8 SEC77 a SEC87
77. INT. DIA - DESPACHO DEL SR. MOORE – MOORE, la recadera continental y en seguida Ben Pryor
Esa tensión se rompió para siempre la mañana del 23 de junio de 2048, cuando una mujer ataviada con un uniforme rojo oscuro entró en el despacho de Moore.
—¿Sí? —dijo Moore, apartando la mirada de un montón de impresos de ordenador.
—Recaderos Continentales, señor —dijo ella animadamente.
—Recaderos Continentales puede entregar sus paquetes a una de las secretarias, en las oficinas exteriores —dijo Moore, y prosiguió con sus papeles.
—Lo siento, señor —repuso la mujer—, pero este envío ha sido hecho con el código PVSU.
—¿Que demonios significa eso? —pregunto Moore, irritado.
—Para Verlo Solo Usted —fue la replica—. Tengo órdenes de no marcharme hasta que abra el paquete.
—De acuerdo —dijo Moore—. Démelo.
La mujer se acerco al escritorio y le entrego un sobre de papel de manila. Moore lo abrió y extrajo una fotografía de Jeremías y Moira de pie junto al muro de un irreconocible edificio de ladrillo.
—¿Quién le dio el sobre? —pregunto Moore.
—Mi supervisor, señor.
—¿De donde lo enviaron?
—No lo se. Puedo averiguarlo e informarle esta tarde.
—Hágalo —dijo Moore, despidiéndola con un gesto de su mano, y sabiendo perfectamente que el sobre habría sido enviado a más de mil kilómetros del lugar donde se ocultaban Jeremías y Moira.
Pryor entro en el despacho.
—He visto a la de Recaderos Continentales hace un momento —dijo—. ¿Alguna novedad?
—Podría decirse que si —replico Moore.
Alzó la foto para que Pryor la viera… y en ese momento sus ojos se clavaron en un mensaje de dos palabras garabateado al dorso:
Lo sé
SEGUNDA PARTE
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VOZ IN OFF
El movimiento comenzó con tanta lentitud que Moore, aislado en sus oficinas de Chicago, ni siquiera lo advirtió durante varios meses… Pero finalmente empezaron a llegar los informes.
Jeremías había devuelto la vista milagrosamente (y sin cámaras que filmaran la hazaña) a un niño ciego de Newark.
Jeremías había sido aceptado como el Mesías verdadero por cuatro sectas protestantes de poca importancia, y posteriormente por otra importante.
Doscientos rabinos de la Iglesia Reformada Norteamericana proclamaban que la profecía de Isaías estaba cumpliéndose.
Los hombres de Moore tuvieron otras dos veces en sus manos a Jeremías, y en ambas ocasiones logró huir, no ileso pero sí vivo. Si tenía alguna vivienda, estaba en paradero desconocido. Si su nueva religión tenía nombre, también éste era desconocido. En realidad, los motivos, la filosofía religiosa, el paradero y los objetivos a largo plazo de Jeremías eran otros tantos misterios.
La prensa y las emisoras de televisión iniciaron el juego de contar los discípulos de Jeremías. Una secta antaño risiblemente pequeña pronto pasó a tener un millón de miembros. El hecho no constituía aún una amenaza al orden establecido, pero las autoridades hicieron números por su cuenta y decidieron investigar el fenómeno de Jeremías el G.
Y mientras la noción de un Mesías, aunque no se creyera en ella, iba calando en la conciencia pública, el descontento aumentó por primera vez en cincuenta años. La innovación y la movilidad de la sociedad permanecían inalteradas desde hacía décadas, puesto que la apatía y el hastío enterraban el sueño de una vida y un mundo mejores con más eficacia que las mil guerras anteriores. Pero en ese momento la gente empezó a comprender que, aunque Jeremías fuera un fraude, las cosas podían mejorar, que era posible manipular la maquinaría del cambio y el progreso aunque nadie supiera todavía cómo hacerlo.
Pese a tocar esta cuerda sensible, Jeremías no hacía promesas, predicciones o profecías. Moore estaba firmemente convencido de que Jeremías, Mesías o no, carecía de cerebro para hacer algo con la masa de sus partidarios, no sabía cómo o adonde conducirlos.
Y sin embargo, la oleada de creencia en Jeremías aumentó. Primero atravesó el Atlántico, después se extendió por Europa y Asia e hizo culebrear sus tentáculos en África. Tan sólo Israel condenó abiertamente a Jeremías como fraude… pero Israel sabía mejor que nadie dónde nacería el reino de Jeremías, si él tenía realmente la intención y el poder para establecerlo.
No tardó en producirse una lluvia de solicitudes para que Jeremías apareciera en televisión, ante comités y en audiencias privadas concedidas por líderes políticos y religiosos. El supuesto Mesías accedió a grabar varios videos para llenar sus arcas, pero rechazó cualquier otra confrontación pública o privada tras declarar tajantemente que el Mesías no precisaba esa clase de relaciones.
Y más tarde, aún necesitado de dinero, Jeremías se introdujo en el único negocio del que sabía algo: el pecado. Con el número de sus partidarios rozando la barrera de los tres millones, disponía de influencia y contactos suficientes para participar en el negocio de la pornografía y la prostitución, y para iniciar la compra de ciertos políticos de segunda categoría.
Moore percibió el golpe muy despacio al principio. La pornografía perdió un tres por ciento de beneficios, la prostitución un siete por ciento, el tráfico doméstico de drogas un seis por ciento. Pero al cabo de pocos meses sus principales negocios sufrieron pérdidas del treinta por ciento o más, y Sueños Hechos Realidad, que había florecido hasta convertirse en saludable fuente de ingresos con sucursales en once estados, se hallaba prácticamente en bancarrota, puesto que el populacho prefería comprar sueños a un Mesías antes que a un rey del crimen.
Cuando los ingresos quedaron reducidos a la mitad, Moore triplicó la recompensa y pronunció de nuevo la sentencia de muerte. Muchos empleados que normalmente habrían sido despedidos dada la desastrosa baja de los beneficios, conservaron su empleo para colaborar en la destrucción del imperio financiero que Jeremías erigía a expensas de Moore. Éste cerró sus empresas distribuidoras a los productos de su rival… y Jeremías fundó otras. Moore ordenó a políticos y policías a su servicio que tomaran medidas drásticas contra la red de prostitución de su enemigo… y descubrió que Jeremías disponía en su nómina de políticos y polizontes suficientes para que sus chicas continuaran trabajando. Moore obstruyó todas las posibles rutas de los narcóticos… y Jeremías creó nuevos caminos con idéntica rapidez.
Finalmente Moore decidió que, puesto que no podía atacar directamente los negocios de Jeremías, pondría en práctica el segundo plan: intentar desacreditarlo ante sus partidarios. A tal fin, Moore contrató varios equipos de investigadores y periodistas. No fue difícil presentar a Jeremías como un necio inculto, grosero y mujeriego, puesto que en realidad era así. Ni siquiera fue complicado investigar sus finanzas y mostrar al mundo que el supuesto Mesías había acumulado ya casi doscientos millones de dólares. Jeremías no sólo lo admitió, sino que además declaró que planeaba duplicar esa cantidad cada seis meses durante los dos años siguientes. Fue hecha pública su juventud de pordiosero sin necesidad y estafador… y lejos de negarlo, Jeremías mostró cierto orgullo al facilitar a los equipos reporteriles de Moore parte de los detalles más salaces que habían pasado por alto.
Pero cuando llegó el momento de probar que Jeremías era un fraude, el avance se hizo más difícil. Jeremías había impuesto sus manos sobre las piernas de una paralítica (tras recibir un sustancioso donativo del abuelo de la enferma) y logró que andará de nuevo. En una aventura totalmente impropia de un Mesías, Jeremías había saltado, sin paracaídas, de un helicóptero que volaba a quinientos metros de altitud ante un público de pago formado por cientos de millares de personas… y aunque había tenido que ser trasladado al hospital con las piernas fracturadas, roturas múltiples de la columna vertebral y varias hemorragias internas, el accidentado abandonó el centro médico tan campante nueve días después, completamente sano. Jeremías visitó un pueblo agonizante de California, y mientras se hallaba allí los depauperados campesinos conocieron la lluvia por primera vez desde hacía más de un año.
Todos los domingos, pastores y sacerdotes subían al pulpito para proclamar que Jesús era el único Mesías, y todos los domingos había menos fíeles en sus congregaciones. Mil autores y biógrafos abordaron el enigma de Jeremías, y acabaron ofreciendo mil conclusiones distintas.
Jeremías se recreaba con la publicidad. Lo único que insistía en no hacer era codificar su filosofía. Era suficiente, declaraba una y otra vez, con que el fuera el Mesías. Todo lo demás, incluso sus creencias personales, era insignificancias en comparación con esa realidad.
Al cabo de otro año sus discípulos superaron la cifra de doce millones, y sus finanzas crecieron al mismo ritmo. Posteriormente se supo que Jeremías estaba erigiendo un aparato militar, y los gobiernos mundiales, que en su mayoría se habían desentendido de él con la esperanza de que desapareciera, se sobresaltaron y actuaron. Espías de todas nacionalidades y credos religiosos se infiltraron en la organización de Jeremías. Tuvieron éxito, hasta cierto punto: el tenia tantos hombres, tantas armas y tal y cual capacidad militar. Pero respecto a por que precisaba un ejercito y donde pretendía desplegar sus fuerzas, no consiguieron respuesta alguna.
Puesto que había investigado a Jeremías mas que nadie, Moore obtuvo el indulto por todos los delitos cometidos en el pasado (y también, indirectamente, por los futuros delitos) a cambio de su colaboración con las diversas agencias comprometidas en la eliminación de Jeremías, que además eran muchas, puesto que casi todas las instituciones religiosas veían amenazada su existencia por la posibilidad de un Mesías de carne y hueso.
Con los recursos financieros y los servicios de espionaje de prácticamente el mundo entero en sus manos, Moore acoso a Jeremías con una venganza. Asesino a sacerdotes y lugartenientes de su rival, interrumpió sus discursos y programas televisivos, embargo buena parte de sus fondos… y a pesar de todo la cifra de sus partidarios siguió aumentando.
Y entonces se produjo el incidente que altero la marea de hechos en favor de Jeremías por primera vez. Lo provoco una fuente totalmente inesperada, pero su efecto fue enorme e inmediato.
Era El Evangelio de Moira, escrito por Moira Rallings, y las ventas ascendieron a cuarenta millones de ejemplares durante los dos primeros meses de publicación.
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E hizo ver a un niño ciego y andar a una
paralítica, y cuando la gente le vio y supo
quién era y qué era, en verdad entonces
corrió la Voz por la tierra desolada.
El Evangelio de Moira
78. INT. DIA - DESPACHO DE PRYOR – ENTRA SR. MOORE con 1 ejemplar del libro de Moira Ralling
El despacho de Pryor estaba tan desordenado como desprovisto el de Moore. Era mucho más espacioso, y hasta el último centímetro cuadrado de pared estaba cubierto por pantallas de ordenador, con algunos monitores de televisión como única interrupción. El despacho contenía una alargada mesa de reuniones, un bar con bebidas alcohólicas, un par de sofás de cuero y un enorme escritorio de caoba con un sillón de juez igualmente de cuero.
Moore entró en el despacho, fue derecho al escritorio de Pryor y dejo caer en él un ejemplar de El Evangelio de Moira.
—Bien, ¿qué opinas? —preguntó.
—Ella no va a obtener el Premio Nobel de Literatura —replicó Pryor—. Es uno de los peores tostones que he leído en mi vida. —Abrió un cajón del escritorio y sacó un ejemplar.
—Además es uno de los tostones más peligrosos que has leído en tu vida —dijo Moore—. Mira encima del copyright.
—Mi edición es la quincuagésimo tercera —repuso Pryor, sin abrir el libro—. ¿Y la tuya?
—La quincuagésimo séptima —replicó Moore—. Deben estar deshojando bosques enteros para satisfacer la demanda de este libro. —Tomó asiento en uno de los sofás—. Y, mientras tanto, nuestros ingresos han descendido el cuarenta y dos por ciento este mes, y acabamos el ultimo trimestre con más números rojos que nunca. Creo que deberemos abandonar totalmente Kentucky y Tennessee.
—Lo sé —dijo sombríamente Pryor—. Hasta las empresas legales están viniéndose abajo.
—Cuesta imaginar que es tan rematadamente difícil matar a Jeremías —dijo Moore con un profundo suspiro—. Al fin y al cabo, al último Mesías lo mataron sin dificultad.
—Conoces la respuesta a eso: si lo mataran, no sería el Mesías. —Pryor cogió el nuevo Evangelio y pasó hojas rápidamente—. «Y Moira Rallings fue su concubina, y así fue ella bendita sobre todas las mujeres.»
—Parece la idea de una epopeya bíblica que tendría un productor sin talento —dijo Moore en tono despreciativo.
Pryor siguió pasando hojas y leyendo algún retazo.
—Y él fue a Egipto, como predijeron los profetas… E inició su ministerio mancillado y ultrajado, un proscrito entre los hombres… Y en la ciudad de Chicago, dominada por el pecado, moraba un siervo del Diablo llamado Moore… —Pryor alzó la cabeza—. Todo está aquí… todo excepto el Sermón de la Montaña. —Sonrió—. Supongo que Moira lo guarda para la segunda parte.
—No es tan divertido, Ben. Aunque la mitad de los compradores echen el libro a la basura, y aunque la mitad de los que lo conserven opinen que es bazofia, ella habrá ganado doce millones de conversos para Jeremías en seis semanas… y hasta el último de ellos pensará que Judas no fue tan mala persona comparado conmigo.
—No podemos quitarles los libros de las manos —replicó Pryor—. No pasan por nuestras agencias… y por lo que he podido averiguar, casi el cincuenta por ciento se vende por correspondencia.
—Lo sé —dijo Moore—. Además, con tantos ejemplares en venta, yo diría que es un poco tarde para conseguir una orden de restricción o un requerimiento judicial que prohíba la distribución. De todas formas, no creo que sirviera de nada. —Guardó silencio un momento y tamborileó con los dedos encima del brazo del sofá—. ¿Cuáles son las últimas noticias que tenemos de él?
Pryor se encogió de hombros.
—Desde ayer tenemos declaraciones juradas de que se encuentra en Albuquerque, Buenos Aires, el complejo de Manhattan e Islandia. Elige tú mismo.
—¡Maldito Macintosh! —exclamó de pronto Moore.
Xaviar Macintosh era el único agente de Moore que había logrado infiltrarse en la floreciente organización de Jeremías y obtenido un cargo importante en ella. Era incuestionable que habría podido conocer el programa de Jeremías, y tal vez estar en el secreto de los planes de éste para el futuro. Pero cuatro días antes Xaviar Macintosh había enviado un telegrama a Moore comunicándole su dimisión y explicándole que había visto la luz y tomado la decisión de ser discípulo de Jeremías.
—No es un hecho inaudito —dijo Pryor—. He estado en contacto con algunos de nuestros nuevos… eh… asociados, y han tenido problemas muy parecidos. En cuanto disponen de un infiltrado en situación de hacer algo útil, Jeremías… bueno, Jeremías lo convierte. No creo que haya otra palabra para expresarlo.
—¿Y cómo les va a nuestros nuevos asociados?
—No muy bien. Si Jeremías encomendara a sus fuerzas algún objetivo militar, ellos podrían ser útiles… pero tal como están las cosas ahora, no pueden infiltrarse en la organización con más éxito que nosotros. Seguramente nos iría mejor con espías industriales y saboteadores.
—Cierto —convino Moore—. Pero los monopolios industriales no ofrecen amnistía, al contrario que los gobiernos. Además, mira lo que ha pasado con nuestras finanzas el último año. Ninguna organización industrial se peleará con Jeremías. Tal vez haya métodos más sencillos para ir a la quiebra, pero no existe ninguno tan rápido. —Hizo una pausa—. En fin, nuestro problema inmediato es ese maldito libro que ha escrito Moira. Me señala como el mayor villano de la historia humana, y está dando a Jeremías más apoyo que todo lo que ha hecho él hasta ahora. —Se alzó de hombros—. ¿Sabes una cosa? Siempre es posible que ella tenga razón…, que yo sea el diablo encarnado por intentar acabar con Jeremías.
—Lo dudo —replicó seriamente Pryor—. Después de todo, mucha gente ha intentado liquidarlo. El único motivo de que estés señalado es que metiste a Moira en este asunto.
—Por el mismo motivo, deberían canonizarme, no condenarme —dijo Moore en tono irónico—. N adié tenía la menor idea de lo que era Jeremías antes de que yo interviniera.
—Lo habrían adivinado tarde o temprano —respondió Pryor—. En realidad, si Jeremías es el Mesías, no se debe a que tú se lo comunicaras.
—Lo sé, Ben. ¡Pero es tan frustrante! A veces creo que todos estamos andando bajo el agua. Nuestras reacciones son tan lentas… Pensaba que Moira podía ser un punto débil, y ha sido más útil a Jeremías que el resto del grupo en conjunto.
—Sólo es un libro.
—Sí, y Adolfo Hitler sólo fue un pintor de brocha gorda.
79. INT. DIA - DESPACHO DE BEN PRYOR con Sr. Moore y llama por interfono el Dr. Bernstein, después en la televisión se ve Moira Rallings emitiendo un mensaje.
El intercomunicador emitió un zumbido, y Pryor pulsó un botón.
—¿Qué ocurre?
—Ben, ¿está Salomón contigo? —Era la voz de Bernstein.
—Sí, Abe. ¿Quieres hablar con él?
—No. Dile que ponga el canal 9 de televisión si quiere ver a una vieja amiga.
80. INT. DIA - MISMO DESPACHO – EN LA TELE, PROGRAMA DEL PRESENTADOR VENDAVAL NORMAM GORMAN ENTREVISTANDO A LA MOIRA RALLINGS
Moore se acercó a un monitor y lo conectó.
Moira Rallings, con la piel más blanca que nunca, estaba sentada en un sofá para dos con un ejemplar de su Evangelio en las manos. Había engordado cinco kilos y mostraba una afición hasta entonces desconocida por los vestidos transparentes, pero por lo demás parecía la misma.
La estaba entrevistando Vendaval Norman Gorman (anteriormente Herbert Russell), un presentador de veinte años que había sido estrella musical durante un renacimiento del rock ácido hasta que la prolongada exposición a potencias sonoras de excesivos decibelios le provocó sordera. Sus millones de fans no le permitieron retirarse de los escenarios a los diecisiete años, por lo que Gorman aprendió a leer los labios y acabó presentando el programa de entrevistas del mediodía, el noveno de la nación en orden de audiencia.
—… cifras deben ser sumamente gratas para ti —estaba diciendo Gorman.
—Oh, lo son —replicó Moira. Moore jamás la había visto mostrar tanto entusiasmo por algo, salvo cuando se trataba de un cadáver—. El dinero va a los fondos de Jeremías, por supuesto. Yo estoy complacida y muy contenta sabiendo que muchas personas maravillosas han visto la luz ahora.
—Investiga esa transmisión, averigua si emiten en directo —ordenó Moore a Pryor.
—¿Y habrá otro Evangelio en años venideros? —preguntó Gorman.
—Ciertamente —dijo Moira—. Escrito por mí o por otra persona. La mediación de Jeremías sólo acaba de empezar, Norman. Aún le aguarda casi toda su tarea.
—¿Qué, exactamente, le aguarda? —preguntó Norman—. Él ha sido muy vago en ese punto, y estoy seguro de que a todos nuestros televidentes les gustaría saberlo.
—Jeremías no revela detalles a nadie, ni siquiera a mí —replicó Moira—. Pero es sabido que en último término cumplirá las profecías mesiánicas.
—¿Incluido el establecimiento de un reino en lo que actualmente es la nación israelita?
—Es posible.
—Estás eludiendo el problema —dijo Gorman—. Los profetas hebreos afirman explícitamente que el Mesías debe establecer su reino en Jerusalén.
Moira sonrió.
—¿Qué profetas hebreos?
—Isaías, por ejemplo.
—¿Es cierto? —dijo ella, todavía risueña.
—Por supuesto —repuso Gorman—. ¿Quieres que cite el capítulo y el versículo?
—¿De qué? —preguntó Moira—. ¿Del profeta Isaías mismo, o de las diez generaciones de judíos que repitieron sus profecías alrededor de la hoguera, o de los sabios hebreos que finalmente lo escribieron en el Torah, o de los griegos que lo reescribieron, o de los monjes de la Edad Media que lo reescribieron otra vez, o de los hombres que lo escribieron en la versión autorizada actual?
—¿Afirmas pues que Jerusalén no es el objetivo de Jeremías?
—No estoy afirmando nada sobre sus objetivos —replicó Moira—. Estoy segura de que los dará a conocer a su debido tiempo. Lo único que digo es que cumplir una profecía y cumplir lo que la gente cree es una profecía no siempre es lo mismo.
Pryor, que había estado hablando por teléfono en voz baja, colgó el aparato y se acercó a Moore.
—Grabado ayer en Filadelfia —musitó—. Moira se presentó, pasó el día grabando veinte entrevistas para programas televisivos y desapareció. Seis agencias intentaron seguirla en secreto, y ella logró despistar a los detectives antes de diez minutos.
Moore asintió, sin apartar los ojos de la pantalla.
—Veo que casi ha concluido nuestro tiempo —dijo Gorman—. ¿Deseas decir algo más a nuestros telespectadores?
—Sí —contestó Moira—. Tengo un mensaje de Jeremías.
—Estoy seguro de que a todos nos encantará oírlo.
—¡Salomón Moody Moore! —recitó Moira, mirando hacia la cámara con ojos oscuros y fieros—. ¡Judas! ¡Encarnación de Satán! Si estás mirando o escuchando, te lo ruego: ¡Cesa en tu persecución del Mesías Verdadero! —Miró hacia otra cámara—. Miembros de la Nueva Fe, creyentes de la Nueva Verdad: ¡Un hombre que podría ser el asesino de Cristo está entre vosotros) ¡Se apellida Moore y quiere abatir al Mesías! ¡Unios! ¡No le permitáis que cometa este acto espantoso!
La cámara se acercó a ella hasta que los ojos de Moira llenaron la pantalla. Moore creyó que aquellos ojos estaban fijos en él.
—¡Arrepiéntete, Judas Moore, antes de que sea demasiado tarde!
La imagen se disolvió en negro y empezó un anuncio.
—Una mujer encantadora —dijo Moore mientras apagaba el televisor.
—Será mejor que reforcemos la vigilancia del edificio —añadió Pryor.
—Cierto. Así parecerá que sigo estando aquí.
—¿No estarás?
—Ben, has pasado demasiado tiempo jugando con tus amiguitas —dijo Moore—. ¿No comprendes lo que acaban de decir? Jeremías se dispone a marchar sobre Jerusalén, o como mínimo a iniciar su campaña militar.
—¿Por qué se te ha ocurrido eso? —preguntó Pryor, francamente desconcertado.
—¿Para que otra cosa iba a poner Moira una pantalla de humo como esa? Apuesto a que si obtienes grabaciones de los otros diecinueve programas, descubrirás que ella ha explicado la misma patraña, eso de que las profecías mesiánicas no se refieren por fuerza a Jerusalén.
—No te comprendo.
—Ben, muchos textos de los dos testamentos se reescribieron, muchos párrafos se suprimieron por razones políticas y muchos más se inventaron para que Jesús fuera el Mesías… Pero hay un detalle que no podemos olvidar.
—¿Cuál es?
—El concepto en sí. El rabino de Abe me explicó que el significado literal de «Mesías» es «ungido» o «rey». Por definición, un mesías es el rey de los judíos… y por definición, el rey de los judíos reina en Jerusalén. Si Moira intenta convencer a todo el mundo de que todo esto es falso, es porque Jeremías se dispone a actuar y quiere que la gente, tanta como sea posible, mire en otra dirección.
—¿Que me dices de los piropos que te ha echado? —preguntó Pryor.
—Con eso me será dificilísimo moverme —admitió Moore—, y seguramente miles de fanáticos saldrán en busca de mi cuero cabelludo. Reforzaremos la seguridad aquí para disimular, pero creo que es hora de abandonar Chicago una temporada.
—¿Adónde iras?
Moore hizo un gesto de indiferencia.
—No tiene demasiada importancia… pero pienso celebrar una reunión con algunos de nuestros asociados, así que prepárame algo más elegante que de costumbre.
—De acuerdo —dijo Pryor.
—Y otra cosa, Ben.
—¿Sí?
—Ofrece una recompensa por la cabeza de Moira Rallings.
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81. INT. NOCHE - EN LA ALCOBA DE JEREMÍAS CON MOIRA HABLANDO Y FOLLANDO
Jeremías mugió como un toro mientras su cuerpo se movía a sacudidas en las inevitables contorsiones del acto sexual. Luego, jadeante y sudoroso, se aparto de la inmóvil figura de Moira Rallings y se echó de espaldas.
—¡Cristo! —maldijo—. ¡Tal como va esto me cuesta saber qué diferencia hay entre ti y uno de tus malditos cadáveres!
—Aprende a ser más hábil, en ese caso —dijo ella mientras se tapaba los pechos con la sábana.
—¡Soy el maldito Mesías! —exclamó Jeremías—. ¡Aprenderé lo que quiera aprender y follaré como me apetezca!
—Pues no te quejes si no hay reacción —replicó tranquilamente ella.
Moira se dispuso a salir de la cama, y él la cogió por el brazo y se lo impidió.
—¿Adónde vas ahora? —preguntó Jeremías—. ¿A tirarte una estatua?
—Una obtiene satisfacción donde puede —respondió Moira sin asomo de vergüenza.
—¿Cuál es hoy, el general o ese que está vestido de emperador Augusto?
—El que más me guste.
—Unos gustos muy gastados, eso tienes allí —dijo Jeremías, disgustado—. ¿Por qué vistes esos cadáveres si todas las noches los desnudas para entrar en acción?
—Para no escandalizarte.
—Es muy difícil escandalizarme —replicó él con una risotada—. Algún día te explicaré qué hice esta mañana con tres miembros femeninos de mi rebaño.
—Pues bueno —dijo Moira—, tal vez los encuentre más atractivos vestidos de uniforme. Tal vez a ellos les guste más.
—A los muertos les importa muy poco estar enterrados con prendas suntuosas —comento alegremente Jeremías.
—¿Desde cuándo citas a Eurípides?
—Desde que leí sus jodidos poemas —repuso él. Extendió una mano hacia la mesita de noche y cogió dos píldoras de propiedades indeterminadas—. ¿Que te importa eso a ti, maldita necrófila? Leo, eso es todo. —Se echo las pastillas a la boca y las engulló.
—¿Últimamente?
—Sí, últimamente.
—¿Y cuándo aprendiste el significado de «necrófila»?
—¡Tal vez soy un poco más listo de lo que piensas! —espetó Jeremías.
—Es posible —dijo ella, pensativa.
—¡Y cada vez soy más listo! —añadió Jeremías—. Cosas que eran incomprensibles para mí hace pocos meses las veo muy claras de repente.
—¿Cómo el término «incomprensible»?
—¿Qué diablos quieres decir?
—Que es cierto, cada día eres más inteligente —replicó Moira mientras se incorporaba—. Usas palabras que desconocías hasta ahora, lees libros cuya existencia desconocías y que antes no habrías entendido, y si exceptuamos tus obscenidades, hasta la construcción de tus frases es más compleja.
—Todo el mundo aumenta su inteligencia, con el paso de los años —dijo Jeremías—. De lo contrario habría más estancamiento que el que se ve ahora. ¿De qué hablamos? Basta una pervertida frígida para empezar a cambiar el tema.
—El tema era la inteligencia.
Jeremías apartó las sábanas y separó las piernas de Moira sin encontrar resistencia.
—¡El tema es lo que estoy mirando, y nada más! Dios y el destino mesiánico son estupideces y palabrería a partes iguales, inventos para un puñado de borregos. El secreto del universo está justo entre tus piernas, ¡y estoy harto y cansado de que lo tapes con un puñado de cadáveres! —Le lanzó una mirada de furia—. ¡Dios! ¡Si no fuera por ese libro tuyo y la continuación que estás escribiendo, te echaría de aquí con una patada tan rápida que no sabrías quién te la ha dado!
Moira siguió escuchando la reprimenda de Jeremías, escuchando de verdad por primera vez desde hacia meses. Prestó atención al vocabulario, los conceptos formulados entre vulgarismos, y comprendió que Jeremías estaba cambiando. El proceso no había concluido, y él no alcanzaría la categoría de Shakespeare o Einstein hasta dentro de mucho, muchísimo tiempo, si la alcanzaba alguna vez. Pero los indicios de un intelecto en desarrollo eran inconfundibles.
Y siendo una superviviente por naturaleza, Moira ofreció su cuerpo cuando Jeremías se echó encima de ella, apretó fuertemente sus piernas al torso de el, chilló para simular un espléndido éxtasis, se aseguró de clavarle las uñas en el cuello y la espalda (con tanta fuerza que corrió la sangre), adoptó posiciones que jamás había ensayado e hizo un esfuerzo para pedir más cuando por fin él se tumbó exhausto junto a ella.
Largo rato después de que Jeremías cayera dormido, Moira abandonó en silencio la cama, salió de puntillas de la habitación y recurrió a su forma especial de satisfacción. Saber que ella formaba parte del bando ganador, y que el poder de dicho bando aumentaba prácticamente segundo tras segundo, hizo que la experiencia fuera más gozosa y satisfactoria que de costumbre.
Jeremías despertó a la mañana siguiente y se encontró acostado con la tigresa sexual de sus sueños. Podía faltarle sinceridad, pero Moira compensó de sobras el defecto con motivación y entusiasmo. Y mediante métodos que Jeremías sólo había imaginado hasta entonces, Moira se aseguró de que nadie pudiera substituirla pronto al lado del Mesías.
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VOZ IN OFF - DESCRIPCIÓN DE LA NUEVA ATLÁNTIDA, UN HOTEL DE LUJO
Oficialmente se denominaba Cúpula Submarina del Caribe Norte, pero sus moradores la llamaban Burbuja de Jamaica.
Era una estructura inmensa, totalmente sumergida, situada en el suelo oceánico a cinco kilómetros al sureste de Kingston y lejos de los arrecifes de coral. La Burbuja tenía un diámetro de mil quinientos metros en su base, y la parte superior llegaba a menos de quince metros de la superficie marina, donde una serie de ascensores la unían a un aeropuerto flotante.
La Burbuja contenía un trío de plantas potabilizadoras que producían más de cuarenta y cinco millones de toneladas de agua por día, apenas suficiente para satisfacer las necesidades siempre crecientes de México, las islas y la costa este de los Estados Unidos. Compartían el limitado espacio cuatro laboratorios de procesado de algas y dos institutos de investigación.
En el interior de la Burbuja se hallaba también La Nueva Atlántida, un hotel de lujo que ofrecía una impresionante variedad de comidas, bebidas, drogas, diversión, juego y pecado. Salomón Moody Moore, oculto detrás de un impenetrable velo empresarial, era su propietario.
La Nueva Atlántida constaba de doce pisos. En el superior, por encima de los bares, clubs nocturnos y casinos, Moore tenía un conjunto de habitaciones. A diferencia del ambiente espartano de su edificio comercial, estas salas se usaban únicamente con fines de diversión y olían a lujo, desde las cortinas tejidas con oro y los sofás de piel hasta los accesorios de platino de los cuartos de aseo. Cuadros de Van Gogh, Picasso, Changall y Frazetta se exhibían a la ventura en las paredes, junto con dos comics de Chiquito Abner y Pogo que tenían un siglo de antigüedad. Además de las numerosas ventanas que permitían ver las actividades de la Burbuja había un enorme «ojo de buey», una pantalla circular conectada con una cámara de elevada resolución que enfocaba siempre la vida marina en el exterior de la cúpula.
Moore odiaba ese lugar. Se sentía incómodo, como siempre que estaba rodeado de lujos que difuminaban la línea divisoria entre él y las masas. Había pasado gran parte del día malhumorado, sentado junto a los torbellinos de una piscina de proporciones homéricas. Al atardecer había cenado un fílete de lenguado y finalmente se vistió al estilo de un jugador siniestro, sin olvidar el sombrero negro y las espuelas de plata.
82. INT. NOCHE - SINTUOSO SALÓN – Sr. Moore, Cardenal César de Jesús, el inversor Félix Lewis, la ministra de defensa de Israel Naomí Wizner y el presidente del consorcio BLACK and NOIR Piper Black
Después entró en el suntuoso salón y aguardó.
No tardaron en llegar:
César de Jesús, cardenal argentino de la Iglesia Católica, un hombre de cabello asombrosamente rubio y piel inmaculada envuelto en un hábito de terciopelo; Félix Lewis, al parecer el inversor más rico de Wall Street y dirigente de la Liga pro Defensa de los Judíos, un hombre bajito, vivaracho y canoso que llevaba una pipa para fumar hachís; Naomí Wizner, ministra de defensa de Israel, que con la cabeza afeitada y la falda abierta por un lado desmentía sus cincuenta y seis años, y Piper Black, presidente del consorcio Black and Noir, un mulato de más de dos metros envuelto en sedas doradas y con un turbante lleno de joyas en la cabeza.
Moore los saludó uno a uno, abrió una botella de borgoña chispeante y viejísimo y llenó copas de cristal para todos excepto él. Luego charló del tiempo, el deporte y los maravillosos resultados de la tecnología de la Burbuja, dejó que todos los invitados tuvieran oportunidad de admirar las obras de arte y la decoración y se aseguró de que no había cámaras o micrófonos ocultos en las habitaciones.
Por fin, al cabo de veinte minutos, los cuatro visitantes se instalaron cómodamente en el salón, sorbieron felizmente el contenido de sus vasos y contemplaron la pantalla. Y Moore decidió entonces que era el momento de ponerse a trabajar.
—Me alegra mucho que hayan podido venir los cuatro —anunció. Desconectó la pantalla y centró la atención en su persona—. Si alguno tiene hambre, puedo pedir que traigan algo, y todas las atracciones de La Nueva Atlántida estarán a su disposición en cuanto terminemos. Pero hay mucho terreno por recorrer esta noche, y si no hay objeciones creo que sería mejor empezar.
—De acuerdo, Salomón —dijo Black mientras encendía un enorme cigarro puro—. ¿Por qué estamos aquí?
Moore se echó un poco hacia adelante en su sillón.
—Tengo motivos para creer que Jeremías se dispone a movilizar sus tropas.
—¿Qué le hace pensar que él tiene tropas? —preguntó Lewis.
—¿Qué le hace pensar que no tiene? —replicó Moore—. Escuche, usted conoce el mercado de valores, es su campo de actividad. Bien, mi campo de actividad es Jeremías, y le aseguro que él, aun suponiendo que no tuviera tropas suficientes, puede permitirse el capricho de comprar más. —Miró al impresionante mulato—. ¿Cuánto han perdido este año, Piper?
—¿Por qué piensa que hemos tenido pérdidas? —preguntó Black.
—No iremos a ninguna parte si no ponemos las cartas sobre la mesa —dijo Moore—. Mis ganancias han descendido casi setecientos millones de dólares en los últimos nueve meses.
—Quinientos millones —dijo Black sin emoción alguna.
—Nadie está ahorrando más dinero que antes, por lo que no es ilógico suponer que casi millón y cuarto de nuestros dólares, o de un dinero que debía ser nuestro, ha ido a parar a Jeremías este año.
—¿Por qué únicamente a Jeremías? —preguntó Lewis—. ¿Por qué no a otros?
—No me siento especialmente inclinado a explicarle los detalles de mis negocios, y estoy seguro de que el señor Black opina de forma parecida… Pero creo que ambos podemos asegurarle que nuestros negocios, dada su naturaleza, no fomentan la existencia de competidores. Nadie excepto Jeremías podría quitarnos un dólar sin nuestro consentimiento. ¿Tengo razón, Piper?
Black asintió.
—Así pues, tener dinero para pagar mercenarios no es precisamente el mayor problema de Jeremías —concluyó Moore.
—Suponiendo que tenga algún problema, yo no lo he captado, desde luego —dijo Black.
—Por eso he convocado esta reunión —prosiguió Moore—. Para intentar crearle algunos.
—Usted le ha visto, ha hablado con él —dijo Naomí Wizner—. Más que lo que ha hecho cualquiera de nosotros. ¿Cuál es el secreto de ese hombre?
—No tiene secretos —respondió Moore—. Posee las facultades cerebrales y la estabilidad emotiva de un niño de doce años que padece hipertiroidea. Pedí a Piper que participara porque su interés por Jeremías es similar al mío: nuestros libros de cuentas están siendo afectados. Pero el resto de ustedes ha estado financiándome, animándome y apoyando mi pequeña guerra personal, y ha llegado el momento de formularles la pregunta: ¿están dispuestos a salir de su encierro y librar una batalla pública con Jeremías?
—¡Eso es lo que hemos hecho! —protestó Lewis.
—¡No! —replicó Moore—. ¡Han hecho declaraciones hipócritas mientras los míos estaban en las trincheras! Les aseguro que este hombre va a dejar de ser una amenaza religiosa y está a punto de ser una amenaza militar. Tiene más dinero que el que necesita, y ninguna razón para esperar más. Antes de comprometer el resto de mis bienes, quiero saber cuál es la posición de ustedes.
—Hay que frenar a Jeremías —dijo Naomí Wizner.
—Hay que matarlo —agregó De Jesús.
—Muy bien, cardenal —dijo Moore—. Permítame formularle la pregunta. ¿Dice que hay que matarlo?
—Desde luego.
—¿No es un poco contradictorio con sus principios religiosos?
—Mis principios religiosos son venerar y adorar la Santísima Trinidad —replicó De Jesús—. Mi fidelidad es para la Iglesia y el Papa.
—¿Aunque estén equivocados? —preguntó Moore.
—¡Eso es impensable!
—Bien, será mejor que empiece a pensarlo muy seriamente —dijo Moore—. Porque hasta la última prueba que poseemos indica que Jeremías es el Mesías.
—Podría elegir un mesías mejor en el listín de teléfonos —intervino en tono irónico Black.
—¿Cómo puede afirmar que este…, que este animal es el Príncipe de la Paz? —dijo De Jesús.
Moore sacudió la cabeza.
—¿Quieren hacer el favor ustedes dos de meterse en la mollera que si Jeremías es el Mesías, es también el Mesías del Viejo Testamento? No es el Príncipe de la Paz, ni el Hijo de Dios. Es simplemente la persona que Dios, o alguien, ha elegido para establecer un reino en Jerusalén…, y por lo que a ustedes les interesa, siempre que eludan la pésima poesía de El Evangelio de Moira, los hechos son correctos. Así debían ser, porque Moira se enteró gracias a mí. Jeremías devolvió la vida a un ahogado. Pasó algún tiempo en Egipto. Se llama Emmanuel. Y es posible que tenga ascendencia davídica. Al menos, nadie puede demostrar lo contrario.
—Yo me opongo a él porque sé que Jesús es el Mesías —dijo De Jesús—. Pero si usted sostiene la opinión de que Jeremías es el Mesías, ¿por qué se opone a él?
—Él no es mi Mesías, cardenal —dijo Moore—. Mi interés por el futuro de Jerusalén y la raza judía es mínimo. Además, si Jeremías es lo mejor que Dios ha encontrado, creo que no me interesa tener relaciones con ninguno de los dos.
—Una respuesta muy locuaz —dijo De Jesús.
—¿Quiere otra mejor? —preguntó Moore—. De acuerdo. Si Jeremías es el Mesías del Viejo Testamento, es simplemente un hombre, nada más. Me importa un comino qué planea hacer en Jerusalén. Pero me importa lo que está haciendo ahora… es decir, intentar matarme y quedarse con mi organización. Esos son mis motivos, sencillos y claros… y creo que en cualquier momento podré comparar el aguante de Jeremías con el de ustedes. —Miró a Lewis—. Puesto que el cardenal ha tocado el tema, permítame hacerle la misma pregunta: si Jeremías es el Mesías, ¿por qué no podría aceptarlo la Liga pro Defensa de los Judíos?
—No ha hablado con demasiados judíos norteamericanos, ¿no es cierto? —dijo Lewis mientras fumaba su pipa de hachís—. No me importa que él sea el Mesías. Representa una influencia destructora. —Hizo una pausa para meditar—. El judaísmo no es tanto una religión como una forma de vida. Nuestra cultura significa más para nosotros que los detalles de nuestra religión, y este hombre amenaza destruir esa cultura. No me importa si establece un reino en Jerusalén o no. Después de todo, hay menos de cinco millones de judíos en Israel, y doce millones tan sólo en el complejo de Manhattan. Pero si logra apoderarse de Jerusalén, forzosamente alterará lo que significa ser judío, y no podemos tolerarlo.
—Permítame repetir todo esto, para asegurarme de que lo entiendo —dijo Moore—. Ni la Liga pro Defensa de los Judíos ni la Iglesia Católica, o al menos las partes representadas aquí esta noche, se echarán atrás aunque Jeremías sea quien afirma ser. ¿Correcto?
Lewis asintió.
—No es el Mesías —afirmó De Jesús.
—Pero, ¿y si lo es? —insistió Moore.
—Si parece serlo, será el Diablo, el Príncipe de los Mentirosos, y debemos eliminarlo.
Moore decidió que no iba a lograr una respuesta mejor del cardenal, se alzó de hombros y miró a Naomí Wizner.
—¿Y usted? ¿Habla en nombre de su gobierno?
—Desde luego. A todos los efectos, si se produce un ataque contra Jerusalén, yo soy el gobierno.
—¿Y cómo se siente Israel?
—Israel se siente atacada.
—Israel siempre se siente atacada por alguien —dijo Black, conteniendo la risa.
—¡Y siempre se defiende! —replicó acaloradamente la ministra—. ¡Esta vez no es distinta a todas las demás!
—Al contrario —observó Moore—. Si Jeremías es el Mesías, eso significa que la cristiandad ha estado terriblemente equivocada desde hace dos mil años… pero ¿por qué suponer que los ciudadanos israelitas no lo aceptan con los brazos abiertos? Al fin y al cabo, ustedes jamás han aceptado a Jesús. Por tanto, ¿por qué no ha de parecer Jeremías el hombre que cumple las profecías?
—Jeremías vendrá con la espada y el fuego —replicó Naomí—. Estoy segura de que a Dios no le importará que nos defendamos.
—No es una respuesta adecuada —dijo Moore.
—Es la mejor que va a obtener usted, señor Moore —afirmó ella—. ¿Qué espera que haga mi gobierno, entregar la nación a Jeremías en una bandeja de plata?
—¿Y si convence a su gobierno de que es el Mesías?
—¿Y cómo cree que hará eso? —se mofó la ministra.
—Tomando Jerusalén.
—Señor Moore, ¿tiene la menor idea de cuántas veces ha sido conquistada Jerusalén entre la época de los profetas y el establecimiento del estado de Israel en 1948?
—No.
—Bien, acepte mi palabra: más veces de las que usted puede imaginar. Jamás aceptamos como mesías a los conquistadores anteriores. ¿Por qué ha de ser distinto este hombre?
—Porque es distinto —dijo Moore—. Cuando Moira Rallings describe parte de las cosas que ha hecho él, no exagera. No digo que Jeremías sea por fuerza el Mesías, pero desde luego es distinto.
—Al parecer está más convencido que todos nosotros, Salomón —dijo Black.
—Eso no viene al caso —repuso Moore—. Mesías o no, Jeremías es un hombre, y debe tener debilidades. Ha intentado arruinarme, y no pienso rendirme sin pelear.
—Bravo por usted —dijo Lewis, y aplaudió pausadamente—. Bien, ¿tiene algún plan pensado, o es que le gusta pronunciar discursos?
—Tengo varios planes —replicó Moore, volviendo la cabeza hacia Lewis—. De mala gana he llegado a la conclusión de que no podremos liquidar a Jeremías, sea lo que sea. Ello significa que debemos considerar otras opciones. —¿Por ejemplo? —preguntó Lewis.
—Esta es la más sencilla —dijo Moore—. Tolerar que tome Jerusalén. Es lo único que se supone ha de hacer, ¿no? —¿Qué? —exclamaron al unísono Lewis y Naomí. —Que se salga con la suya. Sólo es una ciudad. El gobierno israelí puede establecerse en otro lugar.
—¡Los judíos tardaron dos milenios en recuperar Jerusalén! —contestó bruscamente Lewis—. ¡Entregarla sin lucha es inaceptable!
—¿Sí? —inquirió Moore—. Jeremías dispone de treinta millones de personas que comprarán armas y se pagarán el pasaje para ir allí e iniciar la Guerra Santa. ¿Por qué no limitarse a entregarle la ciudad?
—¡Es impensable! —dijo Naomí—. ¿Por qué no entregar Checoslovaquia a Hitler? ¡Es lo único que quiere! Pero no era lo único que deseaba, y Jerusalén no es lo único que desea ese Jeremías. En cuanto tenga un ejército, deberá mantenerlo pertrechado y en activo. ¿Cómo cree que hará eso, señor Moore? Marchará sobre Egipto, Siria, Jordania y Líbano, y luego cruzará el Mediterráneo en dirección a Europa.
—¿Con qué? —se burló Black—. No tiene aviones, ni tanques, ni siquiera municiones.
—Los conseguirá —dijo Naomí—. ¿Sabe cuántas iglesias le entregarán gustosamente sus tesoros a cambio de un tratamiento clemente? ¿Cuántos oficiales le darán equipo militar a cambio de puestos privilegiados en su ejército?
—No tantos —dijo Black—. Jeremías sigue siendo un tipo de poca monta.
—¿De verdad? —dijo la ministra—. Este hombre era un mendigo indigente hace menos de tres años. Hoy se le calculan cuatro mil millones de dólares, tiene más de treinta millones de partidarios y sus ganancias semanales son de un millón. Y una iglesia de cada diez ha decidido que Jeremías es divino. ¿Qué hace falta en su opinión, señor Black, para que se convierta en un tipo de mucha monta?
Black se dispuso a replicar, pero cambió de idea y guardó silencio.
—Muy bien —dijo Moore—, Puesto que nadie desea aceptar la solución fácil, pelearemos con él. Pero deben comprender que la acción militar es imposible.
—¿Por qué? —inquirió Naomí—. Estamos dispuestos a presentarle batalla, hasta el último hombre, mujer o niño.
—Más fuerzas para ustedes —dijo secamente Moore—. Pero Jeremías no posee todavía un ejército permanente. ¿Dónde lanzarán su ataque? ¿Cómo pueden cortar una ruta de suministros que no existe? Aun suponiendo que no les importara masacrar civiles, no podrían atacar el centro de operaciones de Jeremías. Nadie sabe dónde está.
—Este hombre tiene razón —intervino Black, haciendo una mueca—. Hasta que Jeremías prepare un ejército auténtico, no hay batalla posible.
—Exacto —dijo Moore—. Propongo por tanto un ataque conjunto y coordinado contra su credibilidad, a través de los medios de difusión. Hasta ahora lo hemos hecho fragmentadamente, y actuando cada cual por su cuenta. Naomí teme un ataque militar, el cardenal teme que Jeremías sea el Anticristo, Piper teme nuevas pérdidas de dinero, el señor Lewis teme por sus valores culturales y Dios sabe que chinos, hindúes y africanos tienen algo que temer… Pero hemos estado actuando como individuos, o al menos como grupos con intereses particulares. Hay que desacreditar a Jeremías, no ante los ojos de los judíos, o de los cristianos, o de los musulmanes, sino ante los ojos de todos al mismo tiempo.
—Ofrezco hasta el último centavo que tengo —dijo Black—. Pero antes debemos llegar a un acuerdo.
—¿Qué clase de acuerdo? —preguntó recelosamente Lewis.
—Si triunfamos, habrá un buen puñado de monedas disponible —prosiguió Black—. Nada de aires de superioridad, señor Lewis. Usted conserva aún todo su dinero. ¿Piensa realmente que me importan algo los judíos o los cristianos, que me preocupa quién gobierna en Jerusalén? Y si a Salomón le importa eso un pito más que a mí, será porque ha perdido la objetividad. Somos hombres de negocios, y sea cual sea el negocio, el sexo, la droga o frenar a un posible mesías, esperamos obtener beneficios.
—¿Son esos sus sentimientos? —preguntó Lewis, mirando a Moore.
—Tengo razones personales para querer acabar con Jeremías —dijo Moore, midiendo cuidadosamente sus palabras—. Es lo más parecido a un enemigo a muerte que he tenido en mi vida, y seguiré con esto hasta el final, con o sin la ayuda de ustedes. —Hizo una pausa—. Pero tal como ha comentado mi amigo Piper, soy hombre de negocios, y ciertamente quiero una parte del botín si triunfamos. No obstante, no creo preciso entrar en detalles ahora mismo —añadió—. Tienen mi palabra de que no cogeremos nada que otro desee.
Miró a los ojos a Black, que decidió abandonar el tema.
—Bien —continuó Moore—, si todos estamos de acuerdo, será mejor que hablemos de la clase de campaña propagandística que vamos a lanzar. Cardenal, ¿cuántas emisoras de televisión controla la Iglesia Católica en América del Sur?
—No controlamos emisoras, señor Moore —dijo De Jesús a la defensiva—. Poseemos emisoras.
—Nadie está tomando notas —repuso Moore—. Nada de esto saldrá de la habitación. A cambio, creo tener derecho a esperar respuestas sinceras. Bien, ¿cuántas emisoras controlan ustedes?
De Jesús miró furiosamente a Moore un largo momento y por fin se alzó de hombros.
—Entre seiscientas y setecientas —dijo.
—¿Y la Liga pro Defensa de los Judíos? —preguntó Moore.
—Personalmente, poseo o controlo cinco —replicó Lewis—. La Liga no controla ninguna, y es la verdad.
—¿Periódicos y video periódicos?
—Yo, diez. La Liga, tal vez el doble.
—¿Cuánto tiempo tardarían en recoger dinero suficiente para que periódicos y emisoras se concentren en una campaña de odio?
—Tres meses, tal vez cuatro —se apresuró a contestar Lewis.
—Demasiado tiempo —replicó Moore—. Tendrá que rascarse el bolsillo y conseguirlo en seis semanas.
—¿Por qué tanta rapidez?
—Porque si Jeremías está preparándose para actuar, no tardará cuatro meses en ensayar su actuación. Estamos hablando de fanáticos religiosos. Si él hace el llamamiento mañana, todos habrán adquirido el billete a Jerusalén antes del fin de semana.
—Veré qué puedo hacer —dijo Lewis.
—Yo no puedo prometer fondos —dijo Naomí Wizner—. Hasta la última moneda se invertirá en la defensa de Jerusalén.
—No pensaba pedirle ninguna —replicó Moore—. Sólo deseaba asegurarme de que no planeaba arrojar la toalla después de que los demás comprometiéramos todo cuanto tenemos. En cuanto al señor Black y a mí, entre los dos controlamos la tercera parte del horario de las imprentas en el continente de América del Norte. Estoy seguro de que podemos lanzarnos a imprimir varios miles de millones de folletos contra Jeremías para dentro de pocas semanas.
—¡Por eso me hizo venir y no invitó a Quintara! —exclamó Black—. Él sólo se dedica a drogas y rameras, ¡pero yo tengo imprentas!
Moore asintió.
—Nuestra contribución consistirá en imprentas y canales de distribución.
—Es lógico —convino Black.
—¿Está con nosotros? —preguntó Moore.
Black movió afirmativamente la cabeza.
—Magnífico —dijo Moore—. ¿Puedo sugerir que nos encontremos aquí de nuevo dentro de dos semanas?
—De acuerdo por mi parte —dijo Lewis. Miró un momento a Moore—. ¿Cree realmente que puede salir algo bueno de esta reunión?
—Su utilidad es limitadísima —replicó Moore.
—En ese caso, ¿por qué estamos aquí?
—Porque tenía que empezar por alguna parte —dijo secamente Moore—. Mañana me reuniré con un dirigente de la Iglesia Ortodoxa Griega, el ministro de asuntos exteriores de Egipto y Henri Piscard.
—¿Quién es ese Piscard? —preguntó Lewis.
—Otro hombre de negocios —replicó Moore—. En Francia y Bélgica ofrece servicios muy similares a los que el señor Black y yo ofrecemos en los Estados Unidos.
—Y supongo que tendrá más reuniones preparadas…
—Seis en total. Creo que cuando nos veamos otra vez habremos creado una organización bastante útil. —Se puso en pie y caminó hacia la puerta—. Y ahora, permítanme sugerir que gocen algunos placeres de La Nueva Atlántida antes de regresar al hogar.
De Jesús, Lewis y Naomí Wizner abandonaron el salón, y Moore cerró la puerta detrás de ellos. Después volvió con Black, que no se había movido de su sillón.
83. INT. NOCHE - EN EL MISMO SALÓN- Sr. Moore y Piper
—Hey, Salomón —dijo el mulato, sonriente—. Hemos recorrido un largo camino, ¿no?
—Hola, Piper —repuso Moore mientras se sentaba y devolvía la sonrisa—. Sí, es cierto.
—No está mal para un par de maleantes aficionados.
—Habla por ti mismo —dijo Moore—. Yo nunca he sido aficionado.
Black se echó a reír.
—Y aquí estamos, luchando por la Verdad, la Justicia y la Tradición Cristiana.
—O por el sitio de Judas en el infierno.
—Oh, bueno —dijo Black—. De todas maneras nunca he deseado ir al cielo. Me gusta el calor.
—Jamás he pensado que corrieras el riesgo de congelarte en la otra vida —dijo Moore.
—Eso plantea un problema muy interesante, Salomón.
—¿Y cuál es?
—He sido ateo toda mi vida… pero si Jeremías es el Mesías, eso implica indudablemente la existencia de Dios, ¿no?
—Imposible el primero sin el segundo.
—Bien —dijo Black—, si existe Dios, ¿crees que Le interesará que molestemos a Su Mesías? Sea como sea voy a ir derecho al infierno, y pienso ir a lo grande, pero ¿y tu?… Nunca te diviertes con tu dinero. ¿Por qué enfrentarte a Dios por eso?
—Creo que no he pensado mucho en eso —dijo muy despacio Moore—. Creo que hay muchas posibilidades de que Jeremías sea el Mesías, con todo lo que ello implica.
—Entonces, ¿por qué no te mantienes al margen? —inquirió Black—. Y recuerda que la pregunta no la hace ese cardenal como-se-llame.
Moore cogió un elegante encendedor de platino y lo manoseó.
—Podría optar por la salida más fácil y decir que tú y yo pagamos la cuota de ingreso en el infierno mucho antes de que Jeremías hiciera su aparición —dijo Moore en tono irónico—. Pero no lo haré. Si existe Dios, y si Jeremías es Su factótum, estoy actuando en contra de Sus deseos al intentar eliminar al Mesías. ¡Pero, maldita sea, Piper, piensa en la otra cara de la moneda!
—¿Qué otra cara? —preguntó Black.
—¿Por qué ahora, y por qué Jeremías?
—Creo que no te entiendo.
—¿Dónde estaba Dios cuando los judíos fueron expulsados de Jerusalén hace dos mil años? ¿Por qué toleró que destruyéramos Hiroshima, que creáramos una Inquisición, que matáramos de hambre a ochenta millones de niños africanos?
—¿Esperas que Dios se interese a diario por lo que pasa aquí abajo? —dijo Black con una sonrisa.
—Si Jeremías es el Mesías, entonces eso es precisamente lo que está haciendo Él por fin —dijo Moore. Su rabia, tanto tiempo contenida, estaba brotando finalmente—. ¡No cuando Le necesitábamos, sino ahora! Y no con un curandero o un pacificador, ni siquiera con un gobernante medianamente sensato, ¡sino con Jeremías!
—Ya sabes lo que dicen: los métodos del Señor son impenetrables.
—Si Jeremías es lo mejor que ha encontrado, Sus métodos no son simplemente impenetrables, ¡son totalmente irresponsables!
—¡Hijo de puta! —dijo Black, riendo.
—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Moore.
—Acabo de pensarlo —dijo Black—. Jeremías es el maldito campo de batalla. ¡Has declarado la Guerra Santa a Dios!
—Fíjate en el mundo —dijo Moore en tono sombrío—. Hay nueve mil millones de personas, todas se vuelven un poco más locas día a día y, ¿qué hace Él? Nos manda un imbécil egoísta, mujeriego y tonto. Si existe realmente, podrá ser tu Dios, ¡pero no el mío, desde luego!
—No sabía que pudieras elegir —dijo Black—. O Él es Dios, o no lo es. Y si lo es, tal vez deberíamos reconsiderar lo que estamos haciendo y empezar a rezarle.
—¡Nunca! —bramó Moore—. Si existe Dios, Él me dio un cerebro, y luego se preocupó de que yo solamente pudiera mantenerlo activo infringiendo los malditos mandamientos que El inventó. Determinó las normas para que existiera un Mesías hace casi tres mil años, y finalmente nos topamos con Jeremías. Esperó dos mil años, dejó que los judíos volvieran a Jerusalén sin Su ayuda, a fuerza de patadas y arañazos, y ahora envía a Jeremías para reducir la ciudad a cenizas y establecer un nuevo reino. ¡Preferiría adorar al diablo!
—Vaya, eres un cerebro criminal en apuros, ¿no? —dijo Black.
—Ya no —dijo Moore, enterrando de nuevo sus emociones en las torturadas cavidades de su mente—. Sé lo que debo hacer.
—Tal vez deberías visitar a un buen loquero, Salomón —repuso Black, con el semblante serio—. Estar enfadado es una cosa, pero tú estás dejándote llevar por…
—Pues tendré que volver a ocupar el asiento del conductor —replicó Moore.
—Dios es un tipo bastante astuto —dijo Black—. Tal vez desea que armes todo este alboroto por volver a ocupar el asiento del conductor para que Jeremías pueda quedarse en el escenario principal. Tal vez estás siendo manipulado.
—Nadie me manipula —dijo Moore con más seguridad que la que sentía—. Ni Jeremías, ni dios, ni nadie. —Hizo una pausa—. Además, cuando soy racional, no creo en ninguna de estas estupideces.
—De acuerdo, pero creo que…
—El tema está agotado —dijo Moore, y la máscara de frialdad volvió a tapar su cara por completo.
Black fumó en silencio su puro durante unos momentos, mientras Moore conectaba de nuevo la pantalla circular. Finalmente el corpulento mulato se desperezó, dejó el puro en un cenicero y volvió la cabeza hacia Moore.
—¿Listo para hablar de negocios, Salomón?
—Para eso estás aquí.
—¿Cómo repartiremos el botín?
—Creo que no correremos riesgos, ninguno —dijo Moore—. Si frenamos a Jeremías será porque hemos tenido muchísima ayuda. Supongo que sus armas quedarán disponibles, y que seguramente Israel acabará quedándoselas.
—¿Y sus millones de dólares?
—No los tocaremos.
—Creo que este ambiente artificial te ha ablandado el cerebro, Salomón —dijo Black—. Estás hablando de tres, tal vez cuatro mil millones de dólares.
—Intenta comprenderlo, Piper: nos están tolerando. Somos dos grandes empresarios en nuestro mundo, pero fíjate con quiénes estamos tratando: embajadores, estadistas, cardenales, gente capaz de caer sobre nosotros con tanta fuerza que jamás nos levantaríamos otra vez. Que se queden el dinero.
—¿Y qué sacamos nosotros de todo esto? —preguntó Black—. Nunca he visto que Salomón Moody Moore no tuviera un plan.
—Hay un plan —dijo Moore con una sonrisa—. ¿Quién es el mayor traficante de drogas del mundo?
—Piscard, o tal vez yo.
—¿El mayor empresario pornográfico?
—Tú, a menos que Davenport se haya puesto a tu altura en Inglaterra.
—¿El mayor traficante de artículos robados?
—Quintare —dijo Black—. ¿Adónde quieres ir a parar?
—A ningún sitio… pero tus respuestas son equivocadas. Jeremías es el más importante.
—No cuento con él —dijo Black—. Supongo que no estará en la brecha mucho tiempo y… —Se interrumpió, y una brillante sonrisa apareció poco a poco en su cara—. ¡Nos repartiremos sus contactos, sus mercados y su material!
—Y duplicaremos nuestras ganancias de hace cuatro años —concluyó Moore—. Y no cogeremos nada de posible utilidad para nuestros asociados. ¿Quién podrá oponerse?
—¿Qué me dices de Piscard y los demás? —preguntó Black—. Tendremos que darles una parte.
—Lo haremos —convino Moore—. Yo me quedo el treinta y cinco por ciento, tú el veinticinco por ciento y los demás que se peleen por el resto.
—Pensaba que íbamos a ser socios a partes iguales, Salomón.
—No acepto esa clase de socios —replicó Moore, y su sonrisa se esfumó—. Ésa es mi oferta. Puedes aceptarla o rechazarla.
—¿Y si la rechazo?
—Si la rechazas, Piper, tendremos que apañárnoslas sin tus servicios… y podría añadir que tu vida, sin ser demasiado pesimista, durará posiblemente veinte minutos.
—¡Qué diablos! —El impresionante mulato se alzó de hombros—. El veinticinco por ciento es mejor que nada, y eso es precisamente lo que gano con Jeremías por en medio: un cero enorme.
Se levantó, se acercó a Moore y extendió su mano derecha. Moore la estrechó.
—Dime, Salomón, ¿de verdad me habrías matado?
—Nunca bromeo cuando hablo de negocios o de Jeremías —dijo Moore.
—Soy un tipo bastante corpulento, Salomón —observó Black.
—Lo sé —replicó Moore—. Por eso hay tres tipos corpulentos apuntándote con sus pistolas ahora mismo, detrás de dos cuadros y del espejo, espía del vestíbulo.
Black echó atrás la cabeza y se echó a reír.
—¡El eterno Salomón! Siempre tienes previsto todo. ¡No me gustaría estar en las botas de Jeremías, no contigo detrás de él!
—A él parecen irle bien las cosas hasta ahora —comentó Moore.
—Pues más dura será la caída cuando nos echemos sobre él —dijo Black—. Y estos tipos siempre caen, Salomón, aunque crezcan mucho. Incluso los mesías.
—Esperemos que tengas razón —dijo Moore.
La conversación estaba aburriéndole, por lo que acompañó a Black hasta la puerta y le ofreció la llave de una habitación reservada para invitados especiales. Black sonrió de nuevo y se alejó por el pasillo.
84. INT. NOCHE - CUARTO DE ASEO – MOORE SÓLO – le llama Ben Pryor por teléfono
Moore cerró la puerta, fue al cuarto de aseo y se desnudó mientras decidía si iba directamente a la cama o pasaba un rato en la piscina antes de acostarse. En ese momento una luz intermitente le indicó que debía ponerse al teléfono, y cogió el aparato.
—Aquí Moore.
—Soy Ben. ¿Estás sentado?
—¿Qué pasa?
—¡Le hemos cogido! —dijo Pryor, muy excitado.
—¿Quién ha cogido a quién? —preguntó Moore, temeroso de abrigar esperanzas.
—¡Tenemos a Jeremías! ¿Quieres que lo llevemos a la Burbuja?
—¡No! —dijo tajantemente Moore—. Seguramente el maldito avión explotaría. ¿Desde dónde llamas?
—Cincinnati. Ya puedes suponer desde dónde.
—Retenedlo ahí mismo, y no le quitéis los ojos de encima. Salgo hacia allí.
Moore estaba ya casi vestido y camino de la puerta antes de que Pryor advirtiera que la conexión estaba interrumpida.
18
VOZ IN OFF
Durante la tercera década del siglo veinte, los ciudadanos de Cincinnati, previendo el crecimiento rápido y continuado de su urbe, otorgaron voto favorable a una emisión de bonos para construir una red de ferrocarriles subterráneos bajo la zona del centro urbano. Las obras se iniciaron de inmediato y continuaron algunos años hasta que fue evidente que el número de habitantes de los barrios del rió se estabilizaba por completo. La población de esa zona no aumentó ni disminuyó durante los cien años siguientes, y la construcción del metro fue abandonada definitivamente.
Es decir, hasta que la organización de Moore decidió intervenir en el mercado de Cincinnati. En aquella época la propiedad de tres kilómetros de túneles subterráneos cambió de manos en secreto, y los hombres de Moore se establecieron en el metro, por entonces desierto y casi olvidado.
Moore llegó a Cincinnati dos horas más tarde de recibir la llamada de Pryor, fue directamente a un ruinoso edificio de estilo Tudor propiedad de un imaginario corredor de fincas de Chicago, bajó la insegura escalera del sótano, abrió una puerta camuflada y encontró a Pryor esperándole.
85. INT. NOCHE - TÚNEL – Sr. Moore y Ben Pryor
—¿Dónde está? —preguntó mientras ambos recorrían un túnel tan largo como desierto. Sus pasos resonaron en los húmedos muros de piedra.
—Tranquilízate —dijo Pryor—. Le hemos administrado un sedante y está bien vigilado. Tardará un rato en despertar.
—¿Alguien ha intentado matarle?
—Sí.
—Y no lo consiguió, claro está.
—Exacto. Visconti le puso su pistola en la sien, apretó el gatillo… y la condenada bala salió por la culata y le reventó la mano. Tengo la impresión de que si intentamos electrocutarlo, la maldita ciudad se quedaría a oscuras antes.
—Estoy de acuerdo —dijo Moore—. ¿Cómo pudisteis cogerle?
—Cosa de locos. Jeremías convocó una conferencia de prensa en Dayton para promocionar el libro de Moira, y lo secuestramos tranquilamente.
—Veo que él sigue tan tonto —comentó Moore—. Pero me sorprende que no pudiera huir.
—Eso es lo asombroso —convino Pryor—. Le sorprendimos mientras estaba maquillándose en el vestuario, y él levantó las manos y se entregó. Había dos puertas más y una ventana, en un primer piso, y por las anteriores experiencias con él lo normal habría sido que se tirara por esa ventana, que las balas chocaran en el aire o algo parecido, y que se escapara otra vez.
—Es más que asombroso —dijo Moore con aire pensativo—. Es muy alarmante. Debía saber que intentaríamos matarle. Es posible que no pueda morir, pero nota el dolor, de eso no hay duda. ¿Por qué pasar un mal rato? En realidad, ¿por qué decidió hablar en Dayton cuando sabe que todavía tenemos fuerza en Ohio?
—Lo único que hicimos fue capturarle —dijo Pryor, también pensativo—. Tal vez la fuerza que le protege, sea cual sea, esté interesada únicamente en que siga vivo.
—Es una posibilidad —repuso Moore, considerando esa idea—. Es posible que podamos hacerle cualquier cosa excepto matarle. Es bien sabido que Jeremías no ha tenido una vida sin penas hasta ahora. —Hizo una pausa—. A propósito, ¿está Abe por aquí? Parece una ocasión magnífica para obtener respuestas claras de Jeremías.
Pryor meneó la cabeza.
—Abe está dudoso. Dice que sigue estando de nuestra parte, pero que para compensar sus apuestas no piensa comprometerse en esto.
—¡Maldición! —exclamó Moore—. ¡Está comprometido hasta el cuello! ¿Qué cree que hará Jeremías, darle la absolución?
—Asegura que nos dejará si le ordenas hacer algo con Jeremías.
—Nos ocuparemos de Abe más tarde —dijo Moore tras unos instantes de meditación—. En este momento nuestro problema es Jeremías. ¿Es de fiar la seguridad aquí?
—Compruébalo tú mismo —dijo Pryor.
86. INT. NOCHE - SÓTANO, RESIDENCIA DEL SR. MONTOYA- Moore, Ben, Montoya y Jeremías dopado
Siguieron por el corredor hasta llegar a una puerta vigilada por diez hombres armados. La estructura en la que entraron había sido en tiempos un refugio antiaéreo construido a gran profundidad bajo una residencia de estilo colonial registrada posteriormente a nombre de Montoya, pero que en los últimos cien años había sido transformada en un salón muy ornamentado. Contenía una cama imperial de cuatro postes, un bar empotrado, varios sillones y un hogar funcional de mármol cuya salida de humos enlazaba con la chimenea de la vivienda. Otros seis hombres armados, entre ellos Montoya, se hallaban en el salón, mientras Jeremías, desnudo y sin sentido, yacía en la cama con brazos y piernas extendidos y atados a los postes. Su brazo derecho mostraba numerosos pinchazos de origen reciente.
—Una de dos, o le habéis inyectado una dosis suficiente para matarle —observó Moore—, o bien es un drogadicto.
—Solo dos de los pinchazos son nuestros —respondió Pryor—. El resto es obra suya.
—¿Cuánto tiempo estará dormido? —preguntó Moore.
—Tal vez media hora… suponiendo que sea un ser humano normal. De lo contrario, podría despertar en cualquier momento.
—Hace frío aquí —dijo Moore, mirando a Montoya—. Quema unos troncos.
—Pero, señor Moore —replicó el jefe de seguridad—, estamos a veinticinco grados.
—No recuerdo haberte preguntado la temperatura —dijo Moore. Habló con otro de los presentes mientras Montoya se encogía de hombros y ordenaba que trajeran troncos—. No he comido nada desde hace horas. Consígueme un bocadillo.
—¿Alguno en especial, señor?
—El primero que encuentres.
—Haré que traigan uno ahora mismo, señor.
—El pan podría estar duro —añadió Moore—. Me hará falta un cuchillo muy afilado.
El matón asintió y se fue.
87. INT. NOCHE - EN UN RINCÓN – Moore, Ben y Montoya
Moore se sentó silenciosamente en un rincón mientras Montoya preparaba el fuego, y dejó a un lado el bocadillo sin probarlo.
—Remuévelo un poco con el atizador —dijo a Montoya en cuanto ardieron los troncos—. No, deja el atizador ahí. ¿Por qué echar ceniza al suelo?
Finalmente miró a Pryor.
—Ben, ¿crees que hay alguna posibilidad de matar a Jeremías?
Pryor meneó la cabeza.
—Creo que es imposible.
—Lo mismo opino —dijo Moore—. Y tampoco me parece lógico intentarlo.
—¿Qué piensas hacer pues? —preguntó Pryor.
—Lo que sea preciso —dijo sombríamente Moore—. Salid todos.
—¿Dejarte a solas con él?
—No me pasará nada. Y si pasa, la habitación es segura. Luego llama a los periodistas y que estén arriba con cámaras dentro de tres horas.
—Pero…
—Es una orden, Ben, no un ruego.
Pryor asintió con frialdad y salió con los demás, y Moore cerró con llave la puerta. Cogió una mecedora, la colocó junto a la cama, se acomodó en ella, dio un mordisco al bocadillo y miró con aire pensativo a Jeremías.