1 SEC 1 a SEC10

01. EXT. NOCHE - FIRA.
Igual que gran parte de la multitud, el joven se sintió atraído por los enormes letreros luminosos y órganos eléctricos. Los otros acudían por diversión, él por trabajo, pero todos se sentían atraídos como mariposillas suicidas por la llama artificial.
Una inmensa bandera luminiscente que flotaba con suavidad bajo la fría brisa proclamaba a todos sin excepción que aquel era el

ESPECTÁCULO DE EMOCIONES FUERTES
Y CIRCO AMBULANTE INTERNACIONAL
NIGHTSPORE & THRUSH

Llegado directamente de Viena, como los circos antiguos solían anunciar, aunque éste era menos circo que espectáculo de emociones fuertes, y más bien acababa de llegar de Cleveland que no de Viena. Era enorme, como debía ser, porque la gente acudía procedente de Chicago y sus alrededores por decenas de millares, agitada y ansiosa mientras mantenía el ritmo frenético de su eterna búsqueda de diversión y excitación.
Pregoneros, timadores, busconas, forzudos…, todos se habían reunido allí para enfrentarse al desafío.
—¡Pasen, señores, pasen! —gritaban los pregoneros—. ¡Vengan a ver a Madam Adam! ¿Es un hombre? ¿Es una mujer? ¡Acérquense, pasen, que no decaiga el espectáculo! ¡El único hermafrodita reconocido del mundo, el compendio de todo cuanto hay de excitante en el hombre y en la mujer está ya en el escenario a la espera de…!
—¡Tres tiradas por veinte dólares, tres por sólo veinte dólares!
¿Daño? ¡Claro que les hace daño, caballero! ¡Pregunte a su amiga si le gustaría que le clavaran un dardo en su vibrante carne desnuda! ¡Oigan los chillidos, vean cómo se retuercen! Tres tiradas por…!
El joven se detuvo un momento ante los Blancos Vivos y prosiguió su paseo por las hileras aparentemente interminables de barracones, juegos y espectáculos.
—¡Mister Ampolla, así lo llamamos! ¡Mister Ampolla! ¡No, él no hace trucos infantiles como comer fuego o caminar sobre ascuas! ¡No, caballeros, Mister Ampolla no! ¡Fíjense bien, amigos! ¿Ven este soplete que tengo en la mano? ¡Pues bien, acérquense un poco más y…!
—¡Por primera vez en un escenario: una producción de gran envergadura de Leda y el Cisne! ¡Sí, sé que hay incrédulos por aquí, sé que hay escépticos! ¡Pero oigan lo que pienso hacer! ¡Si alguno de ustedes se considera engañado después de la actuación, si alguien puede afirmar sinceramente que no cumplimos, devolveré no sólo el dinero de usted, sino el de todos y cada uno…!
El joven se adentró en otro pasillo, pasó junto a la Cámara de los 1.000 Dolores, oyó los aullidos y gemidos que brotaban con fuerza y claridad de dos altavoces exteriores, pasó junto a los todavía más exóticos palacios del dolor placentero…
Iba a ser una buena noche, él estaba totalmente convencido. El gentío era inmenso, como debía ser. Había contados Templos del Pecado, Madam Adam y Palacios de Perversión en el mundo, y cuando los espectáculos de emociones fuertes hacían su rara aparición el dinero corría como el agua… y no había razón alguna para que el joven no pudiera absorber una parte para él.
El joven continuó su paseo junto a los llamativos y exóticos puestos, pugnando por abrirse paso entre la multitud. Por fin llegó a un espacio reducido y desocupado situado a cuatrocientos metros de un edificio administrativo sin ventanas, se quitó la mochila, sacó unas gafas muy oscuras y un bastón blanco y se puso a trabajar.

02. INT. NOCHE – EDIFICIO ADMINISTRATIVO Srs. Nightspore, Thrush, Moore,

También alguien trabajaba en el interior del edificio administrativo… como los señores Nightspore y Thrush estaban averiguando. Un hombre alto y delgado, inmaculada aunque arcaicamente ataviado a la moda de hacía más de un siglo, se hallaba sentado con los pies apoyados en el escritorio del señor Thrush. Sus dedos, finos y largos, estaban ocultos en guantes blancos, vestía un traje a rayas color azul marino con chaqueta cruzada y sus zapatos de cuero negro estaban cubiertos por relucientes polainas blancas. Extrajo un largo puro del bolsillo de su solapa y se lo llevó a la boca; lo encendió de inmediato uno de los cuatro fornidos hombres que se encontraban de pie detrás del desconocido.
—Ya lo ven, caballeros —dijo tranquilamente mientras fumaba el puro con aire pensativo—, no es que yo tenga aversión a su empresa, ni deseo que desalojen el lugar y monten el negocio en otra parte. Chicago es una ciudad muy grande, lo bastante grande para todos nosotros.
—En este caso, ¿por qué ha entrado por la fuerza? —inquirió el señor Nightspore.
—Por favor, no me interrumpa —dijo el desconocido, con una sonrisa que empezaba y acababa en las comisuras de sus labios—. Como iba diciendo, aquí hay dinero suficiente para todos: dinero para ustedes, dinero para sus empleados y dinero para mí. Con franqueza, no comprendo qué problema tienen. Si alguien va a sufrir por culpa de la presencia de ustedes aquí, ese alguien soy yo. Al fin y al cabo, hoy no hay más dinero para gastar que el que había ayer, pero ahora tenemos dos manos más que lo buscan: las de ustedes. He estudiado su negocio, y mi opinión más moderada es que ustedes van a ganar unos nueve millones de dólares semanales. —Hizo una pausa, miró fríamente a los otros dos hombres—. Son, caballeros, nueve millones de dólares que yo no ganaré. ¿Empiezan a comprender mi preocupación?
El señor Nightspore se dispuso a replicar, pero lo pensó mejor y se limitó a mover afirmativamente la cabeza.
—Bien —prosiguió el desconocido, con otra sonrisa que no era tal—, me complace comprobar que nos entendemos. Al fin y al cabo, no somos enemigos: estamos en el mismo lado de la valla. La gente que está afuera —agitó la mano en la dirección aproximada de la avenida central de la feria—, ésa es nuestra oposición. Poseen algo que nosotros queremos, y es absurdo actuar cada cual por su cuenta para conseguirlo. Los tres actuamos de acuerdo con la misma premisa básica: si Dios no hubiera querido que desplumáramos a los incautos, no los habría hecho incautos. —Bajó los pies al suelo y se apoyó en el escritorio—. Bien, ¿pasamos a considerar el trato?
—¿Cuánto quiere? —preguntó con recelo el señor Thrush.
—Lo dice como si fuera un regalo —replicó el desconocido—. Me apresuro a asegurarles que Salomón Moody Moore no acepta caridad de nadie. No, caballeros, todavía no me entienden. Mi organización se ocupará de ciertos servicios necesarios, de acuerdo con el contrato que redactaremos, simplemente a cambio de un pago justo y razonable.
—¿Qué servicios? —inquirió el señor Thrush.
—Muy buena pregunta —dijo Moore—. En primer lugar, mis representantes vigilarán las instalaciones día y noche, actuando como lo que podríamos denominar una combinación de celadores y agentes de seguridad. Tienen ustedes gran cantidad de material valioso, caballeros —agregó significativamente—. Cualquier vándalo podría causar daños increíbles en cuestión de minutos.
Hizo una pausa y siguió fumando el puro.
—Además —continuó—, he visto bastantes juegos de azar mientras recorría el circo. Más de ochenta, diría yo. Casi todos construidos para proporcionar a la casa un beneficio de entre el diez y el quince por ciento. Ustedes los han amañado para conseguir el cuarenta, lógicamente, pero un puñado de torpes aficionados está embaucándoles. Les están robando sin que se enteren, y los incautos apenas tienen oportunidad de ganar. Mis hombres, sin ningún recargo, arreglarán los juegos para obtener un beneficio del cincuenta por ciento y los dirigirán ellos mismos.
—Si todo esto es gratis, ¿qué factura tendremos que pagar en definitiva? —preguntó recelosamente el señor Nightspore.
—La tercera parte —dijo Moore.
—¿La tercera parte de qué?
—Del total. —El puro se había apagado, y Moore aguardó pacientemente a que uno de sus hombres lo encendiera—. Considérenlo una inversión que proporcionará grandes dividendos. Duplicaré sus ingresos a finales de semana, de modo que el contrato no les costará prácticamente nada, y cuando abandonen la ciudad todas mis mejoras se irán con ustedes.
—¿Y en ese momento concluirá nuestra asociación?
Moore sonrió.
—Oh, no. Eso, como los diamantes, es para siempre. —Alzó una mano para acallar las protestas—. Créanme, caballeros, si averiguamos que ustedes no ganan más dinero que antes, siempre podemos renegociar el contrato. —Inhaló más tabaco y dejó el puro en un cenicero—. Pasemos a los detalles. ¿Cuántos bazares de drogas tienen aquí?
—¡Ninguno! —dijo categóricamente el señor Nightspore.
—Preferiría un poco más de sinceridad ya que vamos a ser socios —replicó tranquilamente Moore—. Yo he contado seis, aunque he podido pasar por alto un par. Repito, ¿cuántos hay?
—Siete —dijo el señor Nightspore, suspirando.
—Eso está mejor —contestó Moore—. Nada como la franqueza entre amigos. Aceptaré su palabra de que hay siete. Si encontramos más, supondremos que no se hallan bajo los auspicios de ustedes y nos apropiaremos del material. Bien, ¿hasta qué punto adulteran alucinógenos y drogas duras?
—¡No adulteramos nada! —espetó el señor Thrush.
Moore lo miró con extrañeza un instante.
—Mire, creo que es usted lo bastante estúpido para estar diciendo la verdad. También en este detalle podemos serles útiles. Siguiente punto: ¿cuántas personas mueren aquí semanalmente?
—Estamos protegidos contra ese riesgo —dijo en tono defensiva el señor Nightspore—. Nadie entra en los entoldados de los espectáculos de horror o sadismo sin firmar un descargo riguroso. Fuimos ajuicio cuatro veces en los dos últimos años y ganamos los cuatro casos.
—No ha contestado mi pregunta: ¿cuántas personas mueren en su circo semanalmente?
—Diez, por término medio.
—No es suficiente.
—¿Qué? —chillaron al mismo tiempo ambos socios.
—No es suficiente —repitió Moore—. A la gente le gusta la sangre más incluso que lo grotesco. Nadie viene aquí a ver el Bebé Cuadricéfalo o el Cadáver de Vaselina. Los visitantes quieren muertos. Cuántos más les den, tanto más hablarán del circo y volverán a verlo. Hablemos de la función de Ruleta Rusa. Ustedes tienen una pistola de nueve cilindros con una sola bala cargada, y ofrecen mil birriosos dólares al hombre que quiera jugar. A partir de mañana pondrán tres balas en un revólver de seis cilindros, ofrecerán un premio de diez de los grandes y triplicarán el precio de la entrada. Y lo mismo en los palacios de perversiones y el resto de tonterías como ésas. ¿De acuerdo?
Los dos socios accedieron a regañadientes.
—En cuanto a mujeres, consigan más. Más guapas, además. Y este sitio apesta a caucasianas. Quiero ver negras, morenas, pelirrojas, rubias, albinas, chicas con lunares en el pelo… Si no pueden conseguirlas, informen a mis muchachos y nosotros las buscaremos. Si no conocen el significado de la palabra «normal», tanto mejor. Y también deseo que inauguren dos espectáculos exclusivos para mujeres. Yo facilitaré lo preciso. ¿Es posible?
—Bien, no sé si… quiero decir que yo no… —balbuceó el señor Nightspore.
—¿Es posible? —repitió Moore con frialdad.
El señor Nightspore movió afirmativamente la cabeza.
—Excelente —dijo Moore—. Todos los miembros de mi organización llevarán brazaletes rojos con el distintivo del circo impreso. —Hizo una pausa—. Nadie debe entrometerse en su trabajo. ¿Queda absolutamente claro este punto?
Los socios le aseguraron que sí.
—Mis hombres irán armados para protegerles —continuó Moore—. Creo que sería preferible que nadie más llevara ninguna clase de armas, y eso concierne a cualquier agente de seguridad que actualmente tengan ustedes en nómina. Con esto evitaremos desagradables malentendidos. Si algún miembro de mi organización abusa de su hospitalidad, o si no se justifica hasta el último centavo, espero que me informen de ello.
Moore se levantó y se desperezó.
—Y ahora, si tienen la bondad de excusarme, caballeros, me gustaría dar otro paseo por el circo. Mis colaboradores les facilitarán los contratos adecuados. Tenía la impresión de que llegaríamos a un acuerdo equitativo y por eso me tomé la libertad de redactar los contratos antes de salir de mi despacho. Mis hombres —añadió significativamente— seguirán en compañía de ustedes hasta que los contratos estén firmados. Puesto que no van a necesitarme durante los siguientes minutos, creo que voy a despedirme. Estas entrevistas me resultan personalmente desagradables.
Se puso el bombín, otro anacronismo, y abandonó el edificio.

03. INT. NOCHE - Sr. Moore,

No era, reflexionó mientras se confundía con el gentío, una mala noche. Nightspore y Thrush dirigían el mismo tipo de espectáculo que cualquier otro profesional: montado para ofrecer miedo, lujuria y codicia, con una buena dosis de excursiones secundarias a lo extravagante. Y además sumamente bien dotado, detalle que lo convertía en caza no vedada para Moore.
Contempló a una eurasiática que exhibía con orgullo sus cuatro pezones a modo de señuelo para el Espectáculo de Monstruosidades. Sí, reflexionó Moore, la gente se desharía de cualquier clase de moneda simplemente para ver algo distinto, para huir de la rutina y rendir culto ante otro altar que no fuera el de la Monotonía. Y mientras hombres como Nightspore y Thrush ansiaran embaucar a los espectadores, él, Moore, seguiría siendo solvente embaucando a los embaucadores.
También había, por supuesto, legítimos intereses comerciales que considerar, y él había invertido en muchos de ellos en los últimos tiempos: una fábrica de artículos de cuero en New Hampshire, una planta de ordenadores en Pittsburgh, potros de pura sangre en Kentucky y California, un equipo profesional de baloncesto en Albuquerque. Con cada vez más tiempo que matar, había cada vez más formas de aprovecharse de las necesidades del prójimo. Aunque también los que se aprovechaban, reconoció tristemente Moore, tenían que combatir el aburrimiento. Él mismo poseía más dinero del que podía esperar gastar en toda su vida, y una fama cuya expurgación le costaría varias vidas, y sin embargo seguía en la brecha.
¿Y por qué no? Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa podía hacer? En cuanto dejara de nutrirse de la humanidad sería un hombre indistinguible de los demás, listo para que otro se nutriera de él. Empezó siendo ladrón de poca monta, aprendió el oficio, formó en torno a él una organización con miembros cuidadosamente seleccionados, siempre tuvo la prudencia de no apresurarse, y puesto que era un poco más listo, un poco más voraz y un poco más rudo que el vecino, se quedó con el territorio de éste, y con el de otro más y así sucesivamente. Tenía tras de él una estructura magnífica y sólida, poblada por los mejores hombres y mujeres que el dinero y la oportunidad de huir del aburrimiento podían comprar. Todos ansiaban el cargo de Moore (éste no tema sitio para una persona que se conformara de buena gana con un puesto secundario) y en consecuencia tanto ellos como él estaban siempre alerta, una situación saludablemente razonable en esos tiempos.
Había logrado un éxito anormal con la clase de esfuerzo que había elegido. Cuando todo estaba dicho y hecho, los demás echaban a correr lejos del tedio y la monotonía, mientras que él corría hacia sus problemas, moldeaba hombres y situaciones a fin de satisfacer sus diversas necesidades.

04. EXT. NOCHE -FIRA – CÁMARA DE LOS 1000 DOLORES – Sr. Moore
Un agudo alarido interrumpió la cadena de sus pensamientos, y al volver la cabeza se encontró ante la Cámara de los 1.000 Dolores. Hizo una mueca. El hecho de que una persona pagara una buena cantidad de billetes para recibir infernales latigazos superaba la capacidad de comprensión de Moore, y tampoco simpatizaba con los cientos de espectadores que renunciaban a más dinero aún para presenciar el espectáculo. Meneó la cabeza, se encogió de hombros y continuó paseando.
Dio la vuelta a todo el espectáculo de emociones fuertes, sintiéndose cada vez más sucio dada la proximidad de los blancos, y finalmente decidió volver al edificio administrativo para recoger los contratos.

05. EXT. NOCHE - UN ESPACIO REDUZIDO A QUATROCIENTOS METROS DEL EDIFICIO ADMINISTRATIVO) – Sr. Salomón Moody Moore y Jeremiás, el G.

Al acercarse vio un grupo de gente reunido alrededor de un joven que llevaba gafas oscuras. El hombre sostenía en una mano un sombrero con la copa carcomida por la polilla, y un bastón blanco en la otra, y estaba cantando salmos con una voz de tenor ni mucho menos notable.
Moore se detuvo y observó el interior del sombrero.
—Escasas ganancias —comentó—. Te iría mejor si cantaras baladas verdes.
—Si quiere una, la tendrá —dijo el joven, y entonó uno de los aproximadamente tres millones de versos de «El Ring-Dang-Du».
—¡Ya basta! —dijo Moore al cabo de un momento, riendo, y echó una moneda en el sombrero.
—¿No le gustan las canciones de las masas? —preguntó el joven con una sonrisa.
—No me gusta nada de las masas —replicó Moore—. ¿Te gustaría ganar un buen pellizco?
El joven asintió.
—Quinientos dólares a que no eres ciego.
El joven palpó el interior de su sombrero, tocó las monedas.
—Dieciséis dólares y setenta y tres centavos a que no puede demostrarlo.
Moore encendió una cerilla y la lanzó tranquilamente hacia la cara del joven.
No hubo reacción.
—No está mal —dijo Moore, y de pronto asestó un puñetazo en el estómago del joven.
El aire brotó del interior del mendigo, y éste cayó de rodillas. Parte de las monedas salió del sombrero, y los dedos del joven recorrieron frenéticamente el suelo para intentar recuperar el dinero perdido. Moore se acercó y amagó una patada a la cara, gesto que pasó desapercibido.
Finalmente Moore le ayudó a incorporarse, sacó un fajo de billetes de cinco dólares, contó diez ante la cara del joven y los dejó en el sombrero.
—Gracias, señor —dijo el pordiosero, jadeante.
Moore se detuvo un momento, recogió el dinero, sacó su billetero, contó diez billetes de cincuenta dólares y los dejó caer en la raída copa del sombrero.
—Estaba equivocado —dijo, dio una palmadita en el hombro al joven y se alejó hacia el edificio administrativo.
Pero al llegar a la puerta el joven lo llamó.
—¡Hey, matón! ¿Dónde diablos compraste esas polainas blancas tan espantosas? ¡Pareces un marica asqueroso!
Moore dio media vuelta, pero el joven se había esfumado ya entre el gentío.
Y ése fue el primer encuentro entre Salomón Moody Moore y Jeremías el G.
Muchísimos historiadores habrían renunciado a sus fortunas y a sus cónyuges, y habrían bebido los vientos por estar allí.

2

06. EXT. DIA- DESPATCHO DEL SR. MOORE (Sr. Moore y Sr. Ben Pryor)

El martes era el día de la suciedad.
O, más precisamente, el martes era el día de la semana en el que Moore revisaba los informes de su empresa editora y compañías afiliadas e impartía órdenes para la semana siguiente.
Se hallaba sentado en el despacho quizá más espartano del complejo de Chicago. A diferencia de casi todas las oficinas de dirección, ésta no contenía televisores, radios, sistemas de sonido, cuadros, sofás, zonas de ejercicios, anexos para trabajos manuales o bares con bebidas alcohólicas. Era un despacho magro y aburrido, como el hombre que trabajaba en él. Había un solo escritorio, grande y de caoba artificial, que servía de apoyo a una terminal de ordenador, tres teléfonos y un cuarteto de intercomunicadores. Delante de ese mueble había seis sillas, ninguna de ellas excesivamente cómoda. Había puertas en tres paredes, dos de ellas raramente usadas, y en una de las paredes estaba empotrada una pequeña caja fuerte. Sólo había una ventana en la habitación, si bien muy grande, y la vista desde ella quedaba oscurecida de forma invariable por una hilera de persianas introducidas entre las hojas interna y externa de vidrio. Los placeres que ansiara Moore se hallaban en otro sitio; su despacho era un lugar de trabajo, y nada más.
—Los informes, Ben, por favor.
El hombre sentado al otro lado del escritorio entregó a Moore un fajo de impresos de ordenador, junto con una gran hoja de análisis. Ben Pryor, su atavío tan llamativo como apagado el de Moore, su ondulado cabello rubio un agudo contraste con el pelo liso de color gris metálico de su jefe, era el segundo en mando, responsable de la dirección cotidiana de todas las empresas de Moore. Era astuto, muy inteligente y competente en extremo, titulado en administración empresarial y economía. También era muy ambicioso, cosa lógica aunque lamentable; sabía demasiado sobre el negocio para que Moore lo dejara irse, y no estaba muy lejano el día en el que éste debería eliminarlo de un modo más permanente.
Moore empezó a leer los informes, hizo esporádicos comentarios, dio alguna orden extraña. La industria de la pornografía iba muy bien en esos tiempos, como de costumbre, y los problemas de dirección estaban más relacionados con el vasto tamaño del negocio que con problemas legales o de ventas. En realidad, algunas veces el alcance de esa industria sorprendía incluso al mismo Moore: poseía tres empresas editoras especializadas en libros, revistas y periódicos eróticos, y otras dos que producían en profusión videos y discos de ordenador pornográficos. Entre todas elaboraban trescientos títulos mensuales, con ventas superiores a cuarenta millones de artículos.
Pero eso era sólo el principio. La pornografía, a pesar de que pasaba por uno de sus periodos cíclicos de legalidad, distaba mucho aún de ser socialmente aceptable y estaba sometida a ocasionales vejámenes, es decir, que las distribuidoras enormes y monolíticas que monopolizaban ese servicio en las zonas metropolitanas densamente pobladas no se preocupaban en facilitar el material, o al menos no lo promocionaban con el entusiasmo y el celo que dedicaban a las publicaciones más satisfactorias. En consecuencia, Moore había adquirido en secreto diversas agencias secundarias y creado otras nuevas, todas ellas especializadas en el tipo de material que las grandes distribuidoras independientes no deseaban.
De ahí a comprar y desarrollar cuatro mil emporios pornográficos especializados en la venta de esta mercancía hubo un simple paso. Puesto que muchos de estos emporios complacían los deseos de prostitución y las ansias sexuales más extravagantes del público, Moore se había introducido por completo en tales servicios. Finalmente había adquirido una inmensa imprenta que no sólo satisfacía sus necesidades sino que además imprimía una porción considerable de la producción de sus rivales, y había construido una pequeña fábrica que producía gran parte de los artefactos sexuales ofrecidos en sus tiendas.
El dinero no entraba a raudales; entraba en forma de torrentes. El editor ordinario precisaba vender el cuarenta por ciento de su producción para recuperar los gastos; Moore, propietario de la empresa editora, la imprenta, las agencias de distribución, las librerías y todas las firmas asociadas, cubría gastos con una venta del cinco por ciento. Pero vendía más del cinco por ciento; más del ochenta por ciento, en realidad. Y no porque sus productos fueran superiores, que no lo eran. Pero si controlas los canales de distribución controlas la industria, y cuando tienes poder para despedir a cualquier distribuidor que pone en venta un solo ejemplar de una editorial rival antes de que todos los tuyos estén vendidos, eres un ganador seguro que acabará llevándose la parte del león del mercado. Moore no sólo tenía la parte del león del mercado, sino que además se aferraba a ella con la tenacidad de un león que defiende su presa de todos los carroñeros de la jungla.
Las órdenes fueron brotando poco a poco mientras Moore estudiaba los informes: despide a este tipo, asciende a esta mujer, vende esta tienda, imprime más copias de esta revista, descarta este modelo de consoladores de plástico, pon diez chicas más en esta ciudad… Pryor anotó todo ello en un ordenador portátil y se fue a fin de poner en movimiento la maquinaria. Volvió algunos minutos más tarde, con una cerveza en la mano, y tomó asiento delante de Moore.
—Es la cuarta que tomas hoy —comentó Moore en tono de reproche, señalando la cerveza.
—¿Es que tus espías no tienen nada mejor que hacer que medir mi consumo de alcohol? —preguntó Pryor sin una pizca de sorpresa o preocupación.
—Hacen eso.
—Tal vez deberías enviarlos al Espectáculo de Emociones Fuertes. Tus nuevos socios están tocando resortes para incumplir el contrato.
—Déjalos —dijo fríamente Moore—. Esta es mi ciudad. —Hizo una pausa—. Si quieren jugar conmigo, será mejor que elijan una ciudad en la que yo no domine a la mitad de políticos y a todos los forenses.
—¿Cómo está el espectáculo? —preguntó Pryor—. Aún no he tenido oportunidad de ir allí.
—Si dejaras de intentar seducir a mi secretaria, a mi corredora de bolsa y a todas las mujeres que han tenido alguna relación conmigo, es posible que tuvieras tiempo para ir —dijo Moore, con una sonrisa melancólica.
—No puedes culpar a un hombre por intentar eso —replicó tranquilamente Pryor—. Además, no todo el mundo puede llevar tu vida de asceta.
—Por eso seguimos prosperando —dijo Moore—. Mi forma de vivir, la forma de ellos.
Pryor permaneció con la mirada fija al otro lado del escritorio, desconcertado como siempre por el concepto de un rey del crimen enriquecido gracias a la lujuria de sus víctimas y al parecer violentamente opuesto a manifestar tales impulsos. Finalmente se encogió de hombros.
—Aun no me has explicado como es el espectáculo —dijo, y tomo un trago de cerveza.
—Bastante típico —dijo Moore—. Venden sueños, como todos los demás.
—Es un buen producto en estos tiempos.
—Siempre lo ha sido —replico Moore. Cruzo las manos y se miro pensativamente las puntas de los dedos—. Pero me pregunto si no habrá una forma más fácil de abordarlo.
—¿De que estas hablando? —pregunto Pryor.
—De sueños.
—Ya estamos metidos en eso, aunque nosotros los llamamos drogas.
Moore sacudió con irritación la cabeza.
—Las drogas crean sueños. Yo quiero realizarlos.
—¿Hablas de poner una ramera en todas las habitaciones? —se mofo Pryor.
—Hablo en serio, Ben —dijo fríamente Moore.
—Como siempre —contesto Pryor, suspirando—. Pero no tengo la más nebulosa idea sobre lo que estas hablando.
—Simplemente lo que he dicho: Sueños Hechos Realidad, S. A. Me pregunto si suena factible.
—¿Cómo diablos quieres que yo lo sepa? ¿Cuál es el enfoque?
—El enfoque es sencillamente este: satisfaremos cualquier sueño por cierto precio. Al fin y al cabo, el Espectáculo de Emociones Fuertes no estará aquí eternamente… y además, ofrece muchas promesas y pocos resultados.
—Ponme un ejemplo.
—De acuerdo —dijo muy despacio Moore—. Digamos que un tipo considera insoportablemente aburrida su vida…
—Cosa que seguramente será cierta.
—Y desea emplear todos sus esfuerzos en alguno excitante.
—¿Cómo qué?
Moore se alzo de hombros.
—Digamos que desea robar el Banco Nacional.
—¿No estarás sugiriendo en serio que hagamos el trabajo por él? —dijo Pryor, incrédulo.
—No. Pero ¿y si lo ayudamos a hacerlo? Disponemos el plan, lo ayudamos a inspeccionar el lugar, le facilitamos los brazos y la experiencia que precisa y le garantizamos impunidad.
—Debe haber una trampa —dijo el escéptico Pryor—. ¿Por que correr nosotros todos los riesgos para que el pueda quedarse con la pasta?
—Naturalmente que hay una trampa —replicó pacientemente Moore—. No somos altruistas, Ben. ¿Qué te parece si le cobramos unos honorarios de medio millón redondo, rebajamos su botín a cien mil y repartimos con el banco nuestros beneficios, el sesenta por ciento para nosotros y el cuarenta para ellos? Todo el mundo queda contento, nadie va a la cárcel y todos nos enriquecemos un poco más. —Hizo una pausa—. En fin, la cosa ofrece posibilidades. ¿Qué opinas?
—Opino que has elegido un ejemplo demasiado perfecto —dijo Pryor—. Deben quedar nueve elefantes en el mundo, todos valorados en decenas de millones. ¿Y si un tipo quiere matarlos a los nueve en una sola tarde? O pongamos un ejemplo más cerca de nosotros: me encantaría matar a mi ex esposa y tener cincuenta hijos bastardos antes de un año. ¿Qué puede hacer por mí esta empresa?
—Ciertamente podríamos facilitarle cincuenta mujeres en un período de tres meses. El resto dependería de ti. En cuanto a matar a tu ex esposa… bien, eso podría arreglarse a cambio de unos honorarios sustancialmente más elevados. —Moore sonrió—. Naturalmente deberías indicarnos con exactitud a cuál de tus numerosas ex esposas tienes en la cabeza.
—¿Y los elefantes?
—Ese hombre tendría que ser un soñador muy rico —dijo Moore mientras se encogía de hombros—. En fin, ordena a los muchachos que elaboren un esquema de las posibilidades reales de esta idea, y que me lo presenten dentro de un par de días. ¿Por qué tengo que repartir el dinero de los soñadores con los señores Nightspore y Thrush?
—¿Son esos sus nombres realmente? —preguntó Pryor con gesto de incredulidad.
—¿Qué importa un nombre? Es su negocio lo que me interesa.
Pryor se fue momentos más tarde, y Moore se tomó un breve respiro para comer. Después se dedicó a parte de los negocios que el gobierno no conocía. Casi toda la tarea la hizo por teléfono, a través de intermediarios en número tan elevado que ninguna investigación podía dar con él. No existían registros, escritos o computerizados, en parte alguna y ni siquiera Pryor conocía por completo el alcance de las operaciones, aunque Moore sabía que el subdirector dedicaba gran parte de su tiempo y su dinero a intentar averiguarlo.

07. EXT. DIA - “LOOP”- Sr. Moore acompañado por su guardaespaldas.

Moore salió del despacho al atardecer, como era su costumbre, subió a un monorraíl subterráneo y, acompañado por un solitario guardaespaldas, marchó al centro de la ciudad. La zona había sido denominada en tiempos el «Loop», debido a las vías de ferrocarril elevado que la rodeaban, y el apelativo continuaba vigente a pesar de que los carriles habían sido arrancados hacia muchos años y los enormes edificios comerciales, interconectados en todos los pisos y cubiertos por una inmensa cúpula, ocupaban ocho kilómetros cuadrados de terreno increíblemente valioso. Los suburbios podían conocer la lluvia y la nieve, pero la ciudad interior siempre estaba seca y cómoda.
08. EXT. ESCALERAS MECÁNICAS – Sr. Moore y guardaespaldas.
Moore usó aceras deslizantes y escaleras mecánicas hasta que, a ochocientos metros sobre el nivel del suelo, llegó al acostumbrado comodibar de los martes por la noche, un pequeño restaurante elegante e ilegal con una descuidada fachada que anunciaba a los no socios la presencia allí de una cadena de centros de cirugía estética mediante silicona. El gobierno racionaba la carne y gran parte de otros productos no derivados de la soja desde hacía más de una década, pero hombres y mujeres de recursos no tardaron en encontrar empresarios para satisfacer sus gustos y apetitos, y los comodibares habían llegado a ser pilares muy voluminosos de la inmensa economía clandestina.
09. INT. NOCHE - RETAURANTE PEQUEÑO, ELEGANTE Y ILEGAL - Sr. Moore

Moore dejó al guardaespaldas en la entrada y su paraguas en la puerta (nunca llovía en la cubierta zona central de la ciudad, pero él llevaba devotamente ese objeto) y fue acompañado a una mesita de la parte trasera, donde gozó de una cena criminal compuesta de chuletas de auténtica ternera y puré de patata. Como postre pidió pastel de arándano (seis meses por venderlo, mil dólares por comerlo, cortesía de la Administración Alimentaria de los Estados Unidos), coronó la cena con una taza de genuino café y pagó la cuenta normal de seiscientos dólares. Saciado ya, cogió su paraguas y, acompañado por el guardaespaldas, regresó al mundo de los derivados de la soja y el agua sazonada.
Acarició la idea de volver al Espectáculo de Emociones Fuertes, localizar al falso ciego que le había embaucado el día anterior y ofrecerle un empleo en la organización, pero decidió que aquel joven era lo bastante astuto para emplear un truco distinto todas las noches de la semana y que por tanto sería imposible localizarlo.

10. EXT. NOCHE -ESTACION DEL MONORRAÍL – Sr. Moore y el guardaespaldas.
Resolvió volver a casa para pasar la noche. Al acercarse a la estación del monorraíl metió la mano en el bolsillo en busca de una ficha y notó que sus dedos entraban en contacto con un trozo de papel. Lo sacó y vio que era una tarjeta de visita:

BAZAR DE LA RAREZA
Especialistas en lo insólito
calle LaSalle Norte, 461, 5.aplanta

Garabateadas al dorso, en caligrafía casi ilegible, aparecían las palabras: «Venga solo».
Podía ser una trampa, por supuesto. Al fin y al cabo, suponiendo que su vida no estuviera en continuo peligro, Moore no habría necesitado guardaespaldas. Sin embargo, gran parte de sus mejores negocios se consumaba de esa forma: un político que no podía ser visto se presentaba en el despacho de Moore, o el subalterno de un rival con información en venta, o un amante abandonado dispuesto a volverse contra un hombre o una mujer que Moore deseaba arruinar. Tras unos momentos de debate interno, Moore despidió al guardaespaldas y subió por la escalera mecánica hasta la quinta planta de la calle Wabash.