiblemente afectado.
—¡No! —dijo bruscamente Moira—. Será para mí.
—¿Para qué demonios lo quiere? —preguntó Procion, curioso a pesar de todo.
—Ella es algo así como una coleccionista —dijo Pryor, sonriente.
—Muy gracioso —murmuró Procion—. Bien, ¿tendrá alguien la amabilidad de ayudarme a llevarlo al hospital?
—No es una broma —dijo Moore—. La señorita se quedará con el cadáver.
Procion dio dos pasos hacia el muerto, vio que los vigilantes le cerraban el paso, se volvió y salió del despacho.
—Va a crearte muchísimos problemas, Salomón —dijo Bernstein.
—Nada que no podamos resolver —dijo Moore, quitando importancia a la complicación—. ¿Qué comentabas de la mano?
—No hay señal alguna de injerto —repuso Bernstein. Levanto alternativamente los dos párpados del difunto—. Ningún globo ocular es artificial, tampoco eso. Permíteme preguntártelo una vez más: ¿no es posible que te equivocaras respecto al ojo y la mano?
—Rotundamente no —replicó Moore—. Ben, ordena que le tomen las huellas dactilares y averigüen cuanto sea posible sobre él… Y cuando hayas hecho eso, que Moira te diga dónde hay que esconder el cadáver.
Pryor asintió y llamó a otros dos hombres para que le ayudaran a tomar las huellas digitales, mientras Moore tomaba asiento ante el escritorio.
—Bien, Abe —dijo Moore—, ¿admites por fin que este hombre era Krebbs?
—Me inclino en esa dirección —replicó Bernstein—. Háblame un poco más de ese Jeremías. Moira parece considerarlo un estafador, y no de mucha monta, por cierto.
—Poca cosa más puedo decirte. Es un joven de aspecto normal, de veintitantos años, eso tengo entendido. Un artista del engaño, y mujeriego. Se sabe que frecuenta el local de Karl Russo en Ciudad Oscura, aunque seguramente no es drogadicto. Cometió errores estúpidos al intentar asesinarme, derrocha energías para comportarse como un imbécil y es el más afortunado hijo de perra que he conocido en toda mi vida.
—¿Y eso?
—Cinco de mis muchachos lo acorralaron en una habitación y le dispararon a quemarropa. No sólo se libró de morir, además logró escapar.
—¿Por qué quiere matarte?
—No lo sé. En realidad, Moira sostiene la opinión de que él sólo trata de asustarme.
—¿Y por qué afirmas que es estúpido?
Moore se embarcó en una explicación, y cuando terminó Pryor se hallaba ya en el despacho con un impreso de ordenador en la mano.
—Qué rapidez —observó Moore.
—Identificar ex presidiarios es muy fácil —replicó Pryor.
—¿Qué sabes de él?
—Mucho —dijo Pryor, con la mirada fija en el impreso—. Se llama Willis Comstock Krebbs, varón, caucasiano, sesenta y tres años, nacido en Tucson, Arizona. Estuvo en la cárcel por violación, incendio premeditado, extorsión, chantaje, bigamia y asesinato en segundo grado.
—Un ángel —comento secamente Moore.
—No he terminado —dijo Pryor—. Sus rasgos característicos son los siguientes: perdió el ojo izquierdo durante una reyerta en la cárcel en 2021, y el pulgar y parte de dos dedos de la mano derecha en un accidente de monocarril ocurrido en 2031.
—¿Eso es todo?
—De momento.
—Muy bien, Abe, tú eres el experto. ¿Que demonios tenemos aquí?
—No estoy muy seguro de querer saberlo —dijo Bernstein.
—¿Pudo Krebbs ser un mutante?
—Imposible —replico Bernstein.
—¿Estas seguro?
Bernstein asintió.
—En primer lugar, casi todas las mutaciones, mas del noventa y nueve por ciento, son tan pequeñas e insignificantes que pasan totalmente desapercibidas. Y las restantes, prácticamente sin excepción, no mejoran al mutante. Pueden consistir en un dedo extra, una vértebra menos en la columna, un color de cabello no incluido en la información genética… Solo los escritores sueñan con mutantes capaces de controlar mentes o respirar bajo el agua. La naturaleza no ha llegado tan lejos todavía. Además, si Krebbs hubiera tenido capacidad de regeneración, ¿por que estuvo veinte años tuerto y dieciséis sin un par de dedos antes de tomar la decisión de volver a ser normal?
—¿Que me dice de Jeremías? —pregunto Moira, que por fin apartó la mirada del cadáver—. ¿Podría ser el un mutante?
Bernstein meneo la cabeza.
—De una vez por todas, olvidaos de los mutantes. Vosotros dos insistís en suponer que un mutante tendría poder para rehacer órganos y extremidades perdidas, y os aseguro que eso es imposible. Y ningún mutante, por supuesto, aunque poseyera ese poder, podría inducir regeneración en otra persona.
—¿Es posible que Jeremías sea extraterrestre? —sugirió Moira.
—Has visto demasiadas teleseries malas —dijo Bernstein—. Dudo mucho que un extraterrestre se pareciera tanto a nosotros, y me resulta un poco difícil creer que un ser de otro mundo dedica todo su tiempo a timar a los hombres y fornicar con las mujeres. —Hizo una pausa y sonrió—. Además podría daros medio centenar de razones científicas fidedignas para respaldar mi opinión, suponiendo que desearais oírlas.
—¿No podría un mutante… o un hombre, si lo prefieres, controlar lo fortuito, determinar su suerte? —preguntó Moore.
—No más que tú —dijo Bernstein—. Si Jeremías logró eludir a tus muchachos no fue por un deseo, consciente o inconsciente, de que no lo alcanzaran.
—¿Tienes una explicación mejor?
—Aún no —admitió Bernstein—. Por de pronto, saber cómo pudo Krebbs regenerar su cuerpo me interesa mucho más que Jeremías.
—No estés tan seguro de que no hay relación entre los dos —dijo Moore—. Al fin y al cabo, el viejo gritó el nombre de Jeremías en cuanto vio que había recuperado lo perdido.
—Eso no significa que existiera una relación —repuso tercamente Bernstein.
—Tampoco significa que no existiera —respondió Moore.
—Jeremías me dijo una vez que los antiguos egipcios conocían toda clase de artes curativas mediante magia —intervino Moira—. Tal vez averiguó cómo lo hacían ellos y lo puso en práctica con Krebbs.
—¡Estupideces! —espetó Bernstein—. Jamás se ha producido un caso de regeneración en la historia de la humanidad. De todas formas, ¿qué sabe de Egipto un embaucador de feria?
—Jeremías vivió allí —dijo Moira.
—¿Estuvo en Egipto? —preguntó Bernstein, repentinamente interesado.
Moira asintió.
—¿Y también en Israel?
—Creció en el Oriente Medio —dijo Moore—. ¿Cómo lo sabías?
—No lo sabía —repuso Bernstein con aire pensativo—. Digamos que es una conjetura afortunada.
—¿Tienes más conjeturas? —inquirió Moore.
—Ninguna que me atreva a añadir al expediente.
—Pareces muy inquieto, Abe.
—Lo estoy.
—Si sabes algo, creo que deberías compartirlo con nosotros.
—No sé nada. Por un momento he tenido una idea alocada. Olvidemos el asunto.
—Seguramente no será más alocada que pensar que un hombre logra regenerar un ojo y varios dedos —dijo Moore—. Habla.
Bemstein sacudió la cabeza firmemente.
—Muy bien —dijo Moore, encogiéndose de hombros—. En ese caso, actuaremos suponiendo que Jeremías es un mutante con poderes desconocidos hasta el momento o un cirujano de habilidad increíble… que parece ser la explicación menos plausible de todas. Diré a Ben que busque algún científico, alguien que sepa algo sobre mutaciones.
—No servirá de nada —dijo Bernstein.
—Además, nadie ha visto a Jeremías desde que huyó de Ciudad Oscura —añadió Moira—. ¿Por qué no suponemos que se ha ido de Chicago? De ese modo tú podrías reanudar el trabajo y yo volvería al museo.
—Porque si tolero que un tipo cometa impunemente un intento de asesinato contra mi persona —explicó Moore—, ¿cuánto tiempo crees que pasará antes de que otros hagan cola para probar su suerte?
—Bien, no me gusta esto —dijo Moira.
—No tiene porqué gustarte. Limítate a continuar —replicó Moore.
De pronto Bernstein se dirigió hacia la puerta.
—¿Adonde demonios crees que vas? —pregunto Moore.
—Tengo mucho que pensar —repuso Bernstein, nervioso.
—Pareces muerto de miedo.
—Si quieres saber la verdad, lo estoy.
—No has respondido mi pregunta. ¿Dónde puedo encontrarte si te necesito?
—Estaré en mi templo —dijo Bernstein.
Moore lanzó una irónica carcajada.
—¿Qué clase de basura repartís allí? Te conozco: siempre que estás asustado amenazas con dejarlo todo y trasladarte a Florida.
—No creo que un traslado sirva de algo esta vez.
—¿Y marcharte al templo servirá? —preguntó Moore con una sonrisa.
—Sí —respondió con seriedad Bernstein—. Creo que sí.

58. EXT. DIA EL AEROPUERTO (LAKEPORT) – MOORE, MOIRA, PRYOR Y 6 AGENTES DE SEGURIDAD.
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—¡Lo tenemos rodeado, señor!
—¿Dónde?
—En Lakeport.
—Salgo hacia allí.
Moore colgó el teléfono bruscamente, llamó a Moira, Pryor y seis agentes de seguridad, y todos se encaminaron hacia Lakeport, el inmenso aeropuerto que flotaba sobre el lago Michigan, a quince kilómetros de la orilla de Chicago.
Al llegar supieron que Jeremías estaba atrapado en un hangar desocupado. Por lo que Moore sabía, no había medio alguno de huida. Treinta hombres armados rodeaban el lugar, con las armas apuntadas a puertas y ventanas. Otros hombres apoyaban al primer grupo, y el resto del cuerpo de seguridad de Moore comprobaba la identidad de los pasajeros de todos los barcos y aviones que llegaban y salían. Por si eso fuera poco, el ayuntamiento (o los miembros del mismo personalmente comprometidos con Moore) había bloqueado todas las rutas posibles de entrada y salida: rampas, túneles, monocarriles…
—¿Cómo lo encontrasteis? —preguntó Moore al hombre que estaba al mando.
—Intentaba sacar billete para Cairo.
—¿El Cairo de Egipto o el de Illinois?
—El de Egipto. Un par de agentes lo identificaron.
—¿Estáis seguros de que es Jeremías?
—El o su hermano gemelo —fue la respuesta—. Concuerda exactamente con la descripción que tenemos, y echó a correr como un desesperado en cuanto lo llamamos.
—¿Y continúa en el hangar?
—Sí.
—Moira, acompáñame —dijo Moore—. Quiero estar totalmente seguro de que es él.
—Creo que no deberías entrar —repuso ella—. Puede ser más peligroso de lo que piensas.
—Quiero asegurarme de que lo sucedido la última vez no vuelve a repetirse —dijo Moore—. Y si se repite, deseo verlo con mis propios ojos.
Cogió una pistola de uno de los guardias y, tras ordenar a sus hombres que le acompañaran, entró en el hangar.

59. INT. DIA EN EL HANGAR – Jeremias, Moore, Moira y los matones
El lugar era muy espacioso, más de cien metros de largo, cincuenta de ancho y veinticinco de altura, y en él no había rastro de vida. Moore ordenó a uno de sus acompañantes que encendiera las luces, pero comprobó que la iluminación apenas era útil. Observó diversas rampas situadas a lo largo de la pared del hangar a una altura de cuatro metros e intentó localizar un posible escondite. No había ninguno.
—Bien —dijo por fin—. Es evidente que no puede pasar por entre nuestros muchachos. Nos lo tomaremos con calma. Actuaremos en grupo y registraremos hasta el último hueco del condenado hangar.
Empezaron a seguir la pared de la izquierda, avanzando poco a poco y mirando debajo, detrás y dentro de cualquier objeto de tamaño suficiente para ocultar un hombre. Habían recorrido cincuenta metros cuando oyeron un sonido apagado en la pared opuesta del hangar.
—¡Por allí! —gritó Moore, corriendo hacia el origen del ruido.
Él y sus hombres llegaron a quince metros de una enorme carretilla para equipaje, y en ese momento un joven salió de las sombras con las manos en la cabeza.
—¿Es él? —preguntó Moore a Moira.
—Sí —replicó ella.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Moore contempló al joven un largo momento. Por fin se encogió de hombros.
—Matadle —ordenó.
—¡No! —chilló Jeremías—. ¡Estoy desarmado! ¡No pueden hacerlo! ¡Estoy…!
Siete pistolas dispararon al unísono, incluida la de Moore, y Jeremías fue arrojado a diez metros por la fuerza de las balas. En cuanto dejó de rodar por el suelo se levantó vacilantemente y echó a correr.
—¿Qué demonios pasa aquí? —murmuró Moore.
Disparó de nuevo contra Jeremías, que siguió corriendo torpe aunque velozmente hacia la puerta del extremo opuesto del hangar mientras una lluvia de balas destrozaba las paredes alrededor de él.
Moore emprendió la persecución, sin dejar de disparar. Jeremías cayó otras dos veces, y en ambas ocasiones logró incorporarse y proseguir la carrera hacia la puerta. La alcanzó con escasos segundos de ventaja sobre Moore y salió a la luz del sol.
Moore cruzó la puerta con el tiempo justo de ver un avión que se salía de una pista y avanzaba en línea recta hacia el hangar.
Comprendió la situación inmediatamente, volvió a entrar en el hangar y se echó al suelo. Hubo una estruendosa explosión un instante después, seguida por otras dos menos violentas y una oleada de calor y humo.
El hangar ardió de inmediato. Vigas y maderos empezaron a derrumbarse. Moore se puso en pie y echó a correr hacia el otro lado del cobertizo. Moira y dos agentes de seguridad le siguieron, pero los demás habían desaparecido bajo los escombros que se acumulaban con rapidez.
Tras cruzar la puerta por la que había entrado, Moore comprobó si estaba herido, vio que todo eran rasguños y magulladuras superficiales y se dirigió al otro lado del hangar para contemplar la matanza. El ambiente olía a carne quemada, y cincuenta de sus hombres yacían muertos o gravemente mutilados cerca de los restos del avión. Un equipo de rescate se hallaba ya presente, y varios más corrían hacia allí.
—¿Dónde está Jeremías? —preguntó Moore mientras intentaba localizar el cadáver entre los otros cuerpos.
—No puede haber salido con vida —replicó en tono firme un agente de seguridad—. Estaba justo en medio. Tendrá usted suerte si encuentra los empastes de los dientes.
—Espero que tengas razón —dijo Moore—, pero de todas formas quiero que registréis la zona de arriba abajo. Y que alguien averigüe qué pasó con el avión… por qué se salió de la pista y chocó con el hangar. —Miró a Moira, que tenía sangre en la boca—. ¿Estás bien?
—Lo estaré, en cuanto vaya al dentista —dijo ella—. Tengo dos dientes sueltos. —Observó su vestido, rasgado y cubierto de mugre—. Y será mejor que me cambie de ropa. ¿Y tú, Salomón? Tienes un aspecto horrible.
—Estoy perfectamente. Un poco aturdido, nada más —repuso él—. Volvamos al despacho. Poco podemos hacer aquí.

60. INT. DIA - DESPACHO – Moore y Moira
Llegaron al edificio de Moore, curaron la mayor parte de sus heridas y se cambiaron de ropa justo a tiempo para recibir el primer informe de Pryor desde Lakeport: el tren de aterrizaje del avión no había funcionado bien. La breve investigación preliminar no había descubierto indicios de sabotaje.
Diez minutos más tarde hubo una segunda llamada de Pryor. Un joven horriblemente herido cuya descripción correspondía con la de Jeremías había logrado subir a bordo de un avión comercial a punta de pistola y se disponía, según el mensaje radiofónico del piloto, a lanzarse en paracaídas sobre las montañas Pocono.
—¡Ojalá supiera qué demonios ocurre! —espetó Moore tras colgar el aparato.
—No lo entiendo —dijo Moira.
—Tu amiguito tiene mas vidas que un condénate gato.
—¿No pretenderás decir que Jeremías está vivo?
—Vivo y en libertad —dijo Moore—. El hijo de perra no sólo logró salvarse del holocausto, además ha secuestrado un avión.
—¡Pero eso es imposible! —exclamó Moira.
—Evidentemente, no —replicó Moore—. Me parece recordar a Sherlock Holmes explicando al doctor Watson que si eliminas lo imposible, lo que queda debe ser la verdad. Si lo aplicamos a Jeremías, sólo queda una cosa: es totalmente imposible que sea un hombre normal con facultades normales… suponiendo que sea un hombre.
—No me importa que sea hombre, mutante o extraterrestre —insistió Moira—. ¡Nadie ha podido salvarse, de una cosa así!
—Alguien se ha salvado —dijo Moore—. Él.
—Debe de haber un error —reiteró Moira—. Seguramente han identificado a otro hombre como Jeremías.
—Yo no lo creo, y tampoco tú —dijo gravemente Moore.
—¡Pero no hay otra explicación racional!
—Tú lo has dicho —repuso Moore con sequedad.
—¡Tiene que estar muerto!
Moore la miró dispuesto a replicar, pero finalmente hizo un gesto de indiferencia.
—He consentido que demasiados subordinados investigaran a Jeremías. Creo que es hora de que yo mismo trabaje un poco.
—¿Por dónde empezarás? —preguntó Moira.
—Por el principio —dijo Moore—. Hemos tenido gente trabajando veinticuatro horas diarias para averiguar algo sobre este tipo. Quiero repasar hasta el ultimo retazo de información que hayan conseguido. Y quiero que tú pases por la sonda psíquica otra vez, en cuanto te arreglen la dentadura. Tal vez te saquemos algo que pasó desapercibido la primera vez.
Moira salió del despacho, y Moore aguardó a que la información, no muy abundante, estuviera reunida en su escritorio.

61. INT. DIA - DESPACHO – Sr. Moore
A continuación cerró con llave la puerta y repasó los datos lenta y metódicamente.
A pesar de todo, los hechos eran escasos.
Moore añadió los siguientes datos a las contadas pizcas de información que poseía ya:

• Los padres de Jeremías eran judíos agnósticos, y él ateo.
• Jeremías se había sometido a una operación de vasectomía hacía dos años, cuando residía en Seattle.
• Jeremías no solamente había padecido las enfermedades normales de la infancia, además había contraído tifus y una rara enfermedad del sueño. En ambos caso estuvo cerca de la muerte, pero se recobró de modo milagroso.
• La madre de Jeremías había publicado dos monografías breves sobre oscuras teorías acerca de los antiguos mesopotámicos. Ninguna de ellas había recibido apoyo de la comunidad académica.
• El nombre completo de Jeremías era Emmanuel Jeremías Germen, y era hijo de Marvin H. y Linda Germen.

Y eso, en pocas palabras, era todo. La suma de los conocimientos de Moore sobre Jeremías no ocupaba dos hojas mecanografiadas. De hecho, lo único que Moore había averiguado (o, mejor, deducido) era la génesis de los nombres Jeremías el G y Manny el G.
No recibió más noticias de Pryor, y Moira continuaba sometida al sondeo psíquico, por lo que Moore decidió volver a su apartamento por primera vez en muchos días, con la esperanza de que la comodidad de su biblioteca le permitiera revisar los hechos de la jornada y quizá aclararlos un poco.
Nada más llegar al piso, se duchó con agua caliente y atendió de nuevo sus heridas. Luego preparó una cena formada en esencia por productos vegetales no derivados de la soja y pasó dos horas sentado en el viejo sillón de cuero, analizando las escasas notas que había garabateado y preguntándose qué relación tenían con un hombre capaz de sobrevivir a disparos y catástrofes aéreas con igual facilidad. Y no lo había logrado con estilo, no; Moore estaba convencido de que Jeremías se asombraba tanto de su habilidad para burlar a la muerte como cualquier otra persona.
Contempló las notas varios minutos más y finalmente tres palabras atrajeron su atención: Emmanuel Jeremías Germen.
En algún punto, oculto en las olvidadas cavidades de su mente, ese apellido reavivó un recuerdo, o quizá una serie de recuerdos. El nombre parecía conocido, aunque Moore estaba seguro de no haberse topado con él hasta entonces.
Curioso, se levantó a coger una recopilación de apellidos antiguos, y no le sorprendió averiguar que el de Jeremías no estaba relacionado. Acto seguido revisó un par de libros dedicados a escudos de armas, con idénticos resultados. Incluso recurrió a los listines telefónicos de Chicago y Manhattan, de nuevo sin suerte.
Y de pronto tuvo una corazonada y cogió la Biblia.
Por lo que al nombre Emmanuel respectaba, Moore solo conocía un pasaje en el que recordaba haberlo visto. Busco el Libro de Isaías y fue pasando hojas hasta llegar al capitulo 7.
«He aquí que la virgen quedara encinta y parirá un hijo, a quien denominara con el nombre de Emmanuel.»
—Bien —murmuro—, ya he localizado a Emmanuel.
El esperado Emmanuel, seguía diciendo Isaías, comería leche cuajada y miel y aprendería a rechazar el mal y escoger el bien… detalles que ciertamente no coincidían con el Emmanuel que Moore buscaba.
Se disponía a guardar el libro cuando movió rápidamente las paginas con el pulgar para quitarles el polvo.
Y en este momento lo vio, apareció fugazmente ante sus ojos. Moore doblo la cubierta de piel y dejo que las paginas pasaran con rapidez ante el, pero no logro nada y decidió mirarlas una por una hasta que el apellido pareció salir del libro y metérsele entre los ojos con letras mayúsculas incluidas:
«Escucha, por favor, oh Josué, sumo sacerdote, tú y tus compañeros, los que se sienten ante ti, pues son hombres que simbolizan lo por venir, porque he aquí que yo voy a traer a mi siervo, el GERMEN.»
Era el Libro de Zacarías, y Moore continuo leyendo en busca de otras referencias al Germen.
Las encontró.
«Así dice Yahveh de los ejércitos: He aquí un hombre cuyo nombre es GERMEN y brotará de su sitio y construirá el Templo de Yahveh. El reedificará el Templo de Yahveh y alcanzará gloria y se sentará y dominará sobre su trono…»

62. INT. NOCHE - DESPACHO – MOORE Y DR. BERNSTEIN hablando por telefono
Dos minutos mas tarde Moore hablaba por teléfono con Bernstein.
—Abe, siento molestarte, pero tengo que hacerte un par de preguntas.
—¿Nos ha dicho Moira algo nuevo? —preguntó Bernstein.
—Me importa un bledo lo que pueda decirnos Moira. ¿Estas muy familiarizado con la Biblia?
—Sabia que preguntarías eso tarde o temprano —dijo Bernstein, suspirando—, pero nunca pensé que fueras tan rápido.
—No has contestado mi pregunta.
—Me eduque con el Antiguo Testamento. No estoy tan familiarizado con el otro.
—Perfectamente. Precisamente estoy interesado en el Antiguo Testamento. ¿Qué puedes decirme del Germen? Con letras mayúsculas. Está en Zacarías.
—Espera un momento, voy a por mi Biblia —dijo Bernstein.
Moore aguardó con impaciencia. Mientras tanto, Bernstein tropezó ruidosamente con una silla, lanzó un apagado juramento, cruzó la habitación, cogió la Biblia y volvió renqueante al teléfono.
—Aquí estoy —masculló.
—¿Lo has encontrado? —preguntó Moore.
—Zacarías. Sí.
—Estupendo. ¿Quién es el Germen, y por qué ese nombre?
—Se trata de una oscura referencia al Mesías —dijo Bernstein tras leer el capítulo, una parte en voz alta y el resto en silencio—. El Germen deriva de que el Mesías es una rama nueva del agostado árbol genealógico de David.
—¿Por qué el árbol de David?
—Porque una de las pocas cosas en que concordaban los profetas mesiánicos era que el mesías, que simplemente significa Ungido en arameo, procedería de la estirpe de David.
—¿Listo para otra pregunta?
—Adelante —dijo Bernstein.
—¿Cuántos judíos actuales pueden averiguar su ascendencia hasta los tiempos de David?
—Ninguno.
—Así pues, ¿se trata de una estirpe muerta? —preguntó Moore.
—Ni idea. Pero sé que nadie puede averiguar su ascendencia hasta tan lejos. Estás hablando de tres mil años o más.
Hubo una pausa, prolongada y embarazosa.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —preguntó por fin Moore.
—Es una locura, Salomón.
—Lo sé. Igual que todo lo que ha ocurrido últimamente.
—Todo es tan improbable que hasta me avergüenza admitir que la idea me ha pasado por la cabeza —dijo Bernstein.
—Lo mismo digo.
—Es más probable que ese hombre sea marciano.
—Estoy de acuerdo —dijo Moore—. Pero de todas formas quiero que me hagas un favor.
—Si está dentro de mis posibilidades…
—Ven a verme a mi despacho mañana a las ocho en punto.
—¿Eso es todo?
—No.
—¿Qué más? —inquirió Bernstein.
—Tráete a tu rabino.

63. INT. DIA - DESPACHO – MOORE, BERNSTEIN Y el rabino MILTON GREENE
10
—Salomón, permíteme presentarte al rabino Milton Greene —dijo Bernstein.
Moore se levantó y observó al joven ataviado con una larga túnica a rayas que se hallaba ante él.
—Puede llamarme Milt —dijo Greene, extendiendo la mano.
—Vaya ropa que lleva —comentó Moore mientras le estrechaba la mano.
—¿Mi abrigo multicolor? —replicó Greene con una sonrisa. Dio una vuelta completa—. Lo tejí en mi propio telar.
—Debe despertar a los fieles durante sus sermones —dijo Moore.
—Oh, visto de un modo más formal para trabajar —contestó Greene—. En realidad, voy a ir a Canchas Celestes en cuanto salga de aquí.
—No me diga que lleva escondido un palo de golf ahí… —intervino Bernstein.
—Tengo un jersey y unos pantalones cortos en el armario del club —replicó Greene. Tomó asiento en una de las sillas de madera alineadas ante el escritorio de Moore—. Bien, señor Moore, ¿qué puedo hacer por usted? Abe me indicó que repasara los temas mesiánicos antes de venir aquí, pero aún no tengo idea del porqué, puesto que si de convertir al cristianismo se trata, yo podría ser la última persona que usted desearía ver.
—Tengo algunas preguntas que hacerle —dijo Moore. Hizo una pausa para contemplar a Greene otra vez—. No pretendo herir sus sentimientos, pero parece jovencísimo para ser rabino.
Greene hizo un gesto de indiferencia y sonrió.
—Bien, si de eso se trata, usted parece jovencísimo para ser el rey del crimen.
—Soy un simple hombre de negocios.
—Esa no es la opinión de los medios de difusión.
—En ese caso, ¿por qué accedió a verme?
—¿Por qué no? —Greene sonrió de nuevo—. No sé, me resulta muy difícil imaginar su organización inmiscuida en el negocio religioso.
Moore miró a Bernstein.
—Me gusta este hombre —le dijo en tono aprobador.
—Por eso abandoné mi antiguo templo e ingresé en el de él —convino Bernstein.
—Dígame, rabino… —empezó a decir Moore.
—Milt —interrumpió Greene.
—Dígame, Milt, ¿qué clase de consejo ofrece un tipo como usted a un veterano como Abe?
—¿Para preguntarme eso me ha hecho venir?
Moore meneó la cabeza.
—Simple curiosidad.
—Le explico las tonterías normales, que lleve una vida decente y adore al Señor —replicó Greene—. Luego, en cuanto creo que ha bajado la guardia, le digo que eche de casa a su hijo antes que el chico se convierta en gorrón de oficio.
—¡Eh, un momento! —replicó Bernstein, molesto.
—Abe, el chico tiene veinticuatro años y no ha trabajado un solo día. Lo único que hace es ir a esquiar con tu dinero. Tienes que poner fin a eso —dijo Greene, y Moore pensó que tenía razón.
Una secretaria entró en el despacho en ese momento y entregó a Moore un informe secreto sobre el paradero de Pryor la noche anterior y una estimación sobre su hora de llegada al edificio. Moore abrió la carpeta, leyó el contenido y puso el informe en un cajón del escritorio. Cuando la secretaria abandonaba el despacho, Moore la hizo responsable de no ser interrumpido hasta que la reunión con el rabino concluyera.
—Bien —dijo, mirando a Greene—, ¿vamos al grano?
—Excelente —replicó Greene. Sacó un enorme cigarro puro—. ¿Le importa que fume?
—Está usted en su casa —dijo Moore—. Empecemos con una pregunta fácil. ¿Todavía esperan la llegada del Mesías?
Greene se echó a reír.
—¿En este mismo momento?
—Es bastante improbable que él atraviese esa puerta mientras hablamos —dijo Moore, conteniendo el impulso de golpear madera—. En general, a eso me refiero.
—¿Desea una respuesta personal u oficial? —preguntó Greene.
—Elija usted mismo.
—Personalmente, no. Oficialmente, si.
—De acuerdo, ciñámonos a lo oficial durante un rato —dijo Moore—. Suponiendo que usted, en calidad de rabino oficial, cree en el Mesías y en las profecías mesiánicas, ¿por que no cree que Jesús fue el Mesías?
—Se han publicado diez mil libros sobre ese tema —replico Greene—. Tal vez debiera prestarle algunos de los mejores.
—¿Podría condensarlos en un par de párrafos para mi?
—Haré algo mejor que eso. Se lo diré en una sola frase. Jesús no satisfizo las profecías mesiánicas.
—Casi cuatro mil millones de personas opinan lo contrario —dijo Moore—. ¿Por que?
—Algunas personas son mas estúpidas que otras —replico tranquilamente Greene—. Mire, lo primero que debe entender es que las profecías mesiánicas no son ni mucho menos tan sencillas como la versión autorizada de la Biblia puede hacerle creer. Incluso antes del descubrimiento de los Pergaminos del Mar Muerto, sabemos de tres Mesías distintos esperados por los antiguos judíos.
—¿Tres? —dijo Moore, sorprendido.
—Como mínimo. Seguramente hubo mas. El termino «Mesías», equivalente a «Khristos» en griego, si le interesa saber el origen del nombre de Jesús, significa simplemente «ungido», y ungido se suponía antiguamente a un rey. El Mesías de los judíos iba a ser un rey que devolvería a la raza su anterior gloria, y por supuesto Jesús no lo logro. De hecho, los judíos fueron expulsados de Jerusalén en el año 70, solo cuarenta años después de la muerte de Cristo, y no volvieron a establecerse allí durante casi dos mil años.
—¿Que mas se esperaba de él? —pregunto Moore.
—Absolutamente nada —intervino Bernstein.
—Abe tiene razón —dijo Greene—. Lo único que el Mesías debía hacer era establecer un reino omnipotente en Jerusalén.
—Un momento —dijo Moore—. He estado repasando la Biblia toda la noche, y he encontrado muchas otras cosas que el debía hacer.
—No, se equivoca —repuso Greene—. Le aseguro que las cosas no son tan sencillas como las expone el Nuevo Testamento. Usted se refiere a diversas señales que permitirían identificar al Mesías, pero eran simples preliminares. El único objetivo del Mesías era establecer un reino en Jerusalén. —Meneo tristemente la cabeza—. Jamás lograre entender por que tanta gente puede adorar a un hombre que cumplió lo preliminar y fracaso en lo mas importante… y no pretendo ofenderle si se encuentra en ese caso.
—Entonces, ¿por qué se le adora como hijo de Dios?
Greene se alzó de hombros.
—No me lo explico. El Mesías sólo tenía poderes sobrenaturales en el Nuevo Testamento. En las profecías era simplemente un hombre. Un hombre muy especial, cierto, puesto que debía poseer mayor erudición que Abraham y David… pero a pesar de todo, un hombre.
—Volvamos un momento a las señales. Yo pensaba que Jesús actuó según todo lo previsto: entró en la ciudad montado en un asno blanco, resucitó, etcétera.
—Más cortinas de humo —afirmó Greene—. En los libros de los profetas y otras obras hebreas antiguas había cientos de señales predichas. El asno blanco se menciona exactamente una vez… y el detalle fue añadido seguramente uno o dos siglos después de la crucifixión, a fin de ratificar hechos anteriores.”
—¿A qué se refiere?
—No se han escrito demasiadas cosas en piedra desde los Diez Mandamientos —explicó Greene en tono gracioso—. La Biblia fue reescrita generación tras generación, y normalmente fue alterada para concordar con las creencias dominantes del período. En cuanto a las señales proféticas, la resurrección de Cristo jamás fue predicha. No lo olvide, su reino debía estar en la tierra. El cielo era, por así decirlo, dominio de Dios.
—En este caso, ¿qué señales habrían aceptado los judíos como prueba de que él era el Mesías? —preguntó Moore, frustrado.
—La señal más reveladora habría sido el establecimiento de su reino. Sé que esto es reiterativo, pero establecerse en Jerusalén es la esencia de toda la cuestión.
—Permítame hacer la pregunta de otra forma —dijo Moore—. Si el Mesías se presentase en vida de usted, ¿qué señales, aparte del establecimiento de su reino, le capacitarían para reconocerlo?
Greene siguió fumando su puro mientras meditaba un momento. Finalmente alzó la cabeza.
—Creo que hay cuatro señales en las que estarían de acuerdo casi todos los eruditos judíos —respondió por fin—. Primera, el Mesías tendría que proceder de la línea de David. Segunda, su nombre debería ser Emmanuel. Tercera, tendría que salir de Egipto antes de establecer su reino. Y cuarta, tendría que resucitar muertos.
—¿No concuerda Jesús con todo eso?
Greene lanzó una carcajada.
—Ni por asomo. Jesús es el equivalente griego a Josué, no a Emmanuel. En ninguna parte existen pruebas históricas de que el resucitara a los muertos. En ninguna parte hay pruebas de que pusiera los pies en Egipto. Y…
—Aguarde un momento —interrumpió Moore—. Los Evangelios determinan con claridad que Jesús fue a Egipto siendo un niño para salvarse de una de las matanzas de Herodes.
Greene miró a Bernstein.
—¿Quieres explicárselo tú, Abe?
—Salomón —dijo Bernstein—, repasa tus libros de historia. ¡No hubo una sola matanza de niños durante el reinado de Herodes!
—Exacto —corroboró alegremente Greene—. Y si esa matanza mítica no tuvo lugar, no veo razón alguna para creer que Jesús tuviera que salvarse de ella.
—¿Qué me dice de su ascendencia davídica? —prosiguió Moore—. Mateo la documenta, generación tras generación.
—Puras sandeces —dijo Greene—. Mateo cometió tantos errores genealógicos que incluso los autores que compilaron el trabajo en su evangelio fueron incapaces de corregirlos.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, Mateo afirma que Joram engendró a Ozías. Pero documentos históricos prueban que hubo cuatro generaciones entre Joram y Ozías, y que éste fue en realidad hijo de Amasias. Mire —añadió el rabino—, cuando se escribe un Libro Sagrado, lo primero que se hace es asegurar que la historia escrita no lo contradice. Mateo fracasó. —Hizo una pausa para encender su puro, que se había apagado—. Su error más craso fue situar a José, y en consecuencia a Jesús, en la línea de David. No conozco un solo erudito bíblico, judío o no judío, capaz de justificar ese minúsculo detalle.
—En definitiva, está afirmando que Mateo mintió.
—No necesariamente. El dichoso libro fue reescrito seguramente veinte o treinta veces antes de concluir el medioevo. Afirmo que alguien mintió. Cosa que —agregó— es perfectamente comprensible. Tuvieron que deformar ciertos hechos e inventar otros para que los Evangelios corroboraran a Jesús como el Mesías.
—¿Y cuál es el punto de vista judío sobre Jesús? —preguntó Moore.
—¿El mío, o el oficial?
—Continuemos con el oficial.
—El punto de vista dominante es que Jesús fue un hombre bueno e inteligente, uno de los numerosos hijos de José el carpintero y la esposa de éste, cuyo nombre real era Miriam, no María. Se supone que creció en alguna parte de Galilea y que…
—¿Por qué lo sitúa en una zona tan enorme como Galilea? —inquirió Moore—. ¿Por qué no en Nazaret?
—Porque probablemente no existió ningún Nazaret —replicó Greene—. Seguramente los nazarenos fueron una secta judía no muy distinta a la esenia. Había muchas sectas similares en aquellos tiempos, y la vida posterior de Jesús parece corroborar que él se instruyó en el seno de una de ellas. Estaba muy influenciado por Juan el Bautista y adoptó como propia la causa de éste. Debió poseer conocimientos básicos de medicina herbaria, puesto que curó a diversos enfermos… aunque naturalmente no creemos que curara a los leprosos o devolviera la vista a los ciegos.
—¿Tampoco cree que resucitó a Lázaro?
—Naturalmente que no. ¿Y usted?
Moore movió negativamente la cabeza.
—No.
—Bien por usted —dijo Greene—. Prosigamos. Creemos que Jesús seleccionó a sus discípulos entre las clases inferiores, porque también él procedía de ese estrato concreto, que los llevó a Jerusalén poco antes de la pascua de los hebreos, que se sintió ofendido al ver circular el dinero en el templo y que sus acciones posteriores crearon enorme preocupación, tanta que Pilatos y los fariseos decidieron desacreditarlo o expulsarlo de la ciudad. —Hizo una pausa—. Y naturalmente usted conoce el resto. Fue declarado culpable de traición y ejecutado.
—¿Y la resurrección?
—Un cuento de hadas. Pero aunque fuera cierta, en modo alguno confirmaría que Jesús era el Mesías.
—¿Y los judíos han estado aguardando más de dos milenios desde la muerte de Cristo?
—Algunos judíos, sí.
—¿Qué significa eso? —preguntó Moore.
Greene sonrió y se recostó en la silla.
—Esperaba tocar este tema, ya que lo repasé antes de venir aquí. ¿Creía usted que Jesús fue el único hombre que afirmó ser el Mesías y eligió un puñado de creyentes para lograr sus fines?
—Eso suponía —admitió Moore.
—Bien, haga nuevas suposiciones, señor Moore —dijo Greene—. Hubo cientos de personas antes que él, y muchísimas más después. En el siglo trece, un descendiente de una familia noble judeoespañola, un tal Abraham Abulafia, convenció a millares de personas de que él era el Mesías. A principios del siglo dieciséis, un enano misterioso, una especie de gnomo llamado David Reveni convenció a tantos fíeles de que él era el auténtico Mesías que incluso el papa Clemente VII le concedió audiencia.
—¿Es cierto? —dijo Moore, sorprendido.
—Aguarde —prosiguió Greene—. Hay casos mejores. El Mesías en potencia más aceptado, sin excluir a Jesucristo, fue Sabbatai Levi, un turco del siglo diecisiete. Escuchó voces que lo exhortaban a redimir a Israel, y a fin de estar de acuerdo con las profecías mesiánicas fue a Egipto, donde dejó atónito a medio millón de discípulos al casarse con una prostituta de fama internacional.
Moore contuvo la risa.
—¿Y ése fue su final?
—En absoluto —replicó Greene—. Volvió a Turquía mientras se rumoreaba que tenía oculto en Arabia un impresionante ejército de judíos a la espera de sus órdenes, y anunció que planeaba deponer al sultán.
—¿Y qué sucedió?
—El sultán le dio a elegir: o se convertía públicamente al Islam, o moriría despedazado, empezando por testículos y cabeza. Sabbatai prefirió lo primero, y otra esperanza mesiánica mordió el polvo.
—¿Hay casos más recientes? —preguntó Moore.
—Un tal Jacob Frank, de origen ruso. Afirmó que cualquier persona podía redimirse mediante la pureza, pero que el camino auténtico era la impureza. Animó sus sesiones pseudorreligiosas con orgías sexuales, y posteriormente fue excomulgado por los rabinos de Turquía y Rusia. Falleció en…, ¿qué año fue? En 1791, creo. El último aspirante de importancia al título de Mesías fue Bal Shem Tov, nacido en Ucrania en la misma época que Jacob Frank. Tenía supuestamente un halo y realizaba curas milagrosas y en 1780, cuando murió, la mitad de los judíos europeos creían que era realmente el Mesías. —Hizo una pausa, estiró los brazos por encima de su cabeza y prosiguió—: Ya lo ve, señor Moore. Si bien tener un Mesías en quien creer es una experiencia única para los cristianos, tener uno que no cumpla las profecías no es nada nuevo para los judíos.
—Eso veo.
—Y ahora, señor Moore, creo tener derecho a formularle una pregunta.
—Adelante.
—¿Quién es su candidato a Mesías?
—Yo no creo en mesías —dijo Moore.
—Qué alivio —dijo Greene con una sonrisa.
—¿Por qué? —preguntó Moore—. ¿No le gustaría ver al Mesías antes de morir?
—Ciertamente no —respondió Greene—. El Señor, mi Dios, es un Dios celoso, y nada reacio a inundar la tierra o destruir totalmente Sodoma y Gomorra. Si proyecta un Mesías para nosotros, sospecho que su elegido rechazará el poder del amor en favor del poder de la espada, y reducirá a cenizas el viejo reino antes de erigir el nuevo sobre las mismas. —Hizo una pausa para meditar—. No, si el Mesías aparece alguna vez, yo por lo menos espero encontrarme pacíficamente muerto y metido en mi tumba antes de que llegue ese feliz momento.
—Una última pregunta —dijo Moore—. Hábleme del Germen.
—Ah, sí… Abe mencionó que yo debía leer a Zacarías. Al parecer, Zacarías aprovechó la metáfora de Isaías sobre una rama nueva que brotaría de la agostada línea davídica, aunque más adelante menciona a Zorobabel como el Mesías.
—¿No cumplió Zorobabel ninguna de las profecías de Zacarías e Isaías? —preguntó Moore.
—Ni una sola. —El rabino hizo una pausa—. ¿Hemos terminado?
—Sí.
—¡Magnífico! Aún puedo hacer nueve hoyos antes de la comida. Hay un estupendo comodibar húngaro dos niveles por debajo de Canchas Celestes. Si algún día tiene tiempo podría…
—He estado allí —dijo Moore. Se levantó y acompañó a Greene a la puerta—. ¿Pondría su templo algún reparo si recibe un donativo mío?
—Seguramente —repuso Greene—. Si cree que debe hacerlo, ¿por qué no lo entrega a Abe y deja que él lo dé?
—Eso haré —prometió Moore.
Greene se detuvo en el umbral y volvió la cabeza hacia Moore.
—¿Tiene grandes posibilidades su candidato?
—No lo sé —dijo Moore—. Pero lo dudo muchísimo.
Greene salió del despacho y Moore volvió a su escritorio.

64. INT. DIA - DESPACHO – Sr. Moore y Dr. Bernstein
—¿Bien? —dijo Bernstein.
—Esperaba que tu rabino hiciera varios cientos de hoyos desarrollando la idea —dijo Moore, con el ceño fruncido—. Abe, ¿qué opinarías si te digo que el nombre completo de Jeremías es Emmanuel Jeremías Germen?
—No me sorprendería.
—De todas formas, es demasiado improbable para creerlo —dijo Moore—. Me gusta más la teoría del mutante.
—Estaba seguro de que así sería —repuso Bernstein.
—¿Qué demonios significa eso?
—Salomón, cuando las personas topan con algo que contradice su educación y su experiencia, tienden a ignorarlo o a interpretarlo mal.
—Bien, si tú crees en estas tonterías mesiánicas, ¿por qué no te agarras al carro de Jeremías en vez de colaborar en mis planes para liquidarlo? —preguntó Moore.
—Ya habrá tiempo para eso —dijo gravemente Bernstein—. Además, deberías tener claro ya que nadie podrá matarlo.
—Lo veremos —dijo Moore—. Mientras tanto, Jeremías sólo tiene un cincuenta por ciento de posibilidades: se llama Emmanuel y estuvo en Egipto.
—A propósito, tengo una pequeña información para ti —anunció Bernstein.
—¿Sobre Jeremías?
—Sí.
—¿Por qué no me los has dicho nada más llegar? —inquirió Moore.
—Quería aguardar a que se fuera Milt Greene.
—Muy bien. Habla.
—Comprobé los resultados del sondeo psíquico de Moira antes de la llegada de Milt —empezó a explicar Bernstein.
—¿Y?
—Jeremías le explicó una vez que cuando tenía diecisiete años y estaba nadando con un amigo, éste se ahogó a consecuencia de un calambre abdominal.
—¿Y qué?
—Jeremías lo revivió.
—¿Y a eso llamas resucitar a los muertos? —se burló Moore—. ¡Demonios, cualquier boy scout sabe practicar la respiración artificial!
—En las profecías no se dice que él deba sacar de la tumba un cadáver casi convertido en polvo y devolverle la vida por medios mágicos —replicó Bernstein—. Su compañero había muerto. Jeremías lo revivió. Quod erat demostrandum… y él tiene ya el setenta y cinco por ciento de posibilidades.
—Es una tontería, y tú lo sabes.
—Yo no lo sé, y tú tampoco, o no me habrías pedido que trajera a Milt —dijo tercamente Bernstein.
—¡Oh, vamos, Abe! Jeremías es un pordiosero y un ladrón, tan estúpido como el que más, y no está exactamente a punto de establecer un reino, ni en Jerusalén ni en ninguna parte. Yo diría que es el candidato a Mesías con menos probabilidades que puede encontrarse.
—Aun a riesgo de parecer religioso —replicó Bernstein—. Jeremías no será el Mesías por tener grandes probabilidades, sino porque es el Mesías, así de simple.
—Estupideces. Él no es más Mesías que tú o que yo. Suponiendo que haya existido un Mesías, fue Jesús.
—Lo crees tanto como yo.
—No, no lo creo —dijo Moore—. Pero casi la mitad de los habitantes de este mundo piensa que Jesucristo fue el Mesías. Tal vez sepan algo que nosotros desconocemos.
—Cito a mi jefe: estupideces.
—Pues considéralo de otra forma. Los judíos se establecieron en Israel hace un siglo, y vapulean a los árabes una vez por década. Es posible que el Mesías apareciera cuando nadie estaba mirando. Tal vez fue David Ben Gurion.
—Interesante idea —admitió Bernstein—. Pero por desgracia no descarta a Jeremías.
—No pretendo descartar a Jeremías —dijo Moore—. Sólo quiero matarlo. Demonios, tu rabino ha descartado elegantemente a Jesús, y a pesar de todo tres mil millones de personas creen en él.
—Eso no les da la razón.
—Eso tampoco se la quita.
—¿Cómo es posible que un ateo declarado defienda de pronto la divinidad de Jesús? —preguntó Bernstein—. ¿No será que, obligándote a creer en el Mesías de los cristianos, no tienes que hacer frente a la siniestra realidad del Mesías auténtico?
—Es posible —admitió Moore, inquieto. Suspiró—. Supongo que el siguiente punto del programa es averiguar si Jesús fue o no fue el Mesías.
Bernstein lanzó una carcajada irónica.
—Cientos de miles de eruditos han dedicado su vida a averiguar eso. ¿Qué te hace pensar que triunfarás donde ellos fracasaron?
—Ellos no sabían a quién preguntar —dijo Moore—. Yo lo sé.

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65. EXT. DIA - EDIFICIO SUCURSAL DE LA BIBLIOTECA DE LA REALIDAD-
Sr. Moore y sus guardaespaldas

Había alcanzado un renombre fuera de toda proporción con su aspecto. Estructuralmente era vulgar, un pequeño edificio dividido en vestíbulo, archivo y veinte cubículos. Era una sucursal de la Biblioteca de la Realidad, conocida por su fama por decenas de millones de personas y considerada erróneamente por casi todas ellas.