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88. INT. DIA - MECEDORA – Moore y Jeremías recién despierto

No había cambiado mucho. No tenía una sola cicatriz en el cuerpo, aparte de las señales de los pinchazos, que indudablemente desaparecerían en pocos días. En cuanto a heridas de bala, navaja o similares, la piel de Jeremías aparecía tan limpia y sin marcas como el día de su nacimiento. Había engordado un poco, quizá seis o siete kilos y no precisamente de musculatura, pero el supuesto Mesías continuaba sin mostrar obesidad pese a distar mucho de ser un atleta.
Moore terminó su bocadillo, se levantó a atizar el fuego y volvió a la mecedora. Al cabo de pocos minutos Jeremías empezó a gemir y a retorcerse. Finalmente trató de incorporarse, comprobó que no podía, sacudió con vigor la cabeza y miró a Moore.
—¿Has teñido una buena siesta? —preguntó Moore.
—¡Tú! —musitó Jeremías.
—¿Quién esperabas que fuera?
—¿Dónde estoy? —preguntó Jeremías, farfullando ligeramente.
—Donde nadie puede encontrarte —dijo Moore—. ¿Qué importancia tiene eso?
—¿Qué piensas hacer conmigo?
—Una pregunta mucho más interesante —dijo Moore—. Si quieres que sea sincero, no lo he decidido. Pensaba que podíamos discutirlo.
—¡Vete a la mierda!
Moore cogió el cuchillo, puso la punta en el pie de Jeremías, apretó y abrió una profunda brecha tan larga como el empeine.
Jeremías lanzó un alarido de dolor.
—Estúpido —comentó tranquilamente Moore—. Muy estúpido, Jeremías. Si estuviera en tu situación, yo no te hablaría de esa forma.
Jeremías escupió a Moore, que le aplicó el cuchillo en el otro pie con resultados similares.
—Igual que entrenar a un perro —dijo—. La repetición es la clave.
Jeremías se mordió los labios y miró furiosamente a Moore.
—Como iba diciendo —prosiguió Moore—, tenemos diversas cosas que discutir. Avísame cuando estés listo para empezar.
—De acuerdo —murmuró Jeremías.
Moore colocó la punta del cuchillo cerca de una de las heridas.
—No te he oído.
—¡DE ACUERDO!
—Así está mejor —comentó secamente Moore—. Debo admitir que eres todo un problema. Tengo la impresión de que nada que te haga podrá matarte.
—¡Nada puede matar al Mesías! —gritó Jeremías.
—Tal vez estés en lo cierto —dijo Moore sin alterarse—. Pero no conozco ningún motivo que me impida mantenerte atado a esta cama durante veinte o treinta años. ¿Qué dices a eso?
—¡No dará resultado! —repuso Jeremías, haciendo silbar las palabras.
—Oh, sí, dará resultado —contestó Moore—. Creo que intentar matarte de hambre no serviría de nada, porque algo o alguien no desea que mueras todavía. Pero tengo la impresión de que tú, mientras tu vida no esté directamente amenazada, estás tan impotente en esta situación como cualquier persona.
Jeremías no respondió, aunque Moore dedujo que el prisionero estaba considerando la idea.
—Y al fin y al cabo —continuó Moore—, ¿para qué quiero matarte? Soy mucho más viejo que tú, no tengo esposa ni hijos y, para ser totalmente sincero, poco me importa que el mundo entero vaya al infierno en una carretilla de mano cinco minutos después de mi muerte. ¿Puedes ofrecer algún motivo para que yo no siga este rumbo?
—Mis discípulos me localizarán —dijo Jeremías—. Y cuando lo hagan, ¡quedará tan poca cosa de ti que no necesitarás entierro o incineración!
Moore volvió a hincarle el cuchillo en el pie.
—Insistes en olvidar quién manda aquí —dijo Moore, alzando la voz para hacerse oír pese a los chillidos de Jeremías—. Éste procedimiento me resulta tan desagradable como a ti. Pero por otra parte, a ti debe resultarte más doloroso. Creo que obrarás sensatamente si tienes en cuenta eso y dejas de lanzar amenazas, o de lo contrario será mejor que te prepares a sufrir las consecuencias. Piensa en las molestias que padeces, y considera que todavía no hemos empezado a hablar de opciones.
—¿Qué opciones? —dijo Jeremías con los dientes apretados.
—Oh, siempre hay opciones —repuso Moore—. Creo poder retenerte aquí tanto tiempo como quiera, pero tal vez me equivoque. Tú crees que nadie puede mantenerte prisionero demasiado tiempo, pero podrías equivocarte. Me parece que la solución lógica es buscar un campo de discusión común.
—¿Por ejemplo?
—Bien, para empezar, tú tienes muchísimo dinero, y buena parte de él es mío. No soy hombre avaricioso. Creo que me conformaría con la mitad.
—¡Vete al diablo! —espetó Jeremías.
Moore extendió la mano y asestó otra cuchillada a Jeremías.
Aguardó a que el joven dejara de maldecir y continuó hablando con suma naturalidad.
—Es tiempo de negociaciones, no de amenazas. Estoy un poco falto de práctica en estas cosas y siempre existe la posibilidad de que pierda el humor y convierta en eunuco al mujeriego más famoso del mundo. Si yo estuviera en tu lugar, haría un esfuerzo para no enfurecerme. —Hizo una pausa—. ¿Continuamos con el tema que estamos tratando?
Jeremías le lanzó una mirada colérica y asintió.
—Muy razonable —comentó Moore—. Creo que debería explicarte, Jeremías, que aunque soy un hombre dedicado a mis negocios, hay muchas cosas que me importan más que el dinero. Una de ellas, por ejemplo, es mi vida. Pienso que, como gesto de buena fe, podrías ordenar a tus discípulos, bastante fanáticos por cierto, que borren mi nombre de su lista de víctimas. Un hombre de tus especiales cualidades no puede temer una pequeña muestra de caridad cristiana.
Colocó la punta del cuchillo debajo mismo de la oreja izquierda del joven.
—¡De acuerdo! —chilló Jeremías.
—Excelente —dijo Moore—. Ahora estamos avanzando. —Hizo una pausa—. De todas formas, por fuerza tengo que preguntarme cómo llegará este mensaje al grueso de tus seguidores.
—No sé que quieres decir.
—Bien, no puedo dejarte marchar sin haber conseguido eso —dijo Moore—. Al fin y al cabo, ¿qué garantía tengo de que cumplirás tu palabra, de que serás sincero? ¿Tu historial de generosidad para conmigo y mi organización?
—¿Qué garantía quieres? —dijo en voz áspera el joven.
—Oh, estoy seguro de que si unimos nuestros cerebros podemos idear alguna —repuso Moore en tono complacido. De pronto chasqueó los dedos—. ¡Creo que ya tengo la solución a nuestro problema!
—¿Cuál? —preguntó Jeremías, mirándole con ojos de susto.
—En primer lugar, ¿por qué cumplen tus órdenes todos esos necios irracionales? Eres mendigo y ladrón, jugador y drogadicto, pareces concentrado en acostarte con todas la mujeres que hay en la faz de la tierra y, para ser totalmente franco, ni siquiera posees la capacidad intelectual de un ave de granja. Así pues, ¿por qué ha de tener tu palabra algún peso entre las masas?
—¡Tú sabes el porqué! —repuso irritadamente Jeremías.
—Sí, lo sé —admitió Moore—. Al parecer piensan que eres el Mesías.
—¡Lo soy!
Moore le pinchó suavemente con la punta del cuchillo.
—Por favor, no me interrumpas. Bien, pienso que si ellos no te consideraran el Mesías, no mostrarían tantas ansias por cumplir tus órdenes. ¿Te parece lógico, Jeremías?
—¿Adónde quieres ir a parar?
—Es muy simple: si la gente decide que no eres el Mesías, nadie te prestará atención. Nadie querrá matarme, nadie querrá arruinarme, hasta es posible que la gente piense en abandonar las armas y proseguir con sus ocupaciones normales. ¿Estás de acuerdo?
Jeremías continuó lanzándole miradas feroces en silencio.
—Bien, al menos no disientes. Pues bien, aunque agradezco el hecho de que vas a entregarme la mitad de tus fondos y a ordenar a los tuyos que me dejen en paz, el quid de la cuestión sigue siendo este concepto erróneo que tienen las masas sobre tu naturaleza. —Hizo una pausa—. ¿Quién supones que puede aclarar las cosas? Yo no, ciertamente. Si intentara explicar que no eres el Mesías, seguramente me matarían a sangre fría antes de pronunciar la primera frase. ¿Moira? No, tengo la impresión de que tampoco la creerían. —Hizo otra pausa—. ¿A quién podemos recurrir, Jeremías? ¿En qué persona tendrían fe los tuyos?
—¡Nunca! —chilló Jeremías—. ¡Me importa un pito lo que hagas conmigo! ¡Arráncame los ojos, me da lo mismo!
—¿Quién ha dicho algo de tus ojos? —preguntó Moore—. Por una parte, los necesitarás para firmar el documento de entrega de la mitad de tu dinero. Por otra, nos interesa que tengas el mejor aspecto posible, ya que pronunciarás un discurso por televisión dentro de dos horas.
—¡Eso es lo que tú crees! —gruño Jeremías.
—Te equivocas —dijo Moore. Se acercó al hogar y cogió el atizador—. Lo sé sin temor a equivocarme.
Los espantosos chillidos que empezaron entonces se prolongaron casi cuarenta minutos. Finalmente, Moore, con el rostro ceniciento, abrió la puerta, salió al túnel y dio un portazo. Los agentes de seguridad retrocedieron a su paso, e incluso Montoya pareció mirarle con una mezcla de admiración, desaprobación y terror.
—Dadle veinte minutos —ordenó a Pryor—. Luego vestidlo y llevadlo arriba, al salón de la casa. ¿Cuándo llegarán los periodistas?
—Dentro de una o dos horas.

89. INT. DIA - LAVABO - Moore
Moore asintió, fue a un improvisado lavabo y vomitó. Se lavó la cara y salió pocos minutos después.

90. INT. DIA - A LA PARTE DE FUERA DE LA HABITA ONDE SE ENCUENTRE JEREMÍAS MEDIO INCONSCIENTE. – Moore, Ben y Jeremías

—Uno de vosotros —dijo al grupo de matones—. Buscad un trozo de alambre fino de uno o dos metros. El que llevan los cuadros para colgarlos puede servir perfectamente. Llevadlo al salón de la casa.
Pryor salió con aspecto enfermizo de la habitación que ocupaba Jeremías.
—¡Dios mío, Salomón!… ¿Qué le has hecho? —dijo trémulamente.
—Nada de lo que no pueda recobrarse.
—¡Es espantoso!
—A veces la gente hace cosas espantosas.
—Pero tiene el cuerpo… lleno de…
—No durará mucho —dijo seriamente Moore—. Cuando esté arriba, que ocupe una silla de respaldo recto para que no se caiga, y usad el alambre que encontraréis allí para atarle las piernas a la silla. Así no podrá echar a correr.
—¿Correr? —repitió Pryor—. Ni siquiera sé por qué está vivo.
—Haz lo que te he dicho, Ben.

91. INT. DIA - RECINTO DONDE ESTÁ JEREMÍAS – Moore, Ben, y Jeremías
Pryor asintió todavía aturdido y se fue a atender a Jeremías. Moore se lavó la cara de nuevo, aguardó unos minutos para recobrar el color y subió la escalera del sótano. Se dirigió al salón de la casa, donde Jeremías estaba ya sentado e inmóvil en una silla con respaldo de barras. La cara del joven continuaba incólume, y una túnica suelta cubrió los vestigios de su reciente apuro.
Moore se acercó y le puso una mano bajo el mentón.
—¿Puedes oírme?
Jeremías asintió.
—Excelente —dijo Moore—. Bien, dentro de pocos minutos la prensa estará aquí. ¿Recuerdas lo que debes explicarles?
—Sí —musitó Jeremías.
—¿Has intentado andar?
Jeremías movió negativamente la cabeza.
—Acepta mi palabra: no puedes. Estoy seguro de que también se te habrá ocurrido decir algo distinto a lo convenido. Te aseguro que si haces eso tus declaraciones jamás saldrán de este edificio, y las dos últimas horas te parecerán una excursión dominical comparadas con lo que te haré después.
Jeremías asintió.
—Ben, que alguien le traiga un poco de agua.
Al cabo de pocos minutos el color fue volviendo al semblante de Jeremías, y un cuarto de hora más tarde Moore quedó convencido de que su prisionero tenía lucidez suficiente para hacer la breve declaración.

92. INT. DIA - SALÓN – LOS PERIODISTAS CON EL EQUIPO TÉCNICO, BEN , MOORE Y JEREMÍAS

La prensa llegó por fin, tarde como de costumbre, y Moore aguardó en el piso de arriba mientras Pryor los conducía al salón. Había dos técnicos que de inmediato empezaron a preparar los focos, y un reportero que no cesaba de empolvarse la cara.
—Ninguna pregunta esta noche, por favor —dijo Pryor—. Jeremías quiere efectuar unas declaraciones.
El periodista mostró desilusión, pero permaneció apartado mientras las cámaras enfocaban a Jeremías. Finalmente uno de los operadores dio la señal.
—Me llamo Jeremías el G —dijo el joven— y quiero hacer saber al mundo entero que hago esta declaración voluntariamente y sin estar sometido a coacciones de ningún tipo. —Fijó los ojos en la cámara más próxima—. Soy un fraude. No soy el Mesías. Nunca he sido el Mesías. Nunca he pensado serlo. No puedo seguir soportando los remordimientos. No puedo seguir mirando los ojos adoradores de mis discípulos sin experimentar culpabilidad y remordimientos intolerables. Pido disculpas por mis actos. El dinero que he acumulado será distribuido entre las víctimas de mis robos y engaños. Creedme, no pretendía causar daño…, pero creedme también si os digo que no soy el Mesías.
Guardó silenció, y se produjo un alboroto.
—¡Dios mío, vaya notición! —exclamó uno de los técnicos.
—¿Quién le obliga a efectuar esta declaración? —preguntó el periodista.
—Nadie —dijo Jeremías.
—¿Por qué ha venido a Cincinnati para efectuarla? —insistió el periodista.
No hubo respuesta.
—¿Cómo va a repartir el dinero?
Antes de que Jeremías pudiera responder, Pryor ordenó a los agentes de seguridad que despejaran el salón pese a las furiosas protestas del periodista, y luego indicó a Moore que podía bajar.
—Muy bien, Jeremías —dijo Moore—. Estoy muy orgulloso de ti.
Jeremías, aturdido por el esfuerzo de hablar ante las cámaras, se limitó a lanzarle una mirada de rabia.
—Vamos a tenerte bajo llave durante una semana —continuó Moore—. El tiempo suficiente para que todas las emisoras de radio y televisión y todos los periódicos difundan esa declaración. Después de eso serás un hombre libre.
Salió por la puerta principal, seguido de Pryor.
—Regreso a Chicago. Que siga encerrado hasta que la noticia se extienda.
—¿Y después? —preguntó Pryor—. ¿Realmente pretendes soltarlo?
—¿Por qué no? ¿Quién cree en mesías desacreditados? —Moore sonrió—. Algún día le diré al rabino de Abe que te cuente la historia de Sabbatai Levi.
—Tú eres el jefe —dijo Pryor, con expresión preocupada.
—Tranquilízate, Ben —repuso Moore en tono confiado—. Todo ha terminado.
Pero, naturalmente, no había terminado.

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93. INT. ENTREVISTA (HARTFORD)
Entrevista de la WHTB (Hartford):
—Así pues, desmiente su desmentido y afirma que usted es el Mesías. ¿No es eso? —El entrevistador lucía una sonrisa indulgente en su rostro.
—Exacto —dijo Jeremías, mirando hacia la cámara con aire sentimental—. Me torturaron para que hiciera un desmentido falso.
—¿Está diciéndome que Dios toleró que torturaran a su Mesías? —se burló el entrevistador.
—Si eres cristiano, creerás que Dios toleró la crucifixión de su Mesías —repuso Jeremías, risueño.
—Pero, francamente…
—¿Qué diablos entiendes tú de mesías? —preguntó Jeremías en tono de impaciencia. Alzó las manos por encima de la cabeza y recitó—: ¡HÁGASE LA LLUVIA!
Y, al instante, empezó a llover.
Jeremías lanzó una mirada furiosa a la cámara.
—¿Te gusta la música celestial, Moore? —gritó.
Alocución por la KPTO-TV (Denver):
—Os habla Jeremías el G. Sabéis quién y qué soy. El senador Caldwall Burke insiste en negarme. Se presenta a la reelección pasado mañana. Ha declarado públicamente que yo no soy el mesías verdadero. ¿Adivináis qué deseo que hagáis?
Burke perdió por medio millón de votos.

94. INT. ENTREVISTA (LONDRES)
Entrevista para la BBC-3 (Londres):
—¿Y eres ciega de nacimiento? —preguntó Jeremías desde el escenario principal del New Palladium.
—Sí, señor —dijo la anciana.
—¿Y estás dispuesta a prometerme fidelidad eterna y entregarme todas tus posesiones materiales a cambio del don de la vista?
—Sí, señor.
Jeremías puso sus manos en los ojos de la anciana.
—Así sea.
Apartó las manos y la anciana, poco a poco, temerosa, abrió los ojos. Parpadeó varias veces, y un torrente de lágrimas brotó de sus ojos.
—¡Dios mío, veo!
—¡Que no se te atragante, Moore! —chilló Jeremías, con el rostro encendido de satisfacción.

95. INT. REPORTAJE (NUEVA YORK)
Reportaje de la WQRQ (Nueva York):
—¿Quién soy yo? —gritó Jeremías a la bulliciosa multitud congregada en Times Square para vitorearle.
—¡JEREMÍAS!
—¿Y qué soy yo?
—¡EL MESÍAS!
—Está muy próximo ya el día en que el Mesías deberá reclamar su trono. ¿Me ayudaréis?
La respuesta fue tan estruendosa que averió los circuitos de sonido de la WQRQ.
Reportaje de la WLKJ-TV (Miami):
Jeremías retiró la mirada de la víctima del incendio, cuya piel estaba empezando a sanar.
—¿Quién soy, Moore? —dijo maliciosamente, sonriendo ante la cámara.
Intervención en UBS Radio (canal nacional):
—¿Me oyes, Moore? —gritó Jeremías ante el micrófono—. ¡Puedes dar gato por liebre, pero el gato sigue siendo gato! ¡Pudiste arrancar la renuncia del Mesías mediante torturas, pero el Mesías sigue siendo el Mesías! ¡Yo soy el Esperado, y eso es lo único que cuenta! ¡Que te den por culo, Moore!
Alocución por la KFD-TV (Seattle):
—¡No necesito vuestro apoyo, pero lo quiero! ¡El Mesías hace lo que le da la gana, pero los que me apoyen serán recordados y recompensados!… ¡Y los que se opongan a mí serán más recordados todavía! ¡Empieza a rezar tus plegarias, Moore! ¡Estaré escuchándote!

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96. INT. DIA DESPACHO DE BEN CON MOORE

—Echa un vistazo —dijo Moore, echando la carta escrita a mano en el escritorio de Pryor.

Querido Salomón:
No pretendo mostrarme desagradecido por los años que he trabajado para ti, pero me parece que todo está escrito. Soy judío y no puedo seguir enfrentándome al hombre que se diría es la culminación viviente de mis creencias religiosas.
He estado en contacto constante con Moira Rallings durante la última semana, y se me ha concedido una especie de amnistía a cambio de la promesa de fidelidad a su causa. He hecho esta promesa voluntariamente.
No revelaré ninguno de tus planes, los que yo conozco, ni explicaré detalles de tus actos anteriores relacionados con Jeremías.
Te deseo lo mejor, pero te insto a desistir de tu venganza antes de que sea demasiado tarde. Sé que eres un hombre de recursos, pero enfréntate a los hechos, Salomón: ¡Jeremías es el Mesías!
Abraham Bernstein

—No es precisamente una sorpresa —comentó Pryor mientras dejaba la carta en el escritorio.
—Supongo que no —admitió Moore—. ¡Pero, maldita sea, Ben, me disgusta perder otro miembro importante de nuestra organización en provecho de Jeremías!
—Lo sé. ¿Cuánto tiempo crees que mantendrá su palabra de guardar silencio?
—Veinte minutos, como mucho —dijo Moore—. No importa. No puede hacernos daño. Llama a Piper Black, quiero hablar con él.

97. INT. DIA - DESPACHO DEL SR. MOORE Y BLACK PIPER POR TELÉFONO
Moore regresó a su despacho, donde fue de un lado a otro, muy nervioso, hasta que la luz del teléfono se encendió.
—Hola, Piper —dijo.
—Salomón…
—¿Cómo van las cosas por ahí?
—Debes estar bromeando, ¿no?
—Hablo muy en serio —respondió Moore—. Debemos iniciar una campaña de relaciones públicas.
—No me vengas con eso, Salomón —dijo Black—. Tuviste a ese hijo de puta en tus manos y lo soltaste. No sólo eso, además Jeremías va por ahí diciendo que le torturaste hasta que firmó la entrega de la mitad de su dinero.
—Imposible demostrar eso ante un tribunal —dijo Moore—.
Lo hice únicamente para inmovilizar sus fondos mientras nos enfrentábamos a él.
—Claro que sí, Salomón —dijo Black—. ¡Escúchame, bastardo! Hicimos un trato y tú lo incumpliste al intentar engañarme. ¡Enfréntate solo a él!
—Muy bien, Piper —dijo Moore—. Intenté engañarte. ¿Y qué?
—¿Qué es eso de «y qué»?
—¿Qué ha cambiado? —inquirió Moore—. ¿Va mejor tu negocio? ¿Es menos amenaza Jeremías? Debemos continuar trabajando juntos, a menos que esperes que él desaparezca por las buenas.
—Oh, podemos seguir trabajando juntos, Salomón —dijo Black—. Pero esta vez yo fijaré el trato.
—Pon tus condiciones —dijo Moore.
—Cuarenta por ciento para mí, veinte por ciento para ti y cuarenta por ciento para los demás.
—Hecho.
—¿Qué has dicho?
—Estoy de acuerdo.
—Demasiado rápido, Salomón. ¿Cuál es la trampa?
—No hay trampa —respondió Moore—. Quizá es que deseo arruinar a Jeremías más que a ti.
Se produjo una larga pausa.
—Muy bien. Puedo aceptar eso —dijo por fin Black—. Pero explica nuestro acuerdo a esa sanguijuela que tienes por ahí, a Pryor. Diré a mi hermano que se ponga en contacto con él mañana para ocuparse de los detalles. Todo estará por escrito y guardado bajo llave… y que Dios te ayude si intentas hacer alguna tontería.
—Dios no es exactamente el motivo de mi preocupación —dijo Moore, y colgó.

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98. INT. NOCHE - VIVENDA DE MOORE EN NUEVA ATLANTIDA – Sr. Moore, Naomi Wizner y Josef Yitzak

Moore estaba sentado en un sillón en su vivienda de la Nueva Atlántida. Contempló atentamente los peces de la pantalla circular, maravillándose de cómo parecían emperejilarse ante la cámara. Después prosiguió la conversación con sus asociados. Naomí Wizner había estado anteriormente allí, pero era el primer encuentro de Moore con el general Josef Yitzak del ejército israelita.
—De modo que él ha entrado en acción por fin —dijo Moore.
—Es indudable —replicó Naomí Wizner—. Dispone de un cuarto de millón de voluntarios en Egipto y Líbano, y probablemente cinco veces más al otro lado del Mediterráneo.
—No están demasiado bien organizados —añadió Yitzak. Hizo una pausa mientras meditaba—. No existe motivo para que supusiéramos que iban a estarlo, desde luego. Nada de lo que sabemos sobre Jeremías indica que puede poseer conocimientos acerca de las técnicas de la guerra moderna.
—Eso no tiene ninguna importancia —dijo Moore—. ¿Contra quién es más difícil pelear, general? ¿Contra cinco soldados entrenados que desean vivir para seguir peleando otro día, o contra un fanático inexperto que desea morir por la causa?
Yitzak asintió.
—Éste ha sido nuestro problema más grave, saber que se van a disputar el privilegio de lanzarse contra nuestra línea de fuego.
—¿Qué potencia de fuego tiene él?
—Estrictamente convencional —replicó Yitzak—. Pero no hemos venido aquí para discutir sobre estrategia militar con usted. El ejército israelita está perfectamente capacitado para cuidarse de sí mismo.
—Si ello fuera cierto, ustedes no estarían aquí —observó Moore—. Bien, ¿qué puedo hacer para ayudarles?
—Debo conocer más detalles de ese hombre —respondió Yitzak, decidiendo hacer caso omiso del comentario de Moore—. Usted le conoce mejor que cualquiera de sus enemigos. Puede saber algo sobre su forma de pensar que nos sea de utilidad. Quién sabe, tal vez pueda sugerirnos alguna debilidad.
Moore se echó a reír.
—Fue mi prisionero hace seis semanas. ¿Le hace pensar eso que he descubierto alguna debilidad de ese tipo?
—¿Por qué le dejó en libertad? —preguntó Naomí.
—¿Por qué no? Puesto que no podía matarle, pensé que como mínimo podría desacreditarlo. Tal como fueron las cosas —concluyó agriamente Moore—, reconozco que me equivoqué.
—¿No puede sugerir nada? —dijo Yitzak.
—No de momento —admitió Moore—. Estoy dándole vueltas a la idea de que si ustedes no pueden frenar a Jeremías, y al parecer no pueden, deberían concentrarse en disuadir a sus partidarios.
—¿Cómo disuadir a un ejército de fanáticos religiosos que está organizándose en tus fronteras? —preguntó irónicamente Yitzak.
Moore se alzó de hombros.
—Ojalá lo supiera.
—¿No puede darnos otra información que facilite nuestros preparativos contra el ataque de Jeremías? —preguntó Naomí.
—Ninguna —dijo Moore—. Seguramente ustedes conocen mejor la disposición de su ejército que el propio Jeremías.
—No es momento para frivolidades —le reprendió Yitzak.
—Cuando bromee, se lo haré saber —replicó Moore—. Jeremías no tiene interés alguno en aprender a desplegar sus fuerzas, y tampoco le importará demasiado que diez millones de sus seguidores tengan que morir para satisfacer sus deseos.
—Me es difícil creerlo.
—No lo dudo —dijo Moore—. Pero si Jeremías pensara y actuara como un hombre normal, no estaría llamando a la puerta de Jerusalén. A propósito, ¿dónde está él ahora?
—No estamos seguros —admitió Yitzak—. Sabemos que no está en Egipto ni en Líbano, pero aún no hemos logrado localizarle.
—Seguramente no lo lograrán, hasta que él decida atacar —replicó Moore—. Jeremías sabe ocultarse mejor que cualquier hombre que yo he conocido.
—¿Opina usted por tanto que el aparecerá como por arte de magia en el momento psicológico apropiado, para conducir a la victoria a sus tropas?
Moore meneó la cabeza.
—Sigue sin entender a Jeremías. Mi suposición es que él no aparecerá hasta después de la caída de Jerusalén. ¿Por qué iba ser un blanco innecesario?
—Su consejo, pues, sería hacer de Jerusalén una ciudad prácticamente inexpugnable —insistió Yitzak.
—Elimine la palabra «prácticamente» y ésa sería mi opinión —dijo Moore—. Denle una abertura y Jeremías tendrá un pie en la puerta antes de que puedan cerrarla. Consideren los logros de ese hombre en menos de cuatro años. —Hizo una mueca—. Si dispone de otros cuatro, seguramente logrará que se apruebe una enmienda constitucional que proclame su divinidad.
—¿Que hará él si resistimos hasta llegar a un punto muerto?
—Si hacen eso, Jeremías ha vencido ya —respondió Moore—. ¿Cuántos ciudadanos emigran a Israel en un año? Menos de los que Jeremías recluta en un día. Si ustedes luchan para que todo quede igual, todo ha terminado, porque él tendrá doble fuerza seis meses más tarde. Tienen dos opciones: derrotarle decisivamente la primera vez que se encuentren, o pedir la paz. No hay tercera opción.
—Y ni un solo gobierno del mundo nos ha ofrecido su apoyo —dijo amargamente Naomí Wizner.
—Siempre nos hemos enfrentado solos a nuestros enemigos —repuso Yitzak—. ¿Por qué ha de ser de otra forma en esta ocasión?
—Ésa es la posición errónea —dijo Moore—. Esta temporada nadie ofrece premios al valor. El número de seguidores de Jeremías duplica ya el de ciudadanos israelitas. Deben obtener ayuda.
—¿De quién? —preguntó Yitzak, riéndose agriamente.
—¿Cómo demonios voy a saberlo yo? Armen a católicos y musulmanes. Consigan que la ITT financie un ejército. Expliquen a los chinos que son los siguientes en la lista. ¡Pero hagan algo!
—Tiene razón, desde luego —se apresuró a intervenir Naomí—. Y no revelaré ningún secreto si le digo que hemos intentado por todos los medios obtener apoyo para nuestra causa… hasta la fecha sin éxitos notables. —Hizo una pausa—. Sin embargo, es evidente que estos problemas no le incumben, señor Moore. Lo que nos gustaría que hiciera es venir a Jerusalén en calidad de asesor.
—No tengo la menor idea sobre estrategia militar.
—Lo sabemos —dijo Yitzak.
—En ese caso, ¿para qué me necesitan?
—De las personas comprometidas en la defensa de Jerusalén, usted es la única que ha visto a Jeremías cara a cara. Deduzco que piensa habernos contado todo lo que sabe sobre la forma de pensar de ese hombre, pero siempre existe la posibilidad de que haya pasado por alto algún detalle… o, más probable todavía, que esté en condiciones de mejorar detalles de nuestra defensa basándose en hechos y conocimientos que nosotros no poseemos. A tal fin, estamos dispuestos a ofrecerle un puesto temporal en el ejército israelí si acude a Jerusalén y nos permite sondear sus pensamientos del mejor modo posible.
Moore consideró un momento la oferta y miró a Yitzak.
—¿Y si usted acaba convencido de que él es el Mesías?
—En tal caso cumpliré las órdenes de Jeremías —replicó al instante el general. Alzó la mano cuando Moore se disponía a hablar—. Pero permítame añadir que él sólo podrá convencerme si derrota a nuestro ejército en la batalla, y en esas condiciones el tema seria meramente académico.
Moore se acercó a la pantalla circular y contempló los peces varios segundos. Finalmente volvió con los dos israelitas.
—De acuerdo —dijo—. Iré. Y ahórrense ese puesto. No soy soldado.
—Si lo acepta recibirá tratamiento preferente y vivienda propia —dijo Yitzak.
—No entiendo de protocolos —protestó Moore—. Y tengo la impresión de que no me gustará saludar a otros oficiales.
—Los soldados israelíes no saludan: combaten —dijo Yitzak, no sin cierto orgullo—. A partir de este momento, es usted el coronel Salomón Moore. No deberá rendir cuentas a nadie excepto a mí, y su única tarea consistirá en analizar los actos de Jeremías y aconsejarme cuál es la mejor forma de responder a ellos. —Esbozó una sonrisa irónica—. No puedo prometer que aceptaré sus consejos, pero prometo escucharlos.
—Muy justo —dijo Moore.
Yitzak se levantó.
—¿Cuándo estará listo para partir?
—Tengo que resolver algunos asuntos de negocios —replicó Moore—. Requerirán un día. Creo que no regresaré a Chicago. Saldré de Kingston en el próximo vuelo a Londres, y estableceré contactos allí.
—Absurdo —dijo Yitzak—. Tendré mi avión preparado y aguardándole veinticuatro horas diarias a partir de ahora. Estamos a punto de ser compañeros inseparables.
—Lo que usted diga.