0.2 SEGUNDA PARTE
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El movimiento comenzó con tanta lentitud que Moore, aislado en sus oficinas de Chicago, ni siquiera lo advirtió durante varios meses… Pero finalmente empezaron a llegar los informes.
Jeremías había devuelto la vista milagrosamente (y sin cámaras que filmaran la hazaña) a un niño ciego de Newark.
Jeremías había sido aceptado como el Mesías verdadero por cuatro sectas protestantes de poca importancia, y posteriormente por otra importante.
Doscientos rabinos de la Iglesia Reformada Norteamericana proclamaban que la profecía de Isaías estaba cumpliéndose.
Los hombres de Moore tuvieron otras dos veces en sus manos a Jeremías, y en ambas ocasiones logró huir, no ileso pero sí vivo. Si tenía alguna vivienda, estaba en paradero desconocido. Si su nueva religión tenía nombre, también éste era desconocido. En realidad, los motivos, la filosofía religiosa, el paradero y los objetivos a largo plazo de Jeremías eran otros tantos misterios.
La prensa y las emisoras de televisión iniciaron el juego de contar los discípulos de Jeremías. Una secta antaño risiblemente pequeña pronto pasó a tener un millón de miembros. El hecho no constituía aún una amenaza al orden establecido, pero las autoridades hicieron números por su cuenta y decidieron investigar el fenómeno de Jeremías el G.
Y mientras la noción de un Mesías, aunque no se creyera en ella, iba calando en la conciencia pública, el descontento aumentó por primera vez en cincuenta años. La innovación y la movilidad de la sociedad permanecían inalteradas desde hacía décadas, puesto que la apatía y el hastío enterraban el sueño de una vida y un mundo mejores con más eficacia que las mil guerras anteriores. Pero en ese momento la gente empezó a comprender que, aunque Jeremías fuera un fraude, las cosas podían mejorar, que era posible manipular la maquinaría del cambio y el progreso aunque nadie supiera todavía cómo hacerlo.
Pese a tocar esta cuerda sensible, Jeremías no hacía promesas, predicciones o profecías. Moore estaba firmemente convencido de que Jeremías, Mesías o no, carecía de cerebro para hacer algo con la masa de sus partidarios, no sabía cómo o adonde conducirlos.
Y sin embargo, la oleada de creencia en Jeremías aumentó. Primero atravesó el Atlántico, después se extendió por Europa y Asia e hizo culebrear sus tentáculos en África. Tan sólo Israel condenó abiertamente a Jeremías como fraude… pero Israel sabía mejor que nadie dónde nacería el reino de Jeremías, si él tenía realmente la intención y el poder para establecerlo.
No tardó en producirse una lluvia de solicitudes para que Jeremías apareciera en televisión, ante comités y en audiencias privadas concedidas por líderes políticos y religiosos. El supuesto Mesías accedió a grabar varios videos para llenar sus arcas, pero rechazó cualquier otra confrontación pública o privada tras declarar tajantemente que el Mesías no precisaba esa clase de relaciones.
Y más tarde, aún necesitado de dinero, Jeremías se introdujo en el único negocio del que sabía algo: el pecado. Con el número de sus partidarios rozando la barrera de los tres millones, disponía de influencia y contactos suficientes para participar en el negocio de la pornografía y la prostitución, y para iniciar la compra de ciertos políticos de segunda categoría.
Moore percibió el golpe muy despacio al principio. La pornografía perdió un tres por ciento de beneficios, la prostitución un siete por ciento, el tráfico doméstico de drogas un seis por ciento. Pero al cabo de pocos meses sus principales negocios sufrieron pérdidas del treinta por ciento o más, y Sueños Hechos Realidad, que había florecido hasta convertirse en saludable fuente de ingresos con sucursales en once estados, se hallaba prácticamente en bancarrota, puesto que el populacho prefería comprar sueños a un Mesías antes que a un rey del crimen.
Cuando los ingresos quedaron reducidos a la mitad, Moore triplicó la recompensa y pronunció de nuevo la sentencia de muerte. Muchos empleados que normalmente habrían sido despedidos dada la desastrosa baja de los beneficios, conservaron su empleo para colaborar en la destrucción del imperio financiero que Jeremías erigía a expensas de Moore. Éste cerró sus empresas distribuidoras a los productos de su rival… y Jeremías fundó otras. Moore ordenó a políticos y policías a su servicio que tomaran medidas drásticas contra la red de prostitución de su enemigo… y descubrió que Jeremías disponía en su nómina de políticos y polizontes suficientes para que sus chicas continuaran trabajando. Moore obstruyó todas las posibles rutas de los narcóticos… y Jeremías creó nuevos caminos con idéntica rapidez.
Finalmente Moore decidió que, puesto que no podía atacar directamente los negocios de Jeremías, pondría en práctica el segundo plan: intentar desacreditarlo ante sus partidarios. A tal fin, Moore contrató varios equipos de investigadores y periodistas. No fue difícil presentar a Jeremías como un necio inculto, grosero y mujeriego, puesto que en realidad era así. Ni siquiera fue complicado investigar sus finanzas y mostrar al mundo que el supuesto Mesías había acumulado ya casi doscientos millones de dólares. Jeremías no sólo lo admitió, sino que además declaró que planeaba duplicar esa cantidad cada seis meses durante los dos años siguientes. Fue hecha pública su juventud de pordiosero sin necesidad y estafador… y lejos de negarlo, Jeremías mostró cierto orgullo al facilitar a los equipos reporteriles de Moore parte de los detalles más salaces que habían pasado por alto.
Pero cuando llegó el momento de probar que Jeremías era un fraude, el avance se hizo más difícil. Jeremías había impuesto sus manos sobre las piernas de una paralítica (tras recibir un sustancioso donativo del abuelo de la enferma) y logró que andará de nuevo. En una aventura totalmente impropia de un Mesías, Jeremías había saltado, sin paracaídas, de un helicóptero que volaba a quinientos metros de altitud ante un público de pago formado por cientos de millares de personas… y aunque había tenido que ser trasladado al hospital con las piernas fracturadas, roturas múltiples de la columna vertebral y varias hemorragias internas, el accidentado abandonó el centro médico tan campante nueve días después, completamente sano. Jeremías visitó un pueblo agonizante de California, y mientras se hallaba allí los depauperados campesinos conocieron la lluvia por primera vez desde hacía más de un año.
Todos los domingos, pastores y sacerdotes subían al pulpito para proclamar que Jesús era el único Mesías, y todos los domingos había menos fíeles en sus congregaciones. Mil autores y biógrafos abordaron el enigma de Jeremías, y acabaron ofreciendo mil conclusiones distintas.
Jeremías se recreaba con la publicidad. Lo único que insistía en no hacer era codificar su filosofía. Era suficiente, declaraba una y otra vez, con que el fuera el Mesías. Todo lo demás, incluso sus creencias personales, era insignificancias en comparación con esa realidad.
Al cabo de otro año sus discípulos superaron la cifra de doce millones, y sus finanzas crecieron al mismo ritmo. Posteriormente se supo que Jeremías estaba erigiendo un aparato militar, y los gobiernos mundiales, que en su mayoría se habían desentendido de él con la esperanza de que desapareciera, se sobresaltaron y actuaron. Espías de todas nacionalidades y credos religiosos se infiltraron en la organización de Jeremías. Tuvieron éxito, hasta cierto punto: el tenia tantos hombres, tantas armas y tal y cual capacidad militar. Pero respecto a por que precisaba un ejercito y donde pretendía desplegar sus fuerzas, no consiguieron respuesta alguna.
Puesto que había investigado a Jeremías mas que nadie, Moore obtuvo el indulto por todos los delitos cometidos en el pasado (y también, indirectamente, por los futuros delitos) a cambio de su colaboración con las diversas agencias comprometidas en la eliminación de Jeremías, que además eran muchas, puesto que casi todas las instituciones religiosas veían amenazada su existencia por la posibilidad de un Mesías de carne y hueso.
Con los recursos financieros y los servicios de espionaje de prácticamente el mundo entero en sus manos, Moore acoso a Jeremías con una venganza. Asesino a sacerdotes y lugartenientes de su rival, interrumpió sus discursos y programas televisivos, embargo buena parte de sus fondos… y a pesar de todo la cifra de sus partidarios siguió aumentando.
Y entonces se produjo el incidente que altero la marea de hechos en favor de Jeremías por primera vez. Lo provoco una fuente totalmente inesperada, pero su efecto fue enorme e inmediato.
Era El Evangelio de Moira, escrito por Moira Rallings, y las ventas ascendieron a cuarenta millones de ejemplares durante los dos primeros meses de publicación.
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E hizo ver a un niño ciego y andar a una
paralítica, y cuando la gente le vio y supo
quién era y qué era, en verdad entonces
corrió la Voz por la tierra desolada.
El Evangelio de Moira
El despacho de Pryor estaba tan desordenado como desprovisto el de Moore. Era mucho más espacioso, y hasta el último centímetro cuadrado de pared estaba cubierto por pantallas de ordenador, con algunos monitores de televisión como única interrupción. El despacho contenía una alargada mesa de reuniones, un bar con bebidas alcohólicas, un par de sofás de cuero y un enorme escritorio de caoba con un sillón de juez igualmente de cuero.
Moore entró en el despacho, fue derecho al escritorio de Pryor y dejo caer en él un ejemplar de El Evangelio de Moira.
—Bien, ¿qué opinas? —preguntó.
—Ella no va a obtener el Premio Nobel de Literatura —replicó Pryor—. Es uno de los peores tostones que he leído en mi vida. —Abrió un cajón del escritorio y sacó un ejemplar.
—Además es uno de los tostones más peligrosos que has leído en tu vida —dijo Moore—. Mira encima del copyright.
—Mi edición es la quincuagésimo tercera —repuso Pryor, sin abrir el libro—. ¿Y la tuya?
—La quincuagésimo séptima —replicó Moore—. Deben estar deshojando bosques enteros para satisfacer la demanda de este libro. —Tomó asiento en uno de los sofás—. Y, mientras tanto, nuestros ingresos han descendido el cuarenta y dos por ciento este mes, y acabamos el ultimo trimestre con más números rojos que nunca. Creo que deberemos abandonar totalmente Kentucky y Tennessee.
—Lo sé —dijo sombríamente Pryor—. Hasta las empresas legales están viniéndose abajo.
—Cuesta imaginar que es tan rematadamente difícil matar a Jeremías —dijo Moore con un profundo suspiro—. Al fin y al cabo, al último Mesías lo mataron sin dificultad.
—Conoces la respuesta a eso: si lo mataran, no sería el Mesías. —Pryor cogió el nuevo Evangelio y pasó hojas rápidamente—. «Y Moira Rallings fue su concubina, y así fue ella bendita sobre todas las mujeres.»
—Parece la idea de una epopeya bíblica que tendría un productor sin talento —dijo Moore en tono despreciativo.
Pryor siguió pasando hojas y leyendo algún retazo.
—Y él fue a Egipto, como predijeron los profetas… E inició su ministerio mancillado y ultrajado, un proscrito entre los hombres… Y en la ciudad de Chicago, dominada por el pecado, moraba un siervo del Diablo llamado Moore… —Pryor alzó la cabeza—. Todo está aquí… todo excepto el Sermón de la Montaña. —Sonrió—. Supongo que Moira lo guarda para la segunda parte.
—No es tan divertido, Ben. Aunque la mitad de los compradores echen el libro a la basura, y aunque la mitad de los que lo conserven opinen que es bazofia, ella habrá ganado doce millones de conversos para Jeremías en seis semanas… y hasta el último de ellos pensará que Judas no fue tan mala persona comparado conmigo.
—No podemos quitarles los libros de las manos —replicó Pryor—. No pasan por nuestras agencias… y por lo que he podido averiguar, casi el cincuenta por ciento se vende por correspondencia.
—Lo sé —dijo Moore—. Además, con tantos ejemplares en venta, yo diría que es un poco tarde para conseguir una orden de restricción o un requerimiento judicial que prohíba la distribución. De todas formas, no creo que sirviera de nada. —Guardó silencio un momento y tamborileó con los dedos encima del brazo del sofá—. ¿Cuáles son las últimas noticias que tenemos de él?
Pryor se encogió de hombros.
—Desde ayer tenemos declaraciones juradas de que se encuentra en Albuquerque, Buenos Aires, el complejo de Manhattan e Islandia. Elige tú mismo.
—¡Maldito Macintosh! —exclamó de pronto Moore.
Xaviar Macintosh era el único agente de Moore que había logrado infiltrarse en la floreciente organización de Jeremías y obtenido un cargo importante en ella. Era incuestionable que habría podido conocer el programa de Jeremías, y tal vez estar en el secreto de los planes de éste para el futuro. Pero cuatro días antes Xaviar Macintosh había enviado un telegrama a Moore comunicándole su dimisión y explicándole que había visto la luz y tomado la decisión de ser discípulo de Jeremías.
—No es un hecho inaudito —dijo Pryor—. He estado en contacto con algunos de nuestros nuevos… eh… asociados, y han tenido problemas muy parecidos. En cuanto disponen de un infiltrado en situación de hacer algo útil, Jeremías… bueno, Jeremías lo convierte. No creo que haya otra palabra para expresarlo.
—¿Y cómo les va a nuestros nuevos asociados?
—No muy bien. Si Jeremías encomendara a sus fuerzas algún objetivo militar, ellos podrían ser útiles… pero tal como están las cosas ahora, no pueden infiltrarse en la organización con más éxito que nosotros. Seguramente nos iría mejor con espías industriales y saboteadores.
—Cierto —convino Moore—. Pero los monopolios industriales no ofrecen amnistía, al contrario que los gobiernos. Además, mira lo que ha pasado con nuestras finanzas el último año. Ninguna organización industrial se peleará con Jeremías. Tal vez haya métodos más sencillos para ir a la quiebra, pero no existe ninguno tan rápido. —Hizo una pausa—. En fin, nuestro problema inmediato es ese maldito libro que ha escrito Moira. Me señala como el mayor villano de la historia humana, y está dando a Jeremías más apoyo que todo lo que ha hecho él hasta ahora. —Se alzó de hombros—. ¿Sabes una cosa? Siempre es posible que ella tenga razón…, que yo sea el diablo encarnado por intentar acabar con Jeremías.
—Lo dudo —replicó seriamente Pryor—. Después de todo, mucha gente ha intentado liquidarlo. El único motivo de que estés señalado es que metiste a Moira en este asunto.
—Por el mismo motivo, deberían canonizarme, no condenarme —dijo Moore en tono irónico—. N adié tenía la menor idea de lo que era Jeremías antes de que yo interviniera.
—Lo habrían adivinado tarde o temprano —respondió Pryor—. En realidad, si Jeremías es el Mesías, no se debe a que tú se lo comunicaras.
—Lo sé, Ben. ¡Pero es tan frustrante! A veces creo que todos estamos andando bajo el agua. Nuestras reacciones son tan lentas… Pensaba que Moira podía ser un punto débil, y ha sido más útil a Jeremías que el resto del grupo en conjunto.
—Sólo es un libro.
—Sí, y Adolfo Hitler sólo fue un pintor de brocha gorda.
El intercomunicador emitió un zumbido, y Pryor pulsó un botón.
—¿Qué ocurre?
—Ben, ¿está Salomón contigo? —Era la voz de Bernstein.
—Sí, Abe. ¿Quieres hablar con él?
—No. Dile que ponga el canal 9 de televisión si quiere ver a una vieja amiga.
Moore se acercó a un monitor y lo conectó.
Moira Rallings, con la piel más blanca que nunca, estaba sentada en un sofá para dos con un ejemplar de su Evangelio en las manos. Había engordado cinco kilos y mostraba una afición hasta entonces desconocida por los vestidos transparentes, pero por lo demás parecía la misma.
La estaba entrevistando Vendaval Norman Gorman (anteriormente Herbert Russell), un presentador de veinte años que había sido estrella musical durante un renacimiento del rock ácido hasta que la prolongada exposición a potencias sonoras de excesivos decibelios le provocó sordera. Sus millones de fans no le permitieron retirarse de los escenarios a los diecisiete años, por lo que Gorman aprendió a leer los labios y acabó presentando el programa de entrevistas del mediodía, el noveno de la nación en orden de audiencia.
—… cifras deben ser sumamente gratas para ti —estaba diciendo Gorman.
—Oh, lo son —replicó Moira. Moore jamás la había visto mostrar tanto entusiasmo por algo, salvo cuando se trataba de un cadáver—. El dinero va a los fondos de Jeremías, por supuesto. Yo estoy complacida y muy contenta sabiendo que muchas personas maravillosas han visto la luz ahora.
—Investiga esa transmisión, averigua si emiten en directo —ordenó Moore a Pryor.
—¿Y habrá otro Evangelio en años venideros? —preguntó Gorman.
—Ciertamente —dijo Moira—. Escrito por mí o por otra persona. La mediación de Jeremías sólo acaba de empezar, Norman. Aún le aguarda casi toda su tarea.
—¿Qué, exactamente, le aguarda? —preguntó Norman—. Él ha sido muy vago en ese punto, y estoy seguro de que a todos nuestros televidentes les gustaría saberlo.
—Jeremías no revela detalles a nadie, ni siquiera a mí —replicó Moira—. Pero es sabido que en último término cumplirá las profecías mesiánicas.
—¿Incluido el establecimiento de un reino en lo que actualmente es la nación israelita?
—Es posible.
—Estás eludiendo el problema —dijo Gorman—. Los profetas hebreos afirman explícitamente que el Mesías debe establecer su reino en Jerusalén.
Moira sonrió.
—¿Qué profetas hebreos?
—Isaías, por ejemplo.
—¿Es cierto? —dijo ella, todavía risueña.
—Por supuesto —repuso Gorman—. ¿Quieres que cite el capítulo y el versículo?
—¿De qué? —preguntó Moira—. ¿Del profeta Isaías mismo, o de las diez generaciones de judíos que repitieron sus profecías alrededor de la hoguera, o de los sabios hebreos que finalmente lo escribieron en el Torah, o de los griegos que lo reescribieron, o de los monjes de la Edad Media que lo reescribieron otra vez, o de los hombres que lo escribieron en la versión autorizada actual?
—¿Afirmas pues que Jerusalén no es el objetivo de Jeremías?
—No estoy afirmando nada sobre sus objetivos —replicó Moira—. Estoy segura de que los dará a conocer a su debido tiempo. Lo único que digo es que cumplir una profecía y cumplir lo que la gente cree es una profecía no siempre es lo mismo.
Pryor, que había estado hablando por teléfono en voz baja, colgó el aparato y se acercó a Moore.
—Grabado ayer en Filadelfia —musitó—. Moira se presentó, pasó el día grabando veinte entrevistas para programas televisivos y desapareció. Seis agencias intentaron seguirla en secreto, y ella logró despistar a los detectives antes de diez minutos.
Moore asintió, sin apartar los ojos de la pantalla.
—Veo que casi ha concluido nuestro tiempo —dijo Gorman—. ¿Deseas decir algo más a nuestros telespectadores?
—Sí —contestó Moira—. Tengo un mensaje de Jeremías.
—Estoy seguro de que a todos nos encantará oírlo.
—¡Salomón Moody Moore! —recitó Moira, mirando hacia la cámara con ojos oscuros y fieros—. ¡Judas! ¡Encarnación de Satán! Si estás mirando o escuchando, te lo ruego: ¡Cesa en tu persecución del Mesías Verdadero! —Miró hacia otra cámara—. Miembros de la Nueva Fe, creyentes de la Nueva Verdad: ¡Un hombre que podría ser el asesino de Cristo está entre vosotros) ¡Se apellida Moore y quiere abatir al Mesías! ¡Unios! ¡No le permitáis que cometa este acto espantoso!
La cámara se acercó a ella hasta que los ojos de Moira llenaron la pantalla. Moore creyó que aquellos ojos estaban fijos en él.
—¡Arrepiéntete, Judas Moore, antes de que sea demasiado tarde!
La imagen se disolvió en negro y empezó un anuncio.
—Una mujer encantadora —dijo Moore mientras apagaba el televisor.
—Será mejor que reforcemos la vigilancia del edificio —añadió Pryor.
—Cierto. Así parecerá que sigo estando aquí.
—¿No estarás?
—Ben, has pasado demasiado tiempo jugando con tus amiguitas —dijo Moore—. ¿No comprendes lo que acaban de decir? Jeremías se dispone a marchar sobre Jerusalén, o como mínimo a iniciar su campaña militar.
—¿Por qué se te ha ocurrido eso? —preguntó Pryor, francamente desconcertado.
—¿Para que otra cosa iba a poner Moira una pantalla de humo como esa? Apuesto a que si obtienes grabaciones de los otros diecinueve programas, descubrirás que ella ha explicado la misma patraña, eso de que las profecías mesiánicas no se refieren por fuerza a Jerusalén.
—No te comprendo.
—Ben, muchos textos de los dos testamentos se reescribieron, muchos párrafos se suprimieron por razones políticas y muchos más se inventaron para que Jesús fuera el Mesías… Pero hay un detalle que no podemos olvidar.
—¿Cuál es?
—El concepto en sí. El rabino de Abe me explicó que el significado literal de «Mesías» es «ungido» o «rey». Por definición, un mesías es el rey de los judíos… y por definición, el rey de los judíos reina en Jerusalén. Si Moira intenta convencer a todo el mundo de que todo esto es falso, es porque Jeremías se dispone a actuar y quiere que la gente, tanta como sea posible, mire en otra dirección.
—¿Que me dices de los piropos que te ha echado? —preguntó Pryor.
—Con eso me será dificilísimo moverme —admitió Moore—, y seguramente miles de fanáticos saldrán en busca de mi cuero cabelludo. Reforzaremos la seguridad aquí para disimular, pero creo que es hora de abandonar Chicago una temporada.
—¿Adónde iras?
Moore hizo un gesto de indiferencia.
—No tiene demasiada importancia… pero pienso celebrar una reunión con algunos de nuestros asociados, así que prepárame algo más elegante que de costumbre.
—De acuerdo —dijo Pryor.
—Y otra cosa, Ben.
—¿Sí?
—Ofrece una recompensa por la cabeza de Moira Rallings.
16
Jeremías mugió como un toro mientras su cuerpo se movía a sacudidas en las inevitables contorsiones del acto sexual. Luego, jadeante y sudoroso, se aparto de la inmóvil figura de Moira Rallings y se echó de espaldas.
—¡Cristo! —maldijo—. ¡Tal como va esto me cuesta saber qué diferencia hay entre ti y uno de tus malditos cadáveres!
—Aprende a ser más hábil, en ese caso —dijo ella mientras se tapaba los pechos con la sábana.
—¡Soy el maldito Mesías! —exclamó Jeremías—. ¡Aprenderé lo que quiera aprender y follaré como me apetezca!
—Pues no te quejes si no hay reacción —replicó tranquilamente ella.
Moira se dispuso a salir de la cama, y él la cogió por el brazo y se lo impidió.
—¿Adónde vas ahora? —preguntó Jeremías—. ¿A tirarte una estatua?
—Una obtiene satisfacción donde puede —respondió Moira sin asomo de vergüenza.
—¿Cuál es hoy, el general o ese que está vestido de emperador Augusto?
—El que más me guste.
—Unos gustos muy gastados, eso tienes allí —dijo Jeremías, disgustado—. ¿Por qué vistes esos cadáveres si todas las noches los desnudas para entrar en acción?
—Para no escandalizarte.
—Es muy difícil escandalizarme —replicó él con una risotada—. Algún día te explicaré qué hice esta mañana con tres miembros femeninos de mi rebaño.
—Pues bueno —dijo Moira—, tal vez los encuentre más atractivos vestidos de uniforme. Tal vez a ellos les guste más.
—A los muertos les importa muy poco estar enterrados con prendas suntuosas —comento alegremente Jeremías.
—¿Desde cuándo citas a Eurípides?
—Desde que leí sus jodidos poemas —repuso él. Extendió una mano hacia la mesita de noche y cogió dos píldoras de propiedades indeterminadas—. ¿Que te importa eso a ti, maldita necrófila? Leo, eso es todo. —Se echo las pastillas a la boca y las engulló.
—¿Últimamente?
—Sí, últimamente.
—¿Y cuándo aprendiste el significado de «necrófila»?
—¡Tal vez soy un poco más listo de lo que piensas! —espetó Jeremías.
—Es posible —dijo ella, pensativa.
—¡Y cada vez soy más listo! —añadió Jeremías—. Cosas que eran incomprensibles para mí hace pocos meses las veo muy claras de repente.
—¿Cómo el término «incomprensible»?
—¿Qué diablos quieres decir?
—Que es cierto, cada día eres más inteligente —replicó Moira mientras se incorporaba—. Usas palabras que desconocías hasta ahora, lees libros cuya existencia desconocías y que antes no habrías entendido, y si exceptuamos tus obscenidades, hasta la construcción de tus frases es más compleja.
—Todo el mundo aumenta su inteligencia, con el paso de los años —dijo Jeremías—. De lo contrario habría más estancamiento que el que se ve ahora. ¿De qué hablamos? Basta una pervertida frígida para empezar a cambiar el tema.
—El tema era la inteligencia.
Jeremías apartó las sábanas y separó las piernas de Moira sin encontrar resistencia.
—¡El tema es lo que estoy mirando, y nada más! Dios y el destino mesiánico son estupideces y palabrería a partes iguales, inventos para un puñado de borregos. El secreto del universo está justo entre tus piernas, ¡y estoy harto y cansado de que lo tapes con un puñado de cadáveres! —Le lanzó una mirada de furia—. ¡Dios! ¡Si no fuera por ese libro tuyo y la continuación que estás escribiendo, te echaría de aquí con una patada tan rápida que no sabrías quién te la ha dado!
Moira siguió escuchando la reprimenda de Jeremías, escuchando de verdad por primera vez desde hacia meses. Prestó atención al vocabulario, los conceptos formulados entre vulgarismos, y comprendió que Jeremías estaba cambiando. El proceso no había concluido, y él no alcanzaría la categoría de Shakespeare o Einstein hasta dentro de mucho, muchísimo tiempo, si la alcanzaba alguna vez. Pero los indicios de un intelecto en desarrollo eran inconfundibles.
Y siendo una superviviente por naturaleza, Moira ofreció su cuerpo cuando Jeremías se echó encima de ella, apretó fuertemente sus piernas al torso de el, chilló para simular un espléndido éxtasis, se aseguró de clavarle las uñas en el cuello y la espalda (con tanta fuerza que corrió la sangre), adoptó posiciones que jamás había ensayado e hizo un esfuerzo para pedir más cuando por fin él se tumbó exhausto junto a ella.
Largo rato después de que Jeremías cayera dormido, Moira abandonó en silencio la cama, salió de puntillas de la habitación y recurrió a su forma especial de satisfacción. Saber que ella formaba parte del bando ganador, y que el poder de dicho bando aumentaba prácticamente segundo tras segundo, hizo que la experiencia fuera más gozosa y satisfactoria que de costumbre.
Jeremías despertó a la mañana siguiente y se encontró acostado con la tigresa sexual de sus sueños. Podía faltarle sinceridad, pero Moira compensó de sobras el defecto con motivación y entusiasmo. Y mediante métodos que Jeremías sólo había imaginado hasta entonces, Moira se aseguró de que nadie pudiera substituirla pronto al lado del Mesías.
17
Oficialmente se denominaba Cúpula Submarina del Caribe Norte, pero sus moradores la llamaban Burbuja de Jamaica.
Era una estructura inmensa, totalmente sumergida, situada en el suelo oceánico a cinco kilómetros al sureste de Kingston y lejos de los arrecifes de coral. La Burbuja tenía un diámetro de mil quinientos metros en su base, y la parte superior llegaba a menos de quince metros de la superficie marina, donde una serie de ascensores la unían a un aeropuerto flotante.
La Burbuja contenía un trío de plantas potabilizadoras que producían más de cuarenta y cinco millones de toneladas de agua por día, apenas suficiente para satisfacer las necesidades siempre crecientes de México, las islas y la costa este de los Estados Unidos. Compartían el limitado espacio cuatro laboratorios de procesado de algas y dos institutos de investigación.
En el interior de la Burbuja se hallaba también La Nueva Atlántida, un hotel de lujo que ofrecía una impresionante variedad de comidas, bebidas, drogas, diversión, juego y pecado. Salomón Moody Moore, oculto detrás de un impenetrable velo empresarial, era su propietario.
La Nueva Atlántida constaba de doce pisos. En el superior, por encima de los bares, clubs nocturnos y casinos, Moore tenía un conjunto de habitaciones. A diferencia del ambiente espartano de su edificio comercial, estas salas se usaban únicamente con fines de diversión y olían a lujo, desde las cortinas tejidas con oro y los sofás de piel hasta los accesorios de platino de los cuartos de aseo. Cuadros de Van Gogh, Picasso, Changall y Frazetta se exhibían a la ventura en las paredes, junto con dos comics de Chiquito Abner y Pogo que tenían un siglo de antigüedad. Además de las numerosas ventanas que permitían ver las actividades de la Burbuja había un enorme «ojo de buey», una pantalla circular conectada con una cámara de elevada resolución que enfocaba siempre la vida marina en el exterior de la cúpula.
Moore odiaba ese lugar. Se sentía incómodo, como siempre que estaba rodeado de lujos que difuminaban la línea divisoria entre él y las masas. Había pasado gran parte del día malhumorado, sentado junto a los torbellinos de una piscina de proporciones homéricas. Al atardecer había cenado un fílete de lenguado y finalmente se vistió al estilo de un jugador siniestro, sin olvidar el sombrero negro y las espuelas de plata. Después entró en el suntuoso salón y aguardó.
No tardaron en llegar:
César de Jesús, cardenal argentino de la Iglesia Católica, un hombre de cabello asombrosamente rubio y piel inmaculada envuelto en un hábito de terciopelo; Félix Lewis, al parecer el inversor más rico de Wall Street y dirigente de la Liga pro Defensa de los Judíos, un hombre bajito, vivaracho y canoso que llevaba una pipa para fumar hachís; Naomí Wizner, ministra de defensa de Israel, que con la cabeza afeitada y la falda abierta por un lado desmentía sus cincuenta y seis años, y Piper Black, presidente del consorcio Black and Noir, un mulato de más de dos metros envuelto en sedas doradas y con un turbante lleno de joyas en la cabeza.
Moore los saludó uno a uno, abrió una botella de borgoña chispeante y viejísimo y llenó copas de cristal para todos excepto él. Luego charló del tiempo, el deporte y los maravillosos resultados de la tecnología de la Burbuja, dejó que todos los invitados tuvieran oportunidad de admirar las obras de arte y la decoración y se aseguró de que no había cámaras o micrófonos ocultos en las habitaciones.
Por fin, al cabo de veinte minutos, los cuatro visitantes se instalaron cómodamente en el salón, sorbieron felizmente el contenido de sus vasos y contemplaron la pantalla. Y Moore decidió entonces que era el momento de ponerse a trabajar.
—Me alegra mucho que hayan podido venir los cuatro —anunció. Desconectó la pantalla y centró la atención en su persona—. Si alguno tiene hambre, puedo pedir que traigan algo, y todas las atracciones de La Nueva Atlántida estarán a su disposición en cuanto terminemos. Pero hay mucho terreno por recorrer esta noche, y si no hay objeciones creo que sería mejor empezar.
—De acuerdo, Salomón —dijo Black mientras encendía un enorme cigarro puro—. ¿Por qué estamos aquí?
Moore se echó un poco hacia adelante en su sillón.
—Tengo motivos para creer que Jeremías se dispone a movilizar sus tropas.
—¿Qué le hace pensar que él tiene tropas? —preguntó Lewis.
—¿Qué le hace pensar que no tiene? —replicó Moore—. Escuche, usted conoce el mercado de valores, es su campo de actividad. Bien, mi campo de actividad es Jeremías, y le aseguro que él, aun suponiendo que no tuviera tropas suficientes, puede permitirse el capricho de comprar más. —Miró al impresionante mulato—. ¿Cuánto han perdido este año, Piper?
—¿Por qué piensa que hemos tenido pérdidas? —preguntó Black.
—No iremos a ninguna parte si no ponemos las cartas sobre la mesa —dijo Moore—. Mis ganancias han descendido casi setecientos millones de dólares en los últimos nueve meses.
—Quinientos millones —dijo Black sin emoción alguna.
—Nadie está ahorrando más dinero que antes, por lo que no es ilógico suponer que casi millón y cuarto de nuestros dólares, o de un dinero que debía ser nuestro, ha ido a parar a Jeremías este año.
—¿Por qué únicamente a Jeremías? —preguntó Lewis—. ¿Por qué no a otros?
—No me siento especialmente inclinado a explicarle los detalles de mis negocios, y estoy seguro de que el señor Black opina de forma parecida… Pero creo que ambos podemos asegurarle que nuestros negocios, dada su naturaleza, no fomentan la existencia de competidores. Nadie excepto Jeremías podría quitarnos un dólar sin nuestro consentimiento. ¿Tengo razón, Piper?
Black asintió.
—Así pues, tener dinero para pagar mercenarios no es precisamente el mayor problema de Jeremías —concluyó Moore.
—Suponiendo que tenga algún problema, yo no lo he captado, desde luego —dijo Black.
—Por eso he convocado esta reunión —prosiguió Moore—. Para intentar crearle algunos.
—Usted le ha visto, ha hablado con él —dijo Naomí Wizner—. Más que lo que ha hecho cualquiera de nosotros. ¿Cuál es el secreto de ese hombre?
—No tiene secretos —respondió Moore—. Posee las facultades cerebrales y la estabilidad emotiva de un niño de doce años que padece hipertiroidea. Pedí a Piper que participara porque su interés por Jeremías es similar al mío: nuestros libros de cuentas están siendo afectados. Pero el resto de ustedes ha estado financiándome, animándome y apoyando mi pequeña guerra personal, y ha llegado el momento de formularles la pregunta: ¿están dispuestos a salir de su encierro y librar una batalla pública con Jeremías?
—¡Eso es lo que hemos hecho! —protestó Lewis.
—¡No! —replicó Moore—. ¡Han hecho declaraciones hipócritas mientras los míos estaban en las trincheras! Les aseguro que este hombre va a dejar de ser una amenaza religiosa y está a punto de ser una amenaza militar. Tiene más dinero que el que necesita, y ninguna razón para esperar más. Antes de comprometer el resto de mis bienes, quiero saber cuál es la posición de ustedes.
—Hay que frenar a Jeremías —dijo Naomí Wizner.
—Hay que matarlo —agregó De Jesús.
—Muy bien, cardenal —dijo Moore—. Permítame formularle la pregunta. ¿Dice que hay que matarlo?
—Desde luego.
—¿No es un poco contradictorio con sus principios religiosos?
—Mis principios religiosos son venerar y adorar la Santísima Trinidad —replicó De Jesús—. Mi fidelidad es para la Iglesia y el Papa.
—¿Aunque estén equivocados? —preguntó Moore.
—¡Eso es impensable!
—Bien, será mejor que empiece a pensarlo muy seriamente —dijo Moore—. Porque hasta la última prueba que poseemos indica que Jeremías es el Mesías.
—Podría elegir un mesías mejor en el listín de teléfonos —intervino en tono irónico Black.
—¿Cómo puede afirmar que este…, que este animal es el Príncipe de la Paz? —dijo De Jesús.
Moore sacudió la cabeza.
—¿Quieren hacer el favor ustedes dos de meterse en la mollera que si Jeremías es el Mesías, es también el Mesías del Viejo Testamento? No es el Príncipe de la Paz, ni el Hijo de Dios. Es simplemente la persona que Dios, o alguien, ha elegido para establecer un reino en Jerusalén…, y por lo que a ustedes les interesa, siempre que eludan la pésima poesía de El Evangelio de Moira, los hechos son correctos. Así debían ser, porque Moira se enteró gracias a mí. Jeremías devolvió la vida a un ahogado. Pasó algún tiempo en Egipto. Se llama Emmanuel. Y es posible que tenga ascendencia davídica. Al menos, nadie puede demostrar lo contrario.
—Yo me opongo a él porque sé que Jesús es el Mesías —dijo De Jesús—. Pero si usted sostiene la opinión de que Jeremías es el Mesías, ¿por qué se opone a él?
—Él no es mi Mesías, cardenal —dijo Moore—. Mi interés por el futuro de Jerusalén y la raza judía es mínimo. Además, si Jeremías es lo mejor que Dios ha encontrado, creo que no me interesa tener relaciones con ninguno de los dos.
—Una respuesta muy locuaz —dijo De Jesús.
—¿Quiere otra mejor? —preguntó Moore—. De acuerdo. Si Jeremías es el Mesías del Viejo Testamento, es simplemente un hombre, nada más. Me importa un comino qué planea hacer en Jerusalén. Pero me importa lo que está haciendo ahora… es decir, intentar matarme y quedarse con mi organización. Esos son mis motivos, sencillos y claros… y creo que en cualquier momento podré comparar el aguante de Jeremías con el de ustedes. —Miró a Lewis—. Puesto que el cardenal ha tocado el tema, permítame hacerle la misma pregunta: si Jeremías es el Mesías, ¿por qué no podría aceptarlo la Liga pro Defensa de los Judíos?
—No ha hablado con demasiados judíos norteamericanos, ¿no es cierto? —dijo Lewis mientras fumaba su pipa de hachís—. No me importa que él sea el Mesías. Representa una influencia destructora. —Hizo una pausa para meditar—. El judaísmo no es tanto una religión como una forma de vida. Nuestra cultura significa más para nosotros que los detalles de nuestra religión, y este hombre amenaza destruir esa cultura. No me importa si establece un reino en Jerusalén o no. Después de todo, hay menos de cinco millones de judíos en Israel, y doce millones tan sólo en el complejo de Manhattan. Pero si logra apoderarse de Jerusalén, forzosamente alterará lo que significa ser judío, y no podemos tolerarlo.
—Permítame repetir todo esto, para asegurarme de que lo entiendo —dijo Moore—. Ni la Liga pro Defensa de los Judíos ni la Iglesia Católica, o al menos las partes representadas aquí esta noche, se echarán atrás aunque Jeremías sea quien afirma ser. ¿Correcto?
Lewis asintió.
—No es el Mesías —afirmó De Jesús.
—Pero, ¿y si lo es? —insistió Moore.
—Si parece serlo, será el Diablo, el Príncipe de los Mentirosos, y debemos eliminarlo.
Moore decidió que no iba a lograr una respuesta mejor del cardenal, se alzó de hombros y miró a Naomí Wizner.
—¿Y usted? ¿Habla en nombre de su gobierno?
—Desde luego. A todos los efectos, si se produce un ataque contra Jerusalén, yo soy el gobierno.
—¿Y cómo se siente Israel?
—Israel se siente atacada.
—Israel siempre se siente atacada por alguien —dijo Black, conteniendo la risa.
—¡Y siempre se defiende! —replicó acaloradamente la ministra—. ¡Esta vez no es distinta a todas las demás!
—Al contrario —observó Moore—. Si Jeremías es el Mesías, eso significa que la cristiandad ha estado terriblemente equivocada desde hace dos mil años… pero ¿por qué suponer que los ciudadanos israelitas no lo aceptan con los brazos abiertos? Al fin y al cabo, ustedes jamás han aceptado a Jesús. Por tanto, ¿por qué no ha de parecer Jeremías el hombre que cumple las profecías?
—Jeremías vendrá con la espada y el fuego —replicó Naomí—. Estoy segura de que a Dios no le importará que nos defendamos.
—No es una respuesta adecuada —dijo Moore.
—Es la mejor que va a obtener usted, señor Moore —afirmó ella—. ¿Qué espera que haga mi gobierno, entregar la nación a Jeremías en una bandeja de plata?
—¿Y si convence a su gobierno de que es el Mesías?
—¿Y cómo cree que hará eso? —se mofó la ministra.
—Tomando Jerusalén.
—Señor Moore, ¿tiene la menor idea de cuántas veces ha sido conquistada Jerusalén entre la época de los profetas y el establecimiento del estado de Israel en 1948?
—No.
—Bien, acepte mi palabra: más veces de las que usted puede imaginar. Jamás aceptamos como mesías a los conquistadores anteriores. ¿Por qué ha de ser distinto este hombre?
—Porque es distinto —dijo Moore—. Cuando Moira Rallings describe parte de las cosas que ha hecho él, no exagera. No digo que Jeremías sea por fuerza el Mesías, pero desde luego es distinto.
—Al parecer está más convencido que todos nosotros, Salomón —dijo Black.
—Eso no viene al caso —repuso Moore—. Mesías o no, Jeremías es un hombre, y debe tener debilidades. Ha intentado arruinarme, y no pienso rendirme sin pelear.
—Bravo por usted —dijo Lewis, y aplaudió pausadamente—. Bien, ¿tiene algún plan pensado, o es que le gusta pronunciar discursos?
—Tengo varios planes —replicó Moore, volviendo la cabeza hacia Lewis—. De mala gana he llegado a la conclusión de que no podremos liquidar a Jeremías, sea lo que sea. Ello significa que debemos considerar otras opciones. —¿Por ejemplo? —preguntó Lewis.
—Esta es la más sencilla —dijo Moore—. Tolerar que tome Jerusalén. Es lo único que se supone ha de hacer, ¿no? —¿Qué? —exclamaron al unísono Lewis y Naomí. —Que se salga con la suya. Sólo es una ciudad. El gobierno israelí puede establecerse en otro lugar.
—¡Los judíos tardaron dos milenios en recuperar Jerusalén! —contestó bruscamente Lewis—. ¡Entregarla sin lucha es inaceptable!
—¿Sí? —inquirió Moore—. Jeremías dispone de treinta millones de personas que comprarán armas y se pagarán el pasaje para ir allí e iniciar la Guerra Santa. ¿Por qué no limitarse a entregarle la ciudad?
—¡Es impensable! —dijo Naomí—. ¿Por qué no entregar Checoslovaquia a Hitler? ¡Es lo único que quiere! Pero no era lo único que deseaba, y Jerusalén no es lo único que desea ese Jeremías. En cuanto tenga un ejército, deberá mantenerlo pertrechado y en activo. ¿Cómo cree que hará eso, señor Moore? Marchará sobre Egipto, Siria, Jordania y Líbano, y luego cruzará el Mediterráneo en dirección a Europa.
—¿Con qué? —se burló Black—. No tiene aviones, ni tanques, ni siquiera municiones.
—Los conseguirá —dijo Naomí—. ¿Sabe cuántas iglesias le entregarán gustosamente sus tesoros a cambio de un tratamiento clemente? ¿Cuántos oficiales le darán equipo militar a cambio de puestos privilegiados en su ejército?
—No tantos —dijo Black—. Jeremías sigue siendo un tipo de poca monta.
—¿De verdad? —dijo la ministra—. Este hombre era un mendigo indigente hace menos de tres años. Hoy se le calculan cuatro mil millones de dólares, tiene más de treinta millones de partidarios y sus ganancias semanales son de un millón. Y una iglesia de cada diez ha decidido que Jeremías es divino. ¿Qué hace falta en su opinión, señor Black, para que se convierta en un tipo de mucha monta?
Black se dispuso a replicar, pero cambió de idea y guardó silencio.
—Muy bien —dijo Moore—, Puesto que nadie desea aceptar la solución fácil, pelearemos con él. Pero deben comprender que la acción militar es imposible.
—¿Por qué? —inquirió Naomí—. Estamos dispuestos a presentarle batalla, hasta el último hombre, mujer o niño.
—Más fuerzas para ustedes —dijo secamente Moore—. Pero Jeremías no posee todavía un ejército permanente. ¿Dónde lanzarán su ataque? ¿Cómo pueden cortar una ruta de suministros que no existe? Aun suponiendo que no les importara masacrar civiles, no podrían atacar el centro de operaciones de Jeremías. Nadie sabe dónde está.
—Este hombre tiene razón —intervino Black, haciendo una mueca—. Hasta que Jeremías prepare un ejército auténtico, no hay batalla posible.
—Exacto —dijo Moore—. Propongo por tanto un ataque conjunto y coordinado contra su credibilidad, a través de los medios de difusión. Hasta ahora lo hemos hecho fragmentadamente, y actuando cada cual por su cuenta. Naomí teme un ataque militar, el cardenal teme que Jeremías sea el Anticristo, Piper teme nuevas pérdidas de dinero, el señor Lewis teme por sus valores culturales y Dios sabe que chinos, hindúes y africanos tienen algo que temer… Pero hemos estado actuando como individuos, o al menos como grupos con intereses particulares. Hay que desacreditar a Jeremías, no ante los ojos de los judíos, o de los cristianos, o de los musulmanes, sino ante los ojos de todos al mismo tiempo.
—Ofrezco hasta el último centavo que tengo —dijo Black—. Pero antes debemos llegar a un acuerdo.
—¿Qué clase de acuerdo? —preguntó recelosamente Lewis.
—Si triunfamos, habrá un buen puñado de monedas disponible —prosiguió Black—. Nada de aires de superioridad, señor Lewis. Usted conserva aún todo su dinero. ¿Piensa realmente que me importan algo los judíos o los cristianos, que me preocupa quién gobierna en Jerusalén? Y si a Salomón le importa eso un pito más que a mí, será porque ha perdido la objetividad. Somos hombres de negocios, y sea cual sea el negocio, el sexo, la droga o frenar a un posible mesías, esperamos obtener beneficios.
—¿Son esos sus sentimientos? —preguntó Lewis, mirando a Moore.
—Tengo razones personales para querer acabar con Jeremías —dijo Moore, midiendo cuidadosamente sus palabras—. Es lo más parecido a un enemigo a muerte que he tenido en mi vida, y seguiré con esto hasta el final, con o sin la ayuda de ustedes. —Hizo una pausa—. Pero tal como ha comentado mi amigo Piper, soy hombre de negocios, y ciertamente quiero una parte del botín si triunfamos. No obstante, no creo preciso entrar en detalles ahora mismo —añadió—. Tienen mi palabra de que no cogeremos nada que otro desee.
Miró a los ojos a Black, que decidió abandonar el tema.
—Bien —continuó Moore—, si todos estamos de acuerdo, será mejor que hablemos de la clase de campaña propagandística que vamos a lanzar. Cardenal, ¿cuántas emisoras de televisión controla la Iglesia Católica en América del Sur?
—No controlamos emisoras, señor Moore —dijo De Jesús a la defensiva—. Poseemos emisoras.
—Nadie está tomando notas —repuso Moore—. Nada de esto saldrá de la habitación. A cambio, creo tener derecho a esperar respuestas sinceras. Bien, ¿cuántas emisoras controlan ustedes?
De Jesús miró furiosamente a Moore un largo momento y por fin se alzó de hombros.
—Entre seiscientas y setecientas —dijo.
—¿Y la Liga pro Defensa de los Judíos? —preguntó Moore.
—Personalmente, poseo o controlo cinco —replicó Lewis—. La Liga no controla ninguna, y es la verdad.
—¿Periódicos y video periódicos?
—Yo, diez. La Liga, tal vez el doble.
—¿Cuánto tiempo tardarían en recoger dinero suficiente para que periódicos y emisoras se concentren en una campaña de odio?
—Tres meses, tal vez cuatro —se apresuró a contestar Lewis.
—Demasiado tiempo —replicó Moore—. Tendrá que rascarse el bolsillo y conseguirlo en seis semanas.
—¿Por qué tanta rapidez?
—Porque si Jeremías está preparándose para actuar, no tardará cuatro meses en ensayar su actuación. Estamos hablando de fanáticos religiosos. Si él hace el llamamiento mañana, todos habrán adquirido el billete a Jerusalén antes del fin de semana.
—Veré qué puedo hacer —dijo Lewis.
—Yo no puedo prometer fondos —dijo Naomí Wizner—. Hasta la última moneda se invertirá en la defensa de Jerusalén.
—No pensaba pedirle ninguna —replicó Moore—. Sólo deseaba asegurarme de que no planeaba arrojar la toalla después de que los demás comprometiéramos todo cuanto tenemos. En cuanto al señor Black y a mí, entre los dos controlamos la tercera parte del horario de las imprentas en el continente de América del Norte. Estoy seguro de que podemos lanzarnos a imprimir varios miles de millones de folletos contra Jeremías para dentro de pocas semanas.
—¡Por eso me hizo venir y no invitó a Quintara! —exclamó Black—. Él sólo se dedica a drogas y rameras, ¡pero yo tengo imprentas!
Moore asintió.
—Nuestra contribución consistirá en imprentas y canales de distribución.
—Es lógico —convino Black.
—¿Está con nosotros? —preguntó Moore.
Black movió afirmativamente la cabeza.
—Magnífico —dijo Moore—. ¿Puedo sugerir que nos encontremos aquí de nuevo dentro de dos semanas?
—De acuerdo por mi parte —dijo Lewis. Miró un momento a Moore—. ¿Cree realmente que puede salir algo bueno de esta reunión?
—Su utilidad es limitadísima —replicó Moore.
—En ese caso, ¿por qué estamos aquí?
—Porque tenía que empezar por alguna parte —dijo secamente Moore—. Mañana me reuniré con un dirigente de la Iglesia Ortodoxa Griega, el ministro de asuntos exteriores de Egipto y Henri Piscard.
—¿Quién es ese Piscard? —preguntó Lewis.
—Otro hombre de negocios —replicó Moore—. En Francia y Bélgica ofrece servicios muy similares a los que el señor Black y yo ofrecemos en los Estados Unidos.
—Y supongo que tendrá más reuniones preparadas…
—Seis en total. Creo que cuando nos veamos otra vez habremos creado una organización bastante útil. —Se puso en pie y caminó hacia la puerta—. Y ahora, permítanme sugerir que gocen algunos placeres de La Nueva Atlántida antes de regresar al hogar.
De Jesús, Lewis y Naomí Wizner abandonaron el salón, y Moore cerró la puerta detrás de ellos. Después volvió con Black, que no se había movido de su sillón.
—Hey, Salomón —dijo el mulato, sonriente—. Hemos recorrido un largo camino, ¿no?
—Hola, Piper —repuso Moore mientras se sentaba y devolvía la sonrisa—. Sí, es cierto.
—No está mal para un par de maleantes aficionados.
—Habla por ti mismo —dijo Moore—. Yo nunca he sido aficionado.
Black se echó a reír.
—Y aquí estamos, luchando por la Verdad, la Justicia y la Tradición Cristiana.
—O por el sitio de Judas en el infierno.
—Oh, bueno —dijo Black—. De todas maneras nunca he deseado ir al cielo. Me gusta el calor.
—Jamás he pensado que corrieras el riesgo de congelarte en la otra vida —dijo Moore.
—Eso plantea un problema muy interesante, Salomón.
—¿Y cuál es?
—He sido ateo toda mi vida… pero si Jeremías es el Mesías, eso implica indudablemente la existencia de Dios, ¿no?
—Imposible el primero sin el segundo.
—Bien —dijo Black—, si existe Dios, ¿crees que Le interesará que molestemos a Su Mesías? Sea como sea voy a ir derecho al infierno, y pienso ir a lo grande, pero ¿y tu?… Nunca te diviertes con tu dinero. ¿Por qué enfrentarte a Dios por eso?
—Creo que no he pensado mucho en eso —dijo muy despacio Moore—. Creo que hay muchas posibilidades de que Jeremías sea el Mesías, con todo lo que ello implica.
—Entonces, ¿por qué no te mantienes al margen? —inquirió Black—. Y recuerda que la pregunta no la hace ese cardenal como-se-llame.
Moore cogió un elegante encendedor de platino y lo manoseó.
—Podría optar por la salida más fácil y decir que tú y yo pagamos la cuota de ingreso en el infierno mucho antes de que Jeremías hiciera su aparición —dijo Moore en tono irónico—. Pero no lo haré. Si existe Dios, y si Jeremías es Su factótum, estoy actuando en contra de Sus deseos al intentar eliminar al Mesías. ¡Pero, maldita sea, Piper, piensa en la otra cara de la moneda!
—¿Qué otra cara? —preguntó Black.
—¿Por qué ahora, y por qué Jeremías?
—Creo que no te entiendo.
—¿Dónde estaba Dios cuando los judíos fueron expulsados de Jerusalén hace dos mil años? ¿Por qué toleró que destruyéramos Hiroshima, que creáramos una Inquisición, que matáramos de hambre a ochenta millones de niños africanos?
—¿Esperas que Dios se interese a diario por lo que pasa aquí abajo? —dijo Black con una sonrisa.
—Si Jeremías es el Mesías, entonces eso es precisamente lo que está haciendo Él por fin —dijo Moore. Su rabia, tanto tiempo contenida, estaba brotando finalmente—. ¡No cuando Le necesitábamos, sino ahora! Y no con un curandero o un pacificador, ni siquiera con un gobernante medianamente sensato, ¡sino con Jeremías!
—Ya sabes lo que dicen: los métodos del Señor son impenetrables.
—Si Jeremías es lo mejor que ha encontrado, Sus métodos no son simplemente impenetrables, ¡son totalmente irresponsables!
—¡Hijo de puta! —dijo Black, riendo.
—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Moore.
—Acabo de pensarlo —dijo Black—. Jeremías es el maldito campo de batalla. ¡Has declarado la Guerra Santa a Dios!
—Fíjate en el mundo —dijo Moore en tono sombrío—. Hay nueve mil millones de personas, todas se vuelven un poco más locas día a día y, ¿qué hace Él? Nos manda un imbécil egoísta, mujeriego y tonto. Si existe realmente, podrá ser tu Dios, ¡pero no el mío, desde luego!
—No sabía que pudieras elegir —dijo Black—. O Él es Dios, o no lo es. Y si lo es, tal vez deberíamos reconsiderar lo que estamos haciendo y empezar a rezarle.
—¡Nunca! —bramó Moore—. Si existe Dios, Él me dio un cerebro, y luego se preocupó de que yo solamente pudiera mantenerlo activo infringiendo los malditos mandamientos que El inventó. Determinó las normas para que existiera un Mesías hace casi tres mil años, y finalmente nos topamos con Jeremías. Esperó dos mil años, dejó que los judíos volvieran a Jerusalén sin Su ayuda, a fuerza de patadas y arañazos, y ahora envía a Jeremías para reducir la ciudad a cenizas y establecer un nuevo reino. ¡Preferiría adorar al diablo!
—Vaya, eres un cerebro criminal en apuros, ¿no? —dijo Black.
—Ya no —dijo Moore, enterrando de nuevo sus emociones en las torturadas cavidades de su mente—. Sé lo que debo hacer.
—Tal vez deberías visitar a un buen loquero, Salomón —repuso Black, con el semblante serio—. Estar enfadado es una cosa, pero tú estás dejándote llevar por…
—Pues tendré que volver a ocupar el asiento del conductor —replicó Moore.
—Dios es un tipo bastante astuto —dijo Black—. Tal vez desea que armes todo este alboroto por volver a ocupar el asiento del conductor para que Jeremías pueda quedarse en el escenario principal. Tal vez estás siendo manipulado.
—Nadie me manipula —dijo Moore con más seguridad que la que sentía—. Ni Jeremías, ni dios, ni nadie. —Hizo una pausa—. Además, cuando soy racional, no creo en ninguna de estas estupideces.
—De acuerdo, pero creo que…
—El tema está agotado —dijo Moore, y la máscara de frialdad volvió a tapar su cara por completo.
Black fumó en silencio su puro durante unos momentos, mientras Moore conectaba de nuevo la pantalla circular. Finalmente el corpulento mulato se desperezó, dejó el puro en un cenicero y volvió la cabeza hacia Moore.
—¿Listo para hablar de negocios, Salomón?
—Para eso estás aquí.
—¿Cómo repartiremos el botín?
—Creo que no correremos riesgos, ninguno —dijo Moore—. Si frenamos a Jeremías será porque hemos tenido muchísima ayuda. Supongo que sus armas quedarán disponibles, y que seguramente Israel acabará quedándoselas.
—¿Y sus millones de dólares?
—No los tocaremos.
—Creo que este ambiente artificial te ha ablandado el cerebro, Salomón —dijo Black—. Estás hablando de tres, tal vez cuatro mil millones de dólares.
—Intenta comprenderlo, Piper: nos están tolerando. Somos dos grandes empresarios en nuestro mundo, pero fíjate con quiénes estamos tratando: embajadores, estadistas, cardenales, gente capaz de caer sobre nosotros con tanta fuerza que jamás nos levantaríamos otra vez. Que se queden el dinero.
—¿Y qué sacamos nosotros de todo esto? —preguntó Black—. Nunca he visto que Salomón Moody Moore no tuviera un plan.
—Hay un plan —dijo Moore con una sonrisa—. ¿Quién es el mayor traficante de drogas del mundo?
—Piscard, o tal vez yo.
—¿El mayor empresario pornográfico?
—Tú, a menos que Davenport se haya puesto a tu altura en Inglaterra.
—¿El mayor traficante de artículos robados?
—Quintare —dijo Black—. ¿Adónde quieres ir a parar?
—A ningún sitio… pero tus respuestas son equivocadas. Jeremías es el más importante.
—No cuento con él —dijo Black—. Supongo que no estará en la brecha mucho tiempo y… —Se interrumpió, y una brillante sonrisa apareció poco a poco en su cara—. ¡Nos repartiremos sus contactos, sus mercados y su material!
—Y duplicaremos nuestras ganancias de hace cuatro años —concluyó Moore—. Y no cogeremos nada de posible utilidad para nuestros asociados. ¿Quién podrá oponerse?
—¿Qué me dices de Piscard y los demás? —preguntó Black—. Tendremos que darles una parte.
—Lo haremos —convino Moore—. Yo me quedo el treinta y cinco por ciento, tú el veinticinco por ciento y los demás que se peleen por el resto.
—Pensaba que íbamos a ser socios a partes iguales, Salomón.
—No acepto esa clase de socios —replicó Moore, y su sonrisa se esfumó—. Ésa es mi oferta. Puedes aceptarla o rechazarla.
—¿Y si la rechazo?
—Si la rechazas, Piper, tendremos que apañárnoslas sin tus servicios… y podría añadir que tu vida, sin ser demasiado pesimista, durará posiblemente veinte minutos.
—¡Qué diablos! —El impresionante mulato se alzó de hombros—. El veinticinco por ciento es mejor que nada, y eso es precisamente lo que gano con Jeremías por en medio: un cero enorme.
Se levantó, se acercó a Moore y extendió su mano derecha. Moore la estrechó.
—Dime, Salomón, ¿de verdad me habrías matado?
—Nunca bromeo cuando hablo de negocios o de Jeremías —dijo Moore.
—Soy un tipo bastante corpulento, Salomón —observó Black.
—Lo sé —replicó Moore—. Por eso hay tres tipos corpulentos apuntándote con sus pistolas ahora mismo, detrás de dos cuadros y del espejo, espía del vestíbulo.
Black echó atrás la cabeza y se echó a reír.
—¡El eterno Salomón! Siempre tienes previsto todo. ¡No me gustaría estar en las botas de Jeremías, no contigo detrás de él!
—A él parecen irle bien las cosas hasta ahora —comentó Moore.
—Pues más dura será la caída cuando nos echemos sobre él —dijo Black—. Y estos tipos siempre caen, Salomón, aunque crezcan mucho. Incluso los mesías.
—Esperemos que tengas razón —dijo Moore.
La conversación estaba aburriéndole, por lo que acompañó a Black hasta la puerta y le ofreció la llave de una habitación reservada para invitados especiales. Black sonrió de nuevo y se alejó por el pasillo.
Moore cerró la puerta, fue al cuarto de aseo y se desnudó mientras decidía si iba directamente a la cama o pasaba un rato en la piscina antes de acostarse. En ese momento una luz intermitente le indicó que debía ponerse al teléfono, y cogió el aparato.
—Aquí Moore.
—Soy Ben. ¿Estás sentado?
—¿Qué pasa?
—¡Le hemos cogido! —dijo Pryor, muy excitado.
—¿Quién ha cogido a quién? —preguntó Moore, temeroso de abrigar esperanzas.
—¡Tenemos a Jeremías! ¿Quieres que lo llevemos a la Burbuja?
—¡No! —dijo tajantemente Moore—. Seguramente el maldito avión explotaría. ¿Desde dónde llamas?
—Cincinnati. Ya puedes suponer desde dónde.
—Retenedlo ahí mismo, y no le quitéis los ojos de encima. Salgo hacia allí.
Moore estaba ya casi vestido y camino de la puerta antes de que Pryor advirtiera que la conexión estaba interrumpida.
18
Durante la tercera década del siglo veinte, los ciudadanos de Cincinnati, previendo el crecimiento rápido y continuado de su urbe, otorgaron voto favorable a una emisión de bonos para construir una red de ferrocarriles subterráneos bajo la zona del centro urbano. Las obras se iniciaron de inmediato y continuaron algunos años hasta que fue evidente que el número de habitantes de los barrios del rió se estabilizaba por completo. La población de esa zona no aumentó ni disminuyó durante los cien años siguientes, y la construcción del metro fue abandonada definitivamente.
Es decir, hasta que la organización de Moore decidió intervenir en el mercado de Cincinnati. En aquella época la propiedad de tres kilómetros de túneles subterráneos cambió de manos en secreto, y los hombres de Moore se establecieron en el metro, por entonces desierto y casi olvidado.
Moore llegó a Cincinnati dos horas más tarde de recibir la llamada de Pryor, fue directamente a un ruinoso edificio de estilo Tudor propiedad de un imaginario corredor de fincas de Chicago, bajó la insegura escalera del sótano, abrió una puerta camuflada y encontró a Pryor esperándole.
—¿Dónde está? —preguntó mientras ambos recorrían un túnel tan largo como desierto. Sus pasos resonaron en los húmedos muros de piedra.
—Tranquilízate —dijo Pryor—. Le hemos administrado un sedante y está bien vigilado. Tardará un rato en despertar.
—¿Alguien ha intentado matarle?
—Sí.
—Y no lo consiguió, claro está.
—Exacto. Visconti le puso su pistola en la sien, apretó el gatillo… y la condenada bala salió por la culata y le reventó la mano. Tengo la impresión de que si intentamos electrocutarlo, la maldita ciudad se quedaría a oscuras antes.
—Estoy de acuerdo —dijo Moore—. ¿Cómo pudisteis cogerle?
—Cosa de locos. Jeremías convocó una conferencia de prensa en Dayton para promocionar el libro de Moira, y lo secuestramos tranquilamente.
—Veo que él sigue tan tonto —comentó Moore—. Pero me sorprende que no pudiera huir.
—Eso es lo asombroso —convino Pryor—. Le sorprendimos mientras estaba maquillándose en el vestuario, y él levantó las manos y se entregó. Había dos puertas más y una ventana, en un primer piso, y por las anteriores experiencias con él lo normal habría sido que se tirara por esa ventana, que las balas chocaran en el aire o algo parecido, y que se escapara otra vez.
—Es más que asombroso —dijo Moore con aire pensativo—. Es muy alarmante. Debía saber que intentaríamos matarle. Es posible que no pueda morir, pero nota el dolor, de eso no hay duda. ¿Por qué pasar un mal rato? En realidad, ¿por qué decidió hablar en Dayton cuando sabe que todavía tenemos fuerza en Ohio?
—Lo único que hicimos fue capturarle —dijo Pryor, también pensativo—. Tal vez la fuerza que le protege, sea cual sea, esté interesada únicamente en que siga vivo.
—Es una posibilidad —repuso Moore, considerando esa idea—. Es posible que podamos hacerle cualquier cosa excepto matarle. Es bien sabido que Jeremías no ha tenido una vida sin penas hasta ahora. —Hizo una pausa—. A propósito, ¿está Abe por aquí? Parece una ocasión magnífica para obtener respuestas claras de Jeremías.
Pryor meneó la cabeza.
—Abe está dudoso. Dice que sigue estando de nuestra parte, pero que para compensar sus apuestas no piensa comprometerse en esto.
—¡Maldición! —exclamó Moore—. ¡Está comprometido hasta el cuello! ¿Qué cree que hará Jeremías, darle la absolución?
—Asegura que nos dejará si le ordenas hacer algo con Jeremías.
—Nos ocuparemos de Abe más tarde —dijo Moore tras unos instantes de meditación—. En este momento nuestro problema es Jeremías. ¿Es de fiar la seguridad aquí?
—Compruébalo tú mismo —dijo Pryor.
Siguieron por el corredor hasta llegar a una puerta vigilada por diez hombres armados. La estructura en la que entraron había sido en tiempos un refugio antiaéreo construido a gran profundidad bajo una residencia de estilo colonial registrada posteriormente a nombre de Montoya, pero que en los últimos cien años había sido transformada en un salón muy ornamentado. Contenía una cama imperial de cuatro postes, un bar empotrado, varios sillones y un hogar funcional de mármol cuya salida de humos enlazaba con la chimenea de la vivienda. Otros seis hombres armados, entre ellos Montoya, se hallaban en el salón, mientras Jeremías, desnudo y sin sentido, yacía en la cama con brazos y piernas extendidos y atados a los postes. Su brazo derecho mostraba numerosos pinchazos de origen reciente.
—Una de dos, o le habéis inyectado una dosis suficiente para matarle —observó Moore—, o bien es un drogadicto.
—Solo dos de los pinchazos son nuestros —respondió Pryor—. El resto es obra suya.
—¿Cuánto tiempo estará dormido? —preguntó Moore.
—Tal vez media hora… suponiendo que sea un ser humano normal. De lo contrario, podría despertar en cualquier momento.
—Hace frío aquí —dijo Moore, mirando a Montoya—. Quema unos troncos.
—Pero, señor Moore —replicó el jefe de seguridad—, estamos a veinticinco grados.
—No recuerdo haberte preguntado la temperatura —dijo Moore. Habló con otro de los presentes mientras Montoya se encogía de hombros y ordenaba que trajeran troncos—. No he comido nada desde hace horas. Consígueme un bocadillo.
—¿Alguno en especial, señor?
—El primero que encuentres.
—Haré que traigan uno ahora mismo, señor.
—El pan podría estar duro —añadió Moore—. Me hará falta un cuchillo muy afilado.
El matón asintió y se fue.
Moore se sentó silenciosamente en un rincón mientras Montoya preparaba el fuego, y dejó a un lado el bocadillo sin probarlo.
—Remuévelo un poco con el atizador —dijo a Montoya en cuanto ardieron los troncos—. No, deja el atizador ahí. ¿Por qué echar ceniza al suelo?
Finalmente miró a Pryor.
—Ben, ¿crees que hay alguna posibilidad de matar a Jeremías?
Pryor meneó la cabeza.
—Creo que es imposible.
—Lo mismo opino —dijo Moore—. Y tampoco me parece lógico intentarlo.
—¿Qué piensas hacer pues? —preguntó Pryor.
—Lo que sea preciso —dijo sombríamente Moore—. Salid todos.
—¿Dejarte a solas con él?
—No me pasará nada. Y si pasa, la habitación es segura. Luego llama a los periodistas y que estén arriba con cámaras dentro de tres horas.
—Pero…
—Es una orden, Ben, no un ruego.
Pryor asintió con frialdad y salió con los demás, y Moore cerró con llave la puerta. Cogió una mecedora, la colocó junto a la cama, se acomodó en ella, dio un mordisco al bocadillo y miró con aire pensativo a Jeremías.
No había cambiado mucho. No tenía una sola cicatriz en el cuerpo, aparte de las señales de los pinchazos, que indudablemente desaparecerían en pocos días. En cuanto a heridas de bala, navaja o similares, la piel de Jeremías aparecía tan limpia y sin marcas como el día de su nacimiento. Había engordado un poco, quizá seis o siete kilos y no precisamente de musculatura, pero el supuesto Mesías continuaba sin mostrar obesidad pese a distar mucho de ser un atleta.
Moore terminó su bocadillo, se levantó a atizar el fuego y volvió a la mecedora. Al cabo de pocos minutos Jeremías empezó a gemir y a retorcerse. Finalmente trató de incorporarse, comprobó que no podía, sacudió con vigor la cabeza y miró a Moore.
—¿Has teñido una buena siesta? —preguntó Moore.
—¡Tú! —musitó Jeremías.
—¿Quién esperabas que fuera?
—¿Dónde estoy? —preguntó Jeremías, farfullando ligeramente.
—Donde nadie puede encontrarte —dijo Moore—. ¿Qué importancia tiene eso?
—¿Qué piensas hacer conmigo?
—Una pregunta mucho más interesante —dijo Moore—. Si quieres que sea sincero, no lo he decidido. Pensaba que podíamos discutirlo.
—¡Vete a la mierda!
Moore cogió el cuchillo, puso la punta en el pie de Jeremías, apretó y abrió una profunda brecha tan larga como el empeine.
Jeremías lanzó un alarido de dolor.
—Estúpido —comentó tranquilamente Moore—. Muy estúpido, Jeremías. Si estuviera en tu situación, yo no te hablaría de esa forma.
Jeremías escupió a Moore, que le aplicó el cuchillo en el otro pie con resultados similares.
—Igual que entrenar a un perro —dijo—. La repetición es la clave.
Jeremías se mordió los labios y miró furiosamente a Moore.
—Como iba diciendo —prosiguió Moore—, tenemos diversas cosas que discutir. Avísame cuando estés listo para empezar.
—De acuerdo —murmuró Jeremías.
Moore colocó la punta del cuchillo cerca de una de las heridas.
—No te he oído.
—¡DE ACUERDO!
—Así está mejor —comentó secamente Moore—. Debo admitir que eres todo un problema. Tengo la impresión de que nada que te haga podrá matarte.
—¡Nada puede matar al Mesías! —gritó Jeremías.
—Tal vez estés en lo cierto —dijo Moore sin alterarse—. Pero no conozco ningún motivo que me impida mantenerte atado a esta cama durante veinte o treinta años. ¿Qué dices a eso?
—¡No dará resultado! —repuso Jeremías, haciendo silbar las palabras.
—Oh, sí, dará resultado —contestó Moore—. Creo que intentar matarte de hambre no serviría de nada, porque algo o alguien no desea que mueras todavía. Pero tengo la impresión de que tú, mientras tu vida no esté directamente amenazada, estás tan impotente en esta situación como cualquier persona.
Jeremías no respondió, aunque Moore dedujo que el prisionero estaba considerando la idea.
—Y al fin y al cabo —continuó Moore—, ¿para qué quiero matarte? Soy mucho más viejo que tú, no tengo esposa ni hijos y, para ser totalmente sincero, poco me importa que el mundo entero vaya al infierno en una carretilla de mano cinco minutos después de mi muerte. ¿Puedes ofrecer algún motivo para que yo no siga este rumbo?
—Mis discípulos me localizarán —dijo Jeremías—. Y cuando lo hagan, ¡quedará tan poca cosa de ti que no necesitarás entierro o incineración!
Moore volvió a hincarle el cuchillo en el pie.
—Insistes en olvidar quién manda aquí —dijo Moore, alzando la voz para hacerse oír pese a los chillidos de Jeremías—. Éste procedimiento me resulta tan desagradable como a ti. Pero por otra parte, a ti debe resultarte más doloroso. Creo que obrarás sensatamente si tienes en cuenta eso y dejas de lanzar amenazas, o de lo contrario será mejor que te prepares a sufrir las consecuencias. Piensa en las molestias que padeces, y considera que todavía no hemos empezado a hablar de opciones.
—¿Qué opciones? —dijo Jeremías con los dientes apretados.
—Oh, siempre hay opciones —repuso Moore—. Creo poder retenerte aquí tanto tiempo como quiera, pero tal vez me equivoque. Tú crees que nadie puede mantenerte prisionero demasiado tiempo, pero podrías equivocarte. Me parece que la solución lógica es buscar un campo de discusión común.
—¿Por ejemplo?
—Bien, para empezar, tú tienes muchísimo dinero, y buena parte de él es mío. No soy hombre avaricioso. Creo que me conformaría con la mitad.
—¡Vete al diablo! —espetó Jeremías.
Moore extendió la mano y asestó otra cuchillada a Jeremías.
Aguardó a que el joven dejara de maldecir y continuó hablando con suma naturalidad.
—Es tiempo de negociaciones, no de amenazas. Estoy un poco falto de práctica en estas cosas y siempre existe la posibilidad de que pierda el humor y convierta en eunuco al mujeriego más famoso del mundo. Si yo estuviera en tu lugar, haría un esfuerzo para no enfurecerme. —Hizo una pausa—. ¿Continuamos con el tema que estamos tratando?
Jeremías le lanzó una mirada colérica y asintió.
—Muy razonable —comentó Moore—. Creo que debería explicarte, Jeremías, que aunque soy un hombre dedicado a mis negocios, hay muchas cosas que me importan más que el dinero. Una de ellas, por ejemplo, es mi vida. Pienso que, como gesto de buena fe, podrías ordenar a tus discípulos, bastante fanáticos por cierto, que borren mi nombre de su lista de víctimas. Un hombre de tus especiales cualidades no puede temer una pequeña muestra de caridad cristiana.
Colocó la punta del cuchillo debajo mismo de la oreja izquierda del joven.
—¡De acuerdo! —chilló Jeremías.
—Excelente —dijo Moore—. Ahora estamos avanzando. —Hizo una pausa—. De todas formas, por fuerza tengo que preguntarme cómo llegará este mensaje al grueso de tus seguidores.
—No sé que quieres decir.
—Bien, no puedo dejarte marchar sin haber conseguido eso —dijo Moore—. Al fin y al cabo, ¿qué garantía tengo de que cumplirás tu palabra, de que serás sincero? ¿Tu historial de generosidad para conmigo y mi organización?
—¿Qué garantía quieres? —dijo en voz áspera el joven.
—Oh, estoy seguro de que si unimos nuestros cerebros podemos idear alguna —repuso Moore en tono complacido. De pronto chasqueó los dedos—. ¡Creo que ya tengo la solución a nuestro problema!
—¿Cuál? —preguntó Jeremías, mirándole con ojos de susto.
—En primer lugar, ¿por qué cumplen tus órdenes todos esos necios irracionales? Eres mendigo y ladrón, jugador y drogadicto, pareces concentrado en acostarte con todas la mujeres que hay en la faz de la tierra y, para ser totalmente franco, ni siquiera posees la capacidad intelectual de un ave de granja. Así pues, ¿por qué ha de tener tu palabra algún peso entre las masas?
—¡Tú sabes el porqué! —repuso irritadamente Jeremías.
—Sí, lo sé —admitió Moore—. Al parecer piensan que eres el Mesías.
—¡Lo soy!
Moore le pinchó suavemente con la punta del cuchillo.
—Por favor, no me interrumpas. Bien, pienso que si ellos no te consideraran el Mesías, no mostrarían tantas ansias por cumplir tus órdenes. ¿Te parece lógico, Jeremías?
—¿Adónde quieres ir a parar?
—Es muy simple: si la gente decide que no eres el Mesías, nadie te prestará atención. Nadie querrá matarme, nadie querrá arruinarme, hasta es posible que la gente piense en abandonar las armas y proseguir con sus ocupaciones normales. ¿Estás de acuerdo?
Jeremías continuó lanzándole miradas feroces en silencio.
—Bien, al menos no disientes. Pues bien, aunque agradezco el hecho de que vas a entregarme la mitad de tus fondos y a ordenar a los tuyos que me dejen en paz, el quid de la cuestión sigue siendo este concepto erróneo que tienen las masas sobre tu naturaleza. —Hizo una pausa—. ¿Quién supones que puede aclarar las cosas? Yo no, ciertamente. Si intentara explicar que no eres el Mesías, seguramente me matarían a sangre fría antes de pronunciar la primera frase. ¿Moira? No, tengo la impresión de que tampoco la creerían. —Hizo otra pausa—. ¿A quién podemos recurrir, Jeremías? ¿En qué persona tendrían fe los tuyos?
—¡Nunca! —chilló Jeremías—. ¡Me importa un pito lo que hagas conmigo! ¡Arráncame los ojos, me da lo mismo!
—¿Quién ha dicho algo de tus ojos? —preguntó Moore—. Por una parte, los necesitarás para firmar el documento de entrega de la mitad de tu dinero. Por otra, nos interesa que tengas el mejor aspecto posible, ya que pronunciarás un discurso por televisión dentro de dos horas.
—¡Eso es lo que tú crees! —gruño Jeremías.
—Te equivocas —dijo Moore. Se acercó al hogar y cogió el atizador—. Lo sé sin temor a equivocarme.
Los espantosos chillidos que empezaron entonces se prolongaron casi cuarenta minutos. Finalmente, Moore, con el rostro ceniciento, abrió la puerta, salió al túnel y dio un portazo. Los agentes de seguridad retrocedieron a su paso, e incluso Montoya pareció mirarle con una mezcla de admiración, desaprobación y terror.
—Dadle veinte minutos —ordenó a Pryor—. Luego vestidlo y llevadlo arriba, al salón de la casa. ¿Cuándo llegarán los periodistas?
—Dentro de una o dos horas.
Moore asintió, fue a un improvisado lavabo y vomitó. Se lavó la cara y salió pocos minutos después.
—Uno de vosotros —dijo al grupo de matones—. Buscad un trozo de alambre fino de uno o dos metros. El que llevan los cuadros para colgarlos puede servir perfectamente. Llevadlo al salón de la casa.
Pryor salió con aspecto enfermizo de la habitación que ocupaba Jeremías.
—¡Dios mío, Salomón!… ¿Qué le has hecho? —dijo trémulamente.
—Nada de lo que no pueda recobrarse.
—¡Es espantoso!
—A veces la gente hace cosas espantosas.
—Pero tiene el cuerpo… lleno de…
—No durará mucho —dijo seriamente Moore—. Cuando esté arriba, que ocupe una silla de respaldo recto para que no se caiga, y usad el alambre que encontraréis allí para atarle las piernas a la silla. Así no podrá echar a correr.
—¿Correr? —repitió Pryor—. Ni siquiera sé por qué está vivo.
—Haz lo que te he dicho, Ben.
Pryor asintió todavía aturdido y se fue a atender a Jeremías. Moore se lavó la cara de nuevo, aguardó unos minutos para recobrar el color y subió la escalera del sótano. Se dirigió al salón de la casa, donde Jeremías estaba ya sentado e inmóvil en una silla con respaldo de barras. La cara del joven continuaba incólume, y una túnica suelta cubrió los vestigios de su reciente apuro.
Moore se acercó y le puso una mano bajo el mentón.
—¿Puedes oírme?
Jeremías asintió.
—Excelente —dijo Moore—. Bien, dentro de pocos minutos la prensa estará aquí. ¿Recuerdas lo que debes explicarles?
—Sí —musitó Jeremías.
—¿Has intentado andar?
Jeremías movió negativamente la cabeza.
—Acepta mi palabra: no puedes. Estoy seguro de que también se te habrá ocurrido decir algo distinto a lo convenido. Te aseguro que si haces eso tus declaraciones jamás saldrán de este edificio, y las dos últimas horas te parecerán una excursión dominical comparadas con lo que te haré después.
Jeremías asintió.
—Ben, que alguien le traiga un poco de agua.
Al cabo de pocos minutos el color fue volviendo al semblante de Jeremías, y un cuarto de hora más tarde Moore quedó convencido de que su prisionero tenía lucidez suficiente para hacer la breve declaración.
La prensa llegó por fin, tarde como de costumbre, y Moore aguardó en el piso de arriba mientras Pryor los conducía al salón. Había dos técnicos que de inmediato empezaron a preparar los focos, y un reportero que no cesaba de empolvarse la cara.
—Ninguna pregunta esta noche, por favor —dijo Pryor—. Jeremías quiere efectuar unas declaraciones.
El periodista mostró desilusión, pero permaneció apartado mientras las cámaras enfocaban a Jeremías. Finalmente uno de los operadores dio la señal.
—Me llamo Jeremías el G —dijo el joven— y quiero hacer saber al mundo entero que hago esta declaración voluntariamente y sin estar sometido a coacciones de ningún tipo. —Fijó los ojos en la cámara más próxima—. Soy un fraude. No soy el Mesías. Nunca he sido el Mesías. Nunca he pensado serlo. No puedo seguir soportando los remordimientos. No puedo seguir mirando los ojos adoradores de mis discípulos sin experimentar culpabilidad y remordimientos intolerables. Pido disculpas por mis actos. El dinero que he acumulado será distribuido entre las víctimas de mis robos y engaños. Creedme, no pretendía causar daño…, pero creedme también si os digo que no soy el Mesías.
Guardó silenció, y se produjo un alboroto.
—¡Dios mío, vaya notición! —exclamó uno de los técnicos.
—¿Quién le obliga a efectuar esta declaración? —preguntó el periodista.
—Nadie —dijo Jeremías.
—¿Por qué ha venido a Cincinnati para efectuarla? —insistió el periodista.
No hubo respuesta.
—¿Cómo va a repartir el dinero?
Antes de que Jeremías pudiera responder, Pryor ordenó a los agentes de seguridad que despejaran el salón pese a las furiosas protestas del periodista, y luego indicó a Moore que podía bajar.
—Muy bien, Jeremías —dijo Moore—. Estoy muy orgulloso de ti.
Jeremías, aturdido por el esfuerzo de hablar ante las cámaras, se limitó a lanzarle una mirada de rabia.
—Vamos a tenerte bajo llave durante una semana —continuó Moore—. El tiempo suficiente para que todas las emisoras de radio y televisión y todos los periódicos difundan esa declaración. Después de eso serás un hombre libre.
Salió por la puerta principal, seguido de Pryor.
—Regreso a Chicago. Que siga encerrado hasta que la noticia se extienda.
—¿Y después? —preguntó Pryor—. ¿Realmente pretendes soltarlo?
—¿Por qué no? ¿Quién cree en mesías desacreditados? —Moore sonrió—. Algún día le diré al rabino de Abe que te cuente la historia de Sabbatai Levi.
—Tú eres el jefe —dijo Pryor, con expresión preocupada.
—Tranquilízate, Ben —repuso Moore en tono confiado—. Todo ha terminado.
Pero, naturalmente, no había terminado.
19
Entrevista de la WHTB (Hartford):
—Así pues, desmiente su desmentido y afirma que usted es el Mesías. ¿No es eso? —El entrevistador lucía una sonrisa indulgente en su rostro.
—Exacto —dijo Jeremías, mirando hacia la cámara con aire sentimental—. Me torturaron para que hiciera un desmentido falso.
—¿Está diciéndome que Dios toleró que torturaran a su Mesías? —se burló el entrevistador.
—Si eres cristiano, creerás que Dios toleró la crucifixión de su Mesías —repuso Jeremías, risueño.
—Pero, francamente…
—¿Qué diablos entiendes tú de mesías? —preguntó Jeremías en tono de impaciencia. Alzó las manos por encima de la cabeza y recitó—: ¡HÁGASE LA LLUVIA!
Y, al instante, empezó a llover.
Jeremías lanzó una mirada furiosa a la cámara.
—¿Te gusta la música celestial, Moore? —gritó.
Alocución por la KPTO-TV (Denver):
—Os habla Jeremías el G. Sabéis quién y qué soy. El senador Caldwall Burke insiste en negarme. Se presenta a la reelección pasado mañana. Ha declarado públicamente que yo no soy el mesías verdadero. ¿Adivináis qué deseo que hagáis?
Burke perdió por medio millón de votos.
Entrevista para la BBC-3 (Londres):
—¿Y eres ciega de nacimiento? —preguntó Jeremías desde el escenario principal del New Palladium.
—Sí, señor —dijo la anciana.
—¿Y estás dispuesta a prometerme fidelidad eterna y entregarme todas tus posesiones materiales a cambio del don de la vista?
—Sí, señor.
Jeremías puso sus manos en los ojos de la anciana.
—Así sea.
Apartó las manos y la anciana, poco a poco, temerosa, abrió los ojos. Parpadeó varias veces, y un torrente de lágrimas brotó de sus ojos.
—¡Dios mío, veo!
—¡Que no se te atragante, Moore! —chilló Jeremías, con el rostro encendido de satisfacción.
Reportaje de la WQRQ (Nueva York):
—¿Quién soy yo? —gritó Jeremías a la bulliciosa multitud congregada en Times Square para vitorearle.
—¡JEREMÍAS!
—¿Y qué soy yo?
—¡EL MESÍAS!
—Está muy próximo ya el día en que el Mesías deberá reclamar su trono. ¿Me ayudaréis?
La respuesta fue tan estruendosa que averió los circuitos de sonido de la WQRQ.
Reportaje de la WLKJ-TV (Miami):
Jeremías retiró la mirada de la víctima del incendio, cuya piel estaba empezando a sanar.
—¿Quién soy, Moore? —dijo maliciosamente, sonriendo ante la cámara.
Intervención en UBS Radio (canal nacional):
—¿Me oyes, Moore? —gritó Jeremías ante el micrófono—. ¡Puedes dar gato por liebre, pero el gato sigue siendo gato! ¡Pudiste arrancar la renuncia del Mesías mediante torturas, pero el Mesías sigue siendo el Mesías! ¡Yo soy el Esperado, y eso es lo único que cuenta! ¡Que te den por culo, Moore!
Alocución por la KFD-TV (Seattle):
—¡No necesito vuestro apoyo, pero lo quiero! ¡El Mesías hace lo que le da la gana, pero los que me apoyen serán recordados y recompensados!… ¡Y los que se opongan a mí serán más recordados todavía! ¡Empieza a rezar tus plegarias, Moore! ¡Estaré escuchándote!
20
—Echa un vistazo —dijo Moore, echando la carta escrita a mano en el escritorio de Pryor.
Querido Salomón:
No pretendo mostrarme desagradecido por los años que he trabajado para ti, pero me parece que todo está escrito. Soy judío y no puedo seguir enfrentándome al hombre que se diría es la culminación viviente de mis creencias religiosas.
He estado en contacto constante con Moira Rallings durante la última semana, y se me ha concedido una especie de amnistía a cambio de la promesa de fidelidad a su causa. He hecho esta promesa voluntariamente.
No revelaré ninguno de tus planes, los que yo conozco, ni explicaré detalles de tus actos anteriores relacionados con Jeremías.
Te deseo lo mejor, pero te insto a desistir de tu venganza antes de que sea demasiado tarde. Sé que eres un hombre de recursos, pero enfréntate a los hechos, Salomón: ¡Jeremías es el Mesías!
Abraham Bernstein
—No es precisamente una sorpresa —comentó Pryor mientras dejaba la carta en el escritorio.
—Supongo que no —admitió Moore—. ¡Pero, maldita sea, Ben, me disgusta perder otro miembro importante de nuestra organización en provecho de Jeremías!
—Lo sé. ¿Cuánto tiempo crees que mantendrá su palabra de guardar silencio?
—Veinte minutos, como mucho —dijo Moore—. No importa. No puede hacernos daño. Llama a Piper Black, quiero hablar con él.
Moore regresó a su despacho, donde fue de un lado a otro, muy nervioso, hasta que la luz del teléfono se encendió.
—Hola, Piper —dijo.
—Salomón…
—¿Cómo van las cosas por ahí?
—Debes estar bromeando, ¿no?
—Hablo muy en serio —respondió Moore—. Debemos iniciar una campaña de relaciones públicas.
—No me vengas con eso, Salomón —dijo Black—. Tuviste a ese hijo de puta en tus manos y lo soltaste. No sólo eso, además Jeremías va por ahí diciendo que le torturaste hasta que firmó la entrega de la mitad de su dinero.
—Imposible demostrar eso ante un tribunal —dijo Moore—.
Lo hice únicamente para inmovilizar sus fondos mientras nos enfrentábamos a él.
—Claro que sí, Salomón —dijo Black—. ¡Escúchame, bastardo! Hicimos un trato y tú lo incumpliste al intentar engañarme. ¡Enfréntate solo a él!
—Muy bien, Piper —dijo Moore—. Intenté engañarte. ¿Y qué?
—¿Qué es eso de «y qué»?
—¿Qué ha cambiado? —inquirió Moore—. ¿Va mejor tu negocio? ¿Es menos amenaza Jeremías? Debemos continuar trabajando juntos, a menos que esperes que él desaparezca por las buenas.
—Oh, podemos seguir trabajando juntos, Salomón —dijo Black—. Pero esta vez yo fijaré el trato.
—Pon tus condiciones —dijo Moore.
—Cuarenta por ciento para mí, veinte por ciento para ti y cuarenta por ciento para los demás.
—Hecho.
—¿Qué has dicho?
—Estoy de acuerdo.
—Demasiado rápido, Salomón. ¿Cuál es la trampa?
—No hay trampa —respondió Moore—. Quizá es que deseo arruinar a Jeremías más que a ti.
Se produjo una larga pausa.
—Muy bien. Puedo aceptar eso —dijo por fin Black—. Pero explica nuestro acuerdo a esa sanguijuela que tienes por ahí, a Pryor. Diré a mi hermano que se ponga en contacto con él mañana para ocuparse de los detalles. Todo estará por escrito y guardado bajo llave… y que Dios te ayude si intentas hacer alguna tontería.
—Dios no es exactamente el motivo de mi preocupación —dijo Moore, y colgó.
21
Moore estaba sentado en un sillón en su vivienda de la Nueva Atlántida. Contempló atentamente los peces de la pantalla circular, maravillándose de cómo parecían emperejilarse ante la cámara. Después prosiguió la conversación con sus asociados. Naomí Wizner había estado anteriormente allí, pero era el primer encuentro de Moore con el general Josef Yitzak del ejército israelita.
—De modo que él ha entrado en acción por fin —dijo Moore.
—Es indudable —replicó Naomí Wizner—. Dispone de un cuarto de millón de voluntarios en Egipto y Líbano, y probablemente cinco veces más al otro lado del Mediterráneo.
—No están demasiado bien organizados —añadió Yitzak. Hizo una pausa mientras meditaba—. No existe motivo para que supusiéramos que iban a estarlo, desde luego. Nada de lo que sabemos sobre Jeremías indica que puede poseer conocimientos acerca de las técnicas de la guerra moderna.
—Eso no tiene ninguna importancia —dijo Moore—. ¿Contra quién es más difícil pelear, general? ¿Contra cinco soldados entrenados que desean vivir para seguir peleando otro día, o contra un fanático inexperto que desea morir por la causa?
Yitzak asintió.
—Éste ha sido nuestro problema más grave, saber que se van a disputar el privilegio de lanzarse contra nuestra línea de fuego.
—¿Qué potencia de fuego tiene él?
—Estrictamente convencional —replicó Yitzak—. Pero no hemos venido aquí para discutir sobre estrategia militar con usted. El ejército israelita está perfectamente capacitado para cuidarse de sí mismo.
—Si ello fuera cierto, ustedes no estarían aquí —observó Moore—. Bien, ¿qué puedo hacer para ayudarles?
—Debo conocer más detalles de ese hombre —respondió Yitzak, decidiendo hacer caso omiso del comentario de Moore—. Usted le conoce mejor que cualquiera de sus enemigos. Puede saber algo sobre su forma de pensar que nos sea de utilidad. Quién sabe, tal vez pueda sugerirnos alguna debilidad.
Moore se echó a reír.
—Fue mi prisionero hace seis semanas. ¿Le hace pensar eso que he descubierto alguna debilidad de ese tipo?
—¿Por qué le dejó en libertad? —preguntó Naomí.
—¿Por qué no? Puesto que no podía matarle, pensé que como mínimo podría desacreditarlo. Tal como fueron las cosas —concluyó agriamente Moore—, reconozco que me equivoqué.
—¿No puede sugerir nada? —dijo Yitzak.
—No de momento —admitió Moore—. Estoy dándole vueltas a la idea de que si ustedes no pueden frenar a Jeremías, y al parecer no pueden, deberían concentrarse en disuadir a sus partidarios.
—¿Cómo disuadir a un ejército de fanáticos religiosos que está organizándose en tus fronteras? —preguntó irónicamente Yitzak.
Moore se alzó de hombros.
—Ojalá lo supiera.
—¿No puede darnos otra información que facilite nuestros preparativos contra el ataque de Jeremías? —preguntó Naomí.
—Ninguna —dijo Moore—. Seguramente ustedes conocen mejor la disposición de su ejército que el propio Jeremías.
—No es momento para frivolidades —le reprendió Yitzak.
—Cuando bromee, se lo haré saber —replicó Moore—. Jeremías no tiene interés alguno en aprender a desplegar sus fuerzas, y tampoco le importará demasiado que diez millones de sus seguidores tengan que morir para satisfacer sus deseos.
—Me es difícil creerlo.
—No lo dudo —dijo Moore—. Pero si Jeremías pensara y actuara como un hombre normal, no estaría llamando a la puerta de Jerusalén. A propósito, ¿dónde está él ahora?
—No estamos seguros —admitió Yitzak—. Sabemos que no está en Egipto ni en Líbano, pero aún no hemos logrado localizarle.
—Seguramente no lo lograrán, hasta que él decida atacar —replicó Moore—. Jeremías sabe ocultarse mejor que cualquier hombre que yo he conocido.
—¿Opina usted por tanto que el aparecerá como por arte de magia en el momento psicológico apropiado, para conducir a la victoria a sus tropas?
Moore meneó la cabeza.
—Sigue sin entender a Jeremías. Mi suposición es que él no aparecerá hasta después de la caída de Jerusalén. ¿Por qué iba ser un blanco innecesario?
—Su consejo, pues, sería hacer de Jerusalén una ciudad prácticamente inexpugnable —insistió Yitzak.
—Elimine la palabra «prácticamente» y ésa sería mi opinión —dijo Moore—. Denle una abertura y Jeremías tendrá un pie en la puerta antes de que puedan cerrarla. Consideren los logros de ese hombre en menos de cuatro años. —Hizo una mueca—. Si dispone de otros cuatro, seguramente logrará que se apruebe una enmienda constitucional que proclame su divinidad.
—¿Que hará él si resistimos hasta llegar a un punto muerto?
—Si hacen eso, Jeremías ha vencido ya —respondió Moore—. ¿Cuántos ciudadanos emigran a Israel en un año? Menos de los que Jeremías recluta en un día. Si ustedes luchan para que todo quede igual, todo ha terminado, porque él tendrá doble fuerza seis meses más tarde. Tienen dos opciones: derrotarle decisivamente la primera vez que se encuentren, o pedir la paz. No hay tercera opción.
—Y ni un solo gobierno del mundo nos ha ofrecido su apoyo —dijo amargamente Naomí Wizner.
—Siempre nos hemos enfrentado solos a nuestros enemigos —repuso Yitzak—. ¿Por qué ha de ser de otra forma en esta ocasión?
—Ésa es la posición errónea —dijo Moore—. Esta temporada nadie ofrece premios al valor. El número de seguidores de Jeremías duplica ya el de ciudadanos israelitas. Deben obtener ayuda.
—¿De quién? —preguntó Yitzak, riéndose agriamente.
—¿Cómo demonios voy a saberlo yo? Armen a católicos y musulmanes. Consigan que la ITT financie un ejército. Expliquen a los chinos que son los siguientes en la lista. ¡Pero hagan algo!
—Tiene razón, desde luego —se apresuró a intervenir Naomí—. Y no revelaré ningún secreto si le digo que hemos intentado por todos los medios obtener apoyo para nuestra causa… hasta la fecha sin éxitos notables. —Hizo una pausa—. Sin embargo, es evidente que estos problemas no le incumben, señor Moore. Lo que nos gustaría que hiciera es venir a Jerusalén en calidad de asesor.
—No tengo la menor idea sobre estrategia militar.
—Lo sabemos —dijo Yitzak.
—En ese caso, ¿para qué me necesitan?
—De las personas comprometidas en la defensa de Jerusalén, usted es la única que ha visto a Jeremías cara a cara. Deduzco que piensa habernos contado todo lo que sabe sobre la forma de pensar de ese hombre, pero siempre existe la posibilidad de que haya pasado por alto algún detalle… o, más probable todavía, que esté en condiciones de mejorar detalles de nuestra defensa basándose en hechos y conocimientos que nosotros no poseemos. A tal fin, estamos dispuestos a ofrecerle un puesto temporal en el ejército israelí si acude a Jerusalén y nos permite sondear sus pensamientos del mejor modo posible.
Moore consideró un momento la oferta y miró a Yitzak.
—¿Y si usted acaba convencido de que él es el Mesías?
—En tal caso cumpliré las órdenes de Jeremías —replicó al instante el general. Alzó la mano cuando Moore se disponía a hablar—. Pero permítame añadir que él sólo podrá convencerme si derrota a nuestro ejército en la batalla, y en esas condiciones el tema seria meramente académico.
Moore se acercó a la pantalla circular y contempló los peces varios segundos. Finalmente volvió con los dos israelitas.
—De acuerdo —dijo—. Iré. Y ahórrense ese puesto. No soy soldado.
—Si lo acepta recibirá tratamiento preferente y vivienda propia —dijo Yitzak.
—No entiendo de protocolos —protestó Moore—. Y tengo la impresión de que no me gustará saludar a otros oficiales.
—Los soldados israelíes no saludan: combaten —dijo Yitzak, no sin cierto orgullo—. A partir de este momento, es usted el coronel Salomón Moore. No deberá rendir cuentas a nadie excepto a mí, y su única tarea consistirá en analizar los actos de Jeremías y aconsejarme cuál es la mejor forma de responder a ellos. —Esbozó una sonrisa irónica—. No puedo prometer que aceptaré sus consejos, pero prometo escucharlos.
—Muy justo —dijo Moore.
Yitzak se levantó.
—¿Cuándo estará listo para partir?
—Tengo que resolver algunos asuntos de negocios —replicó Moore—. Requerirán un día. Creo que no regresaré a Chicago. Saldré de Kingston en el próximo vuelo a Londres, y estableceré contactos allí.
—Absurdo —dijo Yitzak—. Tendré mi avión preparado y aguardándole veinticuatro horas diarias a partir de ahora. Estamos a punto de ser compañeros inseparables.
—Lo que usted diga.
Moore los acompañó a la puerta y después se puso al teléfono y empezó a poner en orden sus asuntos.
En primer lugar dio instrucciones a sus abogados para que confiaran el resto de su fortuna personal a un administrador. Mientras aguardaba la llegada de los letrados a la Burbuja para firmar los documentos, Moore llamó a Pryor por el videófono.
—¿Qué ocurre? —preguntó Pryor mientras ajustaba la imagen—. La última vez que estableciste contacto por videófono fue el día que compraste la parte de la Familia Portofilio.
—Tenemos mucho de que hablar, Ben —dijo Moore—. He pensado que sería más cómodo hacerlo de esta forma.
—Estupendo por mi parte —repuso Pryor, que estaba sirviéndose alguna bebida.
—Salgo hacia Jerusalén mañana.
—¡Bien! O matas a Jeremías, o yo acabaré haciéndome cargo de todo. Seré feliz en ambos casos.
—Qué conmovedor —comentó secamente Moore.
—No querrás que te mienta, ¿eh? —inquirió Pryor con aire despreocupado—. ¿Cuándo será el ataque de Jeremías?
—Pronto. Dentro de un par de semanas como mucho, de acuerdo con lo que me han dicho nuestros asociados. Pero eso no viene al caso. Te llamo para facilitarte cierta información que necesitarás si yo no vuelvo.
Pryor conectó una grabadora.
—Canta.
Durante las dos horas siguientes Moore hizo una relación de los políticos, criminales, hombres de negocios, periodistas y dirigentes religiosos pagados por la organización o como mínimo obligados por gratitud con ella. Pasó otra hora exponiendo detalles de negocios que jamás había puesto por escrito, y observó con satisfacción que el alcance de dichos negocios asombraba al mismo Pryor. Todas esas empresas se hallaban heridas, pero pocas estaban moribundas hasta el punto de que la defunción de Jeremías no pudiera devolverles la salud y la solvencia en cuestión de un año.
—Y, Ben —concluyó Moore—, quiero que entiendas que todo seguirá igual hasta que tengas pruebas de mi muerte.
—No sé si te entiendo.
—No te hagas el tonto, Ben, es impropio de ti. Debes meditar mucho antes de intentar coger más que lo que cabe en tus manos. Sigo estando al mando.
—Desde luego, Salomón.
—No espero estar fuera más de dos semanas, un mes a lo sumo. No tienes tiempo para consolidar tu poder en ese período, y sugiero enérgicamente que la prudencia siga prevaleciendo sobre la valentía.
—Si yo fuera de esos que actúan prematuramente, habría querido coger los galones hace tiempo —replicó en tono sincero Pryor—. Además, lo más probable es que mueras antes de dos semanas. He aguardado nueve años, puedo esperar medio mes.
Moore sonrió.
—Ese Ben Pryor se parece más al que todos conocemos y queremos. Y ahora voy a darte una última orden: abandona la persecución de Jeremías y Moira y que todos los muchachos se dediquen al negocio. El problema es únicamente militar a partir de ahora, y los chicos están fuera de su ambiente. Que el ejército israelí se encargue de Jeremías. Nosotros nos concentraremos en ganar dinero.
Terminada la llamada, Moore llamó a Chicago usando una línea privada que Pryor no conocía y ordenó a un par de espías que vigilaran a su lugarteniente e impidieran que intentara anticiparse. Hecho esto, se echó a la cama pensando que iba a ser su último sueño tranquilo en mucho tiempo. Despertó nueve horas más tarde, departió con sus abogados, arregló dos asuntos de negocios que había decidido ocultar a Pryor y pidió que le trajeran huevos al plato a su habitación. Desayunó, se duchó y se puso el uniforme más bien sucio que Yitzak le había enviado a media mañana.
Más tarde, a la hora acordada, fue en ascensor hasta la superficie del océano, abordó su helicóptero privado para desplazarse al aeropuerto de Kingston y encontró al general aguardándole. Yitzak le condujo a un avión de pequeño tamaño al que subieron por una escalera móvil, la puerta se cerró detrás de ellos y un momento después despegaron.
—¿Algún cambio en la situación? —preguntó Moore, sentándose en una silla giratoria atornillada al suelo.
—Todavía no sabemos dónde está Jeremías, si se refiere a eso —replicó Yitzak—. En cuanto a su ejército, puede decirse que está llamando a las puertas de la ciudad. Ocupan Gaza, los Altos del Golán y diversas posiciones en el Sinaí. Y naturalmente es casi imposible identificar a los «soldados»: ningún uniforme, ninguna similitud en el armamento, ningún idioma común. Es obvio que alguien les da órdenes, les dice cuándo moverse y adonde ir, pero no hemos podido infiltrarnos en su red de mando.
—¿Alguna escaramuza?
—No —respondió Yitzak—. Mi opinión es que Egipto y Jordania han hecho algún trato con Jeremías, incluyendo en el confinamiento de la batalla al suelo israelí.
—¿Por qué actuar según las normas de procedimiento? —preguntó Moore.
—Creo que no le entiendo.
—¿Qué le impide atacarlos ahora, antes de que lleguen a Israel?
—Ya lo he mencionado, esa gente no se diferencia en nada de los nativos de los territorios limítrofes. La única forma de aniquilarlos en este momento sería recurrir a nuestro arsenal termonuclear, y decenas de millones de personas inocentes morirían. —Hizo una pausa—. Nuestro pueblo, más que cualquier otro, es poco dado a cometer genocidios.
—¿No pueden cruzar la frontera con su ejército y atacar con armas convencionales? —insistió Moore.
—El genocidio, a cualquier escala, es inaceptable para nosotros —replicó Yitzak—. Nuestra mejor esperanza es capturar o matar a Jeremías antes de llegar a esos extremos.
—Esa situación ocurrirá tarde o temprano —dijo Moore—. No podrán matarle, y él no se expondrá a ser capturado. ¿Por qué no combatir en suelo sirio, egipcio o jordano? Macháquenlos rápidamente y el resto de partidarios de Jeremías tendrá motivos para cambiar de opinión.
—La decisión no depende de mí. Ya se ha dado la orden. De momento, no habrá derramamiento de sangre.
—Qué estupidez —comentó Moore.
—Puesto que le he concedido galones militares —dijo Yitzak, con aspecto súbitamente fatigado—, permítame manifestar mi acuerdo con usted. Si bien nosotros no hemos hecho alianzas militares, no podemos estar seguros de que ése sea el caso de Jeremías. Cuanto antes entremos en batalla, tanto mejor.
Continuaron discutiendo la situación mientras el avión avanzaba velozmente hacia el sitiado país de Yitzak. Por fin, en cuanto terminaron de conversar, Moore cenó jnishes y jreplah con vino negro como complemento, se acomodó lo mejor que pudo en su silla y durmió un rato.
Despertó posteriormente cuando el avión empezó a moverse como un caballo desbocado.
—¿Qué demonios pasa? —preguntó mientras se incorporaba bruscamente.
—Fuego antiaéreo —dijo Yitzak—. Estamos sobrevolando el Sinaí. —Echó un paracaídas a Moore—. Tenga. Póngaselo, por si acaso.
Moore observó al general, imitó los movimientos y no tardó en tener puesto el paracaídas.
Yitzak miró por una ventanilla.
—Estaremos fuera del alcance de tiro dentro de…
Se produjo una explosión atronadora, el avión se estremeció violentamente y Moore vio que una ala empezaba a arder. El aparato cayó en picado dando vueltas y dejando una estela de llamas y humo negro, y Yitzak condujo a Moore a una compuerta.
—¡Yo saltaré primero! —anunció—. ¡En cuanto vea abierto mi paracaídas, tire de la anilla del suyo!
—¿Dónde está la anilla? —preguntó Moore, asombrado de no estar dominado por el pánico.
Yitzak le enseñó la anilla, abrió la puerta y saltó. Moore le imitó un segundo más tarde. Tardó unos instantes en orientarse, pero por fin averiguó qué era «arriba» y qué era «abajo». Luego miró al frente y vio que el avión en llamas se precipitaba hacia tierra.
Unos segundos más tarde se dio cuenta de que Yitzak había abierto ya su paracaídas y tiró de la anilla del suyo. Por un instante pensó que el brusco tirón de las correas iba a partirle el cuerpo, pero no fue así y de pronto el paracaídas se abrió como una flor gigantesca y la velocidad de descenso disminuyó. A pesar de todo Moore estaba convencido de morir aplastado nada más tocar tierra.
Cuando se hallaba a quinientos metros del suelo observó de nuevo el paracaídas de Yitzak y lo avistó a casi un kilómetro al noreste. Perdió nuevamente la orientación e hizo un esfuerzo para mirar únicamente hacia el suelo hasta que la recobró. Una ráfaga de viento le alcanzó a veinte metros de altura y le arrastró hacia el general. El viento cesó con la misma rapidez que había empezado, y Moore tuvo que decidirse entre caer de pie o rodar por el suelo. Optó por lo segundo, vio la arena negra que se abalanzaba hacia él, intentó recordar cómo le habían enseñado a caer durante su breve período de interés por el judo, comprendió en el último instante que había colocado mal su cuerpo y perdió el conocimiento nada más tocar el suelo.
22
Moore se percató poco a poco de que Yitzak estaba intentando ayudarle a levantarse.
—¿Se ha roto algo? —preguntó el israelí.
—No lo sé —masculló Moore—. ¿Cómo puedo comprobarlo?
—Si puede mover brazos y piernas, no hay fractura —replicó el general con una sonrisa—. Ninguna importante, por lo menos.
Moore escupió un diente y una bocanada de sangre.
—Debo haber caído de bruces —gruñó.
—Es posible —dijo Yitzak—. Difícil, pero posible. Y como es lógico tendrá alguna contusión poco importante. Imposible perder el conocimiento después de un golpe sin contusión. Pero en general, yo diría que ha hecho usted un primer salto ejemplar en condiciones peligrosas. Hemos perdido al piloto y los tripulantes.
Moore dio un paso, se tambaleó un poco y tuvo que apoyarse en el hombro del general para no caer.
—Tengo demasiados años para estas cosas —dijo quejumbrosamente.
—Pudo ser peor —repuso Yitzak, aguantándole—. Por lo menos hemos caído en nuestro territorio.
—Sólo hay desierto —dijo Moore, esforzándose en ver con claridad—. ¿Cómo puede saberlo?
—Nadie está disparando contra nosotros —replicó Yitzak—. Además, Israel es un país pequeño. No es difícil identificar algún detalle, como aquella línea telefónica, cerca de esa arboleda.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Moore. Se frotó el mentón y escupió otro diente.
—Aguardar. Tal como ardía el avión, supongo que lo habrán visto en un radio de casi cien kilómetros. Enviarán grupos de rescate.
Moore estaba sintiéndose mareado y decidió sentarse a esperar la llegada de ayuda. La partida de socorro se presentó al cabo de veinte minutos en dos Land Rover de sesenta años de antigüedad. Yitzak dio concisamente algunas órdenes y uno de los conductores ayudó a Moore a subir a un vehículo y le llevó sin más demora a un hospital del barrio norte de Jerusalén.
Fue examinado, medicado y enviado a un dentista, que tras una sola ojeada a la dentadura de Moore meneó la cabeza de modo turbador, saturó al paciente de calmantes e inició la reparación de los daños. Moore permaneció recostado, con la boca sujeta para que pudiera cerrarla, y dedicó los veinte minutos siguientes a concentrarse para no escurrirse de la silla. Finalmente las drogas que le habían administrado en el hospital surtieron efecto y Moore examinó el lugar.
La habitación era poco espaciosa. Había tres certificados en la pared, todos en español, y ese detalle impulsó a Moore a observar al dentista. Al principio había dado por sentado que era semita, pero en vista de los certificados también podía ser hispano. En ese momento vio el crucifijo dorado que colgaba del cuello del dentista.
—¿Qué demonios hace usted en una clínica dental israelí? —logró mascullar.
—Arreglarle la dentadura —replicó el dentista con una sonrisa.
—¡Pero si usted es católico!
—¿Y los católicos no pueden arreglar dentaduras? —preguntó el dentista.
—Pero ¿por qué aquí? Estamos en zona bélica.
—Se quién es usted, señor Moore —fue la réplica—. Y no es más judío que yo. ¿Qué hace usted aquí?
—Combatir contra Jeremías.
—Igual que yo. Hay que destruir al falso Mesías, y si estando aquí consigo que otro israelí luche contra él, me doy por satisfecho.
—¿Qué le hace pensar que ese mesías es falso?
—¡Tiene que serlo!
—No apueste por ello todo su dinero.
—¡Pero debemos desacreditarlo por completo!
—Me conformo simplemente con frenar a Jeremías —dijo Moore.
—Eso no basta —contestó el dentista—. No debe quedar sombra de duda de que él es un fraude.
—¿Qué importancia tiene eso, si conseguimos derrotarle? —preguntó Moore.
—Soy católico practicante, y sin embargo reconozco sin reserva que mi Iglesia ha hecho muchas cosas malas, señor Moore. El mismo papado ha sido vendido en numerosas ocasiones, y más de un papá ha ensuciado Europa con sus hijos bastardos y los cadáveres de sus enemigos. Matamos millones de musulmanes durante las Cruzadas, torturamos a miles de intelectuales durante la Inquisición, aplastamos los cráneos de los niños incas y aztecas inmediatamente después de bautizarlos para asegurar que sus almas iban directamente al Cielo y emprendimos demasiadas guerras santas. Y sin embargo, precisamente por estas maldades, defenderé a Jesús como Cristo verdadero mientras me quede un soplo de vida.
—Creo que no veo la lógica de todo eso —comentó Moore.
—¡Dios mío, señor Moore! —musitó el dentista—. ¡Considere cuántos millones de personas habrían muerto sin motivo si Jesús no es el Cristo! ¡Hay que matar a Jeremías aunque no sea por más razón que ésa!
—Bien, es un punto de vista de novela —observó Moore.
El dentista se agachó y siguió arreglándole la dentadura, y Moore no pudo hacer más comentarios.
El arreglo duró dos horas, con instrucciones para volver una semana más tarde a fin de continuar, y cuando Moore se fue por fin, Yitzak estaba aguardándole en la oficina exterior.
—Por lo que sé sólo tiene algunas magulladuras y varios dientes rotos —dijo vigorosamente el israelí—. Mañana por la mañana se encontrará estupendamente.
Moore emitió un gruñido.
—No es momento de alegrías.
—Espero que deseará ver su vivienda. No es tan elegante como La Nueva Atlántida pero confío en que la encuentre satisfactoria.
—No se preocupe por eso —replicó Moore—. La Nueva Atlántida no responde exactamente a mi gusto.
Fueron a pie hasta un edificio antiguo aunque bien conservado, donde Moore subió dos tramos de escalera detrás de Yitzak. El general abrió una puerta y entregó la llave a Moore.
—Hay un teléfono militar junto a la cama —dijo—. Úselo sin reserva cuando crea necesitarlo. La nevera está bien surtida, y podemos facilitarle compañera de habitación, si lo desea.
—Eso no será preciso —dijo Moore—. ¿Qué obligaciones tengo, y a quién debo informar?
—Sus obligaciones consisten simplemente en evaluar la situación y me informará personalmente. Cualquier sugerencia que me parezca útil la transmitiré al primer ministro, Weitzel. Puede recorrer la ciudad con total libertad, y en la mesita de noche encontrará un pase que le permitirá entrar en cualquier parte con excepción de algunas instalaciones militares. —Hizo una pausa—. Intente descansar un poco ahora. Volveré mañana para mostrarle algunas cosas.
Moore le dio las gracias, cerró con llave la puerta e inspeccionó el piso. Aparte de la falta de libros, era muy similar a su vivienda en Chicago: pequeño, confortable y sin pretensiones. Buscó el pase, se lo enganchó a la solapa y fue al cuarto de aseo, donde se desnudó para gozar de una prolongada ducha de agua caliente.
Al salir se dirigió a la cocina y examinó el refrigerador, y descubrió que alguien no había escatimado esfuerzos para averiguar sus gustos en cuanto a comida. Se preparó una cena fría compuesta por pastel de queso parmesano, pero tenía la boca tan magullada que no pudo masticar bien, por lo que se conformó con beber una botella de agua helada. Después, repentinamente cansado, tomó dos pastillas de las que le habían dado en el hospital y se dejó caer en la cama mientras el medicamento surtía su efecto.
23
Jeremías se incorporó de pronto en la cama.
—¡Está allí! —anunció.
Moira se removió, aturdida, y abrió un ojo.
—¿Quién está dónde?
—¡Moore! —dijo Jeremías, muy excitado—. ¡Está en Jerusalén!
—¿Por qué piensas eso?
—No estoy pensándolo. ¡Lo sé!
—Qué tontería. Acabarás matándole de todas formas…
—¡Pobre necrófila! —dijo Jeremías, riéndose de buena gana—. Ni siquiera empiezas a entender lo que está pasando, ¿verdad? Moore es la última persona del mundo que me interesaría matar en estos momentos. Nuestros destinos han quedado unidos estrechamente.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Moira, frotándose los ojos.
—¿Crees que tú y tu jodido libro sois importantes? —dijo él en tono irónico—. Bien, voy a explicarte una cosa: me es indiferente que vendas otro ejemplar o que escribas otra palabra. Ahora todo está claro. Moore es mi aliado más importante, no tú.
—Asegúrate de explicarle eso antes de que te levante la tapa de los sesos —dijo Moira, disgustada.
—Oh, lo haré —repuso riendo Jeremías—. ¡Lo haré!
24
Moore despertó sintiéndose entumecido, aunque mucho menos dolorido. Estaba preparándose unos huevos pasados por agua cuando llegó Yitzak.
—¿Cómo está hoy el guerrillero herido? —preguntó el israelí.
—Bastante maltratado —replicó Moore—. Tengo demasiados años para ser paracaidista. —Se sirvió una taza de té—. ¿Qué hay en el orden del día para esta mañana?
—Un recorrido de la ciudad. No podrá detectar nuestros puntos débiles sin haber examinado nuestras defensas.
—Está perdiendo el tiempo —dijo Moore—. Yo ni siquiera sabría qué tengo que mirar. Si usted me asegura que la ciudad está protegida, acepto su palabra. Si usted me asegura que hay puntos débiles, tendrá que señalármelos si he de conocer su existencia. Creo que es una pérdida de tiempo.
—Soy consciente de ello —dijo Yitzak—. Pero tengo mucho tiempo libre. Como sin duda debe haber imaginado, mi única responsabilidad es servirle de guía mientras escucho y evalúo sus observaciones.
—Estamos actuando equivocadamente —dijo Moore—. Encontrar puntos débiles no es el método de Jeremías. Es más probable que él se eche encima de cincuenta soldados armados con fusiles: veinte no le alcanzarán y los otros treinta rifles explotarán.
—Eso me dice usted constantemente —repuso pacientemente Yitzak—. A pesar de todo, le agradecería que hiciéramos esto a mi manera.
—Usted es el jefe —dijo Moore. Acabó huevos y té y salió a la calle acompañado de Yitzak.
Subieron a un Land Rover e iniciaron el recorrido de la ciudad por las calles de Jaffa y Gaza. Jerusalén, más que casi todas las urbes, era una combinación de lo antiguo y lo nuevo. Edificios comerciales de cincuenta pisos, construidos con acero y vidrio, descollaban sobre la Puerta de Mandelbaum, puestos de bocadillos se alineaban a lo largo de la Calle de Jericó y un campo de rugby se extendía junto la Puerta del León. Sólo el Muro de las Lamentaciones no estaba rodeado por edificaciones modernas; se alzaba solitario, inalterado por siglos recientes, protegido por una veintena de soldados de primera.
—Hemos creado un rectángulo cuyos vértices son las cuatro puertas: el León, Jaffa, Sión y Mandelbaum —explicó Yitzak, señalando las diversas fortificaciones conforme iban pasando junto a ellas—. Por lo que a fines prácticos respecta, la ciudad de Jerusalén se halla dentro de esa zona. Naturalmente ello no significa que el ejército de Jeremías pueda cruzar la frontera israelí sin lucha, pero Jerusalén es su objetivo principal y, para nosotros, la última línea defensiva. Desconocemos qué parte de la ciudad atacará primero, pero este rectángulo comprende la totalidad del Barrio Antiguo incluidos los templos musulmanes y cristianos, más el Knesset, el palacio del primer ministro y el resto de edificios gubernamentales. Si esto está seguro, Jerusalén está segura.
—¿De dónde espera que parta el ataque? —preguntó Moore, con la mirada fija en el horizonte.
—No del punto que contempla usted —replicó Yitzak con una sonrisa—. Seguramente avanzarán desde Abu Tur por el sur, Tel Arza por el norte y los Altos de Golán por el noreste. Usted está mirando hacia el oeste, la única dirección que no nos preocupa ya que tenemos cerca de un millón de soldados estacionados allí, a medio camino entre Jerusalén y Tel Aviv.
Siguieron recorriendo el Barrio Antiguo, que un ejército de casi ochocientos mil israelíes estaba dispuesto a defender hasta que no quedara nadie, mujeres y niños incluidos. Había municiones suficientes para una batalla campal de cuatro meses, y las fuerzas aéreas, pertrechadas para el combate, estaban listas para despegar en cualquier momento. Radares y sonares cubrían la zona, armas de tipo láser estaban preparadas para el posible conflicto y los tanques vigilaban los alrededores a intervalos regulares.
—Ni un mosquito podría pasar por aquí —dijo Moore nada más llegar al cuartel general de Yitzak, el centro nervioso de la red de comunicaciones.
—¿Está completamente seguro? —preguntó el general. Había llevado a Moore a una oficina y en ese momento le ofreció una cerveza, que fue rechazada.
—Imposible imaginar que un ejército efectúe un ataque con éxito… por lo menos en tierra. ¿Qué tal son las defensas aéreas?
—Excelentes —replicó Yitzak—. Además, de acuerdo con nuestra información, Jeremías apenas dispone de media docena de aviones.
—¿Quintacolumnistas? —preguntó Moore.
—Me inclino por dudarlo —dijo Yitzak—. No estamos hablando del Mesías de la Cristiandad. Tanto si los nuestros creen en él como si no, todos sabemos que Jeremías no viene precisamente en calidad de Príncipe de la Paz.
—¿Creen en él? —inquirió Moore.
—¿Quién sabe? —replicó el general, encogiéndose de hombros—. No tiene importancia. Es la única patria que tenemos, y no pensamos entregarla sin lucha.
—Por lo que a batallas se refiere, no soy experto… pero no creo que deban preocuparse demasiado por el ejército de Jeremías. Jerusalén parece insuperablemente fortificada.
—Magnífico. Mañana la recorreremos a pie, y comprobaremos si usted sigue pensando igual. —Yitzak hizo una pausa con aire pensativo—. Seguramente nos alejaremos del límite urbano. Usted podrá ponerse en las botas de Jeremías, por así decirlo, e intentará prever cómo dirigirá el ataque.
—Insisto: Jeremías no dirigirá ningún ataque. No es su estilo.
—Si su ejército espera conquistar Jerusalén sin valerse de los talentos especiales de ese hombre, Jeremías tendrá que esperar a que sus fuerzas sean más numerosas y estén mejor entrenadas —dijo Yitzak. Miró a Moore—. Me es difícil creer que Jeremías, después de haber llegado tan lejos, quiera aguardar aunque sólo sean unos días.
—¿No podría ser una maniobra fingida? —preguntó Moore.
—¿A qué se refiere?
—¿Qué razón puede impedirle atacar antes el resto del territorio israelí? Lo único que debe hacer Jeremías es mantenerse alejado de Jerusalén y Tel Aviv y suponer que ustedes no las dejarán desamparadas.
Yitzak meneó la cabeza.
—Todavía no ha comprendido la pequeñez de Israel. Podríamos atravesarla en hora y media con ese Land Rover abollado que usamos esta mañana. Créame, Jeremías no puede atacar punto alguno sin que nos desquitemos inmediatamente, y ello sin disminuir notablemente la seguridad de Jerusalén.
—En ese caso, mis ideas se han agotado —dijo Moore—. No sé qué demonios hará Jeremías. —Se alzó de hombros—. Supongo que nosotros aguardaremos tranquilamente.
—De momento —convino Yitzak.
Y aguardaron. Durante dos semanas no hubo cambios en la disposición de las fuerzas de Jeremías. Yitzak y Moore recorrieron a diario el contorno urbano en busca de puntos débiles o cualquier cosa que permitiera al segundo hacerse una idea sobre cuándo y dónde se produciría el ataque.
No averiguaron nada.
A últimas horas de la noche de su decimosexto día en Jerusalén, Moore decidió telefonear a Chicago y preguntar a Pryor cómo iban los negocios. No tardó en descubrir que el teléfono de su habitación sólo estaba conectado con el cuartel general de Yitzak, por lo que se desplazó al despacho de éste para llamar desde allí. Saludó a los diversos miembros del personal nocturno, formado mayoritariamente por oficiales de bajo rango y ordenanzas, entró en el despacho y cerró la puerta.
Hizo la llamada, fue informado de que Pryor se hallaba en Boston por asuntos de negocios y colgó. Puesto que no tenía ánimos para regresar al calor agobiante de la noche israelí, fue al refrigerador y se sirvió un vaso del jugo de naranja que el general conservaba allí para él. Se lo llevó al escritorio de Yitzak, tomó asiento en un sillón giratorio, estiro las piernas, tomó un largo trago de jugo y cerró los ojos.
—Esa bebida debe estar buenísima —sonó una voz familiar detrás de él—. ¿Te importa que te acompañe?
Moore hizo girar el sillón y se puso en pie de un brinco.
—Hola, Salomón —dijo Jeremías—. Cuánto tiempo sin vernos.
25
—¿Cómo te has colado aquí? —preguntó Moore.
—Tranquilízate, Salomón —dijo riendo Jeremías—. Te expones a un ataque cardiaco. Bien, ¿qué me dices de ese trago?
Mientras Jeremías se acercaba al refrigerador, Moore corrió hacia la puerta y descubrió que estaba cerrada con llave.
—No hay nada que ver en la otra oficina, aparte de un puñado de soldados dormidos —dijo Jeremías. Sacó una lata de cerveza—. Espero que no te importe —dijo mientras arrancaba la tapa—, pero dejé de beber zumo de frutas en cuanto cumplí cuatro años. —Engulló una buena cantidad, se enjugó los labios con la manga de la camisa y bebió el resto—. Buena marca. ¿Te importa que coja otra?
Moore volvió a sentarse ante el escritorio y miró fijamente a su rival mientras éste abría la segunda lata.
—Gracias, Salomón. Aquí hace un calor infernal. Ya no estoy acostumbrado al clima. —Contuvo la risa—. Había olvidado lo incómodo que puede ser el Oriente Medio en esta época del año.
—Todavía no has respondido mi pregunta —dijo Moore—. ¿Cómo has podido llegar?
—Llegué, eso es todo.
—¡No me vengas con tonterías! —exclamó Moore—. ¡Hay un millón de hombres y mujeres armados ahí afuera!
—Llegué a pesar de eso —dijo Jeremías, esbozando una amplia sonrisa.
—No he oído un solo disparo.
—No hubo ninguno. Fui directamente de mi campamento a esta oficina. Nadie me vio, nadie me oyó, nadie intentó detenerme. Fue muy sorprendente, Salomón. Pasé al lado de la gente y todos se comportaron como si yo no estuviera allí. Luego, al llegar aquí, dije a todos los que estaban en la otra oficina que se fueran a dormir, y obedecieron. —Sonrió de nuevo—. ¡Me encanta ser el Mesías!
Moore abrió un cajón del escritorio, encontró un abrecartas y lo sacó.
—En ese caso, supongo que deberé matarte yo mismo —dijo tétricamente.
—No, no harás eso, Salomón —replicó Jeremías, sin mover un dedo para defenderse—. Pero tu tarea ha concluido. Yo puedo matarte por fin… y si me fastidias, lo haré.
—¿Qué estás diciendo?
—Hasta ahora, era tan imposible acabar contigo como conmigo, Salomón —dijo Jeremías. Levantó una silla e hizo frente a Moore—. Pero has estado tan preocupado intentando matarme que no te has dado cuenta. —Hizo una pausa. Era obvio que estaba divirtiéndose mucho—. ¿Recuerdas aquel día en Chicago, cuando el avión se estrelló contra el hangar? Yo salí con vida, pero también tú sobreviviste. Tampoco Lisa Walpole logró matarte. Y durante estos cuatro años, mientras te esforzabas en liquidarme, también yo puse precio a tu cabeza. Ni siquiera derribar tu avión sirvió.
—¿Adónde quieres ir a parar? —preguntó Moore. Había dejado el abrecartas y estaba mirando fijamente a Jeremías.
—Pensaba que tú eras el hombre inteligente —dijo Jeremías—. Y sin embargo sigues sin comprenderlo, ¿no es cierto?
—Continúa hablando.
—Echa una ojeada al pasado, Salomón. Has pasado cuatro años advirtiendo mi presencia a millones de personas. En realidad, has sido el mejor heraldo que podía desear. Y ahora hasta has contribuido a lograr que Jerusalén sea inconquistable. Has hecho bien tu trabajo, Salomón.
—¿Mi trabajo?
—Sí, Salomón —dijo Jeremías—. Mira, eres el Precursor, Eres Elías, llegado para preparar el camino al Mesías.
—¡Estás loco! —exclamó Moore.
—No, Salomón. Tengo razón, y por la expresión de tu cara deduzco que empiezas a comprenderlo. —Hizo una pausa—. ¿Cómo debía llegar Elías a Jerusalén?
—Explícamelo tú.
—Debía cruzar el cielo con un carro de fuego —replicó Jeremías—. Ahora no tenemos carros, pero yo diría que tú elegiste lo más parecido. «He aquí que yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día grande y terrible de Yahveh.» Eso es Malaquias, capitulo 4, versículo 5, Salomón.
—¡Sandeces!
—Tengo un millón de citas —dijo Jeremías, sonriente—. ¿Quieres que empiece a recitarlas?
Moore meneo la cabeza, sumido en sus pensamientos.
—Yo habría atacado mucho antes —continuo Jeremías—, pero cuando averigüe todo esto pensé que era mejor aguardar a ver cuanto camino me preparabas. Y me alegro de haber actuado así. Sabia que me nanas famoso aquí, pero jamás soñé que además me obsequiarías con una Jerusalén inconquistable. Como ya he dicho, Precursor, has hecho bien tu trabajo… pero tu trabajo ha terminado ya. Vivirás o morirás a mi capricho. Ya no eres necesario, así de sencillo.
Moore guardó silencio unos instantes mientras Jeremías abría una tercera lata de cerveza. Finalmente alzo los ojos y esbozo una sonrisa pesarosa.
—En otras palabras, si no te hubiera hecho caso…
—No podías hacer eso, Salomón. El Mesías debe tener su Precursor. Estaba escrito en el Libro del Destino eones antes de que tu y yo desempeñáramos estos papeles en lo presente.
—Que elocuencia —dijo Moore en tono irónico.
—Oh, se que yo era un degradado bastante estúpido cuando todo esto empezó —admitió Jeremías—. Pero el Mesías debe gobernar con la sabiduría de David y Salomón. Actualmente veo las cosas con mas claridad.
—¿Y ahora que? —dijo Moore—. ¿Crearas un estado utópico en el que no existirá la pobreza?
—Oh, no, Precursor —dijo Jeremías con una sonrisa desagradable—. Primero arraso completamente la civilización. Elimino la maldad y degolló a mis enemigos… figuradamente, por supuesto. Después de todo, tengo un ejercito para hacer esa clase de cosas. Después, y solo después, emprendo la tarea de reconstruir el mundo tal como yo quiero.
—¿Y que clase de mundo será? —preguntó Moore.
—La verdad es que no lo se —respondió Jeremías—. Pero estoy seguro de que ideare algo a su debido tiempo. Es algo que me pasa muchas veces, ya sabes.
Moore asintió.
—Lo se. —Hizo una pausa—. Y tu ejército… ¿entrará en Jerusalén de la misma forma que has entrado tu?
—No tengo la menor idea —dijo Jeremías—. Pero sospecho que ya no me hará falta. En realidad, me has obsequiado con un ejercito ya adiestrado.
—¿Y que te hace pensar que ese ejercito aceptara tus ordenes?
—Es inevitable históricamente. Si no acepta ordenes mías, no podré establecer mi remo, ¿verdad? A no ser que haya una carnicería militar, es decir… y no creo que a Dios le interese eso Cuando todo este dicho y hecho, yo seré el Mesías del Viejo Testamento, y el ejercito ísraeh representa una buena porción del pueblo elegido de Dios.
—La matanza en masa de Su pueblo elegido jamás pareció desanimar a Dios en lo pasado —observo secamente Moore—. Cuarenta días y cuarenta noches de diluvio no fue precisamente la forma de actuar de una deidad compasiva.
—Cierto —respondió Jeremías. Hizo un gesto de indiferencia—. Bien, no se que haré, pero estoy seguro de que encontrare la solución cuando llegue el momento oportuno. En estos momentos temo tener un problema mas inmediato, Salomón.
—¿Si?
—¿Que voy a hacer con un Precursor que vive cuando ya no es útil?
—¿Que has pensado? —pregunto Moore en tono cauteloso.
—No estoy seguro —admitió Jeremías—. Por una parte, te agradezco sinceramente que hayas cumplido tus objetivos con tanta eficacia. Pero por otra parte, llevas cuatro años intentando matarme. Me doy cuenta de que estabas predestinado a hacerlo, y de que naturalmente es imposible matarme… pero me causaste muchísimo dolor, Salomón. Tengo que tomar en consideración ese detalle, es obvio. —Hizo una pausa—. ¿Alguna sugerencia?
—Tu tienes todas las cartas.
—Cierto —convino Jeremías—. Bien, ya pensare algo. Mientras tanto, supongo que te dejare libre algún tiempo. Bien mirado, eres mi Precursor. Te debo algo a cambio, aunque solo sean unos días de existencia. Pero procura no salir de la ciudad.
—Gracias —dijo irónicamente Moore—. Y bien, ¿a quien mataras primero? ¿Que ciudad arderá en llamas mañana, Jerusalén o alguna habitada por infieles?
—Creo que improvisare, Salomón. Pero se una cosa: la tierra se teñirá de sangre antes de que yo acabe mi tarea. así esta escrito, así debe ser. —Apuro la lata de cerveza—. Y ahora, ¿por que no me explicas como funciona la red de comunicaciones?
Abrió la puerta y los dos salieron a la oficina principal, donde una veintena de soldados dormía como sumida en un trance.
—¡Ah! —exclamó Jeremías, con el semblante iluminado por la curiosidad. Se aproximo a una hilera de transmisores—. Mira qué aparatos tan maravillosos. Nunca he comprendido los ordenadores y las maquinas eléctricas, Salomón, pero siempre me han impresionado enormemente.
—¿Que te propones hacer? —pregunto Moore.
—Dirigir la palabra a los míos.
—Están a cincuenta kilómetros de distancia.
—Sigues sin entenderlo —dijo Jeremías—. Toda la gente es mi gente. —Examino la oficina—. ¿Hay algún aparato para hablar públicamente?
—¿Quién quieres que te oiga?
—La ciudad entera.
—Supongo que tendrás que conectar las sirenas de ataque aéreo a un micrófono.
—¿Y donde esta el tablero de mandos de las sirenas?
Moore le indico el lugar.
Jeremías encontró el grueso cable que enlazaba con las sirenas, lo arranco del tablero y unió las puntas descubiertas a un micrófono portátil que separo de un transmisor.
—Vas a electrocutarte —dijo Moore.
Jeremías contesto con una carcajada.
—En cualquier caso, no podrás convertir eso en un sistema de altavoces.
—Los actos del Señor son inescrutables —dijo Jeremías—. Conecta la corriente.
Moore acciono el interruptor apropiado.
—¡PUEBLO MÍO! —dijo Jeremías, y Moore noto que el edificio vibraba. El ensordecedor sonido se infiltro en el sosegado ambiente nocturno de la ciudad—. ¡SOY JEREMÍAS!¡VENGO A RECLAMAR LO QUE ES MÍO! ¡PREPARAOS! ¡LA TIERRA SE ENCENDERÁ, Y LOS RÍOS SE TEÑIRÁN DE ROJO, Y NI UNA BRIZNA DE HIERBA QUEDARÁ EN PIE! ¡EL DÍA DEL SEÑOR HA LLEGADO!
26
La mañana siguiente (4 de octubre de 2051) Jeremías estableció su residencia temporal en la terraza de un elegante hotel situado en las afueras del Barrio Antiguo. Promulgó la amnistía general para todos los ciudadanos y soldados israelíes que se habían opuesto a él.
Moore, que había pasado el resto de la noche intentando asimilar lo que había averiguado, hizo dos llamadas telefónicas al rabino Milton Greene, compró un ejemplar del Talmud y se esfumó.
El 5 de octubre Jeremías impartió la orden de matar a Moore si intentaba salir de la ciudad.
Moore continuó escondido.
El 6 de octubre Jeremías hizo una visita al primer ministro, Weitzel, y estuvo con él en una reunión a puerta cerrada del gobierno y en una sesión de urgencia del Knesset.
Moore siguió oculto, y a la espera.
El 7 de octubre Jeremías convocó una conferencia de prensa y anunció la supresión del Knesset.
Moore continuó escondido, y a la espera.
El 8 de octubre Jeremías hizo venir a doscientos oficiales de su ejército que se hallaban en los llanos y montañas próximos a la ciudad y los puso al mando de las fuerzas armadas israelíes. El resto de sus partidarios recibió órdenes de volver a sus países de origen y aguardar nuevas instrucciones de su Mesías.
Moore siguió oculto, y a la espera.
El 9 de octubre apareció Moira Rallings. Pálida como siempre, permaneció al lado de Jeremías mientras éste emprendía la tarea de consolidar las diversas administraciones del gobierno a fin de que respondieran a sus necesidades con la máxima rapidez.
Moore continuó escondido, y a la espera.
El 10 de octubre Jeremías convocó otra conferencia de prensa y anunció que pretendía hacer de Moira su Reina. Ella mostró tanta sorpresa como los periodistas, pero no puso reparos.
Moore siguió oculto, y a la espera.
El 11 de octubre Jeremías ejecutó a siete mil israelíes de ambos sexos que todavía se oponían a él y presentó un ultimátum a Siria, Jordania, Líbano y Egipto: o aceptaban su divinidad y su autoridad, o sufrirían las consecuencias.
Moore continuó escondido, y a la espera.
El 12 de octubre Jeremías presentó el mismo ultimátum al resto de naciones del Oriente Medio, y sugirió que los disidentes obrarían bien leyendo a los profetas del Viejo Testamento.
Moore siguió oculto, y a la espera.
El 13 de octubre (que rehuyó la pulcritud histórica al ser miércoles y no martes) Jeremías presidió su propia coronación en la ceremonia que otorgó sanción oficial al hecho ya reconocido de que Israel había cruzado la línea que separa la democracia de la monarquía.
Y Moore continuó a la espera mientras todo ello ocurría.
27
La elegante residencia de Jeremías en la terraza del hotel, situado en el borde oriental del Barrio Antiguo, tenía vista a la amplia extensión del Boulevard de Dayan. Moore fue en taxi hasta la entrada del edificio, entró en el embaldosado vestíbulo y estaba acercándose a un ascensor cuando dos soldados le impidieron el paso.
—¿Adónde va usted? —preguntó uno de ellos.
—Vengo a ver a Jeremías.
—Lo siento, señor —dijo el soldado—, pero Jeremías no recibe visitas.
—Yo soy una excepción —dijo Moore.
—Nadie puede subir sin un pase preferencial.
—¿Por qué no telefonea a Jeremías y le dice que Salomón Moody Moore está en el vestíbulo?
—Moore —repitió el soldado, con el ceño fruncido—. Conozco ese apellido. Había cierta orden relativa a usted.
—¿El teléfono? —repitió Moore.
El soldado le miró fijamente un momento, ordenó a su compañero que no perdiera de vista al visitante y se acercó a un teléfono interior. Volvió antes de un minuto.
—Lamento las molestias, señor Moore. Jeremías quiere verle inmediatamente. Suba en el último ascensor de la izquierda, va directamente a la terraza.
Moore le dio las gracias, entró en el ascensor y salió segundos más tarde en el piso superior del edificio, al borde de una sala de estar espaciosa y elegante. Jeremías no estaba allí, pero Moira Rallings ocupaba un mullido sofá de terciopelo y estaba leyendo una revista.
—Hola, Moira —dijo Moore—. Cuánto tiempo sin vernos.
—Hola, Salomón —replicó ella—. ¿Aún no has leído mi libro?
—¿No lo ha leído todo el mundo? —respondió él con una sonrisa.
—Deseo pedirte excusas por algunas referencias poco aduladoras a tu persona —dijo Moira—. Desconocía totalmente quién eras cuando escribí el libro. Todo aparecerá corregido en la edición revisada.
—Acepto tus excusas —dijo Moore en el mismo momento que Jeremías, ataviado con una túnica de seda blanca, entró en la sala.
—Siéntate, Salomón —dijo amablemente—. Me preguntaba qué habría sido de ti. —Abrió una botella de vino y llenó tres vasos—. ¿Te apetece un trago?
Moore meneó la cabeza.
—¿Por qué demonios iba a querer beber en tu compañía?
—Para celebrarlo —respondió Jeremías—. Después de todo, el triunfo habría sido imposible sin ti y mi pequeña y ardorosa biógrafa.
—Y ahora que has triunfado, ¿has decidido ya qué piensas hacer conmigo”] —preguntó Moore.
—He meditado muchísimo este asunto, Salomón —replicó Jeremías—. Pareces ser algo distinto al resto del rebaño. Actualmente todos me aman, pero tengo la clara impresión de que tú todavía alimentas sentimientos hostiles.
—Tal vez no sepan cuántas personas tienes intención de matar —dijo Moore.
—Debe hacerse, Salomón —dijo tranquilamente Jeremías—. Millones y millones deben morir. Pero eso no viene al caso, porque hablábamos de qué me propongo hacer contigo. Debo confesar que estás convirtiéndote en un estorbo para mí. Me refiero a que, después de tantos años de futilidad, todavía abrigas la esperanza de matarme. No te molestes en negarlo: el bulto de tu chaqueta es inconfundible.
—¿Hablas de esto? —preguntó Moore, sacando un revólver de apariencia perversa.
—¿De qué te servirá eso, Salomón? —dijo riendo Jeremías—. No puedo morir. Diablos, ni siquiera he ordenado a los soldados que registren a los visitantes por si llevan armas ocultas.
—Lo se. Me aseguré de ese detalle antes de venir.
—Si disparas contra mi —continuo Jeremías, desentendiéndose por completo del revolver—, estaré al borde de la muerte un par de días, y cuando llegue el fin de semana me encontraré estupendamente. Y mi castigo por eso será mucho más desagradable que las torturas que me hiciste en Cincinnati.
Moore sacudió la cabeza y suspiró.
—Cuando Moira hable de tus últimos días en la tierra tendrá que indicar la tragedia básica de tu naturaleza: tu inteligencia, pese a mejoras francamente rápidas, jamás ha estado a la altura de tus otras cualidades. —Sacó un silenciador del bolsillo y lo colocó en la boca del arma.
—¡Estás loco! —exclamó Jeremías—. ¡Nada puede matarme! ¡Y tú lo sabes!
—He pasado mucho tiempo pensando en eso —dijo Moore—. Por eso he estado esquivándote hasta hoy, porque no quería que me obligaras a actuar antes de estar preparado.
—¿De qué diablos estás hablando? —preguntó Jeremías.
—¿Por qué es imposible matarte? —preguntó Moore, amartillando el arma.
—Porque nada, ni tú, ni nadie, nada puede impedir que establezca mi reino en Jerusalén.
—Muy bien, Jeremías —dijo Moore. Le apuntó con la pistola—. ¿Y qué acontecimiento especial ha tenido lugar hoy?
Jeremías le miró fijamente, con los ojos muy abiertos, un largo momento. Después un mohín de comprensión y terror apareció poco a poco en su semblante.
—Sí, Jeremías —dijo en voz baja Moore—. Y por eso no he venido a verte antes. Pero desde esta tarde eres rey de Jerusalén, de Israel entera, en realidad. Has hecho lo que estabas destinado a hacer, has cumplido tu objetivo y satisfecho las profecías… y ahora eres caza vedada.
—¡No! —chilló Jeremías—. ¡Ése no puede ser el final! Primero la espada, luego el fuego, después…
—Interesante teoría —dijo Moore—. Comprobémosla.
Disparó.
Jeremías retrocedió tambaleante hacia una pared, aferró la mancha roja cada vez más extensa que tenía en el pecho y se desplomó. Gimió, se retorció y finalmente quedó inmóvil.
Moore se acercó al caído, le cogió la mano y buscó el pulso. No había latidos. Metió otras cuatro balas en la sien de Jeremías y después miró a Moira.
—Te hice una promesa hace mucho tiempo —dijo en voz baja—. ¿La recuerdas?
Moira asintió, con los ojos iluminados por la excitación.
—Voy a cumplirla ahora mismo —dijo Moore—. Es todo tuyo.
Moira cruzó lentamente la sala, sin indicios de pena o remordimiento en su semblante, y se arrodilló junto al cuerpo de Jeremías. Alzó la ensangrentada cabeza hasta su regazo y la acarició apasionadamente mientras murmuraba palabras que Moore no logró entender.
Moore la observó unos instantes, hizo una mueca y buscó un teléfono. Lo encontró y llamó a Chicago.
—Aquí Pryor —sonó una voz familiar pocos instantes después.
—Hola, Ben.
—¡Salomón! —exclamó Pryor—. ¿Cómo van las cosas por ahí?
—Todo está bajo control. He matado a Jeremías hace menos de cinco minutos.
—¿Cómo?
—Te lo explicaré cuando vuelva.
—Eh… Salomón.
—¿Sí?
—Tal vez sería mejor que me lo explicaras por teléfono.
—¿Problemas?
—No exactamente… no para mí. Pero he tenido que esperar mucho tiempo para ocupar este sillón, y creo que no me interesa abandonarlo.
—Comprendo —dijo Moore en voz baja.
—Tú siempre fomentas la ambición, Salomón.
—Lo sé, Ben.
—No es nada personal —continuó Pryor—. Pero en cuanto cuelgue el teléfono, pondré precio a tu cabeza. Así es el negocio, Salomón.
—Sin resentimientos, Ben —replicó Moore—. Pero acabas de firmar tu sentencia de muerte.
—Ya veremos, Salomón —dijo Pryor—. Pero por tu propio bien, mantente alejado. He descubierto a tus espías y me he ocupado de ellos, y acabo de formar sociedad con Piper Black. También él pondrá precio a tu cabeza.
—Muy justo, Ben —dijo Moore—. Pero tienes algo que me pertenece y pienso recobrarlo.
—Inténtalo, adelante.
—¿Sin clemencia pedida o concedida?
—No —convino Pryor, con una voz que reflejaba menos seguridad.
—Nos veremos pronto, Ben —prometió Moore.
Colgó el aparato y se acercó a una ventana. Cientos de soldados y civiles circulaban cumpliendo sus obligaciones, desconocedores de lo que había ocurrido cien metros por encima de sus cabezas.
—¿Moira?
—Sí, Salomón —dijo ella mientras se limpiaba la cara, manchada con la sangre de Jeremías.
—He cumplido mi promesa. Ahora quiero que me hagas un favor.
—¿Qué favor, Salomón?
—Concédeme una ventaja de seis horas antes de comunicar lo sucedido aquí. ¿Lo harás?
Moira observó un momento el cadáver de Jeremías y luego miró a Moore.
—Seis horas —dijo, moviendo afirmativamente la cabeza.
Moore miró por última vez a la pareja, la amante de cadáveres y el cadáver, y acto seguido, tras meterse la pistola en la parte trasera del cinturón, entró en el ascensor.
28
Moore robó un Land Rover aparcado cerca del edificio y se dirigió hacia el suroeste. Entró en Egipto y continuó otras cuatro horas antes de que se agotara la gasolina. Después se apeó, echó el vehículo por un precipicio y echó a andar.
A mediodía el calor se hizo agobiante y Moore, ligeramente deshidratado, subió por la falda de una montaña cercana en busca de las sombras que iban desplazándose poco a poco. Al caer la noche decidió hacer un alto allí antes que correr el riesgo de toparse con sus perseguidores a pie en el desierto. La temperatura descendió bruscamente, y Moore recogió zarzas e hizo una pequeña hoguera. Después se acuclilló junto al fuego para calentarse.
Finalmente se echó en el suelo, usó el brazo derecho como almohada y se dispuso a dormir.
Algún tiempo más tarde despertó sobresaltado. La luna estaba en lo alto, las estrellas brillaban mucho y ni siquiera soplaba una brisa. Pero algo le había despertado, y Moore se puso en pie, dispuesto a toparse con algún intruso.
En ese momento vio que una de las zarzas que había quemado horas antes seguía ardiendo, y se acercó al fuego. Las llamas despedían un frío fulgor y parecían vibrar de energía.
Y de pronto, en el interior de su cabeza, Moore oyó una voz estentórea.
¿POR QUÉ MATASTE A MI MESÍAS?
—¿Quién eres? —preguntó Moore.
SOY EL QUE SOY.
—Debo estar soñando —murmuró Moore. Contempló las sombras más allá del fuego en busca de señales de vida.
SALOMÓN MOORE, ¿POR QUÉ DERRAMASTE LA SANGRE DEL QUE YO ENVIÉ?
El brillo de la zarza aumentaba con cada palabra.
—¿Dónde estás?
ESTOY AQUÍ, DONDE SIEMPRE HE ESTADO, PORQUE ESTE LUGAR FUE EL MONTE HOREB ANTES DE SER EL MONTE SINAÍ, Y AQUÍ FUE DONDE HABLÉ CON MOISÉS.
—¿Por qué no enviaste alguien como Moisés? —dijo amargamente Moore—. ¿Por qué un loco sanguinario como Jeremías?
NO TE DEBO NINGUNA EXPLICACIÓN. BASTABA CON QUE ÉL FUERA EL ELEGIDO, Y TU LE MATASTE.
—¡Y volvería a hacerlo! —exclamó Moore—. ¿Dónde estabas cuando te necesitábamos? ¿Por qué no enviaste ayuda durante la Inquisición, por qué no salvaste al pueblo elegido del yugo de los nazis? ¿Qué te lo impidió?
TÚ LE MATASTE.
La fuerza de las palabras aumentó, y la luz de la hoguera se hizo tan brillante que Moore tuvo que apartar los ojos.
—¡Sí, yo le maté! —gritó Moore con fría furia—. ¡Pero tú elegiste a Jeremías! ¿Quién de los dos es más culpable?
¡ANULO MI PACTO CON EL HOMBRE! ¡NUNCA MÁS ME PREOCUPARÉ POR VUESTROS ASUNTOS!
—¡Nos las arreglaremos! —gritó Moore en dirección al cielo—. ¡Nos las apañamos cuando tú estabas demasiado ocupado para preocuparte por nosotros, y nos las apañaremos ahora!
No hubo respuesta y Moore, incapaz de conciliar el sueño, erró por la falda de la montaña durante el resto de la noche. Después, con la salida del sol, se adentró en el desierto.
Los días y meses siguientes no iban a ser fáciles. Pryor controlaba los restos de la organización y seguramente habría enviado cincuenta asesinos a sueldo en busca de Moore. Black había enviado otros cincuenta. En Israel, una nación entera estaría movilizando su ejército con el único objetivo de localizar y ejecutar al asesino. Treinta millones de personas estarían pidiendo a gritos su sangre al otro lado del planeta.
Pero, a pesar de que fueran muchos, eran simplemente hombres, y Moore se había hecho rico gracias a su capacidad para manipularlos. Pensó en los hechos de los dos últimos días, en sus actos y en las personas que había visto, y alzó los ojos y miró el horizonte.
Allí, en alguna parte, al otro lado de la vasta extensión del desierto, se hallaba el golfo de Akaba. Y más lejos todavía el mar Rojo, y el Canal de Suez, y una ruta de regreso. A lo largo del camino Moore tendría que esquivar decenas de miles de enemigos y reclamar un imperio financiero. Pero como mínimo no se moriría de aburrimiento… y en esos tiempos, en el mundo que él había contribuido a configurar sin saberlo, eso era suficiente.
Moore inhaló profundamente, dejó escapar el aire poco a poco e inició la marcha.
Aguardaba con interés el desafío.