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66. INT. DIA - LA BIBLIOTECA – Sr. Moore y el asistente
Moore dejó a los guardaespaldas en la puerta, entró en el edificio y se acercó al único asistente, un hombre grueso de edad madura que estaba sentado detrás de un desordenado mostrador.
—¿Sí?
—Me llamo Moore. Salomón Moody Moore. Concerté la visita.
El encargado tecleó el nombre en la terminal del ordenador.
—Ah, sí, señor Moore. Le he reservado el cubículo número siete.
—¿Le pago ahora o después?
—El precio es veinte mil dólares por hora, y exigimos un pago mínimo adelantado de dos horas.
—Perfecto —dijo Moore. Anotó rápidamente el número de identificación de su cuenta personal.
—Gracias —repuso el encargado—. Podrá empezar dentro de poco, en cuanto nuestro ordenador haga la transferencia de fondos. Su banco sabe que esta transacción tendrá lugar, ¿no es cierto?
—Sí.
—¿Ha usado la biblioteca anteriormente?
—No —dijo Moore.
—¿Sabe como funciona?
—Sólo de oídas.
—En este caso le irá muy bien un poco de información —dijo el encargado, y sacó un folleto de los que guardaba detrás del mostrador—. Tenga. Le interesará leerlo. Si tiene alguna pregunta cuando termine, se la contestaré gustosamente.
Moore le dio las gracias, se acercó a una silla, tomó asiento e inició la lectura.
La Biblioteca de la Realidad, decía el folleto, pese ala increíble complejidad de su técnica, era en esencia un medio de diversión, la culminación lógica de todos los medios anteriores. Los registros fonográficos y las cintas magnetofónicas afectaban sólo a un sentido, el teatro y el cine sólo a dos… pero incluso si se encontraba un medio que afectase a los cinco sentidos, como los efímeros sensibilizadores habían intentado entre 2020 y 2030, la persona continuaba siendo mera espectadora, un voyeur que únicamente lograba placer indirecto.
Pero la Biblioteca de la Realidad había cambiado todo eso. Cuando el usuario (el folleto aborrecía el término «cliente») tomaba asiento en un cubículo, encontraba dos nódulos que debía adherir a sus sienes, según la ilustración claramente expuesta. Después tocaba un botón del brazo derecho del sillón y de inmediato quedaba establecido el contacto con el banco de datos principal de la Biblioteca en Houston.
La Biblioteca disponía de más de un cuarto de millón de obras literarias grabadas. El usuario se limitaba a elegir cualquier personaje, importante o secundario, de cualquier libro del catálogo y se transformaba, a todos los efectos, en dicho personaje mientras durara la grabación. Sus sentimientos serían idénticos a los del personaje, sabría lo mismo, vería lo mismo. El usuario no podía actuar de modo independiente o alterar el desarrollo pregrabado de la obra literaria seleccionada. Le parecería hallarse en una porción secreta de la mente del personaje, compartiendo todos sus pensamientos y experiencias y siguiéndolo hasta la conclusión de su saga.
El folleto continuaba explicando el desarrollo del invento. En principio diversos actores quedaban conectados a los enormes bancos de datos de unas máquinas que clasificaban y almacenaban sus reacciones, para transferirlas de forma temporal a los cerebros de los usuarios de la Biblioteca. Los resultados no fueron satisfactorios, ni mucho menos, ya que lo que captaba el usuario era una interpretación de una obra literaria hecha por un actor, y naturalmente era casi imposible obtener escenas de guerras y muertes. Pero con el paso de los años la tecnología de la Biblioteca fue cobrando complejidad, hasta el punto de que el usuario podía vivir un libro sin necesidad del filtro de actores, directores, adaptadores y cualquier otro intermediario. Un equipo de cuatro técnicos tardaba normalmente entre dos y tres años para completar una grabación. Y con medio millón de técnicos contratados y más iniciados a diario, el catálogo de la Biblioteca de la Realidad crecía en progresión geométrica.
Moore leyó algunos párrafos más, no vio nada interesante aparte de la inmoderada dosis de hipérboles congratulatorias por parte de la misma Biblioteca y finalmente volvió al mostrador.
—¿Alguna pregunta? —inquirió el encargado mientras recogía el folleto y lo escondía detrás del mostrador.
—¿Hacen daño?… Me refiero a esos objetos que debo ponerme en la cabeza.
—¡Santo cielo, no! —dijo riendo el encargado—. ¿Quién acudiría por segunda vez si el procedimiento fuera doloroso?
—Le sorprendería averiguarlo —dijo Moore, pensando en las diversiones más famosas del espectáculo de Emociones Fuertes.
—Le aseguro que no sufrirá molestia alguna, señor Moore.
—Acepto su palabra —repuso Moore.
La terminal de ordenador emitió dos bips.
—¡Ah! Su dinero está transferido.
—Los precios deben asustar a muchos clientes —comentó Moore.
—No tantos como cree —replicó el encargado—. Ofrecemos experiencias que nadie puede imitar. ¿Se ha preguntado alguna vez qué siente una mujer cuando alcanza el orgasmo? Usted puede ser Fanny Hill, vivir como ella, experimentar sus sensaciones. ¿Tiene sueños imperiales? Puede ser Julio César, Isabel, Bonaparte…, no simplemente observarlos, fíjese bien, sino transformarse en ellos. ¿Fantasea con sus atributos físicos? Pues sea Tarzán, trabado en combate mortal con Numa el león.
—¿Cuánto tiempo dura una cinta?
—Depende, pero en general puede vivir su contenido en cuarenta minutos. Naturalmente, si desea ser la Natasha de Guerra y paz, la cinta durará un poco más. Y a la inversa, si desea convertirse en un personaje que aparece sólo en un capítulo de Guerra y paz, la cinta podría durar únicamente dos o tres minutos.
—¿Y si quiero ser un personaje en un momento concreto de un argumento? —preguntó Moore—. ¿Cómo puedo conseguirlo?
—Debe aclarar qué parte del relato desea, por adelantado —respondió el encargado—. Estará totalmente incapacitado para actuar de forma independiente en cuanto empiece la cinta. En realidad, ni siquiera notará que está reviviendo una cinta, que esa vida no es real. En consecuencia, todas las limitaciones deben decidirse por adelantado.
—¿Dónde puedo encontrar una lista de cintas?
El encargado le indicó una puerta.
—Vaya allí y se encontrará en nuestra Sala de Catálogo. Anote los títulos y los números de código de las cintas que desea, así como las partes de las mismas que desea vivir. Luego entrégueme la lista y la entraré en el ordenador maestro mientras usted se prepara en el cubículo.
Moore fue a la Sala de Catálogo y volvió con una lista media hora más tarde.
—Ah —dijo el encargado, sonriendo al mirar los títulos—. Veo que es usted religioso.
—No en especial —replicó Moore.
—¿Desea serlo?
—No en especial.
—Se sentirá muy distinto después de haber muerto por nuestros pecados y resucitado.
—Lo dudo.
—En ese caso, ¿por qué desea ser Jesús? —preguntó el curioso encargado.
—No es ese mi deseo —dijo Moore. Anotó el personaje cuya vida deseaba experimentar—. Empecemos con el Evangelio de San Juan.
Marchó al cubículo, adhirió los nódulos a sus sienes siguiendo las instrucciones, notó que un placentero atontamiento se apoderaba de él y…

67. INT. DIA - CASA DE LÁZARO – JUDAS, JESÚS Y MARIA LA HERMANA DE LÁZARO

Era Judas Iscariote y estaba furioso. Jesús le había confiado la bolsa que contenía el dinero de los discípulos, con el único objeto de hacerle responsable si faltaba algo, y él se sentía agraviado. Era un ladrón, y en ese momento no había nadie a quien robar aparte de él mismo.
En primer lugar, ¿por qué acompañaba a ese hombre benévolo que siempre iba ataviado con su túnica blanca? Seguramente no era un Mesías, sólo un maestro, un rabino de ideas extrañas y revolucionarias. Tenía que irse, tenía que intentar ganarse la vida, aunque fuera robando… y sin embargo siempre existía esa posibilidad, esa remota probabilidad.
¿Cuántas veces había implorado su pueblo al Dios de Israel que enviara Su Mesías y restituyera la antigua gloria de la raza? Los pretendientes al mesiazgo se habían presentado uno tras otro, habían intentado unir a las masas y habían muerto apedreados o crucificados como recompensa a sus esfuerzos. Y aunque él aguardaba la oportunidad de decidir si aquel hombre era el esperado por su pueblo, estaba seguro de que en definitiva Jesús demostraría no ser más Mesías que cualquiera de los otros.
Sin embargo, mientras observaba y aguardaba, Judas debía obedecer las órdenes de su maestro, y le enfurecía desempeñar el papel de santo pacífico. Se hallaba sentado en la casa de Lázaro, y vio que María, la hermana del anterior, tomaba una libra de ungüento de gran coste, lo ponía en los pies de Jesús y lo frotaba con sus cabellos. Finalmente Judas no pudo soportarlo mas.
—¿Por que no se vendió ese ungüento en trescientos denarios, y se dio ello a los pobres? —pregunto.
Le importaban tanto los pobres como los romanos, por supuesto. Pero el beneficio de la venta habría llenado mas la bolsa del dinero… y si Jesús demostraba ser un hombre y nada mas, tantos mas fondos tendría Judas para la nueva vida que eligiera.
—Déjala que lo haya reservado para el día de mi entierro —respondió Jesús con firmeza—. Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mi no me tenéis siempre.
Los otros discípulos miraron a Jesús con aire de mudo reproche, y él, quizá por centésima vez, se encogió humillado ante su maestro. Nutria su odio, lo dejaba crecer y florecer en su interior. Pronto irían a Jerusalén, la Pascua se acercaba. Judas actuaría entonces. El dinero que recibiera por traicionar a su maestro hará que trescientos denarios fueran otros tantos granos de arena en el desierto.
Pronto llegaría el momento. Pronto…

68. EXT. DIA - EN UN RINCÓN – JESÚS Y JUDAS
Y de pronto fue arrojado al mundo violento y bárbaro de La última tentación de Cristo de Kazantzakis. Él era muy alto, delgado, viril, con la fuerza de un toro y una gran barba roja que era la envidia de todos los hombres…

Era Judas, y estaba impaciente. En otro tiempo, hacia meses, había aborrecido la visión de Jesús, incluso había ido a un monasterio del desierto dispuesto a matarlo. Pero aquel hombre joven, extraño y pálido, el asceta de la mirada obsesionada que siempre parecía correr, no hacia el mesiazgo, sino en dirección contraria, convenció a Judas sin necesidad de convencerse el mismo de que era el Elegido.
Y Judas estaba cada vez mas impaciente. ¿Por que Jesús no esgrimía la espada? ¿Por que no hacia morder el polvo a romanos y fariseos? ¿Por qué bailaba y reía, por que se codeaba con la escoria de la tierra? ¡Esa conducta era impropia del Mesías! El Mesías debía empuñar la terrible espada de la ira y la venganza del Señor. Estaban malgastando el tiempo, Jesús y su pandilla de fieles, aquellos cobardes flacuchos llenos de pulgas. Y a Judas correspondía mostrar el camino a Jesús, convencerlo de que había llegado la hora de asestar el golpe que liberara a su pueblo de una vez por todas.
Pero esa noche Jesús llevo aparte a Judas y le hablo de una visión que había tenido mientras se hallaba a solas en lo alto del Gólgota. El profeta Isaías aparecía en su mente sosteniendo una piel de cabra de color negro cubierta de letras. De pronto Isaías y la piel de cabra se esfumaban, dejando únicamente las letras, que se retorcían como animales en el aire.
Sudoroso y tembloroso, Jesús había leído las letras en voz alta:
—Él ha cargado con nuestras faltas. Fue herido por nuestros pecados. Nuestras iniquidades le magullaron. Estaba afligido, pero no abrió su boca. Despreciado y rechazado por todos, prosiguió sin resistirse, igual que un cordero conducido a la matanza.
Jesús dejó de hablar. Se había puesto mortalmente pálido.
—No lo entiendo —dijo Judas—. ¿Quién es el cordero conducido a la matanza? ¿Quién va a morir?
—Judas, hermano —dijo Jesús, esforzándose en dominar su pánico—. Yo soy el que va a morir.
—¿Tú? ¿Acaso no eres el Mesías?
—Lo soy.
—No lo entiendo —refunfuñó el barbirrojo, irritado y afligido al mismo tiempo.
—Debes ayudarme a hacer lo que debe hacerse —suplicó Jesús—. Debes ir a Jerusalén.
—¿Por qué me eliges, por qué yo? —preguntó Judas.
—Porque eres el más fuerte —replicó Jesús—. Los otros no lo soportarían.
Y como él era el más fuerte, y el más devoto, se escabulló en las sombras hacia Jerusalén a fin de cumplir la orden de su maestro…
Y de pronto, en lugar de las calles calurosas y áridas de Jerusalén, salió lanzado hacia abajo y hacia abajo y hacia abajo, hacia las profundidades del Infierno de Dante…

69. INT. NOCHE - INFERNO DE DANTE- JUDAS

Era Judas Iscariote, y sufría tormentos no conocidos por hombre alguno hasta entonces.
Por encima y alrededor de él, otras almas padecían los tormentos de los condenados eternamente. Soportaban ríos de fuego, espantosas mutilaciones, transformaciones en serpientes, eran enterrados vivos… todas las afrentas y torturas monstruosas que el Infierno podía ofrecer.
Judas habría cambiado gustosamente su lugar por el de cualquiera de ellos.
En el epicentro del Infierno se hallaba agazapado Lucifer, el mayor enemigo de toda la Creación. Tenia tres rostros y otras tantas bocas. En la boca de la izquierda estaba Bruto; en la de la derecha estaba Casio, y en la mayor de las tres, la del centro, estaba Judas.
Llevaba en esa boca, masticado y mutilado por Lucifer y sintiéndose inconcebiblemente sucio por la misma presencia de éste, toda una eternidad. Permanecería allí toda una eternidad. El tormento era insoportable, y sin embargo Judas lo soportaba. Se esforzaba en apartar sus pensamientos del dolor, pero entonces veía la cara de su maestro contemplándose desde la cruz, e incluso el tormento de los dientes de Lucifer, negros y mellados, era preferible a eso.
Judas chilló.
Había chillado infinitas veces en el pasado. Chillaría infinitas veces en el futuro. Era Judas Iscariote, y había traicionado a su Dios…

Libre de las regiones mas profundas del Infierno, se encontró de nuevo en el cuerpo dolido y con frecuencia estuprado de Palestina, la tierra de El Nazareno de Asch…

70. INT. DIA - EN EL TEMPLO – JUDAS Y EL RABÍ NICODEMO

Era Judah Ish-Kiriot, y estaba preocupado. El templo iba a ser destruido, y Jerusalén quedaría arrasada y sena hollada por los gentiles.
—¿Quién ha dicho esas cosas tan horribles, hombre de Kiriot? —preguntó Nicodemo.
—¡Mi rabí! —gimió Judah—. ¡El hombre que yo suponía salvaría Israel!
Nicodemo meneó la cabeza tristemente.
—Tu rabí ha dicho que el que no renaciere no vera el reino de Dios. Yo no lo entendía y por eso le pregunté: «¿Cómo puede un hombre ser engendrado si ya es viejo? ¿Acaso puede volver a entrar en el cuerpo de su madre?» Y tu rabí contestó: «Lo engendrado de la carne, carne es, y lo engendrado del espíritu, es espíritu». Esto es cierto, pero ¿nacemos solamente de la carne? ¿No es el Torah nuestra madre, y no son Abraham, Isaac y Jacob nuestros padres? De modo que pensé, la doctrina de este rabí es buena y magnífica para los que nacen sin el espíritu, o para los que niegan el espíritu. Y a partir de ese día me aparté de tu rabí.
Judah lo contempló con aire de incomprensión.
—¿No es posible —prosiguió en voz baja Nicodemo— que tu rabí haya venido para los gentiles?
Cuanto mas lo pensaba, tanto mas probable le parecía a su angustiado cerebro. Y sin embargo, a fin de redimir los millones de almas nacidas sin el espíritu, el desempeñaría su papel en el drama de dolor y muerte pendiente de representación…

Y de la casa de Nicodemo se desplazo a una Jerusalén suspendida en el tiempo y el espacio, la Jerusalén del poema épico de Dunn Satán encadenado… Parecía un ser incorpóreo, vago, etéreo…

Era Judas, y sin embargo no lo era. Era un juguete, un peón en la eterna partida de ajedrez iniciada cuando Satán y sus generales demoníacos encabezaron la revuelta. Los escenarios variaban, el tiempo seguía su curso y a pesar de todo el juego-batalla continuaba, inalterado.
Pero Dios había resuelto introducir otra pieza en el tablero: Su Hijo. Y en consecuencia Satán contraataco con Judas Iscariote. El Hijo intentaría salvar a la humanidad. Judas intentaría clavarlo a la cruz.
Judas venció, pero al vencer perdió, y el decorado se traslado a otro lugar…

71. EXT. NOCHE - JERUSALÉN – JUDAS SE SUICIDA

Y por fin, tras regresar de Alguna Parte, se encontró de nuevo en Jerusalén, viviendo el Evangelio de Mateo…

Era Judas Iscariote, y estaba atormentado. Había vendido a su maestro por treinta monedas de plata, y todavía no sabia por que.
¿Era Jesús el Mesías? Tampoco sabia eso. Lo único que sabia era que no podía ya tolerar la posesión del dinero por el que había cometido su traición. Que Jesús fuera hombre o Mesías no tenía importancia. Que Jesús viviera o muriera, si. Y Judas decidió sacrificar su vida para salvar la del maestro.
Corrió hacia el templo y buscó a los archisacerdotes y ancianos.
—¡He pecado! —exclamo mientras echaba las monedas al suelo delante de ellos—. ¡He entregado una sangre inocente!
—¿Y a nosotros, qué? —respondió irónicamente el sumo sacerdote.
Judas sabía que Jesús estaba condenado, y dejo el dinero maldito en el suelo y se retiró en la noche.
Hizo un nuevo esfuerzo para examinar sus motivos. ¿Acaso intentaba obligar a Jesús a emprender alguna acción mesiánica?
¿Quena castigarlo por no ser la clase de Mesías que el deseaba? ¿O simplemente deseaba librar al pueblo de Israel de otra esperanza frustrada en cuanto el nuevo Mesías demostrara ser meramente un hombre? No lo sabía. Sólo sabia que Jesús de Nazaret iba a morir por culpa de treinta monedas de plata.
Encontró una soga en el suelo y la cogió e hizo un nudo corredizo en un extremo. Luego buscó un árbol que tuviera una rama baja y fuerte…

72. INT. DIA - CUBÍCULO DE LA BIBLIOTECA DE LA REALIDAD – Sr. Moore aturdido
Moore se hallaba de nuevo en el cubículo. Las cintas habían terminado, pero tardó unos minutos en aclimatarse al nuevo ambiente. Finalmente lanzó un suspiro, se quitó los nódulos y salió al vestíbulo.
—¿Cuánto rato he estado? —preguntó.
—Hora y media, aproximadamente —replicó el encargado—. Transferiremos diez mil dólares a su cuenta personal. —Hizo una pausa—. Si no le importa que lo diga, parece un poco aturdido, señor Moore.
—Lo estoy.
—No todos los días traiciona uno al Mesías tantas veces —dijo en tono irónico el encargado.
—¿Era el Mesías? —preguntó Moore.
—No tengo la menor idea. Pensaba que Judas debía saberlo.
—Judas no sabía más que usted.
—Curioso —musitó el encargado—. Me preguntó por qué.
—Tal vez no tenía todos los hechos ante él.
—¿Qué hechos faltaban?
—Un hombre llamado Jeremías —replicó Moore.

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73. INT. NOCHE - RESTAURANTE “Bogovante Dorado” – Sr. Moore y Sr. Pryor
El Bogovante Dorado, como casi todos los comodibares, estaba bien camuflado. Se hallaba en el cuarto nivel de State Street, tras la fachada de una tintorería bastante sencilla que parecía tener un notable volumen de trabajo propio.
Pero una vez en el interior, la decoración cumplía la promesa del restaurante. Las paredes estaban totalmente recubiertas de oro, biombos japoneses de color amarillo y tapices de varios siglos de antigüedad, y sillas y mesas estaban forjadas a mano y doradas. Hasta las baldosas y las alfombras relucían como el oro, y los platos y los carritos del servicio eran igualmente dorados. Crustáceos de todos los tamaños y variedades imaginables habitaban en depósitos dorados de forma triangular cuidadosamente atendidos en los cuatro rincones del salón, y camareros y camareras lucían sobre su cuerpo una capa de pintura metálica color oro y poca cosa más, aunque todos llevaban una corona hecha con rutilantes conchas marinas.
Moore y Pryor fueron conducidos a una mesa en la parte más recogida del restaurante, donde Moore pidió la cena de ambos.
—¡Es fabuloso! —exclamó Pryor mientras contemplaba el salón —. Hace un año que intento venir aquí, desde que inauguraron el local, pero nunca encuentro la oportunidad.
—La comida es mejor incluso que la decoración —replicó Moore. Aguardó a que una camarera trajera una bebida a Pryor (él se abstuvo, como siempre) y siguió hablando con su ayudante—. ¿Sabes donde he estado por la tarde?
Pryor asintió.
—En la Biblioteca de la Realidad.
—¿Averiguaste algo?
Moore meneó la cabeza.
—Un derroche de tiempo y de dinero. Al parecer sólo topamos con callejones sin salida.
—¿Volvemos a estar en el punto de partida?
—La cosa empieza a tomar ese aspecto —dijo sombríamente Moore. Miró a Pryor—. Ben, ¿cuál es tu opinión sobre Jeremías?
—Creo que es un hombre difícil de eliminar.
—Muchísimas gracias.
—¿Quieres una afirmación más rotunda? —dijo Pryor—. De acuerdo. Creo que, por algún motivo que se nos escapa, es literalmente imposible eliminarlo. Personalmente, me inclino por la teoría del imitante. Puede ser increíble, pero es mucho más fácil tragar eso que no las tonterías mesiánicas de Abe.
—Acepto sugerencias —dijo Moore—. ¿Tienes alguna?
—No soy científico —repuso Pryor—. Pero tampoco lo es Abe. Creo que recurriría a ciertas personas, tal vez en la universidad de Chicago, alguien que sepa algo sobre mutaciones, y escucharía lo que tengan que decir.
—Podríamos hacer eso —convino Moore—. Encárgate tú mismo en cuando llegues a la oficina mañana.
—Pareces tener dudas.
—No me gusta apostar, Ben —dijo Moore—. Pero si me gustara, apostaría doce contra uno a que los expertos corroboran la opinión de Abe sobre las mutaciones. Los mutantes no pueden hacer lo que hace Jeremías, y supongo que los científicos son personas bastante normales: no les gusta enfrentarse cara a cara con algo que contradice sus creencias.
—Igual que los cristianos —dijo riendo Pryor—. ¿No seria divertido que Jeremías fuera el Mesías?
—Muy chistoso —repuso secamente Moore.
La camarera llegó de nuevo con la cena (colas de langosta para Moore y zarzuela de mariscos con salsa de vino para Pryor) y los dos pasaron la siguiente media hora disfrutando esos manjares, tan deliciosos como ilegales. Después de que les trajeran un llameante postre, Moore reanudó la conversación.
—Aunque sea imposible liquidarlo, quiero mantener la presión. Ofrece una recompensa.
—Eso ya está hecho.
—De mayor cuantía —dijo Moore mientras agitaba el azúcar en el café—. Un millón de dólares. Hasta la fecha, el asunto no ha salido de nuestra organización. Que corra la voz también entre los independientes. Con eso podríamos ganar un poco de tiempo.
Pryor sacó dos puros y ofreció uno a Moore.
—No, gracias —replicó Moore—. Sólo los fumo como complemento, cuando trato de convencer a alguien de que soy un cliente muy duro.
—Te he visto dejarlos apagar simplemente para que los muchachos te los enciendan otra vez —dijo Pryor. Metió uno de los puros en su bolsillo—. Es asombroso cuánto impresiona a la gente una exhibición de deferencia por parte de un puñado de matones de cien kilos.
—Hablar con mucha tranquilidad también es útil —comentó Moore—. Casi todos esperan ser tratados a gritos.
—Nada como mantenerlos desequilibrados —convino Pryor mientras encendía su puro—. A propósito, dices que deseas ganar un poco de tiempo. ¿Para qué?
—Porque hemos subestimado un hecho muy importante.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
—Jeremías cree que es posible matarle. En cuanto comprenda que es imposible, dejará de correr pura alejarse de nosotros y echará a correr hacia nosotros.
Pryor frunció el ceño.
—No había pensado en eso. —Guardó silencio unos momentos y finalmente hizo un gesto de indiferencia—. En cualquier caso, ¿qué diablos puede hacernos él?
—No lo sé… y naturalmente no pienso quedarme sentado para averiguarlo.
—Hasta la fecha el único talento que ha exhibido es meramente defensivo. Creo que si tuviera posibilidades ofensivas ya las habría demostrado.
—Tal vez no sabe que las tiene —replicó Moore—. Recuerda, no estamos enfrentándonos a un gigante mental. Sean cuales sean sus cualidades, la capacidad intelectual no forma parte de su arsenal.
—Lo esperas —dijo Pryor.
—Lo sé —contestó Moore.
La camarera trajo la cuenta, y Moore dejó setecientos dólares en la mesa. Se reunió con los guardaespaldas en la puerta, dijo adiós a Pryor y volvió a su apartamento, donde pasó la noche leyendo todos los datos de que disponía sobre mutaciones.

74. INT. DIA - DESPACHO DEL SR. MOORE- Moore, Moira, Prior, Bernstein
Cuando llegó al despacho por la mañana, sus conocimientos sobre mutantes superaban todo lo previsible… pero todavía no podía definir a Jeremías.
Pasó buena parte de la mañana atendiendo tareas rutinarias. Más tarde, poco antes del mediodía, convocó en su despacho a Moira, Pryor y Bernstein.
—¿Qué ocurre, Salomón? —preguntó Bernstein.
—Abe, ¿es posible que la suerte sea un talento de mutante? —preguntó Moore.
—¿Te refieres a la precognición?
Moore meneó la cabeza.
—No. Si fuera así no caería constantemente en trampas. Hablo de suerte… o, para expresarlo en tus términos, una reacción involuntaria que le permite superar los promedios estadísticos.
—¿Cómo esquivar cuarenta y tres balas disparadas a quemarropa? —preguntó Bernstein con una sonrisa—. ¿Te das cuenta de lo ridículo que es eso?
—De acuerdo —dijo Moore—. ¿Es posible que su piel se haya transformado hasta ser prácticamente una muralla contra las balas?
—No —intervino Moira, sacudiendo la cabeza con aire tajante—. Le he visto cortarse mientras se afeitaba.
—Además —añadió Bernstein—, eso no explicaría lo sucedido en la Gomorra. Aquellas balas no rebotaron en su cuerpo, Salomón. No le alcanzaron.
—Ben —dijo Moore—, ¿aun no tienes noticia de los biólogos?
—Es demasiado pronto —respondió Pryor—. Seguramente no me responderán hasta dentro de dos días.
—¿Estás buscando asesoramiento fuera de la organización? —preguntó Bernstein—. ¿Qué harás cuando esos científicos digan lo mismo que yo, Salomón?
—Pregúntamelo entonces —replicó Moore.
—Lo haré gustosamente —dijo Bernstein—. ¿Puedo hacer una sugerencia mientras tanto?
—Estás en tu casa.
—Puesto que has de esperar dos día para evaluar la teoría del mutante, ¿por qué no consideras la alternativa mientras tanto?
—Maldita sea, Abe. ¡Jeremías no se comporta como un Mesías! Incluso cuando hace algo previsto, lo hace a tropezones. ¡Es una locura!
—Salomón, la evidencia lo define más como Mesías que como mutante, tanto si quieres admitirlo como si no.
—Los mesías no hacen trucos estúpidos como Jeremías —dijo Moore—. Tienes la religión metida en la cabeza, Abe.
—¿No se te ha ocurrido que puedes estar abordando el problema al revés? —sugirió Bernstein.
—¿De qué estás hablando?
—Has emprendido una carrera para probar que Jeremías no es el Mesías. Has hablado con Milt Greene, has visitado la Biblioteca de la Realidad, has visto lo que Jeremías hizo a Krebbs, has comparado sus actos con las señales mesiánicas aceptadas, y por mucho que protestes, no has podido demostrar nada. Sugiero que, en lugar de intentar probar que él no es el Mesías, trates de probar que lo es y analices los resultados.
—No veo la diferencia —dijo Moore.
—Es cuestión de método —explicó Bernstein—, Consideremos el caso de un cataléptico. Sin un estetoscopio o un espejo empañado puede ser muy difícil demostrar que vive. Pero si le pinchas con una aguja y ves sangre saliendo de la herida, es sencillo demostrar que no ha muerto.
—Un ejemplo bastante flojo.
—No te ofrezco ejemplos, te ofrezco métodos. Tienes cierto número de pruebas ante ti, y has sido incapaz de probar que Jeremías no es el Mesías… y créeme, tus expertos confirmarán todo cuanto he dicho sobre mutaciones. En consecuencia, ¿por qué no comprobar si da mejores resultados el otro método, intentar demostrar que él es el Mesías?
—Es una estupidez —dijo Moore.
—¿Tienes algo mejor en que perder el tiempo?
—Muchas cosas —dijo Moore—. Pero si vale para que al fin dejes de decir estupideces mesiánicas, lo intentaremos.
Pulso un botón del intercomunicador y ordeno a su secretaria que trajera comida para cuatro al despacho. Después siguió hablando con Bernstein.
—Muy bien, Abe. ¿Que sabemos de Jeremías que nos induzca a pensar que es el Mesías?
—Se llama Emmanuel, fue a Egipto siendo niño y ha resucitado a un muerto. El setenta y cinco por ciento de las señales.
—Vaya resurrección —se burlo Moore—. ¿Y que me dices de su ascendencia davídica?
—¿Quién sabe? —dijo Bernstein—. Es posible.
—¿Sabes con certeza que David existió realmente?
—Al parecer hay pruebas históricas. Pero aunque un hombre llamado David no haya existido, eso no cambia nada.
—¿No? —dijo Moore—. ¿Por que no?
—Porque estamos interesados en el rey mencionado como David por la Biblia, y personalmente me importa un comino que se llamara David, Jorge o Federico. Se trata simplemente de un símbolo. Seguiré refiriéndome a la línea davídica porque es un termino practico, pero cuando lo uso estoy hablando de la descendencia de un hombre al que la Biblia, correcta o incorrectamente, llama David.
—Cosa que no resuelve nada —dijo Moore—. Tu rabino afirma que existen cuatro señales que permiten reconocer al Mesías. Aun exagerando, solo podemos confirmar tres. Y si no recuerdo mal, el Mesías debe establecer un reino en Jerusalén Jeremías no ha emprendido esa tarea, ¿no es cierto, Abe?
—Todavía no —repuso Bernstein.
—Pues hasta que lo haga, creo que el tema esta agotado.
—No estoy de acuerdo —dijo Moira.
—Otro trimestre perdido —comento irónicamente Moore—. Muy bien, que salga todo ahora, y después tal vez podamos seguir haciendo algo mas practico —Lo único que he hecho —explico Moira— es seguir el consejo del doctor Bernstein me he preguntado si puedo refutar la hipótesis de que Jeremías es el Mesías. Para hacerlo, tengo que probar que el no cumple las profecías llamadas vitales. Se con certeza que las tres primeras se han cumplido, por lo que resta únicamente la profecía del linaje de David. —Hizo una pausa—. Bien, es obvio que no puede demostrarse nada, puesto que la mejor documentación se origina hace pocos siglos.. Pero eso no significa que no haya otra forma de abordar el problema.
—¿Por ejemplo?
—Si supongo que Jeremías es el Mesías, debo suponer por tanto que su ascendencia es davídica, y tengo que preguntarme cual es la consecuencia lógica de esto.
—¿Cuál es? —inquino Moore.
—Bien, si el Mesías desciende del linaje de David, parece lógico suponer que la línea ha existido todo este tiempo a fin de originar ese Mesías. Ello significaría que Jeremías es el único varón del mundo que desciende directamente de David. Bien, ¿que deduces tu?
—Que estas tan loca como Abe —dijo Moore.
—No, Salomón —respondió Moira—. Yo deduzco que, si debe existir alguna vez un Mesías de acuerdo con las profecías, es imposible matar a Jeremías. Estuvo a punto de morir varias veces por culpa de enfermedades infantiles, pero siempre se recobro. . y tampoco tus hombres fueron capaces de liquidarlo.
—¿Estas afirmando que el podrá seguir vivo hasta que engendre un varón que le suceda en la línea? —pregunto Moore.
—No, Salomón. Estoy afirmando que Jeremías es el Mesías.
—¿Por que?
—Porque Jeremías se sometió a una vasectomía hace dos años. El linaje acaba con el.
—¡Dios mío, ella tiene razón, Salomón! —exclamo Bernstein.
—No tan deprisa —dijo Moore. Miro a Moira—. ¿Y si Jeremías no es el único descendiente directo de David? ¿Y si hay cincuenta como el?
—En ese caso, ¿por que no habéis podido matarle? —respondió Moira— Si Jeremías desafía todas las leyes de la probabilidad y la naturaleza, debe existir una explicación. Yo he ofrecido la mía, Salomón. ¿Tienes otra mejor?
—No de momento —admitió a regañadientes Moore, mientras entraba en el despacho un carrito con cuatro comidas.
Y treinta horas después, cuando todos los biólogos confirmaron las palabras de Bernstein, Moore continuaba sin tener una explicación mejor.

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75. INT. NOCHE - HABITACIÓN DE MOORE – VEU IN OFF DE BEN PRYOR
Moore advirtió poco a poco un persistente zumbido en la mesita de noche. Finalmente apartó las sábanas y buscó a tientas el teléfono.
—¿Sí? —murmuró al fin.
—Estoy en la oficina. Será mejor que vengas ahora mismo.
—¿Quién habla?
—Ben.
—¿Qué ocurre?
—Moira se ha fugado.
—Voy hacia allí —dijo Moore.
Tardó cinco minutos en vestirse. Luego, acompañado por los guardaespaldas, salió del apartamento y se dirigió a las oficinas, llegando poco antes del alba.

76. INT. NOCHE - DESPACHO DEL SR. MOORE CON BEN PRYOR
Pryor le aguardaba con una nota en la mano.
—¿De ella? —preguntó Moore mientras recogía el trozo de papel plegado.
Pryor asintió, y Moore abrió el papel y leyó.

Estimado Salomón:
Los hechos son los hechos. Si no quieres reconocerlos, el problema es tuyo. El mío es sobrevivir, y me uno al bando que parece ofrecerme la mejor oportunidad de lograrlo.
Moira Rallings

P.D.: Si logra matarlo, cosa que personalmente considero imposible, recuerde que me debe su cadáver.

—Eso me gusta —dijo secamente Moore—. La lealtad de un empleado. ¿Cuándo encontraste esta nota?
—Dos minutos antes de telefonearte —dijo Pryor—. Naomí y yo… eh… ya no somos compañeros de habitación, y he pasado aquí las dos últimas noches.
—Sé dónde las has pasado —replicó lacónicamente Moore. Echó la nota encima del escritorio—. Será mejor que actuemos con rapidez. Quiero a esa mujer viva o muerta, pero sobre todo la quiero antes de que pueda ponerse en contacto con Jeremías.
—Nosotros no podemos localizarle. ¿Qué te hace pensar que ella podrá?
—A ese bastardo le salen las cosas bien —dijo Moore—. Creo que es mejor suponer lo peor cuando hablamos de él. —Miró a Pryor—. Esto me recuerda algo: ¿cómo está tu lealtad actualmente?
—Si me vuelvo contra ti, no será para unirme a Jeremías.
—¿Por qué no? —preguntó Moore en tono de curiosidad.
—Porque si él es el Mesías, no me necesitará. No me haría un gran favor si me uno a él.
—¿Y si no lo es?
—Tarde o temprano descubriremos la forma de liquidarlo.
—Lógico —comentó Moore—. El más débil siempre te ofrecerá una recompensa mayor que el favorito.
—¿Crees que somos los más débiles? —dijo Pryor, sonriendo incrédulamente.
—Así empieza a parecerlo —replicó gravemente Moore.

VEU IN OFF
Nada de lo que ocurrió durante las tres semanas siguientes altero esa suposición. Moore aumentó la nomina de pago y extendió la búsqueda, pero Moira Rallings continuaba en paradero desconocido. No había usado transportes públicos para abandonar el complejo de Chicago, pero al cabo de diez días Moore se vio forzado a deducir que la taxidermista no se hallaba ya en el estado de Illinois, y veinte días después de la fuga no le quedo duda alguna de que Moira se encontraba a mas de mil kilómetros de el.
Los negocios seguían florecientes, por supuesto. El Espectáculo de Emociones Fuertes estaba superando el éxito previsto, e incluso Sueños Hechos Realidad comenzaba a rendir. Las autoridades de la ciudad declararon oficialmente que los señores Nightspore y Thrush habían fallecido por causas naturales, y no hubo investigación sobre la intempestiva muerte de Willis Comstock Krebbs. Otros dos congresistas estaban asegurados, y uno de los potros de pura sangre de Moore había ganado una carrera en Florida.
Y a pesar de todo, conforme las semanas se convertían en meses, la tensión entre los miembros de la jerarquía de Moore alcanzó cotas insoportables.