2 SEC11 a SEC21
11. EXT. NOCHE – CALLES (FUERA DEL CENTRO URBANO) – Sr. Moore
Después fue por la acera deslizante hasta la calle Randolph, pasó a otra que avanzaba hacia el norte, bajó en La Salle y siguió a pie con el mismo rumbo por una rampa inmóvil.
Al pasar sobre el lecho seco desde hacía años del río Chicago, que albergaba un parque y un enorme complejo deportivo, Moore percibió un sutil cambio en tiendas y almacenes. Habían desaparecido los inmensos almacenes de brillante iluminación, las elegantes joyerías con paredes de terciopelo, las tiendas de modas, los bazares y demás establecimientos especializados de alta calidad. En su lugar había anticuarios mugrientos e insignificantes, librerías de viejo ahogadas en interminables montones de tomos polvorientos y mohosos, bares, burdeles y almacenes de mercancías.
Finalmente, Moore llegó a la dirección buscada. Parecía un cuchitril, con una fachada salida de una ciudad fantasma del Lejano Oeste. Las ventanas estaban cubiertas de sombras oscuras y opacas, ningún cartel anunciaba el nombre del establecimiento o lo que se vendía en él y un claro olor a incienso emanaba de la puerta entreabierta.
Moore miró alrededor por última vez para asegurarse de que nadie le seguía y entró en la tienda. Se encontró en un laberinto débilmente iluminado con las paredes ennegrecidas hasta el techo, y lo siguió cautelosamente.
12. INT. NOCHE – HABITACIÓN ( Sr. Moore y Sr.Krebbs)
Tras un recoveco de ciento ochenta grados, Moore salió a una habitación alargada y estrecha iluminada por algunas bombillas rojas.
Había dos grandes vitrinas a ambos lados de la sala. En ellas se hallaban expuestos grotescos artefactos de tortura: collares con púas, ligaduras linguales, exóticos hierros para marcar, cinturones de castidad afilados como cuchillas, instrumentos para perforar o arrancar miembros u órganos no esenciales para la mínima conservación de la vida… Colgados en las paredes (o clavados en ellas, Moore no logró aclarar el detalle) se veían dedos, cabezas, manos, piernas, genitales, narices, orejas y ojos humanos. En un rincón estaban pulcramente amontonadas decenas de lanzas, clavos y aguijones.
—¿Puedo servirle en algo? —sonó una ronca voz detrás de Moore.
Se volvió y se encontró ante un hombrecillo con un parche de satén en un ojo. El desconocido extendió una mano, en la que faltaban dos dedos y parte del pulgar, y Moore la estrechó mecánicamente.
—Bienvenido al Bazar de la Rareza —dijo el hombrecillo—. Me llamo Krebbs. Si hay algo que no ve, pídalo. Tenemos muchas habitaciones, todas dedicadas a un tema concreto.
—No soy un cliente —replicó Moore, y mostró la tarjeta a Krebbs.
—Ah, bien —dijo el hombre, suspirando—, no hago ningún daño ofreciendo. Uno debe intentar ganarse la vida. —Sonrió—. Usted, más que nadie, puede reconocerlo.
—Parece como si me conociera.
—He oído hablar de usted, señor Moore —dijo Krebbs—. Es usted uno de mis ídolos, a decir verdad. ¡Ah, ejercer tanto poder, mutilar, matar y destruir! ¡Debe ser el mismo paraíso!
—Debe confundirme con otra persona —dijo Moore en tono fino y sereno—. Soy un simple hombre de negocios.
—Lo que usted diga, señor Moore —contestó Krebbs, risueño.
—Eso es lo que digo. Bien, ¿por qué me ha pedido que viniera?
—Oh, pero si no he hecho tal cosa —dijo Krebbs—. Le aseguro, señor Moore, que me conformo con adorarle desde lejos.
—En ese caso, ¿quién ha sido?
—Puedo llevarle ante ella, si quiere —se ofreció Krebbs.
—¿Ante quién?
—Caramba, ante la señorita que usted desea ver.
—¿Cómo se llama ella? —preguntó Moore.
—No sea reservado conmigo, señor Moore —dijo Krebbs—. Ya se lo he dicho, estoy de su parte. Si desea atender sus relaciones en mi establecimiento, estaré simplemente encantado de servirle.
—¿Dónde está ella? —inquirió Moore, tras decidir que nuevas preguntas serían infructuosas.
—Ella no estaba muy segura de cuándo vendría usted —replicó Krebbs— y le dije que aguardara en nuestra Boutique Original. Estoy convencido de que allí habrá encontrado ropa apropiada, y hay una cama enorme al otro lado del pasillo. —Hizo un tímido guiño a Moore con su único ojo, lo cogió por el brazo y lo condujo hacia una cortina de cuentas colgantes—. Quinta habitación a la derecha.
13. INT. NOCHE - CORREDOR – SR MOORE
Moore se desasió bruscamente y avanzó por el corredor hasta la quinta, y última, puerta de la derecha. La abrió silenciosamente y entró.
14. INT. NOCHE (OTRA HABITACIÓN) – Sr Moore y LA RUBIA
La habitación estaba débilmente iluminada igual que el cesto del bazar, y parecía estar ocupada sólo por perchas para ropa y espejos. En realidad era muy pequeña, pero los espejos, que tapaban paredes, suelo y techo, le conferían la apariencia de extenderse hasta el infinito en todas direcciones.
Una rubia se hallaba en el extremo opuesto de la habitación, a cinco metros de Moore. Vestía botas de cuero que le llegaban a las caderas, finísimos tacones, guantes de piel hasta los hombros, un ceñidor negro y nada más. En la mano izquierda sostenía un pequeño látigo de nueve ramales con brillantes púas metálicas en las puntas. Su rostro quedaba oculto por una máscara gatuna, repleta de bigotes plateados.
—Tenía un rato disponible —dijo la mujer en voz baja, susurrante— y he decidido probar parte de las mercancías. —Se dio la Vuelta graciosamente—. ¿Te gusta?
—No compro estas porquerías —dijo Moore, disgustado—. ¿Se supone que te conozco?
—¿Te gustaría conocerme?
—No en especial —replicó él—. ¿Pusiste tú la tarjeta en mi bolsillo?
—No.
—Pero ordenaste que la pusieran.
—Sí. —Se acercó a Moore, y con un ligero movimiento de su muñeca hizo ondular rítmicamente las puntas del látigo.
—¿Por qué? —Tengo algo que darte.
—¿Qué?
—¡Esto! —musitó, y de pronto atacó con el látigo la cara del hombre.
Moore extendió el brazo instintivamente y paró buena parte de la fuerza del golpe con la porción carnosa de su bíceps. Retrocedió, sorprendido, y la chica fue tras él.
—¿Quién te ha enviado? —inquirió Moore mientras paraba otro latigazo—. ¿Qué demonios está pasando aquí?
No hubo respuesta por parte de la rubia, aparte de sus renovados esfuerzos por despedazarle la cara con el látigo. Moore comprendió que no podía seguir usando el brazo como escudo. Dio media vuelta y echó a correr por el estrecho pasillo en dirección a la sala en la que había encontrado a Krebbs. Una vez allí, buscó al tuerto propietario, pero la habitación estaba desocupada. Corrió hacia las armas apiladas y sacó una lanza con la punta en forma de gancho de la parte superior del montón.
—Muy bien —dijo. Situó el arma entre los pechos de la chica en el momento en que ésta entraba en la habitación—. ¿Estás dispuesta a explicarme qué pasa?
La mujer gritó una obscenidad y asestó un nuevo latigazo. Moore se agachó y pinchó el hombro de la rubia con la lanza. Apareció un pequeño reguero de sangre, pero la chica no pareció advertirlo. Sin preocuparse por la lanza, continuó acosando a Moore por toda la sala. Finalmente, Moore decidió que no tenía más opción que defenderse seriamente, e hirió dos veces en el brazo a la mujer, la segunda vez profundamente. La rubia siguió luchando como una bestia arrinconada, desentendiéndose por completo de las heridas. Moore casi le partió una oreja con el siguiente tajo, de nuevo sin efecto alguno.
—¡Claro! —dijo de pronto—. ¡Eres uno de los Tableros Vivientes! —Moore se agachó, ya que la chica había cogido un jarrón de vidrio del mostrador y lo lanzó contra él—. ¿Quién te ofreció este trabajito? ¿Nightspore o Thrush? ¿O fueron los dos?
La única respuesta de ella fue darle una patada con la bota, intentando apuñalarle con aquel tacón alargado y criminalmente afilado. Moore se aparto, le cogió la pierna y la retorció. La rubia cayo pesadamente al suelo, y él saltó sobre la mujer, la obligó a apoyarse sobre el estomago y la inmovilizó. Fueron precisos seis golpes contundentes en la base del cráneo para que Moore lograra por fin dejarla sin sentido.
La arrastro hacia una de las bombillas rojas y le examinó con sumo cuidado la espalda y el cuello. Sí, allí estaban las cicatrices, minúsculas, casi invisibles, producto de la operación para seccionar nervios que había dejado a la mujer insensible al dolor.
Moore rechazó su deseo de interrogarla en cuanto despertara.
Al fin y al cabo, si ella no quería hablar, nada que hiciera él la haría cambiar de opinión… y por lo que él sabía, Krebbs podía estar al acecho en alguna parte, con la intención de meterle una bala en la espalda. Acarició la idea de tapar a la chica con una manta, echársela a la espalda y llevársela, pero sabía que sería incapaz de dominarla si recobraba el conocimiento, por lo que decidió abandonarte a los tiernos favores de una de sus brigadas de seguridad. Todavía preocupado por Krebbs, Moore salió del edificio, buscó un teléfono y llamó a Pryor.
15. EXT. NOCHE - (CABINE TELEFONICA)- Sr. Moore habla con Ben por telefono.
— Ben? Aquí Moore. Al parecer uno de nuestros nuevos socios sufre delirios de grandeza. Es posible que los dos… Sí. Muy bien… No me creerás… Una rubia desnuda con un látigo, si quieres saberlo. —Hizo una mueca al escuchar la réplica de Pryor—. Te he dicho que no me creerías. En fin, quiero que reúnas a los muchachos y averigües quién ha intentado eliminarme. Y mientras luces eso, envía una brigada a un garito de la calle LaSalle Norte, primera planta del número 461, que se llama Bazar de la Rareza. Haced un buen trabajo. Encontrarás allí a la chica. Creo que tiene un cómplice… un tipo con una mano mutilada. Cogedlo si lo encontráis merodeando por allí… No, estoy bien. Nos veremos por la mañana.
16. INT. NOCHE - RESIDENCIA del Sr. Moore
Colgó, fue a la parada del monorraíl más cercana y al cabo de diez minutos estuvo cerca de la entrada de su apartamento, parte de un complejo residencial particular situado en el extremo sur de la cúpula que cubría la ciudad interior. Saludó a los agentes de seguridad, entró en la vivienda y cerró la puerta con llave. Acto seguido, puesto que era un hombre concienzudo, inició un metódico registro para asegurarse por partida doble de que nada había sido robado o manipulado. Cuando por fin quedó satisfecho de que todo estaba en orden, Moore se sentó en un sillón antiguo hecho de cuero, apoyó los pies en un armadillo disecado que usaba como almohadón y repasó mentalmente lo sucedido esa noche.
Su conclusión fue que los hechos eran ilógicos. Cualquier necio sabía que él, tarde o temprano, acabaría descubriendo que la rubia procedía del Espectáculo de Emociones Fuertes… Y Nightspore y Thrush, si bien eran ciertamente maleables, no le parecían necios.
Repentinamente inquieto, Moore se levantó y recorrió el piso. Igual que su despacho, su residencia privada estaba modestamente amueblada y desconectada del mundo externo si se exceptuaban dos teléfonos, cuyos números no aparecían en el listín. Mantenerse apartado de las masas que eran sus víctimas había llegado a ser casi un fetiche para él, y no se permitía ninguno de los vicios públicos por temor a que las debilidades que los acompañaban pudieran roerle. En cierta ocasión, como sorpresa, algunos de sus guardaespaldas introdujeron en el apartamento dos mujeres y las escondieron en el dormitorio antes de que él llegara; Moore corrió al teléfono y despidió en el acto a los culpables, y ordenó a Pryor que viniera y se llevara a las mujeres. El sexo, en especial la clase de sexo que las rameras le prometieron en voz baja y voluptuosa, difícilmente podía ser aburrido, pero Moore se dedicaba (entre otras cosas) a venderlo, y los camareros no beben en horas de trabajo. Durante una semana cada tres meses Moore hacía el equipaje y dejaba todo al cuidado de Pryor. Jamás decía adonde iba o que hacía en esos viajes trimestrales, y nadie se lo preguntaba, aunque en la oficina se apostaba a que el camarero iba de parranda cuatro veces anuales.
En el apartamento no había drogas, ni alcohol, ni nada que pudiera interpretarse como medio para huir de la realidad. Cuando se dedicaba a la venta de fantasías, Moore practicaba la austeridad más absoluta: no se entregaba a ninguna clase de relación sexual, estimulante, afición o trabajo manual. Tenía dos caprichos: el primero la buena comida, el segundo su biblioteca. Desde el suelo hasta el techo todas las paredes estaban forradas de libros, algunos nuevos, otros increíblemente antiguos. No estaban limpios ni ordenados, pero él sabía dónde se hallaba hasta el último tomo, que conocimiento o emoción podía transmitirle un autor concreto. Había poetas y dramaturgos, filósofos y biógrafos, literatura moderna mezclada con realidad pasada y futura, e incluso un viejo y apolillado ejemplar de la Biblia.
17. INT. NOCHE - BIBLIOTECA (interior residencia del Sr. Moore)
Recurrió precisamente a la biblioteca en busca de solaz y reposo. Cogió un par de obras de Wilde y Austen, crónicas de épocas más civilizadas que no precisaron negocios como el suyo, volvió al enorme sillón de cuero, tomó asiento con un gruñido y se dispuso a leer hasta quedar dormido.
Estaba flotando en el mundo intermedio que separa la claridad del adormecimiento cuando el zumbido del teléfono le despejó por completo.
18. INT. NOCHE -(SILLÓN DE CUERO) – (Conversa telefonica entre Sr. Moore y Sr. Ben Pryor)
—Aquí Moore.
—Soy Ben. ¿Cómo se encuentra el violador de Blancos Vivientes?
—Déjate de tonterías y ve al grano.
—El «grano» es que tenemos un par de problemas —dijo Pryor.
—¿Has estado en el Espectáculo de Emociones Fuertes?
—Sí.
—¿Y en el Bazar de la Rareza?
—No existe ese bazar.
—¡Y un cuerno no existe! —espetó Moore—. Está en… —Saco la tarjeta de su bolsillo—. En el 461 de LaSalle Norte, planta quinta.
—Los cuernos existen —replicó Pryor, no sin una pizca de diversión por la angustia de Moore—. Recorrimos el bloque cuatrocientos entero, los dos lados, y el bazar no está allí.
—¡Estuve hace dos horas!
—¿Seguro que no es LaSalle Sur, o el 461 de otra calle… Clark o Wells, tal vez?
—¡Maldita sea, Ben! ¡Sé dónde estuve y sé qué me pasó!
—Naturalmente que sí —dijo Pryor—. Pero a pesar de todo la tienda no esta allí. Además, todo esto parece una fantasía juvenil. Si no te conociera mejor, diría que estabas borracho.
—Te llevaré allí, a primera hora de la mañana —contestó Moore, disgustado—. ¿Qué me dices de Nightspore y Thrush?
—Sé que esto te parecerá como si viviéramos en dos mundos distintos, pero ellos no sabían nada.
—¡Mierda!
—Es la palabra más fuerte que te oído usar en toda mi vida —dijo Pryor, divertido.
—Tienen que saber algo —insistió Moore, haciendo caso omiso del comentario.
—Hemos sido muy concienzudos.
—¿Hasta qué punto?
—Eres ahora el único socio sobreviviente del Espectáculo de Emociones Fuertes y Circo Ambulante Internacional Nightspore y Thrush.
—Fabuloso —se mofó Moore—. Lo que siempre había deseado. —Suspiró—. ¡Maldición, Ben, te dije que los interrogaras, no que los mataras!
—También me dijiste que uno de los dos estaba detrás de todo esto, de modo que hemos usado la fuerza necesaria para obtener las respuestas precisas. Si eran inocentes, mala suerte. He mandado a nuestros expertos legales al ayuntamiento, para que arreglen las cosas. Creo que saldremos bien parados.
—Especulando con la suposición, seguramente errónea, de que loa muchachos no los han matado antes de que pudieran decir la verdad, ¿quién demonios me envió esa chica?
—Lo único que debemos hacer es localizarla y hacerla cantar —replicó Pryor—. Me encantaría intentarlo.
—Muchísima suerte —dijo Moore, conteniendo el impulso de reír—. Tienes un punto de vista notablemente testarudo para resolver los problemas, Ben. —Hizo una pausa—. En cuanto a identificar a la chica, demonios, seguramente yo no la reconocería si lleva las bragas puestas. Investiga en el circo y averigua qué Blanco Viviente ha faltado dos horas a partir de las seis de la tarde. Localízala y tráela al despacho. Después busca otra vez el Bazar de la Rareza, y si realmente no está allí, reúne algunos hombres en mi despacho mañana a las nueve en punto e iremos a encontrarlo. Y otra cosa, Ben.
—¿Sí?
—A menos que desees averiguar qué pasa cuando me disgusto seriamente con alguien, no metas la pata otra vez.
Dejó el auricular en la horquilla, cogió la novela de Jane Austen y de nuevo intentó leer a fin de dormirse.
Esta vez no fue fácil.
19. INT. DIA - DESPATCHO del Sr. Moore acompañado del Sr. Ben Pryor
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—Pareces más agotado todavía que de costumbre, siendo tan pronto —comentó Moore cuando Pryor entró en su despacho la mañana siguiente—. ¿Debo suponer que no hemos logrado casi nada?
—Buena suposición —admitió Pryor—. Pero conseguí depreciar los elevados principios morales de los padres de la ciudad. Ahora están de acuerdo en que tanto Nightspore como Thrush fallecieron a causa de un fallo cardiaco.
—Bien, algo es algo —dijo Moore—. ¿Qué hay de la chica?
—Investigamos en el espectáculo de los Blancos Vivientes, y al parecer uno de ellos, una tal Lisa Walpole, falta desde ayer a las cuatro.
—¿Rubia?
—Sí. Y por lo que sé es la clase de mujer que preferiría matarte a latigazos a echarse atrás y dispararte. Hay un par de hombres intentando seguirle el rastro, y hemos puesto agentes en todos los aeropuertos y estaciones de autobuses. Si esta en alguna parte del complejo de Chicago, la encontraremos antes de dos días. —Hizo una pausa—. También hemos sabido otra cosa de la rubia: se acostaba con Thrush.
—¿Estás seguro? —preguntó Moore con el ceño fruncido—. Pensaba que al seccionar los receptores de dolor disminuía también la capacidad de experimentar placer. —Hizo una pausa, se encogió de hombros—. Oh, bien, supongo que ninguna ley obliga a disfrutar a una mujer que se acuesta con su jefe. Pero de todas formas no comprendo la relación. Si Thrush no encargó el trabajo a la chica, ¿qué demonios hacía ella allí?
Pryor se alzó de hombros.
—Supongo que tendremos que cogerla para saberlo.
—A propósito, hay otra persona que necesita que la agarren un poco: un viejo llamado Krebbs, sesentón, de un metro setenta más o menos. Lleva un parche en un ojo, no recuerdo cuál, y en la mano derecha le falta un par de dedos y parte del pulgar. Un tipo muy asqueroso.
—Me olvidaré del último detalle, y pasaré la descripción a los muchachos inmediatamente —dijo Pryor, y entró los datos en su omnipresente ordenador de bolsillo.
—¿Qué me dices del Bazar de la Rareza?
—Lo busqué yo mismo otra vez, y no está allí. En el listín tampoco aparece. ¿Estás totalmente seguro de esa dirección?
Moore sacó la tarjeta y la deslizó sobre el escritorio en dirección a Pryor.
—Este será el siguiente punto del orden del día. Deja alguien aquí por lo que pueda pasar, reúne cinco o seis agentes de seguridad y pongamos manos a la obra.
20. INT. DIA - BLOQUE 400, NORTE DE LA CALLE LA SALLE (Sr. Moore y Sr. Ben )
Media hora más tarde Moore, Pryor y seis agentes de seguridad entraron en el bloque 400 Norte de la calle LaSalle y se dirigieron a la quinta planta. Pasaron junto a dos tiendas de revistas atrasadas y un restaurante de comidas sintéticas excepcionalmente sucio, y acto seguido Moore señaló una tienda a cincuenta metros de distancia.
—¡Allí está! —exclamó—. ¿Qué demonios has estado diciéndome, Ben?
—Lo único que veo es una vieja tienda de artículos religiosos —dijo Pryor. Apretó el paso para no quedarse detrás de Moore—. La he investigado esta mañana, y es auténtica.
Las vidrieras del escaparate ya no estaban cubiertas, y Moore no vio nada aparte de una tienda pequeña, de apenas cinco metros de fondo, con paredes y mostradores repletos de biblias, crucifijos y otros objetos religiosos. Una mujer entrada en años se hallaba detrás de uno de los mostradores, al otro lado de un montón de papeles que Moore creyó eran facturas o fichas.
21. INT. DIA - PEQUEÑA TIENDA (Sr. Moore, Ben y la dependiente)
—¿Puedo servirles en algo, caballeros? —inquirió la mujer en cuanto Moore y Pryor entraron en la tienda, seguidos por los agentes de seguridad.
—¿Dónde está Krebbs? —preguntó Moore.
—¿Krebbs? —repitió la mujer con aire pensativo—. Debe ser uno de los autores más modernos. No creo que tengamos ninguna de sus obras, pero naturalmente pueden ustedes hojear los libros que tenemos en existencia.
Moore sacó un abultado fajo de billetes y dejó éstos en el mostrador.
—Ayer por la noche un hombre llamado Krebbs estuvo trabajando aquí. Quiero saber dónde está.
—¿Aquí? ¿Ayer por la noche? Debe confundirse. Nadie trabaja aquí excepto yo y mi nuera. Aquí no hay nadie llamado Krebbs.
—Probemos de otra forma. —Moore la miró fríamente—. ¿Significa algo para usted el nombre Salomón Moody Moore?
—No.
—Miéntame otra vez y no podrá decir lo mismo —prometió Moore—. ¿Por dónde se va a la parte trasera?
—La parte trasera ¿de qué?
—La trastienda —replicó Moore—. Tiene más de cincuenta metros.
La mujer lo miró como si pudiera tirarse al suelo y echar espuma por la boca en cualquier momento.
—La tienda termina en la pared, detrás de mí —dijo por fin, como si hablara con un niño—. No hay nada más, aparte de un lavabo, allí. —Señaló una puerta en una pared lateral.
—Te dije que no había nada más —intervino Pryor, risueño.
—¿Cuántos años lleva trabajando en esta dirección? —continuó Moore.
—Treinta y siete.
—¿Dónde estuvo ayer por la noche?
—Aquí mismo, naturalmente.
—¿Hasta qué hora?
—Hasta las nueve, como siempre —replicó la mujer—. ¿Está seguro de que se encuentra bien?
—¡No, no me encuentro bien! —espetó Moore—. ¡Estoy enfadado, y mi enfado aumenta por momentos! —Señaló los billetes extendidos en el mostrador—. Se lo preguntaré por última vez: ¿dónde está Krebbs?
—Ya se lo he dicho, no conozco a nadie que se llame Krebbs.
Moore recogió el dinero y se lo metió en el bolsillo. Luego habló con el jefe de los agentes de seguridad.
—¿Ves esa pared?
—Sí, señor Moore.
—Derribadla —dijo Moore, y se hizo a un lado.
—¿Te has vuelto loco? —intervino Pryor—. ¡Es una maldita tienda religiosa, simplemente eso!
—Si hablas como un tonto, tendré que empezar a tratarte como eso, Ben —dijo Moore mientras decidía que en realidad estaba ya muy cerca el momento de eliminar a Pryor—. Yo estuve aquí. Sé qué vi.
—Si no salen de aquí y dejan de molestarme ahora mismo, ¡llamaré a la policía! —exclamó la mujer.
—Al contrario —dijo Moore—. Usted se quedará donde está hasta que yo se lo ordene. —Se volvió hacia el jefe de los matones—. Que uno de tus hombres se quede aquí y vigile a la vieja.
—¿Le parece bien con un láser? —preguntó el hombre que estaba examinando la pared.
—No me importa cómo lo hacéis —replicó Moore—. Pero hacedlo.
El hombre sacó un artefacto de rayos láser y empezó a trazar una línea de izquierda a derecha, medio metro por debajo del techo. Topó con un punto débil un metro antes de llegar al rincón opuesto.
—¡Ya está! —dijo, y arremetió con el hombro la pared.
El falso muro se derrumbó como el fino cartón de yeso que era, dejando un boquete del tamaño de una puerta por el que pasaron Moore, Pryor y cinco matones.